Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 10. NAVIDAD #3
80%

10. NAVIDAD #3

Por toda respuesta tiré a mi vez de su brazo, y los cuatro terminamos en la calle, agitando los brazos y reclamando la atención de cada uno de nuestro rey favorito cuando veíamos que su séquito y el trono se acercaban.

Vega estaba encaramada en los hombros de su padre, y Fátima y yo pasábamos más tiempo por el suelo peleándonos por caramelos que viendo las carrozas.

Julián nos miraba alucinado, pero Vega nos vitoreaba feliz cada una de nuestras adquisiciones.

Al final, el recuento fue más que favorable: dos bolsas llenas a rebosar.

¿Para quién era la segunda? Para la misma que estás pensado, para Fátima.

Después del frio pasado, nos resguardamos en una cafetería con un trozo de roscón delante acompañando una taza de té o de chocolate, según las preferencias.

Esa noche Vega estaba demasiado emocionada para dormirse, pero después de que le dijera lo que me decían a mí se fue a la cama sin protestar.

—Si estás levantada y despierta cuando lleguen los Reyes Magos, no te dejarán regalos.

—Papi, me voy a la cama.

Y, sin más, corrió a su dormitorio metiéndose de un salto en su camita.

—Vega ¿te has lavado los dientes? —le preguntó Julián desde el quicio de la puerta.

—Estoy dormida, no puedo hablar —respondió la niña.

Tuve que escabullirme al salón a reírme con ganas. Era lista y espabilada la sabandijilla. Estaba metida en su cama, que era lo que su padre quería, y no podía llevarla al baño.

—Tú no te rías, que eres peor que ella —me dijo Julián siguiéndome al salón—. Nunca había visto a dos adultas responsables peleándose con los niños por caramelos como habéis hecho Fátima y tú. Os podían haber dado un golpe en un ojo. Los lanzaban con ganas, en el balcón de tu amiga estábamos mejor.

—Pero ¿y la emoción, la aventura, la diversión?

—Ya te daré yo emoción cuando terminemos de envolver paquetes. Entre mi familia y la tuya vais a malcriarla, hay juguetes para un regimiento.

—No seas cascarrabias —le dije aproximándome, mimosa—. Vega crecerá y entonces añorarás las noches como las de hoy. El tiempo pasa y estos momentos quedan en el corazón para siempre.

—Qué poética te has puesto —afirmó besándome el cuello.

Si seguía por ese camino no terminaríamos de empaquetar los regalos con sus papeles de colores y sus lazos. Teníamos los juguetes escondidos en mi casa, había que bajar a por ellos y subirlos sin que nuestro guisantito se enterara.

—Um… ¿y si me das ahora un poco de esa emoción que dices y luego nos ponemos con los regalos?

—Luego, te lo prometo.

Dándome un último beso promesa de muchos más, cogió la llave de mi piso y se marchó a por los juguetes, tuvo que hacer dos viajes.

Cuando quisimos terminar con los regalos, que bien mirado Julián tenía razón y nuestras respectivas familias se habían pasado, era bien entrada la madrugada y decidimos dejar las emociones para el día siguiente.

***

Para dar la noticia a nuestras familias de que ya vivíamos juntos decidimos organizar la comida de Reyes en la que ahora era nuestra casa.

Aunque tal vez decidir no fuera la palabra más adecuada.

Con mis escasas dotes culinarias me entraron los siete males al oír la idea de Julián, pero mirándome a los ojos y agarrándome por los hombros me dijo:

—Respira. Podemos hacerlo. Saldrá bien.

—De acuerdo —dije con un hilo de voz.

Por supuesto, Fátima estaba también invitada a la comida; es más, nos ayudó con la elaboración de los platos.

Bueno, en realidad ayudó a Julián, yo me limité a hacer lo que me pedían porque, como Fátima no se cansaba de recordar, se me daba tan bien la cocina que había quemado el pescado cocido en el microondas.

—Pero, Maca ¿qué hiciste? —me preguntó riendo Julián.

—Dos veces, lo ha quemado dos veces —respondió Fátima ante mi vergüenza.

—A mí nadie me dijo que hubiera que poner agua —repliqué enfadada.

—Y tampoco te había dicho nadie que para freír pescado hay que rebozarlo primero. Como no se lo has visto hacer nunca a tu madre… —continuó Fátima con las carcajadas de coro de Julián.

La mañana de Reyes había empezado como es habitual en todas las casas en que hay niños.

—Maca, Maca —decía una vocecita en mi oído despertándome a las siete de la mañana.

—Vega, es muy pronto —dije somnolienta.

—Ven conmigo al salón. Me da miedo ir sola, a lo mejor no me dormí rápido anoche y no me han dejado nada —me explicó nerviosa haciéndome sentir culpable por lo que le había dicho.

