Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 7. SOY TONTA
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7. SOY TONTA

—S é que estás enfadada por lo de antes y ahora, con lo del ascensor, te noto muy nerviosa.

—¡Qué va! Es mi estado normal —repliqué con ironía.

—Lamento que nos encontraras, estuvo mal por mi parte. Me dejé llevar por las sensaciones y emociones que experimentaba este cuerpo.

—Claroooo, tu cuerpo, y tú no hiciste nada más que satisfacerlo, te dio igual el cómo y el dónde.

—Suena a excusa barata, lo sé. De donde vengo nos relacionamos de otra forma, no hay un cuerpo físico como tal.

Hades reprime nuestras emociones. Al menos casi todas, el dolor y la ira las acentúa.

Vosotros, en este espacio y en este tiempo, sentís más que nosotros.

Tengo sensaciones y deseos que no sé cómo manejar.

—Parece que Fátima sí sabe hacerlo, vete a vivir con ella.

—No quiere saber nada de mí. También está enfadada.

—¿Y qué esperabas? Esa frasecita tuya de «no era plan de salir a la calle en busca de una mujer». No es muy romántica que digamos.

—Son poco más de dos semanas, terminarás tu novela y desapareceré de tu vida para siempre.

—No te quiero en mi casa ni en mi vida, vete ahora.

—Si lo hago, volveré al reino de Hades. Para siempre —afirmó apesadumbrado—. Te prometo que no haré nada que te pueda molestar, pero no me eches.

—Tengo una duda: si la termino antes, ¿te irás antes? —Estaba empezando a ablandarme, lo sabía, pero me estaba mirando como un cachorrillo y mi firmeza empezaba a ser minada desde los cimientos.

—Sí, en cuanto la termines me iré.

—Acabas de darme la inspiración que necesitaba. Me cambio y me pongo a escribir.

Sabía que seguía siendo una boba por no ponerle en la calle ya mismo, pero como me había creído su historia algo en mi interior me impedía ponerle de patitas en la calle.

Dudaba que Hades fuera muy benévolo si volvía, y Zeus mucho menos.

Habían sido unos desalmados castigándole a vivir en el reino de Hades, él no había tenido la culpa de que Hércules le matara.

Así que, con indiferencia, pasé a su lado para ponerme ropa cómoda y sentarme a escribir.

Ya era hora de que la protagonista de mi novela empezara a descubrir la verdad también.

« Durante tres días intenté no pensar en Iván. Era difícil evadirse del juicio y de todo cuando le rodeaba. En las noticias rara era la vez en que no lo mencionaban. En los periódicos no solía faltar una reseña, por breve que fuera.

—No aguanto más —afirmé mientras cenaba con Julián una noche en la cocina.

— ¿ Tan mala est á? —replicó Julián mirando dubitativo la tortilla que él había preparado para la cena.

—No es la cena. Soy yo. Tengo que ir al juicio. Si no voy, aunque solo sea un día, creo que me volver é loca.

—Sí así te quedas más tranquila…

Telefone é al abogado, temía que ya no estuviera en su despacho, pero aún estaba allí preparando la sesión del día siguiente. Haría que un mensajero me llevara un pase a primera hora de la mañana y con él podría entrar en la sala. Si quería, en algún descanso podría hablar con Iván.

Esa noche, para mi sorpresa, dormí como un leño.

El cansancio result ó ser más fuerte que mis nervios.

Si hubiera estado despierta, habría sentido la inquietud de Julián.

Durante aquel periodo de tiempo, mientras dur ó el juicio y todo lo que sucedió después, no dijo nada.

No salió ningún reproche de sus labios. Sin embargo, aquellas semanas fueron las más duras de mi matrimonio.

***

No pude evitar sentir un nudo en el estómago al llegar al edificio donde se ubicaban los juzgados.

Esperaba que aquel día pudiera salir por el mismo sitio que por donde había entrado.

No necesit é preguntar por el lugar donde se celebraba el juicio de Iván.

Una nube de periodistas y fotógrafos se agolpaban en la puerta.

El policía que custodiaba la entrada a la sala leyó con detenimiento el pase que el abogado me había enviado.

— ¿ Me enseña su D.N.I.? —me pidió autoritario.

Mir ó la foto y me mir ó a mí. Mi coqueto corazón deseaba que mi rostro no fuera el mismo que el del carné.

La mujer que en é l aparecía, se asemejaba m á s alguien al que le acabaran de dar un susto, que a una tranquila e inocente ciudadana.

La sonrisa que el fotógrafo de turno me había incitado a poner, le daba un rictus de atontamiento a mi cara.

El policía me devolvió el carné y el pase, y me abrió la puerta.

Los bancos estaban casi llenos. En una esquina, junto a una ventana, divis é un hueco y a él me dirigí.

Desde mi sitio podía ver a Iván sentado al lado del abogado y de otro hombre al que no conocía.

Iván estaba pálido y su pelo tenía algunas canas.

Tenía la vista fija en sus manos y, salvo el movimiento que hac í a su pecho al respirar, parecía una estatua de sal.

