9. NO QUIERO QUE LLEGUE EL FINAL #2
La primera en llegar fue Fátima con Carlos, su chico, a última hora me llamó pidiéndome permiso para traerle y no había podido negarme.
Formaba parte de mi vida y Julián estaba asentándose en ella también, de modo que era lógico que empezara a presentarle a mis amigos.
Ya le había dicho a Fátima que Carlos era un buen tío y no merecía que se la pegara con cualquiera que se le ponía delante como había hecho con Lino.
Según ella, tenían una relación abierta, aunque yo no estaba muy segura de que Carlos se tomara el término con la misma amplitud que Fátima.
Sin embargo, en las relaciones de pareja solo bailan dos y el resto, ver, oír y callar.
Esperaba que Fátima recapacitara y se centrara, llevaban ya varios años juntos y soportándose uno a otro las manías, los defectos y las virtudes.
—Todavía está caliente, Lino —le avisó Fátima a mi muso al ver cómo se le iban los ojos tras la tarta de la que salía un fantástico aroma—. La dejaré en la encimera y para cuando lleguemos al postre ya se habrá enfriado.
El timbre detuvo los avances de Lino que, dispuesto a recibir a Vega y su padre, fue más rápido que yo en alcanzar la puerta.
Mientras levantaba por los aires a la chiquilla, me fundí en un abrazo y en un beso moderadamente casto con Julián.
Mi muso era atractivo, pero mi chico con los vaqueros y el jersey ajustado que llevaba estaba imponente.
—No tenemos malas vistas —me susurró Fátima al pasar junto a mí para saludar a Julián.
Dejé a mi amiga presentando a nuestros chicos y fui a llevar la lasaña de verduras que habían traído a la cocina, en tanto Lino y Vega ponían la televisión para ver dibujos animados.
Solo fueron unos minutos porque la comida estaba lista y en seguida nos sentamos a comer.
Éramos un grupo bien avenido y las risas y bromas llenaron el ambiente.
—Ponme un trozo de tortilla y un poco de lasaña en un tupper que esta noche trabajo y me vendrán bien como cena —me pidió Fátima al ver cómo guardaba en la nevera la escasa tortilla que había quedado, ya que, como había supuesto, nos habíamos comido casi todo lo que habíamos puesto en la mesa.
—¿Qué horario tienes esta noche? —preguntó Julián.
—Entro a las diez y salgo a las ocho.
—Deja que te vaya a buscar, no me gusta que te vuelvas caminando a esas horas, mañana es fiesta y no habrá nadie por la calle —le pidió Carlos.
—No hace falta, cariño, llevaré mi espray de pimienta —negó risueña, dándole un beso rápido.
—No creo que sea muy efectivo en caso de que te asalten.
—Créeme que lo es —dijo Lino—. El posible asaltante es el que debería asustarse. Tu novia sabe defenderse.
—Ya te pedí perdón.
—Cuando Fátima vino un día a verme se encontró a Lino —expliqué al ver la cara de interrogación de Julián y Carlos—. No lo conocía y, bueno, qué os voy a contar, fue muy efectiva.
Salvo Lino, todos rompimos a reír, hasta Vega rio divertida. Hacía un rato que veía que se movía inquieta en su silla, me preguntaba qué estaba pasando por su cabecita. Entonces vi cómo le susurraba algo a su padre en el oído, y este, sonriendo, le animó a que me preguntara.
—Maca, me gustan tus botellas.
Tenía que haberlo sabido, se iba a volver loca en cuanto las viera. Hacía tiempo que me había dado por empezar a comprar las botellas de agua pequeñas de determinada marca de agua que cambiaba el convencional envase por otro emulando a los personajes de Star Wars y las películas de Disney.
—Las que estás mirando son las princesas Disney, la Cenicienta es mi favorita.
—Recuerdo el día que compró la primera —afirmó Fátima—. «Solo un par de ellas» fueron tus palabras. Y ahora, mira. Tienes casi treinta.
