11. DE BODA
N o fue un equipo de futbol, pero sí que llegaron tres pequeños más a nuestras vidas. Pero me estoy adelantando.
Las navidades pasaron, tras unos cuantos dimes y diretes sobre lo que me subía al piso y lo que Julián bajaba, puesto que habíamos decidido que mi piso fuera el lugar de trabajo.
En lugar de tener su despacho en casa para continuar con el trabajo que se traía de la oficina, habíamos habilitado una habitación en mi piso, y otra para que yo trabajara, teniendo a mano el ordenador y mis novelas y cuentos.
Con la llegada de los siguientes niños se vio que la decisión de mantener los dos pisos en lugar de desprendernos del mío, había sido acertada.
Dos pisos significaban el doble de armarios, las mujeres me entenderéis.
Ese día de Reyes no hablé con Julián de lo que me había contado Lino, preferí esperar al día siguiente, que ese año era sábado. Vega estaba entretenida con su tren de juguete, regalo de mi hermano, en el que había montado a sus muñecas más pequeñas y una Nancy hacía las veces de jefe de estación.
—Se lo está pasando en grande —afirmó Julián sentándose a mi lado, agotado después de haber estado corriendo más de una hora por el parque detrás de Vega y su bicicleta.
—Con mis sobrinos se lo pasó bien ayer, pero sola se aburre —dije queriendo aparentar indiferencia en mi nada ocasional comentario.
—No tanto, los dos jugamos mucho con ella. Por no hablar de Fátima, cuando se juntan no sé quién es más niña.
—Ya, pero con niños de su edad estaría más distraída.
—El lunes ya vuelve al colegio, allí jugará hasta cansarse.
Mi chico estaba algo espesito ese día, lo sé. Suspirando, hice una nueva intentona.
—En el colegio está por la mañana; aquí en casa, otro niño u otra niña… —remarqué arqueando la ceja, y por fin la chispa prendió en el cerebro de Julián quien, sonriendo, me preguntó:
—¿Qué estas intentando decirme? ¿No estarás…?
—Lo estoy —respondí sonriendo.
—¿Estás segura? —insistió cogiéndome las manos—. ¿No te habrás hecho un test como el que se hizo Fátima y luego nada?
—¡Ja, ja! No —repliqué divertida. Cuando el susto pasó le conté a Julián cual había sido el motivo de preocupación de Fátima esos días y el porqué de la repentina decisión de casarse de mi amiga—. Alguien de confianza me lo ha dicho, en realidad lo supo antes que yo.
—¿Cómo va a ser eso posible? —inquirió suspicaz.
—Un viejo amigo…
Lo dicho, Vega había dejado agotado a Julián, que no pillaba ni una.
—Ha sido Lino —dije al fin viendo que nos iba a dar la hora de cenar y mi chico no caía en la cuenta.
—¿Cómo es posible? Él está o mejor dicho no está. Bueno, no está en la Tierra.
—¿Recuerdas que Vega nos dijo que el día de la actuación de fin de curso le había visto?
Era verdad. No era feliz en el Olimpo —continué explicando mientras Julián abría los ojos como platos; había que reconocer que la conversación era un pelín surrealista —, e hizo un trato con Zeus, bueno, fue Hércules el que lo hizo con Zeus.
La verdad es que la madre de Lino no se portó muy bien cuando el volvió y… .
—¡Maca! —exclamó desesperado—. Céntrate, ¿por qué ha sabido Lino desde el Olimpo que estás embarazada antes que yo?
—El caso es que ya no está en el Olimpo, ahora está en la Tierra otra vez, pero no en forma corpórea —tenía que reconocer que hablaba con una seguridad que me dejaba asombrada a mí misma, no entendía la mitad de las cosas que me había explicado Lino y ahora era yo la que el transmitía todo a Julián—.
Es algo así como el ángel de la guarda de Vega y también lo será de nuestros hijos futuros, empezando por el bebé que llevo dentro.
—Dice Lino que no te asustes, papá —añadió Vega acercándose a nosotros—, que él cuidara de mí y mis hermanitos. Y también dice que tu ángel de la guarda le ha dicho que revises el coche, que hace un ruido raro.
Ahora sí que mi chico alucinaba, por un lado, estaba feliz por el bebé pero, por el otro, era demasiada información para Julián en tan poco tiempo.
Sabía que necesitaría un tiempo para asimilarla.
No era sencillo aceptar que estábamos rodeados de otros seres a los que no veíamos y que cuidaban de nosotros.
Su mente racional de arquitecto, que buscaba la precisión y la exactitud en cada momento, le decía que lo que yo le contaba no podía ser cierto.
