8. TRABAJANDO QUE ES GERUNDIO
C omo suponía, no fui capaz de dormir nada.
Me dolía la traición de Fátima, había visto sus más de veinte llamadas perdidas.
Tenía que hablar con ella, lo sabía, pero no tenía ni fuerzas ni valor para ello.
Sin embargo, los dos conspiradores se habían adelantado a mis deseos, y cuando salí de mi habitación dispuesta a tomar un café rápido y volver a refugiarme en la escritura, me los encontré sentados en la mesa de la cocina.
Querían ablandarme con un delicioso desayuno.
Fátima había comprado mis madalenas favoritas, y Lino había hecho una torre de tortitas.
El olor del café recién hecho, en una divertida taza que mi muso puso delante de mí, empezó a hacer tambalear mi determinación.
—Buenos días, traidores.
—Maca, cariño, deja que me explique —pidió mi amiga sentándose junto a mí.
—Lo vi con mis propios ojos, no había forma de que neguéis lo que pasó porque era evidente.
—Fue un momento de debilidad y pasión —comenzó a decir Lino—. Créeme cuando te digo que si hubiera sabido el daño que te iba a causar no hubiera ocurrido nunca.
—Y si yo hubiera sabido que este salido se lanzó a mí porque era la mujer que tenía más cerca sin salir a la calle le hubiera dado un buen bolsazo, o mejor una buena rociada de espray de pimienta.
—Aún me arrepiento de no habérselo dado yo el día que me lo encontré en la cocina.
Lino tragó saliva, no había rastro en su cara de ironía y seguridad. Parecía que estaba arrepentido realmente, y ver que las dos estábamos enfadas con él le hacía perder la compostura. Seguía estando tan guapo que dolía mirarle, pero no lucía tan brillante y deslumbrante como otras veces.
—Si queréis seguir acostándoos, hacedlo fuera de mi casa.
—No, nunca, jamás, ni aunque fuera el último hombre en la tierra —negó Fátima con rotundidad. La miré arqueando una ceja y a regañadientes añadió—: bueno, tal vez en ese caso sí, pero como no es así, de este cuerpazo no va a volver a disfrutar.
Quería a Fátima, era más que mi amiga, era mi confidente, mi hermana, mi conciencia.
No podía continuar enfadada con ella. Nos fundimos en un fuerte abrazo rematado por dos sonoros besos y nos lanzamos a las madalenas como si fuera nuestra última comida.
Lino carraspeó, mirándome con ojos de cordero degollado; suspirando, le miré y dije:
—Vale, a ti también te perdono, pero la próxima vez que quieras liarte con alguna fémina te vas a su casa.
—Por supuesto, no volverá a pasar.
Fátima nos dejó poco antes de las diez porque tenía que irse a trabajar.
Lino, solícito, se ofreció a hacer limpieza intensiva de la cocina en lugar de ponerse a ver alguna serie.
Contenta y feliz de que la relación con mi amiga y mi muso, al que tenía que reconocer que le había cogido cariño, volviera a la normalidad, me di una ducha y me senté ante mi portátil dispuesta a que mi protagonista también tuviera una conversación esclarecedora con su amiga Ana.
Ya era hora de que Mabel descubriera la relación entre la doctora y Gascón.
« Ya me iba a ir de la cafetería, cuando llegó Ana.
No me había dado cuenta, pero el local era el sitio al que solía acudir en busca de tranquilidad, después de salir de la inmobiliaria.
Inconscientemente, mis pies me habían llevado hasta allí.
Ana se sentó en una silla al lado de la mía, dejándome encajonada contra la pared.
—Tenemos que hablar —me dijo mientras se sentaba.
—Ya lo has dicho todo en el juicio. Créeme, no necesito saber más.
—No vas a irte de aquí hasta que no te explique lo que pas ó .
—Te has asegurado de que así sea. Sí tú no te levantas, no puedo salir —respondí haciendo un ademán que Ana frustr ó cogiéndome del brazo.
—No seas chiquilla. Escucha.
Un hombre de pie junto a la barra nos observó unos segundos después de volver a concentrarse en el vaso de vino que sostenía en su mano.
Una pareja conversaba tomando café en otra mesa y una solitaria mujer bebía pequeños sorbos de una botella de agua, sentada en un taburete en la barra. Nadie nos prestaba atención.
—Conocí a Gascón en una de las reuniones de la Fundación Gascón y el Santa Cecilia. Al principio me pareció repulsivo, sin embargo, poco a poco me fue ganando con su educación y sus atenciones. Me invit ó a cenar y…
—No necesito saber los detalles.
—Salimos un tiempo y cuando se lio con esa secretaria rompimos. Supongo que tuvo alguna que otra aventura mientras estuvimos juntos, pero nunca lo supe.
—¿No pensabas contármelo?
—Sinceramente, no. No me sentía muy orgullosa de mi relación con Gascón. No era el típico hombre que le presentarías a tus padres.
—¿Sabías que quería adueñarse de la empresa de Iván?
—Me enteré por casualidad. Al contrario de lo que ese abogaducho piensa, Gascón no me hablaba mucho de sus asuntos. Un día nombr ó a un tal Iván, dueño de una empresa de informática. Supuse que era él.
—Podías haberle llamado y haberle contado lo que Gascón planeaba.
