Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 7. SOY TONTA #2
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7. SOY TONTA #2

—Tengo lista la cena. Venga, que tienes que comer algo.

Sin hablarle fui a la cocina a cenar algo, no tenía hambre, la ira aún me consumía y a mí los nervios me quitaban el apetito, pero si quería seguir escribiendo un rato más debía comer algo o la cabeza me empezaría a doler.

Fue una cena tensa, Lino intentó varias veces iniciar una conversación, si bien no obtuvo de mí nada más que monosílabos.

Una cosa era que no le pusiera en la calle tal y como había aparecido en la cocina, que ganas se me pasaban, y otra hacer de anfitriona.

—¿Has avanzado en la historia?

—Algo.

—¿Vas a seguir escribiendo?

—Un poco.

Me levanté de la mesa, según iba a lavarme los dientes retrocedí y con sorna le dije:

—Sabes, mi novela va de traiciones. ¿Te suena?

Lino no respondió, bajó la cabeza y siguió cenando. Era cierto, a la protagonista de mi novela le había traicionado todo el mundo. Su novio, su amiga y su propia familia. Tocaba escribir sobre la relación con sus padres y sus hermanos, que no era tampoco demasiado idílica.

« Julio había finalizado. En los periódicos aseguraban que había sido el mes más caluroso del año y del siglo.

Yo no lo dudaba. Aquellos días en la ciudad, en que el termómetro no había bajado de treinta grados ni de día ni de noche, había sido un suplicio.

No obstante, lo prefería a los meses de verano que había pasado encerrada en casa estudiando, con la persiana bajada para no ver pasar la vida ante mi ventana.

Era uno de agosto. Amalia se había ido de vacaciones la primera quincena de julio, El Jefe la segunda y Rubén se iba a la playa ese mismo día.

A mí me habían dicho que los quince días de vacaciones correspondientes a los seis meses de mi contrato podría disfrutarlos la segunda quincena de agosto.

No me gustaba demasiado la situación. Mi contrato finalizaba el treinta y uno de agosto, puesto que debían comunicarme cualquier situación futura quince días antes, ¿significaba que el día quince era mi último día en la inmobiliaria?

, ¿o por el contrario sería el inicio de un nuevo contrato?

Amalia y Rubén aseguraban no saber nada. No hacía falta. En la empresa cada día había menos trabajo y, además, por la mitad del sueldo que me tenían que dar a mí, podían tener a un recién licenciado con ganas de adquirir experiencia.

Mi relación con Iván seguía su curso. Cuando salíamos, para mí no había nadie más en el mundo.

Él era el único con el que deseaba estar, las demás personas desaparecían en mi mente a su lado.

El asunto del fatídico fin de semana en la playa había quedado olvidado.

¿Qué eran dos días comparados con la posibilidad de estar juntos dos semanas enteras?

Si nada ni nadie lo impedía, la primera semana de nuestras vacaciones la pasaríamos en alguna isla.

Después, un pequeño viaje, dos días como mucho, ya que no creía ser capaz de soportar más, para estar con mis padres.

Desde que les había hablado de Iván querían conocerle.

Como ellos no estaban dispuestos a venir a verme a la capital, decían que les agobiaba el ajetreo de la gran ciudad, aprovech é un día en que Iván estaba de buen humor para plantear la posibilidad de visitar a mis padres.

Desde luego la idea no le maravill ó , pero tampoco se negó.

Lo que más me horrorizaba era que alguno de mis hermanos estuviera allí también.

Cuando se ponían en plan hermanos mayores, eran inaguantables.

Podían llegar a ser más protectores e inflexibles que mis propios padres.

***

Durante las primeras horas de nuestra estancia en el chalé que mis padres tenían en las afueras de la ciudad, no hubo ningún sobresalto.

O casi. Javier se había ido hac í a una semana a Sud á n, Dios sabe para qué, e Ignacio, por el contrario, estaba allí.

En cuanto me vio bajarme del coche, mi madre dijo:

—Está aquí tu hermano. En cualquier momento tendrá que irse a algún lugar exótico. El trabajo de periodista es así, pero al menos es un trabajo de verdad.

—¡Qué suerte! —exclamé lamentando ser tan hipócrita.

Ignacio tenía un contrato, según él indefinido, en un periódico nacional, cubriendo noticias internacionales. Lo importante para mi madre era el contrato, el que estuviera de saltimbanqui de país en país lo hacía más atractivo todavía. Nada había cambiado. Seguía siendo el favorito de mi madre.

Mi padre se alegró de verme, si bien, no creo que le gustara mucho que hubiera llevado a Iván.

Una cosa era saber que su hija tenía un novio en la cuidad con el que se iba de viaje sola cuando le venía en gana, y otra tener sentando a su mesa a semejante personaje.

Si Javier hubiera estado, le habría examinado de arriba abajo; aunque no por deformación profesional, sino por gusto inquisidor.

—De modo que sigues trabajando en la inmobiliaria —quiso saber mi padre mientras comíamos.

—Es una prórroga de tres meses. Después de Navidad no sé qué va a pasar.

—Nunca me ha gustado ese trabajo tuyo —refunfuñó mi madre—. ¿Qué eres? ¿Una vulgar secretaria?

—Más bien, una chica para todo —intervino mi hermano ladino.

—Sí, es cierto que tengo varias ocupaciones, pero sin m í están perdidos en muchas ocasiones.

—¿Y durante tus vacaciones qu é hacen? —continuó Ignacio sin poder callarse ni con la boca llena.

—Ahora es diferente. La capital está vacía y no hay mucho trabajo.

—Seguro que la están echando de menos—intervino Iván—. Es la que más sabe de informática en la oficina.

—Tengo un buen asesor —respondí mirándole, intentando que mi cara no trasluciera la incomodidad que sentía.

No valía la pena lamentarse. Antes de ir era fácil adivinar que aquellos dos días se me iban a hacer eternos.

Por no hablar de las noches. Iván hubo de compartir cuarto con mi hermano, en tanto yo dormía en mi habitación de niña, rodeada de peluches.

Entretenidos con ocasionales salidas, llegó la hora de la despedida.

Se podría haber dicho que fue tranquila, si no hubiera sido por las palabras que mi madre cuchicheó en mi oído antes de subirme al coche.

—Quiero ver un anillo en esa mano la próxima vez que vengas.

¡Viva la presión familiar! Eso no se lo decía a mis hermanos, a pesar de que no era extraño que se presentaran en casa con novietas ocasionales.

En su caso « se estaban divirtiendo » . « Déjales que disfruten », decía mi padre.

Para mí no era lo mismo. Yo debía pensar en mi futuro, buscar un marido, crear una familia y dejar de trabajar.

Todo en ese orden y sin saltarme ningún pasó.

« Quiero oír pasos infantiles por la casa otra vez antes de morir » solía asegura mi madre. ¡Escalofriante! »

Desperezándome en la silla, apagué el ordenador y me fui a dormir. No tenía sueño, pero al menos descansaría mi espalda. Entre el ascensor y la pillada de Lino y Fátima, tenía los nervios exacerbados.