Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 8. TRABAJANDO QUE ES GERUNDIO #3
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8. TRABAJANDO QUE ES GERUNDIO #3

—Imposible. Más de la mitad de la plantilla tendrá vacaciones ese día y debo quedarme all í. En Nochevieja lo dejaré todo en manos del director de planta y podremos estar juntos.

—Va a ser duro pasar seis días en casa.

— ¿Aú n no les has dicho que te han despedido?

—No. Ya fue bastante complicado decirles que me iba a Par í s con mi novio en fin de año.

El silbato del tren nos indicó que la hora de partir había llegado.

Nos fundimos en un apasionado beso y subí al vagón sintiéndome la chica más afortunada del mundo.

No sabía que aquella iba ser la última ocasión en que le vería.

En nuestro siguiente encuentro, él estaría asentado en una fría sala en el sótano de un juzgado.

***

Me levant é con la primera luz del alba. Desde la noche anterior mis maletas aguardaban junto a la puerta. Tomé un café y me senté al lado del teléfono, esperando la llamada de Iván. Cuando llegó la hora de la comida empecé a preocuparme.

—Le habrá surgido un contratiempo de última hora —dijo Ignacio sonriendo con malicia.

Como en silencio, haciendo oídos sordos a las bromas que mis padres y mi hermano hacían a mi costa.

A media tarde no aguant é más la espera y le llamé al móvil.

La voz sin emoción de una operadora me comunicó que el terminal al que estaba llamando no estaba operativo.

A continuación, llamé a su casa y saltó el contestador.

Por último, llam é a su empresa y después de discutir un rato con la telefonista, conseguí hablar con el amigo de Iván con el que había tratado de emparejar a Ana.

—¿Sabes dónde está Iván? No consigo localizarlo.

—Por lo que sé, se fue de viaje esta mañana antes de comer.

Suspire aliviada. Eso quería decir que estaba en camino y por lo que fuera se había olvidado de telefonearme.

En cualquier momento llegaría y podríamos comenzar nuestro viaje.

Pero no llegó. Por la noche empecé a temer lo peor, Iván había tenido un accidente y estaba en algún hospital inconsciente.

Busqu é el teléfono de Ana y la llame al Santa Cecilia, ella sabría qué hacer.

—No te preocupes. Haré un par de llamadas y si ha tenido un accidente lo sabremos.

Ya eran las dos de la madrugada. Mis padres se habían ido a dormir y mi hermano a ú n tardaría en volver.

Sentada sola en el sofá, era víctima de los más funestos temores.

¿Y si había tenido un accidente en alguna carretera solitaria, y estaba tirado en una cuneta bajo una espesa capa de nieve?

Eso explicaría lo del móvil. A Iván no le gustaba llevarlo encendido en el coche.

Al sonar el teléfono imagin é por un instante que era Iván, mis esperanzas se disiparon al oír la voz de Ana. En ningún hospital había ingresado nadie con el nombre de Iván Sánchez. Quise regresar, pero Ana me hizo ver que hasta que no pasaran las fiestas no se podría hacer nada.

—Es mejor que te quedes donde est á s, por si llegara Iván. Yo seguiré preguntando y, si averiguo algo, te llamo.

Aunque su cara mostró pesar, sé que en el fondo a mi padre poco le falt ó para dar saltos de alegría cuando le dije que después de todo pasaría el fin de año con ellos.

Mi madre, sin asomo de rubor en sus mejillas, afirm ó muy seria: “A m í ese chico nunca me gust ó ”.

Preferí omitir cualquier tipo de respuesta.

Por último, Ignacio, por una vez en su vida, demostró amor fraternal y no dijo nada al respecto que, en su caso, era una gran muestra de afecto.

Recuerdo que era la tarde del cinco de enero cuando Ana lleg ó a casa de mis padres. Me asustó un poco que ella, que nunca se cogía vacaciones, hubiera pedido días libres para visitarme.

— ¿Podemos hablar a solas? —me preguntó Ana en un susurro, después de las oportunas presentaciones.