No obstante, en frente tenía a Vega que jugaba con Lino sin que él pudiera verle. No, no era fácil de creer.
Con el fin de las Navidades comenzaron los preparativos para la boda de Fátima.
Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Siempre habíamos estado juntas, para lo bueno y para lo malo, así que cómo no lo íbamos a estar para casarnos.
Julián, que para algunas cosas era tan tradicional como mis padres, no tardó ni dos días en pedirme matrimonio.
Con la complicidad de Vega y de Lino que, a través de la pequeña le fue dando consejos, preparó una pedida de mano que no dejó atrás a la de Fátima.
Con el pretexto de visitar una exposición en la Casa Lis una tarde que Vega se quedaba con sus abuelos paternos, terminamos sentados en los cómodos sillones de la cafetería del museo, con la luz multicolor de sus preciosas vidrieras reflejada en la pared.
De fondo comenzó a sonar Annie’s Song cantada por Glennis Grace, una maravilla de canción que me gustaba poner a todas horas.
Nos habíamos quedado solos, más tarde descubrí que mi chico se había encargado de que así fuera.
—Cariño —comenzó a decir cogiéndome la mano—. Eres la luz de mi vida y la de Vega, ahora esperas un pequeño. Quiero que nazca en un hogar con amor y alegría. Que sienta que nuestras familias y amigos le arropan.
¡Qué blandita me estaba poniendo! Las hormonas generadas durante el embarazado tenían ya de por sí mi estado anímico alterado; unido a lo monísimo que estaba Julián y las dulces palabras que me estaba diciendo, hacían que cada vez fuera más difícil contener las lágrimas.
—Maca, ¿quieres casarte conmigo? —me preguntó abriendo un estuche de terciopelo rojo con un precioso anillo de oro blanco y diamantes.
—Sí, quiero —respondí dejando que me pusiera el anillo en el dedo—. Sabes que el bebé tendría todo lo que has dicho, aunque no estuviéramos casados, ¿verdad?
—Lo sé, pero es importante para mí.
Cómo me iba a negar. Julián y Vega me habían dado su afecto a manos llenas desde aquel bendito día que nos quedamos encerrados en el ascensor y había sido recíproco.
Amor a primera vista a tres bandas. Detrás de mí empezaron a oírse unos aplausos, eran Vega con sus abuelos y Fátima con Carlos, que, sin ningún pudor, habían presenciado la pedida de mano.
Algo más apartados, el personal del Museo también aplaudía divertido. Les habíamos amenizado la tarde.
De modo que un luminoso pero frío catorce de febrero entrábamos las dos, una junto a la otra, como siempre, por la puerta de la iglesia de San Juan de Sahagún.
Vega y mis sobrinos, vestidos de pajes y damiselas iban muy seriecitos por el pasillo central.
Tenían unos pequeños asientos designados junto al banco de mi familia y, en más o menos armonía y silencio, aguantaron la ceremonia; mis sobrinos no podían verle, pero Vega sí, y Lino se encargó de que estuviera tranquila.
Decidimos que las dos entraríamos colgadas cada una de un brazo de mi padre, y nuestros futuros maridos aguardarían en el altar.
El embarazo se notaba muy poco y puede embutirme en el vestido que me gustaba, eso sí, después de comer tal vez tuviera que aflojar algún corchete.
El banquete, como no podía ser menos, también quisimos hacerlo juntas.
De modo que tuvimos que desplazarnos a las afueras porque había que juntar invitados de cuatro familias, más lo amigos que, aunque muchos eran comunes, hizo que nos juntáramos casi trescientas personas.
A lo que nuestros chicos no accedieron fue a irnos de luna de miel las dos parejas juntas.
—Maca, quiero que estemos solos unos días. Más adelante iremos las dos parejas juntas donde queráis. Con y sin niños. Pero estos días son solo para nosotros.
Julián tenía razón, si no eran nuestros amigos era Vega, teníamos pocos momentos de estar solos.
De modo que le di la razón y, con la pertinente autorización médica, nos fuimos a conocer Londres y Escocia, tierra de los Highlanders de mis novelas favoritas.
Fátima y Carlos prefirieron sol y playa, y se fueron al Caribe.
Salíamos de perdernos toda una tarde por las salas del Museo de Historia de Londres cuando vi que tenía tres llamadas perdidas de mi editor.
Para mi sorpresa, había presentado el manuscrito a un prestigioso premio literario de novela y era una de las finalistas.
A finales de marzo, unos días antes de Semana Santa, se entregaban los galardones y debía estar en la ceremonia.
—Cariño, enhorabuena, es genial —me felicitó Julián después de cortar la llamada. No había perdido ojo de mis reacciones y se había enterado de todo, según hablaba había visto cómo su rostro se llenaba de amor y de orgullo.
