Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 6. TRAICIÓN #4
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6. TRAICIÓN #4

—Entonces, podríamos salir a dar una vuelta.

—De acuerdo. Me doy una ducha y me cambio de ropa. Piensa qu é te apetece que hagamos.

Fue una tarde fantástica. Hicimos algunas compras, paseamos, cenamos en un bonito restaurante italiano y conversamos.

Alguna que otra vez me dej é llevar e imaginé c ó mo hubiera sido ir a la playa con Iván.

Cuando eso ocurría, procuraba pensar en otra cosa y no permitía que la añoranza me pudiera.

Sin duda aquel viaje frustrado me había hecho darme cuenta de cuánto le quería.

Finalmente llegó el domingo. Aunque me había acostado pronto, antes de las doce, no estaba dormida cuando sonó el teléfono. Era Iván, acababa de llegar y quería hablar conmigo y saber qu é tal había ido todo en casa de mis padres.

—Bien. Me recibieron con los brazos abiertos —mentí sin saber por qué.

—Te he echado de menos. No podía estar más tiempo sin oír tu voz.

—Me podías haber llamado —repliqué algo dolida.

—El móvil se quedó sin batería y cuando volvía al hotel ya era demasiado tarde.

—Sí, claro —afirmé no muy convencida

—Dentro de tres semanas hay otro puente. Te prometo que entonces podremos irnos juntos de viaje sin ningún impedimento.

Así era Iván, en unos minutos había deshecho cualquier resto de enfado y me había llenado de ilusión. Quedamos en vernos al día siguiente. La rutina de encuentros diarios se reanudo, como si nunca se hubiera detenido. »

Listo. Un nuevo capítulo terminado, estaba cansada, por ese día ya estaba bien de escritura.

Cené con Lino y conversamos un rato amigablemente, después nos acomodamos un rato para ver una tertulia de esas en las que todos los participantes dan voces intentando imponer su voz y su opinión sobre la de los demás.

—¿Siempre es así?

—Sí. No suelo ver muchos de estos programas, prefiero una serie o una película, para informarme de algo prefiero usar internet; ver discutir de política, corrupción y demás me pone nerviosa y me aburre.

—¿Qué vas a hacer mañana?

—Después de enseñarte algo de yoga en una clase magistral que te voy a dar —Lino ser rió al oírme, veremos al día siguiente quién de los dos se reía—, para eso son los pantalones cómodos y la camiseta que te he comprado, tengo una reunión con los dueños de una librería para hablar de una presentación de uno de mis cuentos dentro de un mes.

Lo más seguro es que coma con ellos, ya te veré por la tarde.

—Tendrás que descansar para esa clase magistral.

—Tú lo que quieres es seguir viendo The Walking Dead. Estoy cansada, la verdad, me voy a dormir.

Lino me dio un beso en la frente a modo de buenas noches.

¡En la frente! Tuvo que tocarme el único muso ético de la historia.

No podía haberme enviado uno más dispuesto a dejar las normas aparcadas.

Poniéndome mi pijama de nubes me metí en la cama rezando para soñar con angelitos, que seguro que eran más picaros que mi muso.

***

Me iba a estar doliendo el abdomen toda la tarde de las risas que no había podido contener por culpa de Lino.

Ver a mi muchachote de uno noventa intentando flexionarse en un estiramiento de yoga había sido lo más divertido que había visto nunca.

Sus fuertes músculos no cedían. Desesperado y picado en su amor propio, al cabo de media hora exclamó:

—¡Se acabó! No hago más yoga. Esto es horrible.

—No es para tanto, hombre, te falta práctica, poco a poco…

—Nunca más. ¿Pero cómo vas voluntaria a clase de esta tortura? No puede ser bueno —afirmó tumbándose en el suelo, agotado.

—Pues yo voy a continuar un poco más y luego me voy a mi reunión.

Podía notar cómo Lino fingía descansar tumbado en el suelo mientras me miraba el culo y las demás curvas de mi anatomía cuando hacía los diferentes asanas de yoga. Como decía Fátima: para el que no quiera tengo mucho. Diría que no podía tener nada conmigo, pero que quería… quería.

—Fátima tal vez se pase por aquí un rato —le comenté a Lino una hora antes de marcharme de casa.

—No te preocupes, no soy un niño pequeño. Queda empanada, me haré una ensalada y con la tele estaré entretenido. Luego tienes que escribir un rato, o no terminarás la novela a tiempo.

—¡Qué sí! Pareces la voz de mi conciencia.

La reunión terminó, como ya suponía, con una comida.

Los dueños de la librería, Ángel y Mabel, me llevaron a comer a un agradable restaurante cercano que daba deliciosas comidas caseras.

Intercambiamos anécdotas y nos pusimos mutuamente al día.

