4. EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE PISO #4
Como dos colegiales corrimos por los pasillos vacíos del edificio, esquivando los carritos de los limpiadores y bajo la adusta mirada de un guardia de seguridad. En el aparcamiento nada más quedaban los coches de los empleados del parque ferial y un todoterreno que pertenecía a Iván.
—¿Tienes hambre? —me preguntó una vez que habíamos salido del auditorio.
—¿Bromeas? Apenas probé nada de la comida. ¿De dónde la han sacado?
—Supongo que han querido ahorrar gastos.
—Hubiera sido mejor un vulgar bocadillo y un refresco.
—Conozco un lugar donde hacen las mejores tartas de toda la ciudad. ¿Quieres que vayamos? —me preguntó abriéndome la puerta del vehículo.
—Por qué no —respondí sentándome.
—No pude hablar contigo durante el descanso. ¿Has entendido mejor las explicaciones hoy?
—Sí. Con el ordenador ha sido fácil seguirte, pero temo no ser capaz de hacerlo funcionar. El lunes mi jefe me va a acribillar a preguntas.
—He traído unas notas muy esquemáticas que pueden serte de gran ayuda. Las repasaremos comiendo tarta.
Ni que decir tiene que en la cafetería hablamos de todo menos del programa en cuestión.
De allí nos fuimos a un local de copas donde seguimos conversando.
Así supe que Iván era de una ciudad no muy alejada de la mía, pero que llevaba viviendo en la ciudad unos diez años.
Había cursado sus estudios de informática en una de las múltiples universidades que poblaban el lugar, y después se había marchado a Estados Unidos a perfeccionar su inglés e introducirse en el manejo de los nuevos programas que empezaban a crearse.
Al regresar tuvo ante él numerosas propuestas de trabajo entre las que elegir, pero las rechazó y decidió crear su propia empresa.
—¡Qué suerte! —exclamé al saber que estaba conversando con alguien que era su propio jefe—. Yo, en cambio, he tenido que enviar cientos de cartas pidiendo un empleo.
—Créeme, no estás en mal sitio. He diseñado programas para varias empresas y la tuya no es de las peores.
—Supongo que no —dije no muy convencida—. Sin embargo, nos han hecho trabajar el fin de semana. Mi jefe, en la oficina en la que estoy, me orden ó más que me pidió que asistiera al seminario.
—Piensa que si no hubieras venido, no nos hubiéramos conocido.
No respondí. A ú n no lo conocía lo suficiente como para saber si en caso de no haber asistido al seminario, Iván hubiera demostrado sus dotes de buen samaritano con otra incauta como yo.
Tampoco sabía qu é fin perseguía con sus actos.
Cuando nos dimos cuentas eran más de las doce.
El local se había ido llenando de gente que bailaba sosteniendo una copa en la mano. Mirando el reloj afirm é :
—Debería irme a casa.
—¡Tan pronto! —exclamó Iván sorprendido.
—Estoy cansada y ya no creo que hablemos mucho de informática. —El cebo estaba lanzado, su respuesta me daría una pista de sus intenciones.
—Es cierto. Nos hemos olvidado del programa. Ya sé lo que haremos. Mañana podrías venir a las oficinas de mi empresa, allí habrá ordenadores disponibles con los que podremos trabajar.
—No sé… —titubeé imaginando un local escondido en una planta de oficinas, en una casa demasiado vieja como para tener ascensor.
—Tranquila. Desde el edificio de la empresa llevamos el servicio de atención al cliente de varias empresas que utilizan nuestros programas.
Entre ellas hay hoteles y hospitales. Si tienen algún problema y necesitan que se les resuelva rápido, acuden a nosotros.
Mañana habrá unas cincuenta personas en el edificio.
—En ese caso bueno.
Me dio la dirección y quedamos en que a eso de las once iría a las instalaciones de su empresa.
Él pasaba muchos domingos en su oficina en busca de tranquilidad para trabajar.
Desde luego, parecía un mirlo blanco. El tiempo se encargaría de poner las cosas en su sitio.
Al salir del local de copas, Iván se encontró con unos amigos, de modo que me despedí de él y cogí un taxi que pasaba por allí.
—¿No quieres que te lleve a casa? —me preguntó al ver que detenía el taxi con un gesto de mi brazo.
—No hace falta, gracias. Quédate con tus amigos. Nos veremos mañana —contesté con la mejor de mis sonrisas.
¿Qué había hecho? Huir. Como siempre. Cuando las cosas se ponían difíciles o veía que no las podía controlar, ¿cuál era mi reacción?
Salir corriendo, cuanto más rápido mejor.