—Sí, ya, es fantástico —repliqué no muy convencida.
—¿Qué ocurre? —me preguntó abrazándome preocupado.
—A finales de marzo estaré de cuatro meses, no hay vestidos de premamá sexis.
—Tú no necesitas un vestido para estar sexi. Eres la mujer más bonita sobre la tierra y, según Lino, del Olimpo.
¿No era dulce y maravilloso mi marido? Lo era, además de atento, cariñoso, detallista y buen padre.
Para alegrarme, terminamos comprando un vestido en una boutique muy cuqui que encontramos en una calle de Londres, era algo suelto.
Mi madre cosía muy bien, y no sería la primera vez que me arreglaba un vestido.
Seguro que era capaz de hacer que me quedara un guante para la gala.
***
La noche de la entrega de premios, hacía frío.
La primavera no se había enterado de que por calendario ya tenía que estar aquí, y el invierno todavía campaba a sus anchas.
Fátima me dejó un abrigo largo de satén muy bonito, que iba muy bien con el verde de mi vestido.
Estaba muy nerviosa, mi bebé lo sabía y no dejaba de moverse.
Nos habíamos negado a saber si era niño o niña.
Estábamos impacientes y emocionados a partes iguales.
Julián estaba pendiente de mí, satisfaciendo hasta el más mínimo capricho, como la noche que se me antojó helado de dulce de leche a las tres de la madrugada y tuvo que ir a comprarlo a un supermercado 24Horas.
Detrás de sus atenciones podía reconocer que había más que un deseo por complacerme, estaba asustado por el momento del parto.
La madre de Vega había muerto por una complicación en el mismo, de poco le valían las palabras de mi doctora asegurándole que todo estaba bien y no había nada que temer.
Hasta que no pasara ese momento no se quedaría tranquilo.
—Estás preciosa, voy a tener que espantar a todos los moscones que se van a acercar a mi sexi y embarazada esposa.
—Con esta barriga…
—Una barriguita preciosa —sonrió Julián dándome un beso. Él sí que estaba guapo con su traje de gala.
Me despedí de mi amiga que había venido a ayudarme a peinarme y se quedaba de niñera de Fátima, haciéndose compañía mutuamente, ya que Carlos estaba de guardia. La niña había sacado todas sus muñecas para jugar con ellas.
Los premios se entregaban en el transcurso de una cena, a los postres.
No podía comer nada, los nervios atenazaban mi estómago, era bastante con que las náuseas del embarazo no me fastidiaran.
La encargada de leer el nombre del premiado era la ganadora del año anterior, una escritora a la que admiraba y de la que tenía todos sus libros.
Me contuve para no parecer una histérica fan y no asaltarla pidiéndole un selfie y un autógrafo.
En mi caso, no era lo suficientemente conocida como para que se acercara nadie a pedirme nada salvo la hora.
Entonces lo escuché, alto y claro. Había dicho mi nombre.
—¡He ganado! ¡He ganado! —grité jubilosa besando a Julián y saliendo corriendo al escenario.
Desde allí podía ver a todo el auditorio de pie aplaudiéndome, las lágrimas de felicidad resbalaban por mis mejillas.
Lino estaba en una esquina, invisible para todos menos para mí.
Hinchaba su pecho orgulloso por mí y en parte por él; su ayuda, su inspiración en aquellas largas horas de té verde con jazmín había sido decisiva.
Era el triunfo de los dos, el premio era tan suyo como mío.
Los siguientes meses fueron una locura, entrevistas en radio, televisión, prensa escrita y digital, firmas de libros en librerías y ferias.
Faltaba un mes para dar a luz, tuve que aceptar a mi pesar el consejo de Julián de reposar esas últimas semanas.
La doctora también insistió que el trajín de los últimos días podía ser perjudicial y debía bajar el ritmo.
Mi madre se vendría a vivir con nosotros los días previos a que saliera de cuentas.
De modo que aquella tarde lluviosa de verano estaba dormitando en el sofá.
Fátima se había llevado a Vega a la piscina y Julián estaba en mi antiguo piso terminando los planos de un centro comercial.
Al principio pensé que era un aire que se había ido por mal camino, pero cuando una punzada de dolor me partió en dos y vi a Lino arrodillado junto a mí, supe que había llegado la hora.
—Maca, es la hora. Llama a Julián —me dijo señalando el teléfono.
Lino nos acompañó al hospital, estaba junto a Julián cuyos atractivos ojos azules fueron lo último que vi antes de desmayarme en el paritorio, sintiendo cómo me cogía la mano, con su cara blanca y congestionada por el miedo.