Epilogo feliz
—C omo eche la papilla se la das tú —reprendía Julián a un invisible Lino que levantaba por los aires a Raúl, en tanto María esperaba su turno, y Vega y el pequeño Lino reían con alborozo.
Según me había contado Lino, al cumplir los diez años los niños dejarían de verlo, pero él seguiría estando allí, junto con nuestros respectivos ángeles de la guarda a los que había seleccionado él mismo.
Cuando Vega se cayó por las escaleras del portal y se hizo una pequeña brecha que necesitó un par de puntos, hasta Zeus tuvo que intervenir para que Lino no acabara con el ángel guardián que en esos momentos la custodiaba.
No llegué a ver a Zeus, pero Vega sí le vio.
—Es enorme, mamá —había empezado a llamarme mamá poco antes de nacer Lino y yo me deshacía cada vez que lo hacía—. Desprende luz y tiene cara de malas pulgas.
—No me digas —comenté inhalando el aroma del té con jazmín que inundaba mis fosas nasales aguantando la risa.
—El tío Lino estaba muy enfadado. Ahora tengo un nuevo ángel. Se llama Hércules.
—¿Hércules has dicho?
—Sí —respondió pizpireta.
—Y la del hermanito es una chica.
—¿Cómo se llama?
—Atenea, es muy simpática. Me ha dicho que me va a enseñar a usar el arco y las flechas.
Desde luego, Lino sabía hacer las cosas. Con Hércules y Atenea vigilando a mis hijos estaba segura de que ellos y nosotros estábamos a salvo. Era feliz. Mi vida era un pequeño circo con niños que volaban y extraños seres invisibles a nuestro alrededor, pero no la cambiaría por otra.
Final feliz