Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 5. DE PASEO
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5. DE PASEO

C uando me desperté eran las diez de la mañana.

No recordaba cuándo había sido la última vez que había dormido tantas horas.

Decidí darme una ducha y cambiarme antes de ir a la cocina, desde donde ya me llegaba el aroma del café recién hecho.

En veinticuatro horas mi vida se había visto sacudida e increíblemente estaba tranquila y serena; yo, que era Doña Rutina y cualquier cambio me alteraba, allí estaba pensando en qué tendría preparado mi particular cocinero para desayunar.

—Buenos días —saludé entrando sonriente en la cocina.

—Buenos días, hoy no tienes tu arma favorita: la bolsa de yoga.

—Muy gracioso —repliqué admirando el torso desnudo de Lino que asomaba por el delantal, ya que él no llevaba nada más que unos vaqueros. ¡Y cómo lo quedaban! Resaltaban su ya admirable trasero haciéndome babear.

—Con todo lo que comes no sé cómo puedes tener ese cuerpazo.

—Tú deberías saberlo porque tú me imaginaste así.

No repliqué, poniendo una medalla ficticia a mi imaginación, no podía haber imaginado un muso más perfecto.

Pero debía reconocer que solo había imaginado el exterior, el interior venía de serie y no podía ser mejor.

Lino era atento, divertido, cariñoso, cocinaba a las maravillas y se preocupaba por mí como nadie salvo Fátima lo había hecho en mucho tiempo.

—¿Has dormido?

—No lo necesito.

—¿Y qué has estado haciendo?

Una inclinación de su cabeza hacia el televisor, y una mirada entre avergonzada y traviesa me hizo saber el resto. Había convertido a mi muso en un friki de las series como era yo misma. No podía ser más adorable.

—Cuando termines con Lost, te voy a poner las películas de la Guerra de las Galaxias.

—¡Yoda!

—¡Ja, ja, ja! Sí. Y luego otra serie, mi favorita, The Walking Dead.

— ¿Muertos?

—Sí. Es alucinante, ya lo verás. Pero ahora ¿qué te parece si vamos a dar un paseo para bajar la torre de tortitas con chocolate que nos hemos zampado, y te enseño los lugares en donde se gestó mi novela?

Era como caminar con un niño, a Lino todo le sorprendía y le llamaba la atención.

A través de sus ojos descubrí otra ciudad.

Lo que hasta entonces pasaba desapercibido a mi mirada, ahora era digno de ser contemplado.

Las volutas de la barandilla de un balcón, el escudo de algún noble de la ciudad hecho en piedra que adornaba una fachada, la pequeña plaza escondida entre dos calles por la que no había pasado nunca.

En una frutería atendida por un hombrecito ya mayor, compramos unas deliciosas manzanas rojas.

Después de pasar junto a un puesto de castañas, terminamos con sendos cucuruchos calentando nuestras manos.

Entretenidos, llegamos a la calle donde estaba antaño la inmobiliaria.

—Era allí. Donde está ahora esa tienda de móviles. Cuando pasó lo que pasó la quitaron, fue una de las primeras sucursales en desaparecer, ya no queda ninguna.

—¿Qué ocurrió?

—Tendrás que esperar a que vaya escribiendo la novela para saberlo —contesté misteriosa.

Seguimos caminando otra hora y llegamos al portal donde estaba mi primer hogar en la ciudad. Entonces me pareció una maravilla, pero con la distancia del tiempo lo veía viejo y deteriorado.

—No estaba mucho aquí. Me pasaba el día trabajando, pero el barrio era tranquilo y mi compañera de piso era buena. Estuve bien aquí —comenté nostálgica.

—¿No te apetecería tomar un café con ella?

—¡NO!

—Caray, algo me dice que no fue la falta de contacto lo que os alejó.

—No lo fue. Ya te lo contaré, es hora de dejar salir todo lo que me ha carcomido todos estos años. Creo que mi última relación no funcionó porque no estaba lista, no había dejado mi pasado atrás, y ya es hora de que lo haga.

La sonrisa que Lino me dedicó me hizo sentir orgullosa, estaba en la dirección correcta, mi vida se encauzaba poco a poco.

Ojalá mi muso pudiera quedarse conmigo no solo esas tres semanas.

Me gustaba, no lo podía negar ni ocultar.

Era buen amigo, pero soñaba con que fuera algo más.

Tímidamente le cogí del brazo para regresar a casa.

Lino respondió apretando mi brazo y, caminando, emprendimos el camino de vuelta.

Decidimos hacer un almuerzo ligero puesto que ya era casi la una y después cada uno retomamos nuestras tareas habituales.

Yo continúe escribiendo y Lino con la serie que le tenía enganchado.

Hice un descanso cuando Fátima me llamó al salir de trabajar para quedar a última hora de la tarde para tomar un par de tapas.

Mi muso, tan detallista como siempre, a las cinco me preparó una deliciosa merienda, una taza de té verde con jazmín con unas galletas.

—No me digas más, quieres leer lo que he escrito. Adelante, es una conversación entre Ana y Mabel. Como no quiere contárselo a Julián tiene que hablar con alguien sobre Iván.

« El Santa Cecilia era un hospital que durante los últimos años había ido creciendo.