—Papi, yo también quiero —pidió Vega.
—Mañana te compro en el supermercado alguna.
—Creo que tengo alguna sin estrenar —afirmé haciendo ademán de levantarme, pero Julián me detuvo.
—No hace falta, Vega. No le quitaría sus juguetes a una niña para dárselos a otros.
—¡No soy una niña! —exclamé molesta, aunque el enfado se me pasó en cuanto Julián me atrajo hacia él por la cintura y me dio un cariñoso beso.
Como había empezado a llover y se había puesto mala tarde, sacamos un juego de mesa y las horas fueron pasando sin sentir hasta que mis invitados tuvieron que marcharse. Había sido un fantástico modo de rematar la semana.
***
No podía, era imposible. Mis dedos sobre el teclado, mi mente activa, llena de ideas para terminar la historia de Mabel, pero no era capaz de plasmar nada en la pantalla del ordenador.
Persuadí a Lino de ir a dar una vuelta, después de tomar unas cañas por la Plaza Mayor y luego para ir al cine.
Habíamos salido en teoría para dar una vuelta de una hora y cuando volvíamos a casa habían pasado ocho horas.
—Ya decía que lo había visto antes —comentó Lino al verme con el pelo recogido en un moño con un lápiz y mi pijama de nubes, que había evitado ponerme para que mi muso no se mofara de mí, pero al final, por mi pereza a la hora de poner la lavadora, no había tenido más remedio que usarlo.
—Como le digas algo a Julián…
—No lo haré, pero terminará por saberlo, aunque antes de verte con él puesto supongo que te verá con otro tipo de prendas para dormir. De esas que guardas en el cajón de arriba de la cómoda.
—¿Y tú cómo lo sabes? —pregunté suspicaz a Lino, que arqueó una ceja recordándome que si quería podía saber todo lo que pensaba.
—¿Vas a escribir un rato?
—No sé, tal vez hoy no, algún día puedo descansar, voy bien de tiempo.
—Maca, se lo que estás haciendo, es inevitable. Cuando termines de escribirla me iré al Olimpo y si no lo haces volveré con Hades y sé que no quieres eso.
—No, no quiero condenarte a una eternidad allí encerrado, pero tampoco quiero que te vayas.
—Soy un okupa que te deja vacía la nevera, al que debes vestir y que se lio con tu mejor amiga como pago.
—Lo sé, pero no quiero que te vayas.
Y diciendo eso, rompí a llorar sin consuelo.
Lino me acunó en sus brazos, acariciando mi cabello, tranquilizándome con palabras suaves.
Me decía que todo iba a estar bien, él volvería a su hogar y yo había encontrado el mío en el ascensor, pero no podía dejar de llorar.
No sería capaz de soportar no verle canturreando la sintonía de la última serie a la que se había enganchado mientras me hacía una receta que había aprendido en un programa de cocina.
Para siempre, nunca más, eran conceptos que no podía aceptar y asimilar.
Una vida sin Lino ya no me parecía posible.
Después de llorar durante varios minutos acunada por Lino, apagué el ordenador y me acurré a su lado para ver por enésima vez una capítulo de Fortitude, la nueva serie a la que se había enganchado Lino.
En algún momento la relajación posterior al llanto, unida al dulce calor que el corpachón de mi muso desprendían, hicieron que me quedara dormida.
Debió de llevarme a mi cama, porque en ella había amanecido con la misma ropa que llevaba la noche anterior.
***
Transcurridos cuatro días sin escribir, Lino habló con Fátima y ella se sentó conmigo en un banco de una placita junto a una iglesia en la que a ambas nos gustaba comernos un helado en verano.
—Maca, cariño, no hay más remedio, debes terminar la novela y liberar a Lino.
—No quiero —negué refunfuñando como una niña pequeña.
—Si le quieres, debes dejarle ir.
—Lo sé.
