Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 4. EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE PISO #3
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4. EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE PISO #3

—Hasta mañana —respondí llena de satisfacción.

En la sala solo quedaba algún que otro grupo de gente que hablaban y reían entre sí.

Si quería coger el autobús de las diez, debía darme prisa.

Durante el trayecto de regreso a casa en mi mente había una única imagen: el rostro de Iván y su sonrisa.

Mis labios esbozaron una tímida sonrisa como respuesta a la suya.

En mi confusión, ni siquiera me pareció extraño que Iván se hubiera ofrecido tan rápido a ayudarme.

El piso estaba en silencio. Ana se había ido a Santa Cecilia y me había dejado una nota en la mesa de la cocina:

«¿Empiezan las horas extra?

Tienes tortilla de patata en la nevera.

Nos vemos el lunes.

Ana »

Mi compañera de piso se iba de fin de semana a su ciudad para celebrar el cumpleaños de su madre.

Era una nueva experiencia para mí. Estaría sola en la ciudad sin nadie a quien dar cuenta de mis actos.

Hasta entonces Ana había sido una especie de reflejo materno, ella sabía siempre d ó nde estaba.

Por su parte era igual. Supongo que ambas sentíamos algo de indefensión en la gran ciudad.

El saber que otra persona conocía tus actos y en cierta forma, aunque en pequeña medida, se preocupaba por ti, nos daba seguridad.

He de reconocer que aquella era una prueba para mí.

Necesitaba alguien con quien hablar y volcar mis emociones.

No podía llamar a Ana al trabajo. Mis amigas de la ciudad estarían cenando fuera.

No quedaba más opción que mi madre. Por supuesto, no le iba a hablar de Iván, pero le hablaría del seminario y de la imposibilidad de ir a verles ese fin de semana.

Cen é un poco de la tortilla de Ana y un vaso de leche con galletas, y acurrucada en el sillón cogí el teléfono.

Como única repuesta obtuve mi voz al otro lado del hilo telefónico.

¡No se habían molestado en cambiar el mensaje del contestador!

Mis padres debían de haber salido. Dej é un breve mensaje explicando el motivo de mi llamada y me dispuse a ver una película ya empezada en la televisión.

El sueño me encontró allí mismo, tapada con una pequeña manta de viaje.

***

El frio de la mañana me despertó. Mi cuello se resentía de la forzada postura nocturna.

Una breve ducha seguida de un frugal desayuno, y otra vez al autobús.

En mi ciudad nunca había necesitado utilizar transporte alguno para mis desplazamientos.

Por el contrario, en la capital, pasaba gran parte de mi tiempo subida en el autobús o surcando las entrañas de la tierra en el metro.

El aire viciado y el moho hacían que mi nariz se arrugara cada vez que descendía a los subterráneos.

Fui una de las primeras en llegar. Quería estar segura de que Iván me encontraba al entrar en el salón.

En esta segunda sesión busqu é un lugar entre las primeras filas, no estaba dispuesta a perderme ningún detalle ni de las explicaciones ni del orador.

A los pocos minutos apareció Iván en la sala, traía consigo un complicado equipo informático que debía instalar antes de empezar.

Ocupado con el l í o de cables, tardó en percatarse de mi presencia.

Aprovech é la ocasión para fijarme en él.

Vestía un pantalón de sport con un amplio jersey y sobre el respaldo de la silla descansaba un abrigo verde.

El pelo todavía estaba húmedo después de una ducha matutina.

Una pequeña tirita ocultaba un corte en su barbilla.

Aún no había podido ver sus ojos, siempre bajos y atentos a su equipo.

Alguien detrás de mí tir ó una carpeta e Iván levant ó al cabeza atraído por el ruido.

Entonces me vio. Me sonrió y se dirigió a mí diciendo:

—¿Qué tal Mabel? He traído un ordenador para ti. Sube.

Mientras ascendía los peldaños que llevaban a la tarima, podía sentir las miradas de envidia en mi nuca.

Sabía lo que pensaban: «¿Qué hace la nueva hablando con el informático?

» Ellos no habían mostrado el más mínimo interés por mí hasta aquel momento, así que un poco de venganza me resultaba agradable.

—Buenos días, Iván. Espero que no te haya causado molestias traerme el ordenador. ¡Con todo este armatoste! —le dije acercándome al lugar donde él estaba.

—Tranquila, el tuyo es más pequeño. Te lo dejar é conectado y cargado, después solo tendrás que seguir las explicaciones. ¿Podrás?

—Creo que sí.

Podía estar seguro de que nunca tendría una alumna más aplicada que yo. No quería perderme ni una sola de sus palabras. Su voz era música celestial en mis oídos.

—De todas formas, esta tarde sigue en pie mi oferta de ir a tomar algo y soluciones tus dudas. Si tú quieres.