Una parte de m í creía haber hecho lo correcto, haber subido al coche de Iván de nuevo tal vez hubiera sido dar pie a algo más.
Otra parte de m í reprendía esos titubeos.
Una voz en mi cabeza exclamaba con insistencia: ¡Mojigata!
Con reproche me preguntaba qué hubiera pasado.
Nada, te habría llevado a tu casa, sin más.
Iván me gustaba, eso estaba claro, pero acercarme a él me excitaba y me asustaba a la vez.
Aparentaba ser un chico noble y afable. ¿Qué había detrás de esa dulce m á scara de inocencia?
Con mis dudas y temores llegu é a casa y tal cual, sin cambiarme, me ech é en la cama y me dormí al instante.
En mi sueño, monedas de plata caían sobre mí, con la faz de Iván en una cara y un interrogante en el reverso.
Las campanas de una iglesia me despertaron.
Aún dormida, abrí los ojos y entre legañas mir é el reloj de la mesilla.
¡Las nueve! No tenía tiempo de desayunar.
Una rápida ducha fría para terminar de espabilarme y a la calle.
El metro estaba desierto. Un par de jóvenes que todavía no se habían ido a dormir, un abuelo con su nieto y yo.
Cinco personas en una estación que cualquier otro día a esa hora hubiera estado repleta.
Conseguí llegar a la empresa de Iván con solo diez minutos de retraso.
Él me esperaba en la puerta con los ojos algo enrojecidos.
—¡Buenos días! —le salud é al llegar junto a él.
—Buenos días. ¿Dispuesta a trabajar?
—Claro. Mañana a esta hora tendré que dar una lección magistral de informática a mi jefe.
En contra de lo que me había imaginado, el edificio era moderno.
Mezcla de acero y cristal, con aire funcional.
Un hombre de seguridad me hizo firmar en el registro de entrada.
Después, mientras caminábamos hacia el ascensor, me fui quitando el abrigo.
Tenía calor, aunque no creía que se debiera solo a la calefacción.
Las paredes estaban enmoquetadas de un azul grisáceo contrastando con el verde de las plantas que decoraban el hall.
Al abrirse el ascensor, una suave melodía nos recibió.
El despacho de Iván era grande y espacioso.
Sobre su mesa había tres ordenadores y en las estanterías se apilaban monitores y libros de informática.
Por el contrario, los teleoperadores ocupaban toda una planta, dividida en pequeños cubículos donde el aire fresco no llegaba.
No dije nada, pero no me gust ó el contraste.
—Aquí trabajaremos tranquilos —afirmó Iván poniendo una silla junto a la suya detrás de la mesa—. ¿Empezamos?
—Claro.
He de reconocer que me result ó difícil concentrarme. Tan cerca, olía su colonia y el aroma turbaba mis sentidos. Haciendo acopio de valor, intent é pensar en lo que Iván me explicaba. Lo conseguí a medias.
—¿Hacemos un descanso? —pregunté al cabo de tres horas. Mi cuello y mi espalda estaban agarrotados, creía que nunca volverían a ser flexibles.
—Sí, claro. Lo siento. Cuando hablo de mi trabajo, me emociono y me dejo llevar —dijo azorado.
—Ya veo —respondí riendo.
—Vayamos a la cafetería. Tienes mucho que aprender y debemos continuar.
—Nunca debí acceder a las pretensiones de mi jefe.
—Por eso prefiero ser mi propio jefe. Sin embargo, sin este seminario no nos hubiéramos conocido.
—No sé qué hubiera hecho sin tu ayuda.
—Cuando te vi tan agobiada, me recordaste a mí al llegar a mi primer empleo. También alguien me ayud ó . Tú harás lo mismo por otra persona algún día.
El descanso dur ó un par de horas, al término de las cuales habíamos hecho planes para varios fines de semana.
Iván se había ofrecido como guía y a mí me parecía el mejor de los cicerones.
Volvimos a su despacho y cuando quisimos terminar ya había anochecido.
Aunque Iván me invit ó a cenar, rehusé su ofrecimiento.
—Prefiero irme pronto a casa y descansar. ¿Te apetece caminar un poco? Llevamos muchas horas aquí dentro.
—De acuerdo.
La temperatura era agradable. La tibieza de la primavera se empezaba a sentir, y las bufandas y los gorros se podían dejar en casa.
Nos cruzamos con otras parejas que habían salido a disfrutar de las últimas horas del domingo.
Llevaba dos semanas en la capital y todavía no me había acostumbrado a que mis ojos se cruzaran cada día con cientos de ojos que miraban sin ver.