Cuando regresé a casa hablé con Lino y le dije que ese viernes iríamos con Julián, Vega y Fátima a cenar a un mejicano, así podría despedirse de la niña, y después me sentaría a escribir el final de la novela que ya tenía absolutamente claro en mi cabeza.
—Serían dos días antes del plazo, podemos retrasarlo, Lino.
—Sería más doloroso para todos, Maca.
—Entonces está decidido, el viernes terminaré la novela.
***
El viernes llegó. Por mucho que me hubiera gustado detener el calendario, era inevitable.
Esos días no paramos en casa, quise mostrarle a Lino todos mis rincones favoritos de la ciudad.
Ese punto del puente desde el que se veían las Catedrales y la Casa Lis.
Esa cuesta en la que las sombras jugaban a esconderse, la vista nocturna desde la Clerecía, la calle Compañía donde el reloj parecía atrasarse varios siglos.
El pequeño restaurante al final de la Gran Vía, la cafetería escondida detrás de una iglesia con sus majestuosos sillones de mimbre.
En alguna de nuestras excursiones nos acompañó Fátima y en otras Julián y Vega, como en la que hicimos al cine más grande de la ciudad para ver la última de la saga de la Guerra de las Galaxias, donde Vega se quedó dormida en el regazo de mi muso.
Me había prometido no llorar, y lo había conseguido a medias, al menos delante de Lino no lo había hecho, pero fue quedarme sola y abrirse las compuertas de mis ojos.
Haciendo un esfuerzo me arreglé un poco para la cena, no era cuestión de que una de las últimas imágenes que Lino viera de mí fuera como un desastre andante, me puse un pantalón azul oscuro y una camisa a cuadros tipo leñador que se habían puesto de moda recientemente, con un jersey también oscuro de pico.
Mi muso estaba como un queso con los vaqueros y un jersey de cuello con un botón que permitía bajarlo a modo de solapas.
—Estás preciosa, pero algo triste —me dijo Julián dándome un beso en la mejilla.
—Lino se va ya a su casa.
—Volverá antes de lo que esperas —afirmó intentado animarme, y por toda respuesta escondí mi rostro en su pecho tragándome las lágrimas.
Con las ocurrencias de Vega y de Lino la cena resultó muy divertida y amena.
La cara de mi muso ante el picante había sido todo un poema que había hecho que todo el restaurante se riera con nosotros.
Entre nachos, guacamole y fajitas las horas pasaron y a las doce nos despedimos, ya que era tarde para la niña y Fátima tenía turno de mañana ese sábado.
—Mañana por la tarde podemos ir al centro comercial con Vega, seguro que ir de compras te anima algo después de la marcha de tu primo —me sugirió Julián y, animada por Fátima que tenía cena con compañeros de trabajo y no quería dejarme sola, accedí.
—Está bien, nos vamos de tiendas.
Al ver parlotear a Vega con Lino y cómo le llenaba la cara de besos babosos al despedirse, tuve que mirar para otro lado o mi fuerza de voluntad no lograría contener mi pena, y aún tenía que escribir el capítulo de despedida de la historia de Mabel. Luego ya podría llorar con ganas.
—¿Y cómo va a ser? Lo escribo y desapareces.
—En cuanto escribas la palabra fin quedaré liberado del trato y me iré al Olimpo.
Es lo que quiero, Macarena, no llores más que se te van a hinchar los ojos, vas a estar feísima, y ese arquitecto que suspira por ti no va a querer ni mirarte.
Bueno, aun así diría que estás preciosa, está claro que él y su hija te adoran.
—Y yo a ellos.
—Pues en ellos debes pensar y no en mí cuando me vaya. ¿Me lo prometes?
—Sí —afirmé con una fortaleza que estaba lejos de sentir.
—Entonces, empieza a escribir —me dijo con suavidad mientras mis dedos comenzaban a moverse sobre el teclado.
« Iván salió libre y se convirtió en una especie de héroe.
