Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 12. NAVIDADES #2
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12. NAVIDADES #2

No rechistó y me siguió obediente a la cocina donde dos tazas de humeante café hecho nos esperaban junto con un delicioso bizcocho que mi tía había traído el día anterior.

Después de saludar a mi familia, nos cogimos nuestras tazas y nos atrincheramos a prueba de oídos indiscretos en mi cuarto.

Tapadas con el edredón, sentadas en la cama, veía cómo Fátima se calentaba las manos con la taza y eludía hablar de lo que le preocupaba, comentado lo integrados que se veía a Julián y Vega con mi familia.

—Lo están, Vega es el juguete de todos y Julián se los ha ganado también. Pero de ellos ya hablaremos luego, ahora cuéntame qué ocurre que me tienes en vilo.

—Estoy un poquito embaraza.

—¿Un poquito? ¿Cómo vas a estar un poquito embarazada? O lo estás o no lo estás. —No sabía si me sorprendía más que estuviera embarazada o sus dudas al respecto.

—Me he hecho un test de embarazo, bueno, un par de ellos. Y salen las dichosas rayitas rosas, pero no lo sabré con seguridad hasta el veintiocho que voy a la ginecóloga. Con las fiestas, no me ha podido dar hora antes.

—¿Carlos lo sabe? Es muy niñero, solo hay que verle con Vega.

—Ya, bueno…

Mi amiga bajó la mirada eludiendo mis ojos y entonces lo supe.

—¡No sabes si es de él!

—Ay, Maca, es que en la fiesta de Navidad, a primeros de diciembre, el enfermero que me gustaba y yo…

—No necesito detalles, sé cómo se hacen los bebés —repliqué enfadada—.

¿Cómo has podido hacerle algo así a Carlos?

Si eres tan inconsciente como para liarte con el primer par de pantalones que se te pone delante, sé cabal y usa protección.

No solo para evitar embarazos sino por evitar enfermedades de transmisión sexual. Fátima, no…

Mi amiga había empezado a llorar, se habían abierto las compuertas, suspiré e hice lo que mi corazón me decía.

Abrazarla y acunarla, asegurándole que todo se arreglaría.

Lo primero era la visita a la ginecóloga y después llegaría el momento de tomar decisiones.

Cuando logró serenarse, salimos al encuentro de mi familia que, aunque no decían nada, la miraban preocupados.

Mi madre la acogió en sus amorosos brazos y le dio un achuchón de esos que te reconfortan el alma y te borran las preocupaciones.

Un «Tíaaaaaaaaaaaaa Fátimaaaaaaaaaaaa» nos hizo olvidar las penas.

Vega estaba contenta de ver a la loca de mi amiga.

Fueron dos días de gatear por el monte, asar castañas, y opíparas comidas.

El veintiocho madrugamos y, con Vega envuelta en una manta, aún dormida, emprendimos el regreso a Salamanca.

Dejamos a la niña y a Julián en casa al cargo de mi equipaje y nos fuimos al hospital.

Solo les dijimos que Fátima tenía una revisión rutinaria y había decidido acompañarla.

Nada más entrar en el hospital nos topamos con el enfermero candidato a padre que le dedicó a mi amiga una sonrisa seductora y una mirada demasiado afectuosa a mi entender.

Por una vez, Fátima no coqueteó y siguió muy digna cogiéndome del brazo hasta la consulta de la doctora.

—La ecografía nos sacará de dudas —anunció la doctora mientras le sostenía la mano a Fátima que, con los nervios, me estaba machacando los dedos.

—¿Estoy…?

—Estás. De unas siete semanas.

El mundo se abrió a nuestros pies y nos tragó. Al escuchar la noticia, Fátima empezó a llorar, la doctora lo achacó a la emoción del momento. Era incapaz de articular palabra, de modo que tuve que ser yo la que le preguntara a la doctora.

—En caso de que…bueno, es un suponer…si no está my segura de quién es el padre se podría…

No debía de ser la primera vez que la doctora se enfrentaba a algo así, lo primero que hizo fue darle un par de consejos sobre la toma de precauciones para evitar embarazos y enfermedades de transmisión sexual.

Viendo que la doctora se motivaba con el tema, mi amiga que, poco a poco recuperaba su ser, le dijo:

—Está muy bien la reprimenda, no me dice nada que mi amiga Maca no me haya dicho varias veces y que yo misma le hubiera dicho a cualquier otra mujer, pero como que ya es un poco tarde para previsiones. ¿No le parece?

Sí, mi amiga había vuelto a su ser.

—Se puede hacer una prueba de paternidad cuando nazca el bebé, o extraer una muestra de ADN del feto cuando en unas semanas hagamos la amniocentesis, antes sería un procedimiento arriesgado y no lo recomiendo. O si se plantea el aborto…

—El bebé no tiene la culpa. Esperaremos.

Salimos de la consulta cogidas del brazo. A través del abrigo podía notar cómo Fátima temblaba, y no solo de frío.

