10. NAVIDAD #2
Si la observaba con atención, la veía algo apagada, sin duda más delgada, las ojeras se marcaban en sus ojos. Algo le pasaba y ya era hora de que habláramos.
—Fátima, vamos a coger algo para desayunar y nos vamos a mi habitación a hablar. Sí o sí tienes algo que contarme.
No rechistó y me siguió obediente a la cocina donde dos tazas de humeante café hecho nos esperaban junto con un delicioso bizcocho que mi tía había traído el día anterior.
Después de saludar a mi familia, nos cogimos nuestras tazas y nos atrincheramos a prueba de oídos indiscretos en mi cuarto.
Tapadas con el edredón, sentadas en la cama, veía cómo Fátima se calentaba las manos con la taza y eludía hablar de lo que le preocupaba, comentado lo integrados que se veía a Julián y Vega con mi familia.
—Lo están, Vega es el juguete de todos y Julián se los ha ganado también. Pero de ellos ya hablaremos luego, ahora cuéntame qué ocurre que me tienes en vilo.
—Estoy un poquito embaraza.
—¿Un poquito? ¿Cómo vas a estar un poquito embarazada? O lo estás o no lo estás. —No sabía si me sorprendía más que estuviera embarazada o sus dudas al respecto.
—Me he hecho un test de embarazo, bueno, un par de ellos. Y salen las dichosas rayitas rosas, pero no lo sabré con seguridad hasta el veintiocho que voy a la ginecóloga. Con las fiestas, no me ha podido dar hora antes.
—¿Carlos lo sabe? Es muy niñero, solo hay que verle con Vega.
—Ya, bueno…
Mi amiga bajó la mirada eludiendo mis ojos y entonces lo supe.
—¡No sabes si es de él!
—Ay, Maca, es que, en la fiesta de Navidad, a primeros de diciembre, el enfermero que me gustaba y yo…
—No necesito detalles, sé cómo se hacen los bebés —repliqué enfadada—.
¿Cómo has podido hacerle algo así a Carlos?
Si eres tan inconsciente como para liarte con el primer par de pantalones que se te pone delante, sé cabal y usa protección.
No solo para evitar embarazos sino por evitar enfermedades de transmisión sexual. Fátima, no…
Mi amiga había empezado a llorar, se habían abierto las compuertas, suspiré e hice lo que mi corazón me decía.
Abrazarla y acunarla, asegurándole que todo se arreglaría.
Lo primero era la visita a la ginecóloga y después llegaría el momento de tomar decisiones.
Cuando logró serenarse, salimos al encuentro de mi familia que, aunque no decían nada, la miraban preocupados.
Mi madre la acogió en sus amorosos brazos y le dio un achuchón de esos que te reconfortan el alma y te borran las preocupaciones.
Un «Tíaaaaaaaaaaaaa Fátimaaaaaaaaaaaa» nos hizo olvidar las penas.
Vega estaba contenta de ver a la loca de mi amiga.
Fueron dos días de gatear por el monte, asar castañas, y opíparas comidas.
El veintiocho madrugamos y, con Vega envuelta en una manta, aún dormida, emprendimos el regreso a Salamanca.
Dejamos a la niña y a Julián en casa al cargo de mi equipaje y nos fuimos al hospital.
Solo les dijimos que Fátima tenía una revisión rutinaria y había decidido acompañarla.
Nada más entrar en el hospital nos topamos con el enfermero candidato a padre que le dedicó a mi amiga una sonrisa seductora y una mirada demasiado afectuosa a mi entender.
Por una vez, Fátima no coqueteó y siguió muy digna cogiéndome del brazo hasta la consulta de la doctora.
—La ecografía nos sacará de dudas —anunció la doctora mientras le sostenía la mano a Fátima que, con los nervios, me estaba machacando los dedos.
—¿Estoy…?
—No, falsa alarma. El estrés, algún cambio hormonal, o cualquier otra causa ha hecho que no te bajara la regla. Por lo que veo, en unos días tendrás el periodo con normalidad. Los test de farmacia no son muy fiables y has tenido un falso positivo.
Poco después, ante un café y una ración de churros, la cara de Fátima era de puro alivio.
—No estabas embarazada, pero has podido estarlo, que te sirva de lección. Usa protección y deja de ser tan picaflor. Carlos es un buen hombre, te quiere y no se merece esto. Si te hubieras quedado embarazada del musculitos del enfermero, ¿qué hubieras hecho con Carlos?
—Lo sé —replicó una Fátima seria y convencida que no había visto antes—. No volverá a pasar nada igual. Te lo prometo.
Después de dar buena cuenta del segundo desayuno del día, mi madre no nos había dejado irnos hasta que se había asegurado de que habíamos tomado nuestro tazón de leche con bizcocho, nos despedimos.
Fátima se iba con Carlos a pasar el fin de año esquiando y yo lo iba a pasar con Julián y los suyos.