El juez entr ó en la sala y todos los presentes nos pusimos en pie.

El hombre en cuya facultad estaba el destino de Iván era mayor, de unos sesenta años.

Delgado hasta un extremo imposible, con el rostro surcado por arrugas; y con unos ojos negros, grandes, que con un rápido vistazo analizaron a los ocupantes de la sala.

Después de algún que otro prolegómeno, le lleg ó el turno al abogado de Iván.

El primer testigo de la defensa fue el guardia de seguridad que controlaba la entrada al edificio donde se había cometido el asesinato.

Él corrobor ó que había visto entrar y salir a Iván en poco menos de veinte minutos.

El guardia no recordaba que su ropa mostrara ningún rastro de sangre.

El segundo testigo fue un contable que explicó a los presentes los turbios manejos de Gascón. Su testimonio se perdió cuando el fiscal aclar ó que el contable había sido despedido un par de meses antes por presunto desfalco, por el asesinado.

Iván escuchaba en silencio todo lo que se decía sobre él en el juicio.

No me había visto y creo que su abogado tampoco lo había hecho.

No sabía de dónde había sacado Iván a aquel abogado, pero no me parecía que estuviera haciendo mucho por ayudarlo.

Aunque, si era sincera, no era mucho lo que se podía hacer.

A la vista de los hechos, hasta yo había empezado a dudar.

Hubo un breve receso que aprovech é para telefonear a la canguro y averiguar si Jorge estaba bien.

Su alegre gorgojeo me lleg ó a través del hilo telefónico, entre el ruido de voces de decenas de conversaciones cruzadas por el gentío que me rodeaba.

El hombre que había visto sentado junto a Iván y el abogado estaba apoyado en la puerta mirando impaciente su reloj.

Parecía un joven inexperto que estuviera haciendo sus prácticas con el abogado.

En ese instante, una mujer se reunió con él.

No me fue posible ver su rostro porque un bedel avis ó de que el juicio se reanudaba, y la gente se agolp ó en la puerta.

De nuevo en la sala se hizo el silencio.

Cuando el abogado llam ó a la testigo de la defensa me pareció que estaba soñando.

No había lugar a dudas. El nombre había sido pronunciado con claridad.

La mujer que yo había visto hablando con aquel hombre era Ana.

Con paso firme y decidido, vestida con un traje pantalón gris oscuro y una camisa azulada, mi antigua compañera de piso subió al estrado.

Al principio no me vio, pero el ataque de tos de la mujer que había a mi lado atrajo su atención.

No podría decir cuál de las dos estaba más asombrada.

Su sobresalto hizo sospechar a Iván que, girando la cabeza, busc ó el motivo de alarma de Ana.

Fij ó su vista en mí fugazmente y volvió la cabeza, hundiéndose en el banco donde estaba sentado.

¿Qué hacía allí Ana? ¿Había acudido como representante del Santa Cecilia? ¿Por qué la habrían llamado a declarar?

***

Ni en un millón de vidas hubiera creído posible lo que allí oí.

¿Ana y Gascón? Aunque a él no le había conocido, por lo poco que sabía no me había parecido el tipo de Ana.

Se habían conocido durante el periodo de tiempo en que la Fundación Gascón había estado relacionada con el Santa Cecilia.

Las frecuentes reuniones hasta altas horas de la madrugada y un seminario en una bella ciudad europea para presentar los avances conseguidos en el área de geriatría del Santa Cecilia hicieron el resto.

Su romance, si se podía llamara así, había sobrevivido a la ruptura del vínculo entre la Fundación y el hospital.

Sin embargo, una secretaria del área de administración de una empresa de Gascón había roto una relación de dos años, hac í a un mes.

Tanto Ana como Gascón habían logrado mantenerlo en secreto hasta que la investigación policial sac ó a la luz unas fotos hechas durante un fin de semana en las montañas.

—¿Usted sabía que Ruiz Gascón trataba de hacerse con el control de la empresa de Iván Sánchez?

—Sí.

—Iván Sánchez había sido amigo suyo en otra época. ¿Por qué no trat ó de impedirlo?

—Le había visto hacer lo mismo en otras ocasiones y sabía que no había nada que yo hubiera podido decir o hacer para evitarlo.

— ¿ Podría decirnos el nombre de alguna otra empresa?

Para eso la habían llamado. El abogado quería que el juez supiera que Iván no era el único que tenía motivos para asesinar a Gascón.

Qui é n mejor que una amante para conocer secretos indiscretos desvelados en noches de oscura pasión.

Me levanté del banco y salí de la sala, asqueada.

Anduve deambulando por las calles hasta que llegu é a un café y entré a tomar algo.

Sentada en aquella solitaria mesa, con la cabeza hundida en las manos, quería aislarme y evadirme del exterior.

Iván, Ana, Gascón, sus rostros y sus nombres giraban en mi cabeza.

Siempre que Iván aparecía en mi vida, la realidad se convertía en un puñado de mentiras, engaños y falsedades que él manejaba a su antojo.

Ana, mi mejor amiga, ¿cómo había podido? »