Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 12. NAVIDADES
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12. NAVIDADES

A mi editor le encantó la novela y, sumergida en las correcciones, los diseños de la cubierta y las galeradas, las semanas fueron pasando a la vez que mi relación con Julián se asentaba.

Lino seguía presente en mi corazón y en mi casa, su ropa había quedado guardada en el armario.

Me resistía a donarla o tirarla, era como si al desprenderme de ella perdiera lo único que me quedara de mi muso, pero no era cierto.

Su recuerdo, su esencia, su presencia siempre quedarían en mi memoria y en la de los que habíamos conocido.

—¿Guisante? —pregunté abriendo los ojos.

—Sí —respondió risueña Vega sentada en una silla, balanceando las piernas.

Julián me había llamado asustado al mediodía pidiéndome que subiera a su casa.

Tenía un problema serio con Vega y necesitaba mi ayuda.

Temiéndome que le hubiera pasado algo a la niña, subí por las escaleras sin esperar al ascensor.

Mi chico, aún no me acostumbraba a llamarle así, mi chico, mi novio, mi mejor amigo, Fátima decía que ponía cara de tonta enamorada cada vez que lo nombraba.

No había visto la suya cuando hablaba de cierto enfermero.

No lo quería reconocer, pero por mucha relación que tuviera con Carlos, estaba colada por su compañero de trabajo.

Como decía, mi chico me había abierto la puerta descompuesto y blanco.

—¿Qué ha pasado?

—Vega te lo cuenta.

Y allí estábamos los dos mirando a la niña, alucinando con lo que nos contaba.

Llegaba la Navidad y con ella la consabida fiesta del colegio.

En los tiempos actuales en que todo tenía que ser «políticamente correcto» y no podía haber alusiones a la religión católica porque alguien se podía molestar, ya no había pastorcillos ni pesebre en las representaciones escolares navideñas.

El profesorado, en su afán de que todos los niños participaran y ser originales había acordado que los alumnos de infantil fueran disfrazados de verduras y frutas y a la morenita Vega le habían asignado el papel de guisante.

—¿Y qué tiene que ver un guisante con la Navidad? —le pregunté a Julián.

—Ni idea. ¿Alguna sugerencia de cómo hacemos el disfraz?

—¿No les han dado ninguna indicación?

—Al parecer no, cada niño se las debe ingeniar por su cuenta. Cada uno tiene un disfraz diferente así que han dado libertad.

—Vamos, que ellos tampoco sabían cómo hacerlo, y que nos rompamos la cabeza los padres.

—Me di cuenta de que me había incluido en la frase como progenitora de Vega, los colores subieron a mi cara, Vega no se dio cuenta, pero su padre sí que me miró sonriendo y feliz.

Suspiré y reconocí para mí misma que, aunque Vega no era mi hija, hacía tiempo que empezaba a sentirla como tal.

Un par de veces que Julián no había podido ir a recogerla a casa de sus padres, demorado por un proyecto que tenía que presentar con urgencia, me la había llevado de compras y a merendar.

Por no hablar de que había visto tantas veces Frozen con ella que me sabía las canciones de memoria y las canturreábamos juntas—.

Se lo comentaré a Fátima, ella se ha disfrazado muchas veces en carnavales y seguro que se le ocurre algo.

Fueron unos días de locura, probamos con distintos materiales hasta encontrar uno que nos permitiera obtener la forma redondeada que necesitábamos, que tuviera cuerpo, pero que no dificultara los movimientos de Vega.

Con un material entre gomaespuma y gomaeva lo conseguimos hacer.

Durante esas horas que pasé con Fátima haciendo el disfraz, me di cuenta de que mi amiga estaba algo cabizbaja, quise darle espacio y que ella misma me contara lo que le pasaba.

Si no me decía nada ya le preguntaría, pero decidí esperar un tiempo.

El día de la actuación, Julián empezó sus vacaciones, eran las primeras que pasaríamos como pareja o como familia, según se viera, y había decido no trabajar desde el día veintidós de diciembre hasta después de Reyes Magos.

La lotería no nos había tocado, pero nos sentíamos igual de felices sentados junto a Fátima y los abuelos de Vega.

Era el momento de la actuación de la clase de la pequeña y empezaron a salir los niños en fila más o menos ordenada, y los padres a sacar cámaras de fotos y teléfonos para grabarles.

En el silencio expectante que aguardaba a la actuación se pudo escuchar con claridad:

—¡Papi!

Había sido Vega que, rompiendo la disciplina del grupo, se había aproximado al borde del escenario y había agitado los bracitos feliz y contenta de vernos entre el público.

Entre las risas del resto de asistentes y el enfado de la profesora, había regresado a su lugar junto a sus compañeros.

Julián sonreía orgulloso sin poder contener la risa.

