Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 9. NO QUIERO QUE LLEGUE EL FINAL
66%

9. NO QUIERO QUE LLEGUE EL FINAL

E l sábado llegó en un suspiro. Fátima, al saber que tenía una cita con un misterioso vecino, me sometió a un tercer grado con su interrogatorio hasta que Lino se apiado de mí y me la quito de encima, a ella y a su insaciable curiosidad.

Acordamos que mi muso se quedaría con Vega en su casa, para que así la niña pudiera acostarse en su camita cuando quisiera.

Lino, con tal de tener una televisión delante, se entretenía solo.

¿O esa era Vega? Qué mala era, adoraba esa faceta suya de emocionarse por cualquier pequeño detalle.

Me decidí por un pantalón verde con dibujos florales en el mismo todo de la tela y una camisa blanca que sabía que resaltaba mi pecho, algo que acentuaba el fantástico y carísimo sujetador que me había comprado en un ataque de locura y que ahora me alegraba de tener en mi armario.

Unas botas de caña corta y taconazo, junto con un calentito abrigo completaban mi atuendo, además de unas gotas de perfume.

Lino asintió al verme y me dedicó un apreciativo silbido mientras abría la puerta, cuyo timbre había sonado a las nueve en punto.

—¡Hola! —me saludaron a la vez dos sonrientes Julián y Vega. Mi vecino llevaba a la niña en brazos vestida con un pijama de nubes idéntico a uno que yo tenía y una bata rosa.

—¡Tío Lino! —exclamó feliz Vega echándose a los brazos de Lino.

—Hola, cariño. Uy, este pijama diría que lo he visto antes.

—Anda, anda, habrá sido en la televisión —dije quitándole importancia con un gesto de la mano y haciéndole una seña para que se quedara callado.

—Estas son las llaves, os he dejado la cena hecha. Vega se acuesta a las diez y media.

—Hoy un ratito más —replicó la morenita desde los brazos de mi muso—, el tío Lino me va a leer un cuento de la tía Maca muyyyyyy largoooooo. ¿A que sí?

¡Sería lianta la pequeña! Tres años y nos tenía a tres adultos responsables asintiendo complacidos y encantados de satisfacer el deseo de la chiquilla.

Le di a Lino un cuento y, en tanto él subía la escalera para ir a la casa de Julián, nosotros cogíamos el ascensor para ir a la calle.

La temperatura era suave, el restaurante estaba cerca y, cogida del brazo de Julián, con la excusa de los tacones, iba aspirando el aroma de su colonia.

No sabía cuál era, pero olía muy bien, ni fuerte ni pesada, pero transmitiendo seguridad y firmeza.

—¿Cuánto tiempo se va a quedar tu primo?

—Unos diez días más —respondí sintiendo una gota de tristeza en mi voz de la que Julián se percató.

—Estáis muy unidos. Se nota.

—¿Tú crees? Supongo que sí. A veces es como si supiera qué estoy pensando —comenté con ironía—. Me va a dar pena cuando se vaya.

—Maca, no es para siempre, puedes visitarle o él volver a verte.

—No es tan sencillo. Su hogar, donde trabaja, está lejos de aquí. —En ese instante comprendí que, aunque protestara por su comportamiento y su obligatoria presencia en mi vida, le iba a extrañar cuando no estuviera. Y lo que era peor, no volvería a verle nunca.

—Hay aviones, por muy lejos que este no será tanto. ¿Y no puede venirse a España? ¿En qué trabaja?

—Es profesor de música. Música muy antigua.

—Esta noche no pensemos en ello. Hoy dejamos las preocupaciones a un lado, vamos a conocernos y a pasárnoslo bien.

Decidí hacer caso a Julián y dejé en un rincón de mi mente la presencia de Lino, y me centré en el guapo y carismático hombre real que tenía al lado.

Sé que la comida me gustó, platos diferentes y cocinados de forma sabrosa, pero cuando horas después rememoraba los momentos vividos aquella noche, a mi memoria venían la forma en que sus ojos azules me miraban, la forma en que sus labios se movían al hablar, la ternura con la que su mano se deslizaba por el mantel y cogía la mía.

Después de cenar fuimos a un local de copas con unos cómodos sofás azules al que se entraba junto a la trasera de una iglesia, en pleno casco antiguo de la ciudad.

Dando sorbos a mi San Francisco seguimos hablando y bromeando.

Eran casi las tres cuando, de la mano, entrábamos en el ascensor.

Estaba nerviosa, ¿me besaría? Quería que lo hiciera, pero no quería hacerlo yo para no mostrarme demasiado ansiosa.

¿Y si no me besaba? No, eso no era posible, habíamos estado coqueteando toda la noche, tenía que besarme.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron estábamos en silencio, no habríamos llegado ni al primer piso cuando Julián alargó su brazo de repente y pulso el botón de parada.

—¿Qué haces?

—Lo que llevo queriendo hacer toda la noche. Besarte. Y qué mejor sitio que donde te conocí.

—En realidad ya nos conocíamos, pero…

Julián silenció mi nervioso discurso con un beso.