Entre el primero y el segundo plato, Ángel me contó que recientemente habían cerrado una librería emblemática de la ciudad que ocupaba un edificio de seis plantas, de las que solo cuatro estaban abiertas al público.

La distribuidora que se había hecho cargo de los libros sin vender que inundaban sus estanterías se había encontrado con una inesperada sorpresa en sus dos últimas plantas.

—No creo que los actuales dueños supieran las joyas que tenían sobre sus cabezas. Había cajas y arcones sin abrir, en su embalaje original. Algunos de ellos habían llegado a la ciudad entre 1930 y 1940 procedentes de Filadelfia.

—¿Y no sabían que estaban allí? Esos serán objeto de coleccionista actualmente.

—Lo más asombroso —continuó explicando Ángel—, es que están en sus embalajes originales, recubiertos de la paja original con la que habían atravesado el océano en barco, para aislarles de la humedad.

—Y esos son solo algunos —añadió Mabel—, cuando vayan desempaquetando lo que estaba olvidado en esas dos plantas, quién sabe lo que encontraran.

A esta le siguieron cotilleos sobre un escritor que había hecho una presentación la semana anterior y, cuando quise darme cuenta, eran casi las cinco.

Ellos debían volver a la tienda y yo debía volver a mi casa y continuar escribiendo.

Seguro que a Lino le gustaba la historia de los libros viajeros.

Ensimismada en mis pensamientos no me di cuenta de que la televisión no estaba puesta, era raro no oír las voces de la serie que estuviera viendo Lino en ese momento.

—Lino, ya he vuelto, ¿qué tal ha ido todo? ¿Te has sentido solo o…

No pude continuar hablando, me había quedado con la boca abierta viendo a Lino desnudo, algo que de por sí ya era lo suficientemente impactante como para dejarme sin palabras, retozando en el sofá con mi, hasta en ese momento, amiga Fátima.

—¿Cómo te has atrevido? Después de lo que te conté ayer —me encaré con Fátima que, desesperada, hacia lo posible por cubrirse con el abrigo que había cogido del suelo donde estaba el resto de su ropa.

—Ya, verás,, es que como tú y él nada, yo pensé que era una pena dejar pasar la oportunidad y…

—¡Pensaste! Más bien, no pensaste. ¿Y tú? ¿No tenías otra con quien acostarte?

—Maca, no era plan de salir a la calle en busca de una mujer. Tu amiga vino a verme y nos pusimos a hablar y una cosa llevó a la otra.

—¿Salir en busca de una mujer? Pero tú qué te has creído —exclamó Fátima enfadada.

Me di la vuelta y los dejé discutiendo, estaba muy enfadada, con ellos y conmigo misma.

Era culpa mía y solo mía haber abierto mi casa, mi vida y mi corazón a un tío surgido de la nada en medio de mi cocina.

Por muy muso que fuera estaba visto que solo quería lo mismo que los hombres.

¿Y mi supuesta amiga? No le valía con haberse liado con medio hospital, sino que se había acostado con Lino, sabiendo como sabía que me gustaba y sentía algo por él.

Me fui a pasear por La Alameda, el gran parque que había en la ciudad.

No sentía el frío, me hervía la sangre de rabia.

Mi mente no dejaba de imaginar escenas de la más pura novela negra sangrienta con ellos dos de protagonistas absolutos.

Me hubiera gustado sentarme a tomar un té en una cafetería y no haber vuelto hasta la noche, pero con el enfado solo llevaba las llaves en mi mano y el móvil en el bolsillo del pantalón, puesto que el bolso acostumbraba a dejarlo en una mesa junto a la entrada, nada más traspasar la puerta de mi casa.

Al cabo de tres horas decidí regresar. Había tomado una decisión, Lino se iba ya de mi casa; si a Fátima le gustaba tanto, que lo adoptara.

Nunca le había necesitado para escribir y no lo necesitaba ahora.

Abrí el portal y esperando el ascensor estaba el vecino con el que me había chocado dos noches antes, con una niña pequeña de unos tres años de la mano que le iba explicando lo que había hecho en el colegio ese día. No llevábamos ni diez segundos subiendo cuando el ascensor se paró.

—¿Qué ha pasado? —pregunté asustada. Nunca había sido muy fan de los ascensores.

No era la primera vez que me quedaba encerrada en uno de ellos, al menos esta vez no estaba sola.

Al contrario que la gente que les agobia quedarse sin aire en un ascensor lleno de personas, a mí me asustaba quedarme encerrada sola en un ataúd de hierro.

Inspiré en busca de la relajación que tan agradablemente conseguía en mis sesiones de yoga pero que ahora no llegaba a mi mente.

