5. DE PASEO #3
Contoneándome algo más de lo necesario salí del ascensor seguida por Lino; despistada como iba pensando en lo que tenía detrás me choqué con un vecino de un piso superior al mío.
Después de unas disculpas y de que la tontería que tenía momentos antes se hubiera quedado al ras del suelo, fuimos hacia el coche.
—¿En coche? ¿Está lejos?
—Un poco y más con tacones.
—¿Y por qué te las pones?
—Me gustan, y con el vestido quedan bien —le expliqué y me callé que según mi opinión me hacían unas piernas tremendas.
Lino no dijo nada pero miró mis pies y, sonriendo, se sentó en el asiento del copiloto.
Le ayudé con el cinturón, asegurándome de que le quedara bien puesto, palpándole bien el torso y los brazos alguna vez más de las necesarias, pero eso él no lo sabía, y arranqué.
Creía que yo era pálida pero la cara de Lino cuando llegamos al bar era del color de las nubes de verano, blanca, y con un rictus de terror.
—Hola, chicos —nos saludó Fátima—. ¿Ha pasado algo? ¿Por qué tiene Lino esa cara?
—Como nunca ha montado en coche se ha asustado.
—Una cosa es ir en coche y otra cosa es conducir como conduces tú. ¿Sabes que hay normas de tráfico? En los semáforos en rojo hay que pararse. Lo sé hasta yo —afirmó Lino algo enfadado.
—En eso le tengo que dar la razón, Macarena, tú conduces como si las normas no fueran contigo, te transformas, eres algo belicosa al volante.
Lino parecía un muñeco asintiendo enérgicamente a cada una de las palabras de Fátima.
Estaban equivocados, no era que yo no supiera conducir, es que los demás no lo sabían hacer bien.
Si no, ahí estaban las estadísticas, apenas había tenido algún accidente con el coche, solo cuatro o cinco. Lo normal.
—Vamos a por unas bravas y dejaros de tonterías.
A las bravas, le siguió una tortilla de patata en María Luisa, como al final no estábamos en casa y no podía hacerla ya era hora de que Lino la probara; viendo cómo ponía los ojos en blanco estaba claro que le gustaba.
—Cuando pruebes la mía, ya verás lo que es bueno —afirmé jactanciosa.
—Eso es cierto —recalcó Fátima—. Maca es un desastre en la cocina, lo quema todo, hasta lo que solo hay que descongelar, pero la tortilla le sale de miedo. Es la mejor que he probado.
—¿De verdad?
—Pelota, el domingo vente a casa y hago una. Podrías traerte una tarta de manzana de esas tan ricas que tú haces.
—No he probado la tarta de manzana, estaré encantado de hacerlo —dijo Lino.
—Tú eses un comilón, con tal de probar toda la comida posible te apuntas a cualquier plan.
—Tendremos que llevarle a probar algo típicamente español —declaró Fátima guiñándome un ojo.
Estaba claro el destino, Lino tenía que catar un poco de jamoncito del bueno en La Cueva.
Para finalizar el tapeo, rematamos con un par de gastrotapas en El Búho.
No teníamos muchas ganas de despedirnos, así que nos fuimos a tomar una copa en La Tractoria.
Fátima se encontró con unos compañeros de trabajo y nos unimos a ellos.
Algunas parejas bailaban, me quedé mirándolas soñadora.
Con David también solía bailar, bailaba muy bien, era algo que echaba de menos.
—¿Bailas? —me preguntó Lino con su aterciopelada voz.
—Sí. ¿Tú sabes bailar?
No me respondió, tomó mi mano y me llevó a la pista.
Ni con tacones podía llegar a ser tan alta como él, mi cabeza llegaba a sus hombros, su brazo derecho me acercó hacia él agarrándome por la cintura, el izquierdo tomó mi mano y la apoyó en su pecho.
Empezamos a balancearnos mirándonos a los ojos, solo estábamos los dos, el resto del mundo desapareció, Lino suspiró, besó mi frente y recosté mi cabeza en su pecho.
Su olor, un tenue aroma a gel de baño se mezclaba con su olor propio, varonil y masculino, su pecho era mullido y sus brazos fuertes y seguros.
A la canción le siguió otras, no sé cuánto permanecimos abrazados, bailando, balanceándonos, no fue hasta que Fátima nos avisó de que iban a cerrar el bar, que nos separamos.
Volvimos a casa dejando primero a Fátima en la suya, al despedirse me dedicó unos gestos que muerta de vergüenza rezaba para que Lino no hubiera visto.
Entramos en el salón y nos miramos sin saber qué hacer.
En realidad, tenía muy claro lo que me gustaría hacer, pero no sabía si mi muso pensaría lo mismo.
Pensé que él estaría igual de indeciso que yo, así que me lancé, pensando aquello de que él que no arriesga no gana.
Me acerqué a Lino y, sin más, le eché los brazos al cuello y le besé.
Tras un segundo de indecisión me abrazó y me besó.
¡Y qué beso! Hombre o dios, Lino era un maestro besando.
Cuando ya empezaba a faltarnos el aire nos separamos.
—Macarena. Sentémonos un momento. —A mí ese «Macarena» me sonó raro, en determinadas circunstancias un hombre no suele utilizar tu nombre de pila y si lo hace, malo, malo.
—¿Ocurre algo?
—Hay algo que debes saber. Me gustas, es evidente, pero hay dos aspectos de nuestra relación que debo aclararte, debí hacerlo antes, fue mi fallo.
En primer lugar, recuerda que solo estaré en este mundo durante tres semanas, después se acaba el plazo de entrega de tu novela y el plazo que me dio Zeus.
—Lo sé, pero…
—Déjame terminar, por favor —me interrumpió Lino—. El contrato con Zeus es sencillo. Tres semanas en la tierra para ayudarte e inspirarte con tu novela; si la terminas recupero mi existencia anterior.
—Eso lo sé.
—Hay algo más. No podemos tener sexo, si nuestra relación se hiciera carnal el contrato quedaría roto, debería volver al mundo de Hades para siempre. Y, créeme, ya llevo varios eones, no quiero volver.
Si me hubieran hecho una foto en ese instante mi cara debía de ser un poema.
El calentón que tenía hasta ese momento se vino abajo más rápido que con una ducha fría.
Ese era mi sino: encuentro a un tío cañón, que se apalanca en mi piso y en mi vida durante tres semanas.
Le gusto, LE GUSTO, y no puedo tener sexo con él. Zeus, que sepas que te odio, y mucho.
—Pues si eso es todo lo que tenías que decirme, me voy a dormir.
—Espera, Maca, vamos a hablar tranquilos.
—Estoy muy cansada, los tacones me están matando, mañana hablamos.
Y fingiendo dignidad y entereza me levanté del sofá y me fui a mi dormitorio.
Una vez cerrada la puerta, me quité los zapatos y con furia los lancé contra la pared.
Me dejé caer en la cama y pataleando como una niña dejé salir mi frustración.
Escuché el sonido de un mensaje entrante en el móvil, era Fátima pidiéndome que al día siguiente durante la clase le contara todos los detalles.
Apagué el móvil y no lo lancé contra la pared porque sabía que al día siguiente me arrepentiría.
Me enrosqué en el edredón y sin ganas de cambiarme y desmaquillarme me dormí rumiando mi mala suerte.