6. TRAICIÓN #2
—El juicio se celebrar á a puerta cerrada para impedir el acceso de la prensa. Sin embargo, si usted desea venir, le puedo dar un pase.
—Le llamar é si decido venir.
Nos despedimos y fui a buscar mi coche al aparcamiento.
Algunas emisoras ya se estaban haciendo eco de la fuga del preso.
Al parecer estaba acusado de haber apuñalado a un hombre en un ajuste de cuentas con drogas de por medio.
Hasta dos horas más tarde no lograron detenerlo de nuevo.
En su frustrada huida había herido a tres policías y a dos personas que habían acudido a testificar en el juicio. »
—Voy a preparar algo ligero de comida, tu estomago lo agradecerá —dijo Lino interrumpiendo mi trabajo. Esta vez su voz no había parecido tan seductora; vale sí, un poco pero no lo pensaba reconocer.
—De acuerdo. Gracias.
—No te interrumpo más. —Me había vuelto a sumergir en la historia y ya ni le contesté.
“Jorge llevaba un par de horas durmiendo.
Julián y yo habíamos estado viendo un debate en una cadena de televisión e íbamos a ver las noticias antes de que el sueño terminara de apoderarse de nosotros.
No estaba preparada para encontrarme con mi cara ocupando la pantalla del televisor mientras el locutor leía los titulares:
— « Un grupo de personas hubieron de ser evacuadas de los juzgados esta tarde ante el riesgo que suponía la fuga… »
—¿Qué hacías en los juzgados? —me preguntó Julián abriendo los ojos de par en par.
—Había ido a ver a alguien.
—¿A quién? Tú no conoces a nadie que trabaje allí.
—No era nadie así —expliqué intentando acompasar mi respiración—. Era un preso.
—Creo que tienes algo que contarme.
No podía retrasar más aquella charla con Julián. Él sabía que yo había estado saliendo con un hombre durante un tiempo antes de conocerle. No obstante, nunca había querido entrar en detalles. Había llegado el momento de hablar.
Julián escuch ó toda la historia sin interrumpirme.
Cuando empecé a contarle mi visita a Iván en el juzgado, volvió el cabeza disgustado, pero siguió sin decir nada.
Al terminar, me di cuenta de que el telediario había finalizado y su lugar lo ocupaba la Teletienda.
Julián apag ó el televisor con el mando a distancia y, con la vista fija en la negra pantalla, se quedó callado unos minutos.
—¿Por qué no me lo contaste antes?
—Pensé que Iván había quedado atrás —respondí aliviada de que el tenso silencio se hubiera roto.
—Si no te hubiera visto en las noticias, ¿qué habrías hecho? ¿Seguir callada?
—No lo sé. Supongo que habría terminado por contártelo, una vez que el juicio hubiera empezado.
—¿Le sigues queriendo? —preguntó Julián mirándome con el ceño fruncido.
—No, claro que no. Le tengo cariño. Aunque me hizo daño, fue muy importante para mí en una determinada época de mi vida. Sin embargo, ahora Jorge y tú sois mi presente. No tienes de qu é preocuparte.
Julián me abrazó y apoyó la cabeza en mi pecho.
En apariencia estaba tranquilo, pero le conocía y sabía que aquella no iba a ser la última vez que íbamos a hablar de Iván.
Nos fuimos a la cama, si bien, ninguno de los dormimos esa noche.
Cada vez que cerraba los ojos podía ver en mi mente el pasillo de los juzgados y la sangre en la frente del policía.
Era algo irreal que solo ocurría en las películas.
La gente corriente no solía ir a los juzgados para después huir como comadrejas asustadas por los subterráneos.
Junto a mí, Julián fingía dormir. No necesitaba mirarlo para saber que estaba tan despierto como yo.
***
Por la mañana, Jorge y la casa ocuparon mi tiempo y mi cabeza.
A las dos estaba sentada sola en la cocina, escuchando la suave respiración de Jorge por el comunicador.
Aún faltaba un poco para que Julián llegara a comer, cuando el teléfono sonó.
Era mi madre, de la cual no había sabido nada durante semanas, justo desde la última vez que la había telefoneado.
—Hola, cariño, soy mamá.
—Hola. ¡Qué sorpresa!
—Como tú no me llamas, tengo que ser yo la que llame para saber de mi nietecito. ¿Cómo está? ¿Puedo hablar con él?
—Está dormido —expliqué con paciencia.
—¿Y Julián?
—Llegar á de un momento a otro. ¿Vosotros estáis bien?
—Por supuesto. Aunque no gracias a tus cuidados —afirmó con el mayor de los descaros.
Preferí no responder, ya habíamos discutido varias veces por el mismo tema. Llamar cada día a mi madre equivalía a darle entrada en mi vida sin posibilidad de escape. Ya lo había hecho el primer año de casada, y para « librarnos » de su maternal acoso, habíamos tenido que poner tierra de por medio.
—Bueno, mamá, ¿querías algo?
—Sabes que te quiero.
—Sí… —respondí extrañada.
—Eres sangre de mi sangre. Entre nosotras no debe haber secretos.
—No… —Acerté a decir cada vez más alarmada. Si quería asustarme, lo estaba consiguiendo.
—Creo que tienes algo que decirme.
