Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 6. TRAICIÓN
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6. TRAICIÓN

U nos golpes en la puerta me despertaron, eran insistentes y para mi cabeza dolorida parecían un martillo golpeando mis sienes.

—Macarena, son las doce. ¿Estás bien? ¿Puedo pasar?

—Ugggggg.

—Me lo tomaré como un sí.

Lino entró en mi dormitorio con una taza de café cargado y una aspirina que dejó en mi mesilla. Arrugó el ceño al ver mi horrible aspecto, vestida, sin desmaquillar y con el pelo revuelto.

—Voy a prepararte la ducha. La necesitas.

El sonido del agua cayendo en la bañera me hizo estremecer. Haciendo un esfuerzo supremo me tomé el café y la aspirina y me levanté, me tambaleaba y Lino me ayudó a llegar al baño. Cuando iba a ayudarme a algo más le detuve.

—Puedo sola, gracias. —Intenté no sonar fría pero sus palabras todavía resonaban en mi mente. Necesitaba que pasara un tiempo para que mis heridas sanaran y seguir adelante.

La ducha, junto con el calmante, hizo que el dolor de cabeza se mitigara lo suficiente como para ponerme a escribir.

Con el humor que tenía en ese instante, inspiración o no, el capítulo que me disponía a escribir iba a salir muy negro.

Había llegado la hora de que Mabel e Iván se volvieran a encontrar.

« No podía esperar más. Tenía que hablar con Iván.

Decidí llamar a su abogado. Enterarme de su nombre fue sencillo, en las noticias lo repetían una y otra vez.

Después, en información me facilitaron el teléfono de su despacho.

Lo difícil fue convencerlo de que me dejara ver a Iván.

Durante el día estaba en los calabazos de los juzgados y por la noche regresaba a la prisión.

Tenía las visitas restringidas y sin la autorización de su abogado no dejaban pasar a nadie.

—Pregunté a Iván Sánchez —rogué desesperada sintiendo que la secretaria del abogado me iba a colgar—. Dígale que Mabel García quiere verle. Ya verá como no se opone.

—Está bien. Déjeme su teléfono y si es posible la llamar é para concertar una entrevista.

—Gracias.

Esa tarde y todo el día siguiente me lo pase pegada al teléfono.

Jorge tenía un poco de catarro y, escudándome en él, le dije a Julián que no podía salir.

Dos días más tarde Jorge estaba bien y yo debía ir a hacer algunas compras.

Había estado siguiendo el juico con las noticias y había comprobado cómo la prensa y la gente de la calle le creían culpable.

Todos menos yo. No hasta hablar con él. Iván no podía haber cambiado tanto.

La niñera de Jorge me miraba con desgana mientras le repetía por cuarta vez la misma cantinela.

—Si llama alguien preguntado por mí, dile que he salido y que en cuanto vuelva le llamo. Si te dan algún dato, ap ú ntalo en la libreta que hay junto al teléfono, que después se te olvida.

—No se preocupe. Váyase tranquila.

Estaba llamando al ascensor en la escalera cuando oí el teléfono. Regres é a mi piso y ante el sobresalto de la niñera corrí hacia el teléfono como si me fuera la vida en ello.

—Sí, dígame.

—Quisiera hablar con Mabel García —dijo una voz femenina que sin duda correspondía a la secretaria con la que había hablado días antes.

—Soy yo.

—Buenos días. Llamo del despacho del abogado del Sr. Iván Sánchez. Él desea hablar con usted.

—¿Cuándo?

—Si usted quiere, esta misma mañana podrían verse.

—Sí. Esta mañana me viene bien.

Quedamos en que el abogado me esperaría en el vestíbulo de los juzgados.

No podíamos vernos fuera porque la prensa hacia guardia durante la mayor parte del día, en busca de alguna declaración exclusiva.

El juzgado era un edificio viejo, lleno de humedad.

En el interior el griterío no era mucho menor que en el exterior.

A la derecha del hall , surgía un pasillo en el que se agrupaban en fila un grupo de personas en busca de algún tipo de certificado.

Junto a ellos, en claro contraste, había dos policías custodiando a un hombre de piel quemada y ojos fieros que, esposado, esperaba a que un juez le tomara declaración.

Un hombre alto, bien trajeado y con generosas entradas a ambos lados de su frente, se acercó hasta donde yo estaba.

—¿Mabel García?

—Sí, soy yo.

—Soy el abogado de Iván Sánchez. Él la ha descrito a la perfección. Sígame.

Tal vez mi cara no hubiera cambiado, pero mi cuerpo había adquirido ciertas redondeces y una pertinaz flacidez que no tenía hac í a cinco años.

¿Qué diría Iván al verme? Bajamos por una escalera hacia el sótano donde estaban los calabozos.

A medida que descendíamos el aire estaba más cargado de humedad y costaba respirar.

Nos paramos junto a una mesa donde un policía me hizo firmar en un registro y me dio una tarjeta con una V de visitante.

Reanudamos la marcha y llegamos a una puerta con una ventana enrejada en el centro.

A través del cristal distinguí la silueta de Iván, que aguardaba sentado a que yo llegara.

—Pase. Les dejar é solos cinco minutos. El juez no permite que las visitas duren más tiempo —dijo el abogado.