—¿Lo dices en serio? Después de lo que te hizo, no me pareció mal que sufriera un poco.
—Sí, pero…
—¿No me ir á s a decir que todavía le quieres?
—No, eso no. Siento cariño.
—No me has explicado qu é hacías en el juicio. Iván no sabía que ibas a ir.
—Anoche llamé a su abogado diciéndole que iría. Me imagino que él no sabía que tú y yo éramos amigas.
Conversamos unos minutos más y nos despedimos. No había sido una buena idea ir al juicio, no me había gustado enterarme de la relación de Ana y Gascón. No obstante, era mejor haberlo sabido por su boca que no por una reseña en un periódico de la mañana. Pero todavía no había acabado el día.
***
Habíamos ido al cine. Desde que nació Jorge salíamos poco, pero aquella tarde necesitaba distraerme. Una tía de Julián que vivía en la ciudad acept ó de buen grado cuidar al pequeño. Incluso nos permitimos el lujo de tomar algo al salir del cine. Eran casi las once y media cuando volvíamos a casa.
—Por fin estáis aquí —dijo la tía de Julián nada más vernos.
—¿Le pasa algo al niño? —pregunté asustada.
—No, él está durmiendo. Un abogado ha estado llamándote desde las nueve. Me ha dejado un número de teléfono para que le llames en cuanto llegues.
Julián farfulló algo y se fue a llevar a su tía a casa.
Entré primero a ver a Jorge, que dormía tranquilo, y después llam é al abogado.
Si me esforzaba un poco podía sentir la sangre fluyendo por la vena que palpitaba en mi sien.
Tuve que marcar dos veces el número, era como si mis dedos se hubieran vuelto torpes y lentos de pronto.
—Soy Mabel García —dije en cuanto oí que me respondían.
—Menos mal que la encuentro. Ha pasado algo importante.
—Cuéntemelo.
—Unos técnicos de mantenimiento han encontrado una cámara de video en el conducto del aire acondicionado del despacho de Gascón. No hay ninguna tarjeta dentro, pero el conducto está lleno de restos de comida. Alguien vigilaba a Gascón.
—¿Y eso qu é tiene que ver con Iván?
—También han hallado en el conducto sangre del tipo de la de Gascón y restos de otro grupo.
—¿El de Iván?
—No. Hasta ahora no habían dicho que había indicios de que hubo un forcejeo, y que bajo las uñas de Gascón había restos de piel y sangre de su atacante. Eran del tipo B negativo e Iván es A negativo.
—Si no era de Iván, ¿por qué lo detuvieron?
—Les convenía. Alguien me ha enviado de forma anónima el expediente que la policía redact ó . El expediente í ntegro, incluyendo el análisis de los restos hallados en las uñas de Gascón.
—¿Qué va a pasar ahora?
—No van a tener más remedio que liberar a Iván. Si él quiere, puede acusar al fiscal de falsificar pruebas.
—No sé qué decir.
—¿Puede venir mañana al juicio? Creo que Iván saldrá libre en pocas horas —afirmó triunfalmente el abogado.
—Allí estaré. »
Listo. Un nuevo capítulo terminado. Por el rabillo del ojo vi que Lino se disponía a cocinar en la reluciente cocina que ahora tenía.
Nunca había estado tan limpia. Apiadándome de él, me di cuenta de que hacía ya un par de días que no salía a la calle con él.
Hacía un precioso día, frío y luminoso que invitaba a aprovechar los tímidos rayos del sol.
—No te preocupes por la comida. Te voy a llevar a comer un arroz con bogavante que esta riquísimo.
—Ummm, suena muy bien.
Con ropa cómoda, en poco más de media hora estábamos en el coche.
El restaurante estaba en una casa rural a quince kilómetros de la capital.
Un sitio que antaño había sido una granja con algo de ganado reconvertida en un coqueto lugar de descanso y relax.
Me seguía pareciendo divertido ver la cara de susto de Lino cuando íbamos por la carretera, se agarraba al asiento con las manos blancas de la fuerza con que lo hacía.
—Tengo una pregunta. ¿Tú puedes morir? Como tienes esa cara de miedo cada vez que nos subimos al coche…
—No moriría, pero no me resultaría divertido romperme los huesos, por mucho que se recompusieran después. Y que yo sepa, tú si puedes morir, así que deberías conducir más despacio.
—Si esto te parece correr, ya verás cuando con las ganancias de mi próxima novela me compre un coche deportivo.
—¡¡¡Qué!!!
—¡Ja, ja! Tranquilo. Con lo que gano con los libros no tendría más que para un par de ruedas, pero sería fantástico conducir por una autopista en uno así.
Antes de comer dimos un paseo por los alrededores para que Lino viera la zona. Por su expresión, sabía que le gustaba aquel cambio de paisaje después de días encerrado en casa y el bullicio de la ciudad.
—Aquí puedo respirar como lo hacía en el Olimpo.
En el reino de Hades el olor es más parecido al de ciudad, más bien a una fosa séptica.
Te acostumbras, pero es agradable sentir el aire entrando hasta el fondo de los pulmones.
Mi cuerpo terrenal lo disfruta y mis sentidos añoraban esta sensación de plenitud.
—¿Echas de menos tu hogar?
—Estoy mejor aquí contigo que con Hades, pero ninguno de los dos es mi hogar.