—¿Yo?
—Vamos, hija. No seas tan cruel, Mabelita. Hay cosas de una hija que una madre no debería descubrir en las noticias.
Por fin lo había dicho. Las noticias. Sin duda en algún telediario o en algún periódico había visto mi foto huyendo de los juzgados y se había imaginado lo peor. Me encantaba la confianza que demostraba tener hacia mí.
—Mabelita. Soy tu madre. Mis oídos pueden oír cualquier cosa y mi corazón puede perdonártelo todo. Cuéntamelo —dijo aparentando magnificencia.
¡Mabelita! Con treinta años ya cumplidos hacía tiempo, casada y con un hijo seguía siendo Mabelita.
Desde luego, con mi madre había cosas que nunca cambiarían.
Era capaz de llamarme Mabelita y hablarme de amor maternal, y al mismo tiempo creer que era una asesina o una ladrona porque, conociéndola, cuanto mayor hubiera sido mi delito, mejor. Así demostraría mayor compasión.
—¿Recuerdas a Iván?
—¿Ese cretino con el que estuviste saliendo? ¿Qué tiene que ver con esto?
—¿Has oído hablar del asesinato de Ruiz Gascón?
—¡Asesinato! ¡Mabelita! ¿Qué has hecho?
Sin darle tiempo a hacer más elucubraciones, intent é resumir lo que había acontecido en los últimos días. Lo hice rápido y procurando no hacer pausa alguna en la narración, a fin de evitar que mi madre pudiera meter baza.
—Y eso es todo.
—Nunca me gust ó ese noviete tuyo —replicó sin, en apariencia, recordar las múltiples ocasiones en que había presumido ante sus amigas de que su hija estaba saliendo con un importante empresario.
« Mabelita, a ver qué haces. No vas a tener otra oportunidad igual » .
Solían ser sus palabras habituales en aquella época.
—Como ves, tu hija no es una asesina.
—Lo que no entiendo es para qu é fuiste a visitarlo.
—Él tampoco es un asesino.
—No sé qué decirte. Recuerdo la fiereza de sus ojos.
Tragu é saliva y procur é no reírme. Mi madre continúo recriminándome durante un rato e incluso afirmó que lo mejor sería que tanto Jorge como yo fuéramos a pasar unos días con ellos.
Además, bajo ningún concepto debía volver a ver a Iván.
Si no lo quería hacer por Julián, debía hacerlo por Jorge.
No quería ni imaginar lo que había pensado la gente al verme en las noticias.
Oportunamente, Jorge se despertó y comenzó a llorar.
Me despedí de mi madre, no sin antes prometerle que la llamaría más a menudo.
En cuanto vi la cara de Julián supe que algo había pasado.
Tenía el ceño fruncido, más por preocupación que por enfado.
Llevaba la corbata desabrochada y la chaqueta quitada.
Fingió que no pasaba nada y me salud ó con el cariñoso beso de costumbre.
Sin embargo, le conocía lo suficiente como para saber que aquel día traía otra cosa del trabajo además de cansancio.
—Tienes mala cara —dijo al verme.
—Ha llamado mi madre. Me vio en las noticias.
—¿Ella también?
—¿También?
—García, el aparejador, pas ó por mi despacho para invitarme a un café. Me llev ó a una cafetería a la que no suele ir nadie de la oficina, y con tono cómplice me preguntó si te había pasado algo.
—¡Oh no!
—Tuve que explicárselo. A él y a Ramón. A estas horas no debe quedar nadie en el despacho sin saberlo.
—Lo siento —dije abrazándolo.
—No me molesta que crean que estoy casado con una asesina —continuó sonriendo—, eso tiene gracia. Me disgustan los cuchicheos y los codazos a mi espalda.
—Esta tarde iré a buscarte, así no creerán que estoy detenida.
Nos reímos fingiendo normalidad. Calmar la curiosidad de los del despacho y mis padres fue fácil.
Peor fue soportar el aluvión de llamadas y visitas de familiares de los que no habíamos sabido nada en años.
Incluso me llam ó una antigua compañera del colegio, que no había vuelto a ver desde que me fui de casa de mis padres.
Ahora era abogada y me ofrecía sus servicios.
Como tiempo atrás, Iván había desestabilizado mi vida. »
El capítulo estaba terminado, tenía la novela en pleno nudo argumental, ahora tenía que ir tirando poco a poco de los cabos para ir deshaciendo la madeja.
Eran casi las dos, y Lino ya hacía rato que había cortado la televisión y trasteaba en la cocina.
Mi ánimo estaba más sereno, era el momento de sentarme con él e intentar volver a recuperar la relación de amistad que teníamos hasta la noche anterior.
—Huele bien. ¿Qué tenemos para comer?
—Una sopa y pescado. No creo que tu estomago esté para mucho más.
—No, la verdad. Solo fueron un par de copas, pero la falta de costumbre…
—Más bien cuatro.
—Buenooo, quien dice dos dice cuatro.
—Te ha cundido —afirmó orgulloso Lino.
—Sí, tu inspiración se deja sentir. Después de comer me voy a echar un par de horas, tengo sueño todavía. Luego me iré a yoga con Fátima.
—¡Yoga! Eso no es un deporte. Tanto «ohm» no es hacer ejercicio.