—Claro, sígueme —respondí en voz baja—. La acompañaré al cuarto de invitados, mamá —informé a los demás.

Según salíamos de la habitación no pude evitar sonreír al ver la cara de aturdimiento de mi hermano. Sin duda, la seguridad y la belleza de Ana le habían atraído, anulando cualquier tipo de inteligencia en su cerebro.

—Dime qu é ha ocurrido. ¿Un accidente?

—No, tranquila. ¿Recuerdas a Juanjo? El amigo de Iván con el que salí un par de veces.

—Sí —afirmé inquieta.

—Me llamó ayer al Santa Cecilia y quedamos para tomar un café en un lugar apartado. No quería que Iván se enterara de que me lo había dicho.

— ¿El qué? —pregunté al borde del infarto.

—El día veintinueve Iván salió de viaje, pero no vino aquí, se fue a su ciudad. Todo este tiempo te ha estado engañando, se ha estado divirtiendo a tu costa. Mientras estaba contigo, su otra novia lo esperaba en casa. Una novia con la que nunca ha terminado.

—A lo mejor le entraron remordimientos y decidió acabar con ella antes de seguir adelante conmigo.

—Mabel —empezó a decir Ana cogiéndome la mano derecha—, Iván se ha casado con ella. Además, se han ido de viaje de novios a Par í s.

—¡A Par í s! Cuando me lo encuentre, le voy a…

—Tardar á s en verle. Tiene planeado residir en Japón durante al menos un año, para ampliar los negocios de su empresa.

No podía creer lo que Ana me decía, era como si hablara de otro Iván, alguien muy distinto al que yo había conocido.

Sin embargo, la cruda realidad termin ó por imponerse y lo único que yo podía hacer era comerme mi ira.

Regresé a la capital con Ana y busqu é un nuevo trabajo.

Siempre a la espera de que mi vida experimentara el gran cambio, la fuerte emoción que nunca llegaba.

Yo era una más de la raza de los que esperan y lo continuaría siendo durante todos los años que me quedaran por vivir. »

—¡Vaya caradura que es ese Iván! —exclamó Lino por encima de mi hombro, hacia un rato que había acercado una silla a la mía y, sin hablar, iba leyendo lo que yo iba escribiendo.

—Como Iván hay muchos tíos, por desgracia.

—¿Tu Iván era así?

—Más o menos. Me deslumbró con su labia y su galanteo. Caí en sus redes como una tonta, pero él no mató a nadie. Se lió con mi amiga Ana, mi compañera de piso. Me traicionaron los dos.

—Ahora entiendo tu disgusto cuando nos encontraste a Fátima y a mí. Lo siento mucho, no sé qué me pasó, no tengo disculpa. Perdóname.

—Está olvidado, Lino. No fue ni de lejos lo mismo que con Iván, con él pensé que había encontrado a mi media naranja. Creí que era el hombre de mi vida. Me tragué el cuento de hadas entero. Sin embargo, ni él era un príncipe azul, ni yo una princesa.

—Para mí si eres una princesa y para Vega también. Y para su padre eres…

—¡Ja, ja! Celestino que te veo venir. Por cierto, el próximo sábado necesito que hagas de canguro de Vega.

—Ya veo. No necesitas que haga de Cupido, te las arreglas bien sola —añadió divertido—.

Será un placer hacer de canguro, es una niña muy divertida.

Me encanta su inocencia y sus ganas de jugar.

Está descubriendo el mundo, como me pasa a mí, y entiendo su asombro por cosas que a ti y a su padre os parecen cotidianas y no valoráis.

—Tienes razón. Desde que estás en mi vida, no veo las cosas igual. Descubro más matices en todo, hasta en la comida. Saboreo incluso el pan de otra manera, como lo haces tú. Apreciando hasta el gusto que le da el horneado.

—Hablando de comida, con todo lo que hemos zampado hoy voy a hacer algo ligero mientras tú recoges.

—Perfecto.

Y eso hice, apagué el ordenador, guardé mis anotaciones y fui a la cocina. El día llegaba a su fin.