Desperezándome, me levanté recordando mis años de infancia en que los tres hermanos de la mano íbamos al salón temerosos de que algún Rey Mago rezagado continuara allí todavía.

Sabía que Julián estaba despierto por sus caricias en mi espalda pero, conmovido por que Vega hubiera buscando mi apoyo aquella mañana, continuó haciéndose el dormido, aunque sabía que no tardaría en seguirnos.

Juntas de la mano fuimos de puntillas al lugar donde el árbol estaba colocado.

En un piso por encima del nuestro se oían las carreras por el pasillo para ir a descubrir que habían dejado los Reyes Magos esa noche.

Por de pronto, en nuestra casa los platos de leche para los camellos y la botella de vino para los Reyes estaban vacíos.

Un sinfín de paquetes de diversos tamaños llenaban el salón, en un santiamén los papeles estuvieron rotos y las cajas abiertas desvelando su contenido.

Muñecas, cunitas, juegos, libros, una cocinita, una bicicleta con todos los protectores pertinentes y alguno más junto con algo de ropa se amontaban alrededor de Vega.

Para Julián, que nos espiaba desde la puerta divertido, habían dejado un reloj y una tablet .

De mí también se habían acordado: una pulsera y unos pendientes a juego eran mis regalos.

Desde luego, los Reyes habían sido muy listos y sabían mis gustos.

Como no los tenía cerca, decidí darle los besos de agradecimiento a Julián que los supo apreciar en su justa medida.

Después de desayunar, Vega, su padre y Fátima se enfrascaron con los últimos detalles para la comida y recogieron papeles y demás envoltorios.

Por mi parte, decidí bajar a mi casa a buscar un par de cosas que quería llevarme a mi nuevo hogar.

Nada más entrar en mi piso, mi nariz captó un dulce aroma proveniente de la cocina, fui hacia allí y en la mesa había una bonita taza con un delicioso té verde con jazmín en su interior.

No obstante, había algo más en la cocina.

Un guapísimo muso me contemplaba sonriente apoyado en la mesa, con algo más de ropa de la que le había visto la primera vez.

—¡Lino! —exclamé jubilosa lanzándome a sus brazos.

Qué maravilla sentir otra vez su enorme calidez y cariño. ¿Cómo era posible? ¿Había vuelto a nuestras vidas? ¿Se iba a quedar para siempre? Las preguntas se agolpaban en mi mente y no sabía por dónde empezar a preguntarle.

—Vamos a sentarnos y te lo cuento todo —sugirió Lino y, cogiendo la taza en las manos, más por tenerlas ocupadas que por tener ganas de tomarme un té, me dispuse a escucharle.

—Zeus cumplió su promesa y, cuando terminaste la novela, regresé al Olimpo donde Urania, mi madre, me estaba esperando jubilosa.

Los primeros días fueron una fiesta con el recuentro de amigos y los que no lo eran tanto, Hércules no sabía cómo disculparse por el daño que me había causado.

Cuando quise darme cuenta había vuelto a la rutina de antes y estaba dando clase de música a una nueva hornada de dioses y semidioses.

Sin embargo, no era feliz —Lino hizo una pausa sonriéndome y cogiendo una de mis manos entres sus gigantes manos—.

Echaba de menos nuestros paseos, los juegos con Vega, las locuras con Fátima, las conversaciones con Julián, el olor del pan recién hecho, tus risas al ver una película, las voces, el ruido…

—Normal. Soy lo más —dije emocionada por que mi muso me hubiera echado de menos, y prefiriera mi compañía a la del Olimpo en pleno.

—Lo eres, Maca, todos lo sois. Una noche estaba paseando por el jardín de mi padre Apolo. Creía que estaba solo, pero unos pasos me sobresaltaron. Era Hércules.

—No eres el mismo. Los demás creen que sí, pero no lo eres. Es por mi culpa. Dime qué puedo hacer y lo haré. Incluso te doy mi vida si eso puede ayudarte.

—No hay nada que se pueda hacer —repliqué pesaroso—. La echo de menos.

—¿A la escritora?

—A ella y a sus amigos. A mi vida en la tierra. Creía que mi destino estaba de nuevo aquí, en el Olimpo, pero me siento vac í o. Los días en el paraíso me aburren y no me aportan nada.

—Te implicaste demasiado con la humana —afirmó una voz airada.

—¡Madre! —exclamé sobresaltado.

—Urania —la saludó Hércules con una inclinación de cabeza.

—Nunca te perdonar é lo que le hiciste a mi hijo, vete de aquí donde no te vea.

Hércules se marchó cabizbajo, si bien antes de irse me susurr ó « lo solucionare » .

—A ti tampoco te perdonar é que no supieras comportarte como un digno descendiente mío —me recriminó mi madre—.

