Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 5. DE PASEO #2
34%

5. DE PASEO #2

—Mabel les cuenta a sus compañeros de trabajo cómo funciona el programa y luego serán las primeras citas de los dos. Lo bonito de una relación, el principio.

—Tienes un par de horas, luego hemos quedado con Fátima.

—¿Hemos? —Ahora fue mi turno de reír.

—Por supuesto, quiero saber qué es eso de las tapas.

—Uy, algo que hará que no quieras volver al Olimpo.

Aún riéndome posé mis dedos en el teclado y la conocida sensación de sumergirme en mi mundo de fantasía se repitió una vez.

Los personajes se acercaban a mí dándome la bienvenida, queriendo contarme sus historias.

Mi otra yo, aquella que hacía años que había perdido de vista, acercó sus labios a mi oído y empezó a narrarme.

« El lunes llegó, y con é l finalizaba el que hasta entonces había sido el mejor fin de semana de mi vida.

Entré en la oficina temblando, rogando a Dios que mi jefe hubiera sufrido un contratiempo.

No necesitaba que fuera una enfermedad grave, con un pinchazo en una rueda me conformaba.

Sin embargo, mis s ú plicas no fueron escuchadas.

Allí estaba. Encerrado en su despacho, lleno de humo hasta lo indecible.

Rubén estaba sentado en su mesa, callado.

Amalia nos miraba de reojo, pasando su mirada de uno a otro sin decir nada.

—Buenos días. Rubén, ¿cómo está tu hijo?

—Bastante bien. En tres o cuatro días estará en casa.

Me extrañ ó que Rubén fuera tan escueto. É l, un charlatán nato, no perdía la ocasión de hablar. Sin duda, no iba a ser yo la primera en recibir una reprimenda del jefe aquella mañana.

—Te está esperando —intervino Amalia.

—Est á de mal humor, ¿verdad? —pregunté quitándome el abrigo.

—No te lo puedes imaginar. Creo que su « sobrina » le ha dejado.

—¿Por alguien más joven?

—Por alguien con más dinero.

—¡Mabel! —rugió una voz—. Ya era hora de que llegaras. Tienes que mejorar esa puntualidad.

—Por supuesto —respondí mirando el reloj. Faltaban unos minutos para las nueve. Seguramente la ausencia de su « sobrina » le había dado ganas de trabajar. Aquella era la primera vez que El Jefe había llegado antes de las nueve.

—Veamos si tú has aprovechado el fin de semana o la empresa ha malgastado el dinero.

Nerviosa, cogí la carpeta con las notas de Iván. Amalia sonrió intentando darme ánimos. Imposible. Presentía que las cosas aquella mañana iban a ir de mal en peor. Acercando mi silla al escritorio de Rubén les indique a los demás que me imitaran.

—Voy a cargar el programa en este terminal y después lo har é en los otros.

Nadie contest ó . Amalia y Rubén, voluntariosos, cogieron papel y boli sentándose a mi lado. El Jefe se situó detrás de mí, podía sentir su aliento en mi cuello. Tal vez fuera mejor no ver su cara. Si veía sus inquisidores ojos sobre mí, no daría pie con bola.

—Empieza. No vamos a perder toda la mañana con esta tontería.

¡Tontería! Haría como si no le hubiera oído.

Entrar en la red que unía las sucursales de la empresa inmobiliaria fue fácil.

Bajar el programa desde allí me resulto más difícil.

El primer intento fue fallido. El segundo, también.

Mi corazón se acompasaba con los golpes que El Jefe daba con su pie derecho en el suelo.

Amalia y Rubén empezaban a incomodarse. A la tercera fue la vencida. El programa estaba instalado.

—Aquí esta. Ahora, estad atentos que voy a explicar cómo funciona.

Durante media hora me sentí como una maestra de escuela dando su primera clase ante un grupo de alumnos que no sabían si decantarse por vacilarla o por hacerle caso.

Poco a poco fui serenándome y alcanzado cierta seguridad.

El pie del Jefe se había quedado quieto y los resoplidos habían cesado.

Solo se oía el sonido de mi voz y los bolígrafos de mis compañeros rasgando el papel.

Ni siquiera una inoportuna llamada telefónica me interrumpió. ¡Para eso estaba el contestador!

—Bueno, creo que ya os he explicado todo. ¿Alguna pregunta?

—No. Está muy claro —dijo Amalia—. Eres una experta.

—De acuerdo. Cargad el programa en los otros ordenadores y continuad trabajando. Mabel, prepara mi terminal mientras voy a ver a un cliente. Cuando vuelva quiero ver que estáis utilizando el nuevo programa.

Ninguno de mis compañeros dijo nada hasta que El Jefe hubo salido. Entonces se levantaron de sus asientos y se acercaron a mi mesa, donde yo estaba terminando de instalar el programa. Sin presión a m í alrededor, podía hacerlo hasta dormida.

—¡Enhorabuena! —exclamó Rubén—. Me alegro de que fueras tú. Yo no hubiera sido capar de entenderlo tan rápido.

—El orador era bueno explicando y después del seminario me ayud ó con las dudas que tenía- —Por el momento prefería no dar demasiados datos sobre Iván.

