8. TRABAJANDO QUE ES GERUNDIO #2
Esa fue la primera vez que vi dolor en los ojos de Lino.
Me desesperaba su, en apariencia, superficialidad y su poca seriedad a la hora de liarse con Fátima, pero no podía siquiera imaginar el dolor de estar, no solo días y semanas, sino siglos y eones separado de tu familia, tus amigos, tu hogar, todo lo que has conocido y dado por seguro arrebatado de tu lado en un instante.
Lino era un niño en muchos aspectos, pero en realidad era un ser más anciano casi que la tierra misma, desterrado y olvidado por los suyos.
—Lo siento.
—¿Qué sientes, Maca?
—Lo que te hizo Hércules, lo que has tenido que pasar en el reino de Hades. No te perdono la traición con Fátima, pero quiero que sepas que no me arrepiento de tenerte conmigo estas tres semanas.
Mi dulce muso apartó la mirada, no sin antes dejarme ver un lagrima en sus atractivos ojos verdes.
Regresamos al restaurante y, después de una comida sabrosa y sustanciosa, con mucha pereza regresamos a la ciudad.
Los días eran cortos y al quitarse el sol hacía frío, además la niebla había empezado a bajar otra vez, y se notaba humedad en el ambiente.
No llevaba ni diez minutos en el ordenador, escuchado de fondo la sintonía de la Guerra de las Galaxias en la televisión que estaba viendo Lino, cuando sonó el timbre de la puerta.
Según me aproximaba a la entrada podía escuchar el alegre parlotear de un niño y cuando abrí me encontré a Julián y la pequeña Vega sonrientes en mi puerta.
—¡Macarena! —exclamó mi vecinita extendiendo sus bracitos hacia mí.
Me agaché para ponerme a su altura y me dio un fuerte abrazo mientras yo besaba sus mofletes. Poniéndome de pie saludé al padre de la pequeña que llevaba un paquete en las manos, cubierto de papel de plata.
—Hola, Macarena, no sé si te habremos molestado. Vega y yo queríamos darte las gracias por tu compañía ayer durante el tiempo que nos quedamos en el ascensor.
—De nada, no tenía alternativa ¡ja, ja!
—Fuiste una gran ayuda con Vega, sin tu cuento se hubiera asustado y me hubiera desesperado sin saber qué hacer allí encerrados. Te hemos hecho un bizcocho entre los dos para darte las gracias.
—¿De verdad? No hacía falta. Pasad y lo probamos juntos.
—Lo llevo a la cocina —dijo una varonil voz a mi espalda carraspeando.
—Os presento. Ellos son Julián y Vega, nuestros vecinos, él es Lino mi…—no sabía que decir, ¿cómo se presenta a un muso que está de okupa en tu casa? Difícil si no quieres que te tomen por loca.
—Su primo. He venido unas semanas de vacaciones a disfrutar de la compañía de mi primita —explicó Lino dedicándome un guiño cómplice.
—Hare café, yo soy más de té.
—Por mí no te molestes Macarena, un té está bien —aseguró Julián.
—Tengo té rojo, té verde normal y, no sé si lo has probado, tengo también té verde con jazmín.
—¡Es mi favorito! Me encanta.
—¿Y no tienes chocolate? —preguntó Vega encaramándose a una silla de la cocina.
—Claro que tengo —respondí a la niña—, ahora os hago chocolate a ti y a Lino, que seguro que también quiere.
Tras unos minutos de «pásame la leche», «calienta el agua», «miel o azúcar» nos sentamos los cuatro a la mesa.
Pensé que después de la comilona con Lino no me entraría ni un trocito de bizcocho pero era esponjoso, suave y muy rico.
De yogurt y limón. Hacía tiempo que no comía un dulce casero.
Lino se relamía con gusto y no dudó en repetir y servirse una generosa porción más.
—¿Y lo habéis hecho vosotros? —pregunté entre mordisco y mordisco.
—Sí —contestó Julián mirando orgulloso a su hija—. Los sábados no trabajo y a Vega y a mí nos gusta cocinar.
—Y comer —exclamé divertida viendo cómo la pequeña se zampaba un trozo tan grande como el de Lino, mojándolo en chocolate.
—No comas más, Vega, o luego la barriguita te va a doler.
La pequeña asintió con la cabeza rebañando el chocolate que caía por el borde de la taza con su dedito.
—¿Tienes más cuentos? —me preguntó curiosa.
—Sí, tengo alguno más.
—¿Me lo lees? —me pidió ansiosa.
—Lo haré yo —afirmó Lino—. ¿Dónde los tienes?
—En el archivador de la taza de té que hay junto el ordenador.
—Tú y el té —comentó mi muso riéndose—. Vamos, Vega.
Divertida, mi vecinita se encaramó a los hombros de Lino y pocos minutos después estaban los dos hechos un ovillo leyendo un cuento como si fueran amigos de toda la vida.
Nunca había visto a Lino con niños, seguramente en el mundo de donde venía no había seres tan inocentes y pequeños, tan dulces, con toda la vida por delante.
—Tu primo es bueno con los niños.
—Sí, lo es —Mejor desviar el tema y que no me preguntara mucho por mi relación con él o saldría corriendo de mi casa—. No quiero ser indiscreta, si no quieres no me respondas, pero ¿dónde está la madre de Vega?