La actuación fue brillante, y mi particular guisantito lo bordó.

Valeeee, no es que fuera muy objetiva, pero estaba para comérsela.

Al terminar, tuvimos que ver el resto de las actuaciones que nos interesaban poco o nada y, cuando por fin terminó la función, nos fuimos a comer a un restaurante cercano.

Fátima también vino, era parte de nuestra incipiente familia en su papel de tía.

Nos íbamos a ir al pueblo con mis padres, así que pasarían unos días hasta que volviéramos a vernos, de modo que la comida era una forma de felicitarnos las navidades antes de despedirnos.

***

Cine, pista de hielo, meriendas, compras, paseos, un sinfín de actividades se fueron sucediendo día tras día durante aquellos en que parecía que todo el mundo se ablandaba un poquito, dejando fluir la bondad y los buenos deseos por las calles decoradas con brillantes guirnaldas de colores.

Dentro de las tiendas y fuera de ellas los villancicos y las canciones navideñas no lograban superponerse a la algarabía de la gente que iba de un sitio a otro en busca de regalo más original y deseado.

Como una familia bien avenida, nos turnamos para pasar las fiestas.

En Nochebuena nos reunimos con mis padres y hermanos en el pueblo.

Vega lo pasó en grande corriendo por el campo con mis sobrinos y descubriendo un mundo muy distinto al de la ciudad.

Por aquello del qué dirán, ella y su padre se quedaron a dormir en casa de mi abuela, que estaba vacía pero mis padres conservaban con el fin de que cuando nos reuníamos como en aquella ocasión, todos tuviéramos donde dormir.

Esas navidades la familia de mi hermana mayor y mis dos invitados fueron sus huéspedes.

El día veintiséis llegaría Fátima a pasar un par de días con nosotros, y todos juntos regresaríamos a la ciudad la víspera de fin de año.

—Ha nevado un poco —anuncié en el desayuno—. No es mucha, pero podremos hacer un muñeco de nieve. ¿Qué os parece, niños?

Sentados a la gran mesa del desayuno, con mi padre al frente y mi madre zascandileando por los fogones, nos apretujábamos todos la mañana del día de Navidad.

Vega era una más en la pandilla formada por los dos niños de seis y cuatro años de mi hermana mayor y la niña de nueve de mi hermano menor.

En mi papel de tía perfecta, era una más a la hora de hacer gamberradas y jugar por el campo con ellos.

Mis varios moratones lo probaban. Además, teniendo en cuenta mis nulas habilidades culinarias, mejor dejaba que Julián se ocupara de ayudar a mi madre.

En ese instante me miraba conteniendo la risa por encima de la taza de su desayuno.

Me di cuenta de que no era el único, mi madre sonreía mirando a Vega y mi hermana se mordía los carrillos para no reírse.

—¿Se puede saber qué os pasa? —les pregunté mosqueada.

—¿Estaban de rebajas? —preguntó mi hermano al fin.

—No os entiendo.

Mi cuñada me hizo una señal con la cabeza indicándome que mirara mi pijama y mirara a Vega.

No me había parado a pensarlo. Las dos llevábamos el mismo modelo.

Rosa, con nubes blancas y azules, y el pelo recogido en una coleta alta.

Salvo los ojitos azules, réplica exacta de los de su padre, podíamos pasar por madre e hija.

Mi chico, que era listo como el hambre, y empezaba a conocerme, se dio cuenta de lo que pensaba y, sin contarse un pelo, me plantó un pico delante de mi familia.

Mi padre agitó la cabeza, pero sabía que estaba contento.

Julián y él se llevaban de maravilla, hacían planes para construir una casa en un árbol para que los niños tuvieran su propio escondite, tal como habíamos tenido nosotros de pequeños.

Sería en primavera, cuando el tiempo mejorara un poco y así tenerla lista para el verano.

El muñeco de nieve quedó terminado justo a tiempo de la comida de Navidad, para la que además de la de por sí gran familia que éramos, se unieron mis tíos y mis primos.

Prueba de ello fue que cuando quisimos recoger todo eran casi las once de la noche y, cansados, nos fuimos a dormir.

No sé los demás, pero en mi caso fue poner la cabeza y dormirme.

No desperté hasta que mi madre me avisó de que Fátima acababa de llegar.

—Son las nueve, Fátima, ¿a qué hora has salido de Salamanca? Por lo menos a las ocho.

—A las ocho menos cuarto —me respondió alterada.

Si la observaba con atención, la veía algo apagada, sin duda más delgada, las ojeras se marcaban en sus ojos. Algo le pasaba y ya era hora de que habláramos.

—Fátima, vamos a coger algo para desayunar y nos vamos a mi habitación a hablar. Sí o sí tienes algo que contarme.