Lo tenía todo para ello. Atractivo, empresario hundido por envidias, abandonado por su mujer dos años antes y, lo más importante: haber sido acusado injustamente por un crimen que no había cometido.
No lo dud ó un instante, al mismo tiempo que abandonaba los juzgados su abogado empezó a pleitear con el fiscal.
La prensa que antes le había apuntado con dedo inquisidor, ahora le aupaba en hombros y hacía de él un nuevo mártir.
Una tarde de primavera, cuando los á nimos se fueron calmando y el abogado de Iván se había vuelto tan solicitado como para dejar cualquier tipo de reclamación al estado en manos de ayudantes, me reuní con Iván.
Llegó en un llamativo descapotable y vestido con un traje del diseñador más de moda en aquel momento.
Numerosos rostros se volvieron a su paso, tanto hombres como mujeres.
Desde la silla donde le esperaba, podía ver la satisfacción llenando su sonrisa.
Y entonces lo supe. ¿Cómo había podido estar tan ciega?
—Gracias por venir —me saludó, sentándose a mi lado con aire triunfador.
—No esperaba tu llamada.
—Tenía que hablar contigo. Después de todo, tú fuiste la única que me visitó .
—Debía de ser porque no había más tontas disponibles. Me utilizaste de nuevo. Y a Ana, y a tu abogado.
—¡Eh! ¡Que fuiste tú la que viniste sola! Nadie te llam ó .
—Ilusa de mí, te creía inocente, pero no lo eres. Tú le mataste.
—No entiendo lo que dices —aseguró tirando nervioso de los puños de su camisa.
—Para todos era evidente, menos para mí. ¿Y tu compinche?
Me miró a los ojos, giró la cabeza y, sonriendo, golpe ó la mesa con las palmas de las manos. Pidió un café al camarero y hasta que se lo trajeron guardamos silencio. Después, de nuevo solos, dijo al fin:
—Está bien. Yo lo hice. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Nada. Terminar á n por cogerte; si hago algo, seguro que logras cambiar las cosas a tu favor.
—Me gusta tu actitud. Él era un miserable, se hizo con mi empresa con sucias estratagemas.
—No lo dudo, aunque eso no te dio derecho a matarlo.
—Fue un error, lo reconozco. Yo quería hundirlo como él había hecho conmigo. Trat é de hacerme con pruebas de sus trapicheos y para ello coloqu é una cámara y un hombre en su despacho.
— ¿Y?
—Fui a ver a Gascón. Una furtiva mirada mía al conducto del aire le hizo sospechar. Discutimos, forcejeamos, el estúpido que había contratado no supo quedarse quieto e intervino. Lo estropeó todo.
—¿Dónde está ahora?
—Muerto. Gascón le clavó su propia navaja.
Logró salir del edificio y un medicucho le curó la herida.
Me ayudó mientras estuve dentro de la cárcel.
Consiguió hacerse con una copia del informe policial y se la envió a mi abogado.
Lamentablemente, al día siguiente de mi liberación, tuvo un desagradable accidente. Cosas que pasan.
—No quiero saber nada más. Cuanto menos sepa, más fácil será olvidarlo.
Me levant é y salí de la cafetería haciendo caso omiso de sus amenazas. No le conté nada a nadie hasta que el propio Iván murió en un accidente. Supongo que fue una especie de justicia divina. Ana sabe la verdad, ella también tenía sus dudas sobre la inocencia de Iván. »
—Ya solo queda el párrafo final, Lino.
—Entonces, ya es la hora, Maca.
Me abrazó, me besó con suavidad y, animándome con un gesto de su cabeza, me instó a continuar.
« Jorge ya va al colegio, Julián y yo somos felices, o al menos somos capaces de vivir con la suficiente armonía como para no tirarnos los trastos a la cabeza.
Por lo demás, sigo esperando.
FIN »
Y Lino se marchó y mis lágrimas surgieron de mis ojos sin contención.