—Parece que nos hemos quedado colgados. Llamaré al servicio técnico —afirmó mi vecino arrodillándose junto a la que suponía que era su hija—. No te asustes, Vega. Es una aventura. En seguida vendrán a sacarnos.

—A lo mejor se arregla solo en unos segundos —afirmé con poca confianza.

Mi vecino me echó una rápida mirada dándome a entender que aquello no iba a ocurrir tan rápido como a mí me gustaría.

Dudaba si ponerme a gritar histérica, algo que me encantaría en ese instante, pero no solucionaría nada y pondría más nerviosa a la pequeña que ya empezaba a hacer algún puchero, no muy convencida de la «aventura» que decía su padre.

—Ya está. Un técnico viene en camino —dijo Julián cortando la llamada.

—¿Y si llamamos a los bomberos? —pregunté esperanzada, tal vez no fuera una situación tan horrible si se presentaba una brigada de bomberos como la del calendario que tenía escondido en mi escritorio para que Fátima no lo viera y me lo robara.

—Creo que eso sería un pelín excesivo —replicó mi vecino aguantándose la risa.

—¿Tú crees?

—Vamos a sentarnos y a esperar. Vega, vamos a jugar al Veo Veo.

Después de quince minutos jugando con la niña y su padre, descubrí que vivían en el piso encima del mío.

Él se llamaba Julián, como el protagonista de la novela que estaba escribiendo y, por lo que hablaban, me daba la impresión de que era viudo.

Venían de casa de los abuelos donde Julián la recogía al salir de trabajar.

Debía de haber estado ciega todo el tiempo que había vivido en mi piso, porque mi vecino era un cañón.

No tan alto como Lino, delgado, rubio, con ojos azules que la niña había heredado, pero en su caso con el pelo casi negro.

Una llamada a su teléfono por parte del técnico nos informó de que ya estaba en el edificio, lo malo era que para poder arreglar la avería debía desconectar la luz, con lo que nos quedaríamos a oscuras. Podía ver cómo Vega empezaba a derramar lágrimas por sus redondas mejillas.

—No quiero que se vaya la luz.

—Solo será un ratito.

—Pero me da miedo, papi. No dejes que se vaya.

—Cariño, no puedo hacer nada, jugaremos a que estamos de excursión en un campamento y…

La pequeña empezó a llorar, de buena gana le hubiera acompañado en el acto, pero se me partía el corazón al ver su miedo y la preocupación.

Haciendo un esfuerzo, y fingiendo una alegría que estaba lejos de sentir, saqué mi móvil y, entré en una aplicación desde donde tenía acceso a la copia de seguridad de mis novelas y cuentos que tenía en la nube.

Después de que un ordenador se me estropeara perdiendo todo el trabajo que tenía en él, y que me tocara volver a mecanografiar todo lo que tenía escrito, había creado la cuenta.

—Vega, ¿te gustan los cuentos?

—Sí —respondió entre sollozos desde el cuello de su padre donde había escondido la carita.

—Yo escribo cuentos. Y aquí tengo muchos. ¿Qué te parece si mientras estamos a oscuras te leo uno? ¿Te gustaría?

—Claro que le gustaría, y a mí también. ¿De qué trata? —preguntó Julián con una sonrisa de agradecimiento.

—Es la historia de… —Ese fue el momento en que la luz se apagó.

Según el técnico por el que nos comunicábamos mediante el móvil de Julián solo serían unos minutos.

Inspire hondo y continué hablando como si la situación fuera la más normal— un pequeño librito llamado Buky.

Es pequeño, está en una biblioteca y los dueños que va teniendo no siempre le tratan bien…

Cuando terminé el cuento creí que tendría que empezar a leer un segundo cuento, pero la luz volvió y el ascensor se puso en marcha.

Las puertas se abrieron en mi piso, tras ellas el técnico de mantenimiento, tres vecinos cotillas y Lino.

Tras unos segundos de indecisión, al vernos sentados en el suelo nos ayudaron a levantarnos.

—Muchas gracias por el cuento, nos ha gustado mucho —me dijo Julián despidiéndose.

—¿Cuándo me lees otro? —me preguntó Vega dándome un beso de despedida.

—Cuando tú quieras.

Salí del ascensor mirando con cara de pocos amigos al técnico que nos había dejado a oscuras, a los vecinos cotillas que no habían movido un dedo por ayudarnos y al traidor de mi compañero de piso.

—¿Estás bien? Te noto alterada —afirmó Lino como si tal cosa. De acuerdo, lo preguntó con interés al ver mi cara de susto, pero en aquellos momentos me sentía muy poco dispuesta a apreciar su buena voluntad.

Como no era cuestión de armar un escándalo, le contesté con un enfadado sí y me fui a mi casa, seguida por Lino que no se atrevía a acercarse demasiado a mí.