La ciudad con más habitantes del país era el lugar más solitario en que había estado nunca.
Aquellas horas con Iván me habían hecho recordar la alegría de compartir con otra persona su tiempo y sus pensamientos.
—¿En qué piensas? Has estado callada un buen rato.
—En nada especial. Recuerdo mi ciudad.
—La echas de menos.
—Sí y no. Me gusta estar aquí, si bien, creo que allí todo era más fácil.
—Entiendo lo que dices. La seguridad de lo conocido acaba por alienarte.
—¿Y tú? ¿Has dejado algo atrás?
—No —respondió de inmediato—. Nada que valga la pena. Deberíamos regresar —continuó Iván consultado su reloj.
Cuando llegu é a casa, Ana estaba en ella. Era agradable tener compañía una noche para variar. Pedimos una pizza y, mientras nos la traían, Ana me siguió por la habitación pidiéndome un relato pormenorizado de mi día con Iván. Aquella noche no me acosté tan pronto como había pensado. »
—Puff. ¿Iván existe? Es alguien de tu pasado.
—Existe —asentí pensativa—. Por desgracia.
—Te hizo daño.
—Mucho. No lo conocí en un congreso, fue peor que eso. Era un compañero de la agencia.
—¿Tu jefe?
—¿No decías que no me leías la mente?
—Y no lo hago, pero es evidente. ¿Qué te parece si mañana por la mañana damos un paseo? Podrías enseñarme la inmobiliaria y dónde vivías. Así estreno mi nuevo abrigo.
—La inmobiliaria no existe ya, pero puedo llevarte a que veas la zona.
—Es un fantasma de tu pasado, la herida que hizo Iván en ti no ha cicatrizado. Tienes que dejarlo atrás. Crees que lo has hecho, pero diría que no.
No fui capaz de contestar a Lino, el nudo de mi garganta era cada vez más grande y los ojos me picaban.
Tenía razón, Iván, o mejor dicho David, había sido mi primer amor, me deslumbró con sus fingidas maneras de galán, su simulada ternura y su falso cariño.
No vi que era todo fachada hasta que fue demasiado tarde, mi corazón se rompió y mi relación posterior de tres años no había sido capaz de sanarlo.
Mi muso me quitó el plato de las manos y me abrazó en silencio.
Sin decir una sola palabra, con mi cabeza apoyada en su pecho.
Oyendo el latir de su corazón, las lágrimas brotaron de mis ojos, como el agua subterránea que por fin encuentra una grieta en la superficie por la que salir.
Me sentía segura y a salvo en los brazos de aquel gigantón que se había instalado en mi casa y en mi vida.
Mi alma por fin hallaba el consuelo que necesitaba.
—¿Estas mejor? —me preguntó suavemente besando mi pelo con cariño.
—Algo, creo que tienes razón, aún me duele. Con la novela intentaré dejar salir de mi interior los restos de tristeza y dolor que tengo todavía por su culpa.
—Es lo mejor. Ana y David han pasado página, debes hacerlo tú también.
—Lo haré —sintiéndome segura de mí misma, con una fortaleza que sin duda debía a Lino.
—Tengo una pregunta —me dijo mi muso titubeando.
—Dime. ¿Qué quieres saber?
—¿Qué es una tortilla? Me gustaría probar una tortilla de patatas.
—Estás de suerte, es una de las pocas cosas que me salen bien. La hago riquísima, con mucha cebollita. En eso hay división, hay mucha gente que la prefiere sin ella, pero a mí me encanta, le da un sabor que sin ella no tiene. Y, por supuesto, con aceite de oliva.
—¿Me la haces? —preguntó esperanzado.
—Son las doce y media de la noche. Creó que un poco tarde para ponerme a cocinar. Mañana te prometo que te la hago para comer. Ahora estoy cansada y necesito irme a dormir.
—Está bien —replicó Lino con pesar—. Pero mañana me la haces sin falta.
—¡Serás tragón! Te advierto que el cuerpo humano no es como el espiritual, si sigues comiendo a ese ritmo y no haces ejercicio te vas a poner gordo y cebón y perderás tu atractivo.
—Así que te parezco atractivo —replicó sonriendo.
—Como si no lo supieras.
Sabía que tras ese aparente tonteo Lino pretendía hacerme reír y secar mis lágrimas.
Dándole un beso en la mejilla y un último abrazo me fui a dormir dejándole parapetado en el sofá con una caja de galletas y el mando a distancia.
Enfundada en mi pijama de nubes me metí en la cama y me dormí al instante.
Había sido un día de muchas emociones, mi mente y mi cuerpo estaban exhaustos.