6. TRAICIÓN #3
—Pues que sepas que lo que tú estás pensando es más bien meditación. En el yoga trabajamos el cuerpo y la mente. Hacemos estiramientos, abdominales, torsiones… Es muy completo. A los hombres les resulta difícil, más de uno abandona al poco de empezar porque no lo resiste.
—Tendrás que enseñarme.
—No es mala idea, mañana por la mañana podemos hacer un rato y luego me dices.
La comida siguió relajada y distendida, la relación era cordial.
Procuraba no fijarme, al menos no demasiado, en los encantos evidentes de Lino.
Era como tener delante un delicioso pastel, pero sabiendo que no era para ti y nunca lo sería.
Mi muso no era consciente, o pretendía no serlo, de la atracción que ejercía en mí.
Puesto que podía leer mi mente, no estaba muy segura de que cumpliera su promesa de no hacerlo para nada más allá de la novela, intenté concentrarme en la comida y no en él.
Fregamos los platos juntos y me recosté en el sofá un rato.
Poco después de las cinco, Fátima vino a recogerme para ir juntas a nuestra clase de yoga.
El friki de Lino se quedó terminando de ver Lost. Mi cuenta para ver series bajo demanda nunca había sido más usada.
Esa tarde me costó dejar la mente en blanco, con las preocupaciones lejos y centrada en los asanas que nuestra monitora nos indicaba.
La relajación fue ya imposible. Confiaba que la conversación que tendría con mi amiga al salir de clase fuera más efectiva.
—Entonces, ¿nada de nada?
—Nada —le contesté dando un sorbo a mi té verde.
—Pues parecía muy «motivado» anoche. Un punto sobón también.
—Ya, eso sí, pero al parecer hay una clausula en el contrato que impide que Lino y yo nos acostemos.
—¿Y no será gay? O a lo mejor tiene problemas para…
—Que no Fátima, soy yo. Un tío bueno paseándose semidesnudo en casa y solo lo puedo contemplar.
—¡Qué faena!
Para hacer mi aportación a la alimentación y no tener que cocinar, compré una empanada en una confitería según iba a casa. Al menos a la empanada de dátiles sí podría hincarle el diente.
—¿Estaban todos muertos? —fue lo primero que me dijo Lino a modo de saludo nada más entrar en casa.
—¿Ya la terminaste? Sí, eso parece. —Me daba pena la cara de desilusión de Lino, era la imagen de la desolación. La misma que debí de tener yo hacía unos años cuando vi el último episodio de Lost.
—No me gusta el final.
—Ni a ti, ni a mí, ni a los millones de fans que veían la serie. Venga, que te voy a poner otra, The Walking Dead, estos sí están muertos. Fijo.
Guardé la empanada en la nevera, me di una ducha y me puse a escribir. En mi novela Mabel iba a descubrir que Iván no era tan perfecto. Y, por supuesto, mi desencuentro con Lino no tenía nada que ver. Bueno, quizás un poco sí.
« Eran mis primeras vacaciones desde que había empezado a trabajar en la inmobiliaria.
Durante el tiempo transcurrido desde que finalic é mis estudios y encontré mi empleo, los fines de semana y las festividades me habían resultado aburridas y monótonas.
¡Infeliz de mí! Por las noches, al llegar a casa agotada después de la dura jornada, contaba y recontaba las horas que faltaban para que llegara el sábado.
Esa noche íbamos a cenar a un restaurante turco que había abierto recientemente cerca de la oficina de Iván.
Era Martes Santo y solo nos quedaban unas horas antes de marcharnos.
Íbamos a ir a la costa, al norte, para disfrutar de la playa y a la vez tener la posibilidad de hacer pequeñas excursiones.
Teníamos pensado alojarnos es algún hotel no muy caro que Iván había prometido buscar.
Nerviosa y expectante, paseaba por el piso esperándolo.
Ana volvía a tener turno de noche y además tendría que trabajar en vacaciones.
Me costaba disimular mi ilusión y mi alegría delante de ella, pesarosa por perderse el viaje a Italia que durante semanas había proyectado con dos compañeras del Santa Cecilia.
—Siempre es lo mismo —se lamentaba al contármelo—, en cuanto hay un puente o llega Semana Santa, todo el mundo tiene que asistir a importantes congresos en lugares increíbles.
—¿Y tu jefe? El doctor…
—El doctor Salgado. Ha decidido que su espalda necesitaba un descanso. Como ya no puede tomarse más vacaciones, puesto que ha agotado sus días de asuntos propios y no quiere quedarse sin veraneo, ha pedido una baja.
—¡Ja!
—Lo mejor es que se la ha firmado ese traumatólogo amigo suyo y él a su vez le ha firmado una baja por otra historia similar.
—¿Nadie dice nada?
—¿Quién lo va a hacer? En esta época abundan las chapucerías y las disculpas.
Con un poco de suerte el miércoles por la tarde la vería antes de marcharme con Iván. Mis padres se quedaron más confundidos con la idea de que estuviera saliendo con alguien que con que no fuera a verlos durante la Semana Santa.
—De modo que tienes novio —dijo mi madre asombrada.
—En realidad solo somos amigos. Estamos empezando a conocernos.
—En mis tiempos eso era tener novio.