Ana, mi antigua compañera, había hecho sus prácticas en él para terminar siendo la persona al frente del centro médico.

Al entrar en la cafetería recordé las innumerables ocasiones en que había acudido allí en busca de consuelo.

Más tarde o más temprano Ana conseguía hacer un hueco entre paciente y paciente para hablar conmigo.

O, mejor dicho, para escucharme y acabar dándome su sensata opinión, la cual en la mayoría de los casos yo ignoraba con consecuencias funestas.

Pedí una tila que tranquilizara mis nervios, y me senté a esperar a Ana. No tardó en aparecer.

—¡Hola! ¿Qué tal est ás? —me preguntó dándome dos besos.

—Confusa —respondí observando cómo ante m í seguía teniendo a aquella mujer delgada de ojos verdes, con su sempiterna coleta, que me había abierto la puerta hac í a cinco años.

— ¿Qué está s bebiendo?

—Una tila. No he podido dormir en toda la noche, estoy nerviosa e irritable, a punto de estallar. ¿Qué ha ocurrido? Solo sé que le acusan de asesinato, pero no sé ni de qui é n, ni el porqué.

—No sé mucho más que tú. Ruiz Gascón tenía varias empresas reconocidas y estaba detrás de varias otras de las que nadie sabía nada.

Un buen día llego al hospital y ofreció el apoyo de su fundación para abrir una completa área de geriatría.

Como te puedes imaginar los que dirigían entonces el Santa Cecilia no dijeron que no.

Esa área suponía prestigio y reconocimiento mundial.

—¿Tú le conociste?

—Sí, estuve presente en alguna que otra reunión y en cenas de dirección. En esa época yo era una especie de asesora de dirección que se encargaba de todo lo relacionado con los empleados. Ya sabes, demasiados problemas y poco dinero.

—¿Cómo era?

—Era corpulento. De joven había sido un buen deportista y aún conservaba una buena complexión. Era el típico madurito atractivo con dinero. Pelo canoso, ojos negros y piel curtida.

—¿Casado?

—Divorciado dos o tres veces con varios hijos de sus diversos matrimonios.

—¿Qué pas ó ?

—Hace cosa de medio año un periódico destapó un par de asuntos turbios relacionados con su nombre.

En apariencia sus negocios eran legales, exportación e importación de aparatos electrónicos, pero detrás había prostitución, drogas y demás.

La junta de accionistas quiso limpiar la imagen del Santa Cecilia.

Cortaron sus vínculos con la Fundación Gascón, despidieron a la junta directiva y me pusieron a mí al frente.

No tenían otra opción, yo era la única que, teniendo suficientes conocimientos para dirigir el hospital, no había tenido nada que ver con Gascón.

—¿Cómo fue el asesinato?

—Fue hace diez días. El personal encargado de la limpieza de su despacho le encontró muerto a las tres de la madrugada.

Le habían apuñalado con su propio abrecartas.

El edificio estaba equipado con cámaras de seguridad.

Sin embargo, la del despacho había sido inutilizada con un paño negro de modo que los vigilantes no vieron lo que pasaba.

— ¿Entonces, Iván?

—Según el registro de entrada él fue el último en ver a Ruiz Gascón. Su imagen aparece grabada en varis cintas.

— ¿ Por qué iría a verlo?

—No lo sé. Después del escándalo de la Fundación Gascón, en el Santa Cecilia no se hablaba de Ruiz. Hasta su asesinato su nombre no había vuelto a ser mencionado.

—Tal vez Iván había creado algún programa informático para Gascón.

—No te engañes. Iván podía estar relacionado con alguno de los trapicheos de Gascón.

—Tengo que hablar con él.

—No creo que te dejen visitarlo.

—Al menos lo intentaré.

—Solo me quedan un par de minutos libres. No puedo quedarme a comer. Cuéntame cosas de ti. ¿Cómo está mi ahijado? —me preguntó Ana cambiando de tema.

Durante el tiempo en el que Ana y yo intercambiamos comentarios triviales sobre mi vida, no podía quitarme de la cabeza la imagen de Iván esposado.

Era demasiado dolorosa. Creía haberle olvidado y haberle arrinconado en lo más profundo de mi mente.

Me hizo tanto daño... Un solo instante, una furtiva mirada, había bastado para destapar mi propia caja de Pandora.

Volvía a ser la chiquilla joven e inexperta, recién llegada a la ciudad, con ansias de comerse el mundo.

Si me concentraba y cerraba los ojos, era como si mi nariz volviera a respirar el aroma de su colonia.

Mis oídos podían incluso oír el crujido de su ropa y la envolvente musicalidad de su voz.

Julián y Jorge se desdibujaban en el futuro a medida que yo me sumergía en el pasado. »

—¿Existe ese hospital?

—En realidad es una clínica. La clínica Santa Elena. Está en las afueras, junto a la Plaza de Toros.

—¿Y Julián? ¿Existe?

—En mi imaginación, tiene las cualidades que deseo que tenga el hombre de mi vida, pero no creo que él se aparezca mañana en mi cocina, ¿o sí? —pregunté esperanzada con una sonrisa tonta en los labios

—No le he visto por el Olimpo, no recuerdo —contestó mi muso divertido—. ¿Ahora por dónde vas a continuar?