La víspera de Reyes nos veríamos para ver la cabalgata con Vega.
***
La Nochevieja y el Año Nuevo lo celebramos con la familia de Julián que, igual que había hecho la mía con él, me había abierto los brazos.
En su caso, Vega era la única nieta, de modo que era el centro de atención en las reuniones.
Sus hermanos eran menores que Julián y no estaban casados.
A la cena vinieron también sus tíos y algún primo que sí tenía niños con los que Vega jugó hasta cansarse.
Con sus pequeños ojos cerrándose por el ajetreo del día, escuchó adormilada las campanadas del reloj de la puerta del Sol en brazos de su padre.
Esa noche, de un modo natural, cuando regresamos a nuestras casas decidí que la pasaría con él.
No hubo un acuerdo ni fue necesario hablarlo, ellos eran ahora mi hogar y mi lugar estaba junto a ellos.
Seguiría conservando mi piso como lugar de trabajo, pero ese mismo primer día del año empecé a llevar mis cosas al piso de arriba.
Haciendo la mudanza me llegó un whatsapp de Fátima con un video adjunto que pensé que era el típico video felicitando el año y no lo miré. Cinco minutos después me estaba llamando.
—¿Qué haces que no ves los mensajes? —me preguntó enfadada.
—Sí que lo he visto, pero para ver a otro gatito parlante felicitándome el año, no hace falta que me dé prisa.
—No es eso. Míralo y me llamas.
Y sin más, me colgó. Creo que ya he dicho que Fátima esta loquita, pero lo repito por si acaso.
Lo abrí, sosteniendo en la mano una pila de jerséis que me disponía a guardar en la maleta, tuve que soltarlos donde pude y sentarme.
En el video se podía ver a una emocionada y guapísima Fátima, arrodillada ante un más que atractivo Carlos, ante la mirada de los demás inquilinos del hotel que estaban celebrando el año nuevo en la estación de esquí, pidiéndole matrimonio.
Un camarero estaba grabando el momento. El sonido era regular, pero cuando vi cómo Carlos aceptaba el anillo y la levantaba en brazos dándole un supermegabeso , me quedó claro que la respuesta había sido sí.
Si tenía alguna duda, la ovación posterior del resto de comensales me la disipó. Rápidamente llamé a mi amiga.
—Ya lo has visto, ¿eh?
—Estás loca.
—De amor —respondió la cursi de mi amiga suspirando.
—Más bien, que le has visto las orejas al lobo y que te has dado cuenta de que estabas haciendo el tonto y ya era de madurar.
—Eso también.
Las dos nos echamos a reír, teníamos por delante semanas de preparativos y planificaciones, puesto que habían fijado la fecha de la boda el catorce de febrero, día de los enamorados.
Cuando Fátima se ponía ñoña no tenía medida.
Nos despedimos hasta el día cinco y continúe haciendo mi equipaje.
Tenía poco tiempo porque íbamos a comer a casa de la abuela de Julián que, a sus más de noventa años, le gustaba seguir reuniendo a toda la familia a su alrededor.
Vivía con un tío soltero de Julián, pero el resto de hijos y sobrinos la visitaban a diario.
De hecho, se había negado a que lleváramos comida, ella quería supervisar la elaboración de la comida de año nuevo.
Menuda vitalidad tenía la buena mujer. Sin tapujos, Julián nos presentó como pareja y hablaba sin pudor de «nuestra casa» y de «nosotros».
He de reconocer que tenía miedo a la reacción de Vega, el cariño era mutuo y lo pasábamos bien juntos.
Sin embargo, yo era alguien que iba a irrumpir en sus costumbres y que, a sus ojos, podía amenazar la relación entre ellos dos.
Como siempre la chiquilla me sorprendió, cuando me vio aparecer con la maleta y las dos bolsas cargadas hasta los topes, me dijo:
—¿Te gusta el rosa?
—Sí —respondí titubeante sin saber muy bien a qué venía la pregunta.
—Te dejo mis toallas, las de papá son marrones, muy feas. El rosa es mejor.
Y, sin más, se puso detrás de la maleta a empujarla con sus manitas, canturreando feliz villancicos.
***
Apiñados en el balcón de Pilar, una amiga que tenía una oficina en la Avenida de Mirat, por donde pasaba la cabalgata, nos dispusimos a verla.
La emoción era palpable, cada uno teníamos nuestro rey mago favorito.
A Vega y a mí nos gustaba Melchor, Julián era más de Gaspar, y Fátima de Baltasar.
Estábamos bien en el balcón, pero podía ver cómo Vega miraba a los niños de la calle con sus bolsas de plástico listas para recoger caramelos.
Con ojos similares al gato con botas de Sherk miramos las dos a su padre, intentando en una súplica silenciosa conmoverle y que accediera a que bajáramos a la calle.
—¡Venga, vamos! —exclamó Fátima cogiendo a Vega de la mano y tirando de mi brazo.
—¿Dónde vais? —preguntó Julián.