Las musas somos etéreas, inalcanzables, no podemos ser tocadas ni puede hablar con nosotros cualquiera.

Tú te rebajaste a su humanidad. Tu padre, como líder de las musas, está muy enfadado contigo también.

Y por si tu decadente comportamiento no fuera suficiente, ahora estas llorando por las esquinas por un grupo de humanos.

—Eran mis amigos.

—¡Amigos! Eres un muso y un semidiós. No necesitas amigos.

—En eso te equivocas, madre.

Y, dándome la vuelta , me march é dejándola en el jardín de mi padre, que seguramente también había oído toda la conversación.

Intenté descansar unas horas, no lo logré.

Sin ganas me cambié la túnica y me dirigí a dar mi primera clase del día a los nuevos miembros del coro de musas.

Cuando entré en la sala donde impartía la clase, no estaban como de costumbre esperándome mis alumnos, el que estaba en el centro sonriendo era Hércules.

—¿Qué haces tú aquí?

—He hablado con Zeus y con Hades, me deben una.

—Te devolvieron a la vida cuando moriste en 1226 a.C. además de deificarte. ¿Qué más te deben?

—Digamos que cuando necesitan que algo sea hecho y no quieren implicarse me llaman a mí; eso, unido a que sé un par de asuntillos de infidelidades que no haría muy felices a sus esposas, por muy dioses que sean, me otorga ciertos privilegios.

—¿Y en qué me atañe a mí?

—Hay una solución que satisfará a todos los implicados —Abrí los ojos y con un gesto de impaciencia le pedí que continuara hablando—. Tus padres no te quieren aquí, eres objeto de comentarios a sus espaldas que no les hacen muy felices. Y tú tampoco lo eres con tu vida aquí.

—Es un buen resume. Sigue.

—Además, estas encariñado con cierta niña, que pronto se convertirá en hija de cierta escritora.

—Si les pasa algo a ellas por culpa de mis padres, no me importará que sean dioses, lo pagar á n.

—Pues mira, eso es exactamente lo que te propongo.

Vega necesita un ángel de la guardia, el suyo quiere jubilarse y sé que le van a dar el cargo a un recién llegado con poca experiencia.

—Arrugué el ceño al oír aquello. Vega era un terremoto, y sin un custodio responsable tendría un accidente irremediable—. Creo que el puesto te podría interesar.

—¿Volvería a la Tierra?

—Sí. Te marcharías del Olimpo, así tu presencia dejaría de incomodar a tus padres.

No tendrías la misma entidad corpórea que tuviste antaño, es decir, nada de comer ni de tener relaciones sexuales con humanas —recalcó Hércules mirándome divertido—.

Podrás hacerte visible cuando sea necesario o lo desees, pero no ante los ojos de extraños.

Solo podrán verte tu protegida y Macarena por un determinado motivo que ahora te contare. ¿Aceptas?

—Acepto. ¿Cuándo empiezo?

—Y desaparecí del Olimpo para aparecer en el colegio de Vega antes de su actuación.

—Por eso dijo que te había visto.

—Y lo hizo. Estaba adorable de guisante. ¿Lo hiciste tú?

—Entre Fátima, Julián y yo. Pero no te desvíes del tema. Si he entendido bien, ella puede verte porque eres su ángel de la guardia. Por cierto, cuando se lo cuente a Fátima se va a partir de la risa, que lo sepas. Un grandullón machote como tú de guardián de un mico travieso de tres años.

—¡Ja, ja! Estoy seguro.

—Entonces ¿por qué te veo yo?

—Me verás durante algún tiempo, luego ya no —explicó Lino mirando mi vientre.

—¿Estoy…? ¿Estoy embarazada? ¿Lo estoy?

—Lo estás —afirmó sonriendo Lino—. Soy el ángel de la guardia de Vega y seré también el custodio del bebé que llevas dentro. No permitiré que ninguno de esos ángeles novatos cuide a mis pequeños amigos y, por ende, de ti mientras lo lleves en tu seno.

—¿Y cómo estarás en dos sitios a la vez?

—Te recuerdo que soy un semidiós, además, Hércules me debe un favor, uno bien grande por matarme y tener que estar con Hades todos estos años; si hace falta, él me ayudará.

—¿Y si tengo más hijos?

—Seré el custodio de todos ellos, y me encargaré de formar a los custodios que sean necesarios para cuidaros a ti, a los niños, a Julián y a Fátima.

—¿Y siempre que esté embarazada te veré?

—Sí, pero…

—Voy a tener un equipo de futbol.

—¡Ja, ja! No sé qué opinara Julián.

—Estará encantado, y siempre podemos hacer un dúplex.

Estaba embarazada, Lino estaba otra vez en mi vida, y esta vez para siempre. Era absolutamente feliz, había recibido el mejor regalo de Reyes que podía imaginar. Mi vida estaba completa.