—Murió —dijo Julián con tristeza—. Al dar a luz a mi pequeña. Hubo complicaciones en el parto, no pudieron hacer nada por salvarla.
—Oh, lo siento.
—Gracias. Estamos bien. Ella es feliz, mis padres me ayudan con ella. La recogen en el colegio al mediodía y come con ellos. Procuro salir del estudio no más tarde de la seis para poder pasar al menos la última parte del día con ella.
—¿En qué trabajas?
—Soy arquitecto —Cuando lo oí me atraganté con el té, no solo se llamaba como uno de los personajes de mi libro, sino que compartía profesión con él.
Si no fuera porque ya lo tenía planificado de antes, hubiera dicho que era una jugarreta de Lino—.
Puedo llevarme el trabajo a casa y continuar después de que ella cene y se acueste. ¿Y tú? Escritora, por lo que veo.
—En realidad estudié Magisterio pero las oposiciones se congelaron y empecé a escribir.
Al principio por entretenerme, unos amigos me animaron a publicar y me lancé con un cuento.
Después siguió una novela y dejó de preocuparme que salieran las oposiciones.
Trabajo en casa, si alguna vez necesitas ayuda con Vega, no lo dudes.
—Gracias. Tu primo es muy niñero —afirmó Julián mirando a mi gigantón muso haciendo de caballito de una diminuta Vega subida a su espalda que, al grito de «Arre, caballito» se lo estaba pasando en grande.
Nos quedamos los dos en silencio, bebiendo pequeños sorbos de nuestra taza de té verde con jazmín, sabiendo que estábamos compartiendo uno de esos instantes en que el tiempo parece detenerse, en los que no hay nada más importante que el aquí y el ahora.
Nuestras miradas se encontraron y mi mano izquierda se deslizó por la mesa hasta encontrarse con la suya, que abrazó al mía, y su dedo pulgar acarició mis dedos.
—¿Crees que tu primo podría hacer de canguro una noche?
—¿Me estás invitando a cenar?
—Tal vez. Si lo hiciera ¿qué me dirías?
—Te espero a las nueve.
***
Con gran pesar de Lino y Vega, Julián se marchó con la pequeña a su casa y yo volví a mi novela con más pesar todavía. Mabel no lo iba a pasar bien, iba a perder algo más que el trabajo en el siguiente capítulo.
« Mientras esperaba que Ana volviera del Santa Cecilia, recordaba lo que había pasado el último mes.
Resultaba difícil creer que mi vida hubiera cambiado tanto.
A principios de diciembre tenía un trabajo más que aceptable en la inmobiliaria.
Amalia y Rubén hacían planes para el largo puente que se avecinaba.
Iván y yo íbamos a quedarnos en la ciudad, puesto que guardábamos fuerzas y el dinero para un romántico viaje a Par í s en fin de año.
Contra la opinión de Iván, había insistido en pagarme mi parte y no estaba para más gastos.
Antes de irnos de puente, El Jefe salió de su despacho y me llam ó .
Mis compañeros me sonrieron, confiaban en que iban a prorrogarme el contrato una segunda vez.
Fue un mazazo. Con falsas palabras edulcoradas, entre halagos y alabanzas, me dijo que me quedaban quince días en la empresa.
« Aquí malgastas tu talento. Alguien como tú puede encontrar trabajo donde quiera » , asegur ó al ver mi cara.
Amalia y Rubén lo lamentaron, si bien, no debía engañarme; en unos meses, cuando mi sustituto llegara, ya no se acordarían de mí.
No disfruté el puente. Estaba amargada y desesperada.
Iván trat ó de darme ánimos, él me ayudaría a buscar un trabajo después de navidades.
Incluso me aseguró que, dado el caso, él mismo me contrataría en su empresa.
Entonces me pareció preocupado y sentía que me quería.
Qu é fácil le había resultado engañarme.
Ese lunes, El Jefe no se presentó en toda la tarde.
Rubén me contó que era lo que solía hacer cada vez que alguien se iba de la oficina.
Cuando lleg ó la hora de la despedida nos intercambiamos promesas de futuros encuentros que los tres sabíamos que nunca cumpliríamos.
Aquel había sido mi primer empleo y nunca lo olvidaría.
Sin embargo, la tristeza dur ó el tiempo que tard é en llegar a casa.
La visión de maletas a medio hacer aument ó mi excitación.
Era día veintidós y solo faltaban siete días para irme a Par í s con Iván.
Sí, en medio tendría que soportar una breve visita a mis padres, pero el pensar en Iván hacía que se me olvidaran las preocupaciones.
***
El andén estaba repleto de gente cargada de bultos yendo de un lado a otro la víspera de Nochebuena.
Iván me había acompañado a la estación. Él debía quedarse en la capital en Navidad ya que tendría que trabajar el veintiocho o el veintinueve de diciembre.
Habíamos acordado que yo pasaría la Nochebuena con mis padres y el veintinueve é l me iría a buscar; y después, Par í s.
La niebla calaba hasta los huesos, mi cuerpo tiritaba dentro del abrigo.
—Te quiero —le dije enamorada.
—El veintinueve te llamaré temprano y te diré a qué hora pasar é a recogerte.
—¿Seguro que no puedes venir en Navidad?