—Sí, por supuesto. Muchas gracias —respondí agradeciendo que no hubiera nadie subido al escenario con nosotros. Cualquier otra persona me hubiera hecho perder seguridad. Con los nervios a flor de piel, no quería distracciones.

—Entonces nos veremos más tarde.

El resto de los asistentes al seminario habían ido llegando y no era posible seguir conversando.

De modo que regresé a mi sitio con el ordenador bajo el brazo y a punto de estallar de emoción.

Las horas pasaron en un suspiro. Después de todo, con el programa delante y siguiendo las explicaciones, era sencillo.

El único problema era que, si me dedicaba a anotar lo que Iván iba diciendo, no había forma de seguirle con el ordenador.

Llegué a la conclusión de que era mejor no preocuparme.

Aquella sería una buena disculpa para hablar con Iván.

Cuando quise darme cuenta eran casi las dos del mediodía.

Sin embargo, él seguía tan fresco, sin que el largo parlamento hubiera afectado a su voz.

Un hombre surgió detrás de una cortina en el lado derecho del escenario y con una inclinación de su cabeza hacia su reloj de pulsera, le indic ó a Iván que era hora de terminar.

—Quedan un par de cosas por rematar. Ahora haremos un descanso para comer y a las cuatro reanudaremos el seminario. Creo que a eso de las cinco podremos empezar con las preguntas —finalizó Iván con el sonido de fondo de las alarmas de los relojes señalando la hora.

En un edificio próximo al lugar del seminario, los directivos de la empresa habían dispuesto unas largas mesas para una comida con sus empleados.

A m í aquellas reunioncitas me sacaban de quicio.

No entendía c ó mo Rubén y Amalia se peleaban por acudir a ellas.

¡Si por lo menos me hubiera podido sentar en la misma mesa que Iván!

Pero no. Él ocupaba la mesa principal con los jefazos y yo estaba en el otro extremo del comedor, en una mesa con otras nueve personas.

Seis de ellas parecían conocerse entre sí.

Los cuatro nos mirábamos de reojo, colocando las servilletas en nuestras piernas, buscando un tema insustancial del que hablar.

Al cabo de unos minutos de silencio embarazoso, un hombre sentado a mi lado me preguntó:

— ¿Llevas mucho tiempo trabajando en la empresa?

—No. Solo dos semanas —respondí sin poder evitar dirigir una rápida mirada a su brillante calva, en la cual se reflejaba la luz que entraba por las claraboyas del techo—. ¿Y tú?

—Un mes más o menos.

Los cuatro éramos algunos de los últimos trabajadores que habían sido contratados en la inmobiliaria.

Nos presentamos e iniciamos una conversación distendida ajenos a la presencia de los otros seis.

Estos nos miraban con superioridad y pasaban de nosotros, no éramos merecedores de su atención.

Descubrí que no todos los asistentes al seminario trabajaban en la capital, en realidad la mitad de ellos procedían de otras provincias.

De los cuatro, yo era la única que trabaja en la ciudad.

Algo más relajada, conseguí comer un poco.

La comida resultó bastante ínfima. A las bandejas de fritos y fiambres, les siguieron una sopa caliente y filetes de carne fría.

Un poco de tarta y una taza de café pusieron el punto final al ágape.

A las cuatro estábamos otra vez sentados en el auditorio.

La gente se agitaba en sus asientos mirando el reloj, deseando que el seminario acabara cuanto antes.

Como era de esperar, llegado el turno de preguntas solo se izaron dos o tres manos.

Paradójicamente, las personas que habían venido de otra ciudad deseaban salir y divertirse en la capital; por el contrario, los que vivían en la capital soñaban con irse al campo en un coche repleto de niños, maleta, la suegra y el perro.

—Bueno —dijo Iván al fin—, con esto podemos dar por acabado el seminario. Espero que muy pronto tengamos ocasión de reunirnos otra vez.

—¡Dios no lo quiera! —exclamó una mujer a mi espalda ahogando su voz entre el ruido de papeles.

En seguida se formaron sendas acumulaciones de personas en las dos puertas que daban acceso al auditorio.

Por mi parte, me qued é rezagada recogiendo mis cosas tan despacio como era capaz.

En el escenario Iván conversaba con el subdirector de la inmobiliaria.

Los jefazos después de comer se habían marchado del lugar, dejando al segundón de turno al cargo del seminario.

Desde mi posición podía ver como Iván me observaba por encima del hombro de su interlocutor, y en un descuido de ese último, me guiñó un ojo.

Enrojecí hasta las orejas. Me pusé el abrigo y me aproxim é a una de las salidas que ya estaba libre de gente.

El móvil del subdirector sonó, retumbando su timbre en el enorme salón.

Iván no dejo pasar la oportunidad y despidiéndose con presteza se acercó hasta donde yo estaba.

—Vamos. Rápido. Antes de que se me acerque otra vez.