¡Y qué beso! Suave y delicado al principio, probando, tentando, cuando mis labios se rindieron y mi boca se abrió su lengua entró en la mía y el beso se convirtió en fuego y deseo, pasión y anhelo.

Creo que en algún momento dejé de respirar.

Cuando abrí los ojos después de que en mi cabeza se formara el pensamiento de que el beso había finalizado, vi los ojos de Julián mirándome con ternura, un punto de jactancia y algo más, tenue y escondido, un atisbo, un retazo, una sombra de algo que también empezaba a formarse en los míos.

Algo que, aunque mi mente negaba, mi corazón ya sabía.

Me estaba enamorando total e irremediablemente de Julián y estaba segura de que él también estaba empezando a sentir algo por mí.

Tomándome de la cintura nos sacó a los dos del ascensor y fuimos hacia su puerta.

Entramos de puntillas para no despertar a Vega.

Lino no estaba viendo la televisión como yo esperaba encontrarle.

Entramos en el cuarto de Vega y allí estaban los dos, ella hecha un ovillo bajo su edredón de Frozen, y Lino contemplándola sentado en su mecedora, como si fuera el capítulo más interesante de su serie preferida.

—Es preciosa —le dijo Lino susurrando a Julián cuando este se acercó a dar un beso en la frente a Vega.

—Lo es. Por dentro y por fuera. Gracias por cuidarla.

—Ha sido un placer. Es un tesoro. Siempre estará en mi corazón.

—Cuando vengas a visitar a tu prima puedes verla. Me consta que Vega adora a su tío Lino.

¡Pues no soy tonta y casi me echo a llorar al presenciar ese momento de ternura junto a la cama de la niña!

Dos hombretones hechos y derechos derretidos por un mico que no levantaba un palmo del suelo, pero que te ganaba con un pestañeo.

Cuando creciera, su padre tendría que librarse de los pretendientes a cañonazos.

Lino se despidió de Julián y salió al descansillo a esperarme mientras yo me despedía de mi atractivo vecino con un beso que nos dejó a ambos con ganas de más.

Esa noche dormí con una sonrisa de felicidad en los labios y soñando con ojos azules en ascensores.

***

El domingo anterior lo habíamos dejado pasar, pero ya era hora de hacer la prometida tortilla de patata a Lino. Por supuesto, Fátima haría su magnífica tarta de manzana. Julián y Vega también estaban invitados a la comida y, conociéndoles, seguro que traían alguna aportación al festín.

Lino no podía estarse quieto, se ofreció a hacer no sé qué receta de había en un canal de cocina entre capítulo de serie y capítulo, pero le dije que no.

—Lino, eres el invitado de honor. Tú limítate a ponerte guapo —le indiqué, aunque sabía que eso era fácil, mi muso era un modelo, todo le quedaba perfecto, los trajes se amoldaban a su cuerpo como si Miguel Ángel le hubiera esculpido en mármol llevando uno de ellos.

Fátima había insisto en regalarle un traje azul grisáceo de Hugo Boss aprovechando una oferta en los almacenes de su chico.

Mi muso había querido rechazarlo puesto que cuando se fuera no podría llevarse ninguna posesión física, pero Fátima había insistido en ello alegando que después ya donaríamos la ropa de Lino a alguna ONG, pero que no nos podíamos quedar sin el gusto de verle desfilar para nosotras.

Puesto que Lino era muy consciente de su cuerpazo y le gustaba alardear de ello y atraer miradas femeninas, y alguna masculina, al caminar por la calle, había terminado aceptando.

—Luego me cambio, pero ahora quiero ver cómo la haces.

—Observa bien, soy una artista. Ni Chicote ni Arguiñano la hacen tan rica como yo.

Conociendo al tragón que tenía por compañero de piso decidí hacer dos de seis huevos cada una, era muy capaz de comerse una él solo.

Cuando las lágrimas provocadas por la cebolla amenazaron con impedirme seguir cocinando, no tuve más remedio que ceder el cuchillo momentáneamente a Lino.

Después, retomé el mando. Su cara de asombro al verme dar la vuelta a las tortillas en el aire fue digna de verse.

—¿Puedo probar yo?

—Mejor no, no es sencillo y si se va al suelo sería una pena.

—Solo una vez. Por favor —me suplicó con cara de niño bueno y, cómo no, terminé cediendo, que una no es de piedra a determinados ojazos suplicantes.

Con pavor vi volar la tortilla por el aire, no solté el aire hasta que la vi aterrizar intacta en la sartén de nuevo.

Por el movimiento de muñeca de Lino intuí que se preparaba para repetir la hazaña y decidí pararle antes de que fuera tarde.

Seguramente, entre los dones que Zeus y Hércules le habían otorgado, la puntería y la maestría con los malabares estaban incluidos, pero no quería arriesgarme.

Con las dos tortillas primorosas sobre sus platos en la mesa y los cacharos recogidos nos fuimos a cambiar, ya que el olor a humo se había colado hasta mi ropa interior.