—De acuerdo —respondí asintiendo con la cabeza.

—Además, un policía tendrá que quedarse junto a esta puerta.

Me senté en una silla enfrente de Iván. Durante el camino había imaginado una y otra vez aquel encuentro.

Había ensayado diferentes diálogos y le había hecho un montón de preguntas que deseaba que me respondiera desde hacía cinco años.

Sin embargo, en aquella sala, teniéndole tan cerca de mí, no podía hablar.

—Me alegro de verte —dijo Iván rompiendo el sepulcral silencio.

—Yo también —contesté sin poder dejar de recorrer con la vista la sala donde nos encontrábamos, contando las innumerables goteras que llenaban las paredes.

—Lamento que nos hayamos encontrado aquí. Pero no me dejan salir —dijo Iván con una amarga sonrisa en los labios.

—No te preocupes por el escenario, lo importante es que volvemos a estar juntos.

—Tenías que ver mi celda. Por la noche puedes oír a las ratas arañando las paredes.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué te une a Ruiz Gascón?

—Él era mi jefe.

—¿Tu jefe? Tú siempre decías que lo mejor era ser tu propio jefe, sin depender de nadie.

—Mi empresa atravesó una mala racha. Creamos algunos programas que no tuvieron el éxito que esperábamos. Me vi obligado a vender parte de la empresa a un grupo a cuya cabeza estaba Ruiz Gascón. A medida que iba pasando el tiempo ellos tenían más control y yo dej é de ser necesario.

—¡Es horrible!

—Un día uno de sus abogados vino a verme.

Me ofreció una pensión de por vida y una generosa gratificación a cambio de que les entregara el control total de la empresa.

Según ellos, yo solo miraba por el interés de mi empresa en lugar de hacerlo por el del grupo.

Aunque me negué, con artimañas fueron logrando su propósito.

Aquel día fue a ver a Ruiz Gascón para entregarle mi carta de dimisión.

—¿Discutisteis?

—Sí. No lo puedo negar.

—¿Pero tú no…? —inquirí sin poder terminar la pregunta.

—No, yo no le mat é . Cuando me fui de su despacho, él estaba vivo, puedes creerme.

—Alguien tuvo que verte. Tal vez su secretaria.

—Cuando llegu é , Gascón les dijo a su secretaria y a su ayudante que se marcharan a casa. No quería que nos oyeran discutir. Le encantaba que la gente creyera que era un gran filántropo y un honrado hombre de negocios. ¿Me crees? —me preguntó después de una pausa.

—Sí. Mi corazón me dice que eres inocente.

—Pues eres la única. Es paradójico, la persona a la que he hecho más daño en toda mi vida es la única que confía en mí.

—No exageres. Tienes a tu abogado.

—Él se limita a defenderme, no necesita creerme.

—¿Y ella?

En ese instante la puerta de la sala se abrió de golpe y el abogado entr ó con un policía.

La serenidad con que le había visto antes había abandonado su rostro.

Su ceño estaba fruncido, y la preocupación y la ansiedad estaban patentes en cada uno de sus gestos.

Ecos de algún alboroto proveniente del piso de arriba entraron con ellos.

—Tiene que irse de aquí.

—¿Qué ocurre? —pregunt é asustada al oír un disparo.

—¡Vamos! —gritó el policía que había llegado con el abogado, agarrándome del brazo y haciéndome levantar de la silla con brusquedad.

No subimos al piso de arriba, por el contrario, bajamos unas escaleras ocultas tras una puerta a una planta inferior.

Llegado aquel momento no estábamos solos.

Además del abogado venían con nosotros varias personas entre las que había más policías.

Detrás de mí se escuchaban gritos de histeria y voces pidiendo calma.

Una mujer junto a m í lloraba en tanto un policía que caminaba a su lado apretaba contra su frente sangrienta un pañuelo que en otro tiempo había sido blanco.

Llegamos a un pasillo estrecho que nos obligaba a caminar de dos en dos. El abogado de Iván encabezaba la marcha con un policía. Acercándome a ellos, pregunt é en voz baja:

—¿Qué pasa? ¿Una bomba?

—No —respondió el abogado—. Un preso que esperaba a que le tomaran declaración se ha escapado cogiendo el arma de uno de los policías que custodiaban. Nadie sabe dónde está exactamente. Debe estar escondido en algún despacho.

Tragu é saliva y sentí un escalofrío por mi espalda al recordar al hombre de piel quemada y ojos fieros que había visto al llegar al juzgado.

Al fondo del pasillo se divisaba un punto luminoso en el techo.

Era una falsa alcantarilla por la que se accedía a la superficie.

Una vez fuera comprobé que estábamos enfrente de los juzgados.

La gente que había huido conmigo por los túneles empezó a correr en todas las direcciones atrayendo la atención de los periodistas.

Yo también me disponía a irme cuando el abogado me retuvo.

—Esto no suele pasar.

—Ya me imagino.

—¿Volverá a verle?

—Tal vez.

—Es la única persona que se ha interesado por él. No tiene demasiados amigos, ¿verdad?

—No sé ahora, pero cuando yo le conocí era bastante solitario. El trabajo y su empresa, lo eran todo para él.