—Se ha quedado con las ganas de echarte la broca —intervino Amalia hablando sobre El Jefe—, pero no ha podido. Est á tan asombrado como nosotros.

—Debe ser que descargó toda su ira sobre mí —dijo Rubén—.

Amalia y yo hemos llegado a la vez. Él ya estaba dentro y, sin saludarnos antes, ha empezado a recriminarme mi falta de profesionalidad.

No te enfades, pero dijo que no entendía c ó mo había podido quedarme en el hospital tan tranquilo, dejando la responsabilidad que él había depositado en mí, sobre una « niñata recién llegada » .

— ¡Niñata! — exclamé ofendida.

—No te preocupes. Acaba de comerse sus palabras —afirmó Amalia—. Además, él era el que debía haber ido al seminario en lugar de irse con su « sobrina » .

—Querrás decir, en lugar de ir a una importante reunión en otra ciudad —apuntó Rubén entre risas.

El teléfono comenzó a sonar y los clientes empezaron a llegar. Al cabo de unos minutos la rutina había regresado a la oficina. Entretenida con el trabajo no me di cuenta de que era la hora de marcharme. Ya me disponía a salir cuando Amalia me retuvo, y con una sonrisa pícara en los labios me dijo:

—Espera, Mabel. Tienes una llamada.

—¿Quién es?

—Un tal Iván.

¡Iván! Había estado tan agobiada que por increíble que pareciera no había pensado en él. Intenté que mi cara y mi voz no delataran lo que sentía. Prefería que no circularan chismes sobre mí por la oficina. Fingiendo tranquilidad, cogí el auricular que Amalia me tendía y respondí.

—¡Hola! Soy Mabel.

—¿Qué tal ha ido todo?

—Creo que bien.

— ¿Cenamos?

—Bueno.

—Pasar é a recogerte a las nueve. ¿Te parece?

—De acuerdo. Hasta luego.

Esperaba que Iván no hubiera pensado que era una tonta, pero con Amalia cerca de mí y Rubén escuchado, no podía hablar a gusto. Menos mal que había llamado cuando ya me iba, después de hablar con él no hubiera sido capaz de trabajar más.

***

La cena fue fantástica. Y la del día siguiente, y la del otro y la del otro.

Aquella semana nos vimos todos los días.

Aunque el restaurante iba cambiando, yo no prestaba demasiada atención a lo que comía.

Al llegar el fin de semana estaba enamorada de Iván sin remedio, y creía que era correspondida.

Su forma de comportarse conmigo, sus titubeos a la hora de besarme y abrazarme me hacían pensar que el sentimiento era reciproco.

Era tan feliz y estaba tan ilusionada que mi corazón no albergaba dudas.

Las semanas fueron pasando. En un par de ocasiones salimos con Ana y un amigo de Iván que trabajaba con él en la empresa.

He de reconocer que era tal mi dicha que trat é de hacer de celestina con Ana, si bien mis intenciones fracasaron.

Ella estaba demasiado absorbida por su trabajo como para pensar en otra cosa.

Cuando lleg ó Semana Santa, en la oficina me dieron el Miércoles Santo libre, tenía cinco días de vacaciones para irme donde quisiera. Iván, en su empresa, consideraba el Sábado Santo festivo de modo que los dos íbamos a tener tiempo libre. Serian nuestras primeras vacaciones juntos. »

Ya estaba escrito. Lo tonta que fui creyéndome todas sus palabras, era tan perfecto, me engañó a mí, a mi familia, a mis amigos, a todo el mundo.

Tonta, más que tonta. Me estuvo bien por incauta y confiada.

Claro, que viendo al «desconocido» que tenía de okupa en casa, no podía decir que hubiera aprendido la lección.

Pero era tan mono que, aunque una parte de mi, la parte realista y racional, seguía sin creerse la historia del muso, la otra parte soñadora la mantenía encerrada en un lugar oscuro sin salir a la primera.

Desde mi silla podía ver el perfil de Lino, firme, masculino, decidido y muy, muy atractivo.

—¿Has terminado? —me preguntó el objeto de mis pensamientos.

—De momento. Voy a arreglarme.

Apagué el ordenador y fue a mi habitación.

Abrí el armario y no sabía qué ponerme. Era la primera vez que salía con mi muso; la excursión mañanera no contaba.

Sabía que, yendo junto a él, las miradas de todas las mujeres y de algunos hombres se centrarían en nosotros y no quería que la gente se preguntara qué hacía conmigo.

Vale que medía uno sesenta y mi cuerpo no era el de una modelo, pero era consciente de que arreglada también atraía más de una mirada.

Así que me decidí por un vestido azul oscuro con el que Fátima decía que estaba imponente, y yo también lo pensaba aunque no lo decía en voz alta, y unas botas altas.

Encima, un abrigo y una bufanda, que con tres grados de temperatura no era cosa de acatarrarme y pasarme las tres semanas de Lino con la nariz goteando.

—Estás preciosa —dijo Lino al verme con su habitual sonrisa picarona y un seductor brillo en sus ojos.

—Gracias, es un vestido corriente, normalito —respondí con inocencia, pensando que ya era hora de que me viera con algo que no fuera el pijama o ropa de sport .