—Las cosas han cambiado, mamá.
—¿Y te vas de viaje con él?
—Sí. A la playa.
—¡En habitaciones separadas!
—Claro —afirmé pensando que era mejor no echar más leña al fuego.
—No sé qué dirá tu padre —replicó mi madre en un alarde de fanatismo familiar, algo divertido dado que la opinión de mi padre nunca le había preocupado mucho.
—Tú sabrás explicárselo —contesté sabedora de que alababa su ego—. Y vosotros, ¿qué vais a hacer? —pregunté cambiando de tema.
—Creo que iremos a visitar a tu hermano Javier, a Bruselas. Ya sabes que siempre insiste en que vayamos. Y a tu padre le hace ilusión.
De manera que, si al final decidía regresar a casa, iba a estar sola.
No era que me importara, no sería la primera vez que mis padres se iban de viaje y me dejaban en casa.
Pero lo que entonces parecía fabuloso, ahora no lo resultaba tano.
Antes, dos días sola en casa, sin tener que preocuparme por lo que comía, lo que estudiaba o la hora en que regresaba, eran lo más maravilloso del mundo.
El tiempo había pasado y todo aquello lo disfrutaba a diario.
Si deseaba volver a mi ciudad, era por ver a mi familia y los amigos que pudiera tener allí.
Sin embargo, daba la impresión de que mis padres habían permanecido al acecho, esperando la más leve ocasión para separarme de sus vidas.
¡Qué se le iba a hacer! Así era mi madre, o control total, hasta la anulación de la voluntad, o « arréglatelas como puedas, puesto que tú te has ido. »
El timbre del portal sonó estridente en el silencio del piso, sobresaltándome e interrumpiendo el curso de mis pensamientos.
Al principio la velada fue tranquila. Conversación intranscendente acerca del tiempo y de nuestros respectivos trabajos mientras íbamos en el coche y esperábamos a que nos sirvieran. Después, todo cambio.
—¿Has encontrado hotel? —le pregunté ansiosa.
—Sí, pero hay un problema —contest ó él bajando los ojos hacia su plato.
— ¿Es demasiado caro? Podemos buscar un hostal o una pensión.
—No, no es eso. No vamos a poder ir. Bueno, en realidad, soy yo el que tiene el problema. Tú, si quieres, puedes ir a la playa a descansar.
—Si tienes trabajo, podemos quedarnos aquí —afirmé sintiendo que la poca comida que había ingerido rebotaba contra las paredes de mi estómago.
—No voy a estar aquí. Unos nuevos clientes, en una ciudad del sur, desean que vaya a verlos y les explique al detalle en qué consiste el paquete de programas que han comprado.
—Puedo ir contigo. Seguro que encontramos algún rato para estar juntos.
—No lo creo. Ya sabes cómo son estas cosas. Trabajar sin reloj, comiendo cualquier cosa en el despacho y durmiendo poco. Con suerte, el domingo podr é regresar.
—Ya veo.
—Lo siento mucho. Ya encontraremos otro fin de semana para ir juntos. Si tú quieres, puedes…
—No, no. Prefiero esperar a que tú estés libre. Iré a ver a mis padres —mentí fingiendo tranquilidad—, siempre me dicen que vaya y nunca tengo tiempo.
—Si al final va a ser mejor. De vez en cuando hay que estar con la familia —asegur ó Iván aliviado.
De modo que me qued é en la ciudad. La mayor parte del tiempo la pas é dormitando.
El primer día no me atreví a salir de casa pensando en que Iván me llamaría en cualquier momento.
No lo hizo. Ni el primero, ni el segundo, ni ninguno de los días.
Cuando le dije a Ana que no me iba de vacaciones no hizo ningún comentario.
Intentando darme ánimos me asegur ó que el poco tiempo que tuviera libre lo pasaríamos juntas.
El Jueves y Viernes Santo, fui al cine sola, pase é sola, vi la tele sola y comí sola.
SOLA, qu é terrible palabra. Me gustaba tener mis momentos de soledad para leer, descansar y alejarme del bullicio exterior.
Sin embargo, la soledad impuesta me asustaba y me hacía sentir pequeña e indefensa.
Algo así como una gota de agua en un inmenso océano.
No podía dejar de preguntarme si mi futuro sería igual.
Si acabaría siendo una vieja solitaria abocada a pasar el resto de su vida en silencio y sin compañía.
Inesperadamente el sábado por la tarde Ana vino a casa pronto. Yo estaba leyendo un libro junto a la ventana, cuando oí el ruido de las llaves en la cerradura.
— ¡Hola! —me saludó al entrar.
—¡Qu é sorpresa! Creía que no salías hasta la noche.
—El administrador ha venido de improviso al Santa Cecilia y ha dicho que allí sobraba gente. Quieren reducir gastos y no se pueden permitir pagar turno extra si no son necesarios. A otro médico y a dos enfermeras nos han dado libre hasta mañana.
— ¿Y de verdad sobrabais?
—Claro que no. Él ha llegado en un momento de calma. Anoche hubo gente que tuvo que esperar hasta tres horas en urgencias para ser atendido. Ni siquiera ha querido que nos lleváramos los buscas. No me gustaría ser uno de los médicos que se han quedado en el hospital. Les espera una buena.