—Tranquila. Estaré a tu lado, sea cual sea la decisión que tomes —le aseguré apretándole el brazo.

—Lo sé, Maca. Vas a ser una tía estupenda.

—Se lo tienes que decir a Carlos y al enfermero. Deben saberlo.

—Hay un problema, Maca.

—¿Cuál?

—Una noche de guardia, estaba todo tranquilo, el hermano de una paciente estaba aburrido también y una cosa llevó a la otra.

—¿Tres posibles padres? Fátima, lo tuyo no tiene remedio.

—Sí lo tiene. Voy a ser una buena madre, y sea cual sea el padre no le voy a obligar a nada. Ni siquiera si es Carlos, no se lo merece.

—No, Fátima, no se lo merece. Te lo dije varias veces, que tenías que tener cuidado y ser más responsable.

—Hablaré con él está noche. Lo haré bien, Maca, por el bebé y por mí.

—Llámame si me necesitas.

—Lo haré.

Nos despedimos junto al coche. Fátima tenía que trabajar y yo debía hacer unas compras.

En principio ellos dos iban a pasar el fin de año esquiando, pero dudaba que lo hicieran ya.

Yo lo iba a pasar con Julián y los suyos y, tal y como estaban las cosas, me daba que Fátima tal vez se uniera a nosotros.

Durante dos días no supe nada de Fátima salvo algún escueto mensaje diciéndome que todo iba bien.

La tarde del treinta quedé con ella para buscar unos zapatos que hicieran juego con el vestido que me había comprado para la Nochevieja.

Después de una hora de entrar y salir de tiendas, hicimos un descanso para reponer fuerzas en nuestra cafetería favorita, y ante un té verde y una madalena de arándanos, conseguí que Fátima me contara cómo habían ido las tres conversaciones que tenía pendientes.

—Con el hermano de la paciente no ha ido demasiado bien. Busqué su número en administración, le llamé y al decirle quién era me colgó, creo que está casado. Fue un desahogo de un momento.

—Que en nueve meses se pondrá a llorar.

—No seas negativa, Maca.

—Vale, no lo seré, sigue —le dije prometiéndome que, oyera lo que oyera, no diría nada negativo, o al menos no demasiado.

—Con el enfermero coincidí ayer, está dispuesto a hacerse la prueba de paternidad, aunque sea suyo no quiere saber nada del bebé, y yo no quiero saber nada de él si no quiere al bebé.

Y antes de que me digas nada, que te veo venir, en ese caso aceptaría el ofrecimiento que me hizo aquel matrimonio de doctores que se marchó del hospital y pusieron su propia clínica.

Seguramente, lo acepte de todas formas. Esa clínica cierra de noche y los fines de semana, con el bebé será mejor un trabajo convencional de lunes a viernes.

—Es buena idea, y ya sabes que estaré encantada de hacer de canguro siempre que lo necesites. Ese bebé es mi sobrino ya.

—Lo sé, Maca —aseguró Fátima mirándome con cariño. Éramos amigas-hermanas, juntas siempre, para lo bueno y lo malo.

—¿Y Carlos?

—Fue difícil, no lo voy a negar. Me dijo que sabía lo mío con el enfermero, que nos oyó hablar una vez por teléfono.

Seguía manteniendo la farsa de una relación abierta, pero al descubrirlo le dolió y supo que no quería seguir teniendo ese tipo de relación.

El embarazo lo ha precipitado todo hacia el final.

Se ha ido a vivir a casa de su hermano, de momento vamos a darnos un tiempo.

Lo he perdido, Maca. Ahora entiendo lo que tantas veces me dijiste, es un buen tío y lo he fastidiado.

—¿Y el bebé?

—Se hará las pruebas, si es suyo asumiremos una custodia compartida. Tiene tan buen corazón que me ha asegurado que, aunque no sea suyo, estará para el bebé si lo necesito. No me lo merezco.

—No, Fátima, desde luego. Ahora no debéis tomar ninguna decisión, tenéis que dejar pasar tiempo, mucho tiempo.

Tenéis que volver a conoceros, tú y él habéis cambiado, ya no sois los jóvenes alocados que os embarcasteis en una relación que tenía más de rollete que otra cosa.

Ya no estás tú sola, un bebé depende de ti y tienes que pensar en lo mejor para los dos.

—Lo sé. Voy a pasar estos días con mis padres. Tengo que contarles lo del bebé y lo de Carlos.

—¿Te vas a Gijón?

—Sí, he pedido unos días libres, volveré para la cabalgata, le he prometido a Vega que iríamos juntas a verla.

—Está muy ilusionada —afirmé recordando la cara de felicidad y de emoción con la que Vega estaba viviendo las Navidades. Había que reconocer que esas fechas con pequeños se vivían de otra manera.

Vi partir a Fátima hacia su casa, después de todo el bebé iba a ser algo bueno que traería serenidad a su vida, algo que ya necesitaba la alocada de mi amiga.

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