4. EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE PISO #2
No sé qué me gustó menos, si que me reprendiera por llegar un minuto tarde o lo que me había dicho Amalia.
A mí no me podían hacer ir a la reunión.
¡Solo era una secretaria! Qu é sabía yo de vender pisos.
¿Programa informático? Más allá del tratamiento de textos y la contabilidad me perdía.
Algo me decía que ya no tendría que preocuparme por el fin de semana.
—Pasa, siéntate —me dijo El Jefe señalándome una silla al otro lado de su escritorio—. Como sabrás, Rubén no ha podido venir a trabajar.
—Sí, lo sé. Uno de sus hijos está en el hospital —afirm é expectante.
—Amalia debe hacerse cargo de las citas de Rubén y yo…, bueno, yo —balbuceó tragando saliva—, tengo una importante reunión en otra ciudad.
Intenté no sonreír y mantener una expresión de seriedad en mi rostro.
Me encantaría saber qué opinaba su mujer de sus reuniones.
En las dos semanas que llevaba trabajando en la empresa, ya había oído hablar de al menos tres sobrinas.
La actual y otras dos que ahora disfrutaban de un pequeño apartamento cada una.
No lo entendía. Dos grandes gotas de sudar resbalaban por ambos lados de su cara y sus ojos me contemplaban tras unas gafas de las que no podía distinguir la montura, oculta tras la carne que cubría los pómulos.
Era repulsivo, pero los ceros de su cuenta corriente debían de ser capaces por s í solos de hacer olvidar el aspecto de su dueño.
—Hoy y mañana se celebra un seminario de informática sobre un nuevo programa. Alguien de esta oficina debe acudir y ese alguien vas a ser tú.
—No sé nada de pisos.
—Así aprenderás.
—Es mi descanso.
—Piensa que el tiempo que dure el curso se considerar á n horas extra y como tales te serán incluidas en tu nómina. Además —continuó con el típico tono autoritario de « no puedes negarte » — est á s empezando y esto será tenido en cuenta en futuros contratos.
Ya estaba decidido. No había nada que pudiera hacer o decir más que aceptar del modo más sumiso.
Como colofón, en lugar de irnos a comer, Amalia y yo tuvimos que quedarnos en la oficina para que esta pudiera explicarme una serie de conceptos básicos que necesitaría en el seminario.
Nunca me había sabido peor un bocadillo de tortilla.
Por supuesto, El Jefe no se quedó. Él se fue a comer a su casa para buscar la maleta, que encima le había hecho su inocente mujer, y despedirse de su familia hasta el domingo por la noche.
El curso comenzaba a las seis y era en un parque ferial situado en las afueras de la ciudad.
No tenía tiempo ni de ir casa a cambiarme.
Sin duda, aquellos iban a ser los dos peores días de mi vida.
Sudorosa y con una acreditación hecha en el último momento por mi Jefe, que se limitó a pegar una fotocopia de una foto mía encima de la foto de Rubén, ocup é un asiento en el auditorio.
No conocía a nadie, por el contrario, las personas que me rodeaban s í parecían conocerse entre sí.
Seguramente coincidían con periodicidad en similares seminarios.
En la empresa inmobiliaria en que trabajaba era un reto y un firme propósito la formación continua de sus empleados.
Al fondo de la sala había una tarima enmoquetada con la misma tela verde que las paredes y los asientos, sobre la que descansaba una gran mesa de madera con un único ocupante y un ordenador.
En un principio no me fij é mucho en él, era joven, unos treinta años y, por el tono monocorde de su voz, parecía tan aburrido como yo.
Detrás de él, en una pantalla de cine blanca, se veían reflejados los movimientos y los gráficos que él hacía en el ordenador.
Desde mi posición, podía comprobar cómo algunos de los participantes al seminario tenían sus propios ordenadores portátiles con el programa ya cargado.
Estos trataban de seguir las explicaciones del orador, pero se equivocaban pulsando la tecla que no debían y acaban en otra opción.
Los que no teníamos ordenador, me imaginaba que todos los que nos habíamos incorporado hacía poco tiempo a la empresa, nos limitamos a observar la gran pantalla blanca.
Cuando quise darme cuenta eran las nueve.
Aunque las tres horas habían pasado con rapidez, no se debía a la amenidad del seminario, sino al libro del bolsillo que había encontrado en el fondo de mi bolso.
Al cabo de media hora había comprendido que sin tener un ordenador delante, y sin conocimientos suficientes de informática y venta de pisos, no iba a entender nada.
No había más remedio que estar allí, puesto que al entrar y al salir un hombre apuntaba los nombres en una lista, de manera que decidí pasar el rato de la mejor forma posible.
A las nueve y siete minutos el orador dijo:
—Esta noche estudien lo que les he explicado. Mañana continuaremos y por la tarde la última hora la dedicaremos a resolver sus posibles dudas. Por tanto, hasta mañana.
El lunes a primera hora El Jefe me pediría que bajara el programa desde la red informática de la empresa y que les explicara su funcionamiento.
Si no quería terminar de patitas en la calle, no podía permitirme el lujo de continuar de brazos cruzados un día más.
Resolví acercarme al orador y explicarle mi problema.
Si él pudiera facilitarme algunas notas sería mi salvación.
Recogí mis cosas y descendí por la escalera de las gradas hasta la tarima.
El lugar era un hervidero de gente que pedía detalles e información acerca de lo que habíamos oído aquella tarde.
¡Qué suerte! Ojalá hubiera sido ese mi caso.
Yo no tenía una pregunta concreta, mi problema era general.
El orador estaba sentado, a su alrededor se agrupaban algunas personas, solo podía ver su nuca y oír como repetía una y otra vez: « Mañana.
Repasen sus notas esta noche y oigan las explicaciones de mañana.
De ese modo se aclarar á n muchas de sus dudas » .
Su pelo era oscuro, más que castaño era casi negro.
Nervioso, jugaba con un bolígrafo que sostenía con la mano derecha.
Con el pulgar y el índice quitaba y ponía el capuch ón sin darse cuenta de lo que hacía.
Era algo mecánico, como una especie de tic nervioso.
Di la vuelta y me coloqu é detrás de dos hombres trajeados que trataban de hacerse entender.
El orador, impaciente, se puso de pie y entonces nuestros ojos se cruzaron.
No creo que fuera un flechazo ni amor a primera vista, más bien fue algo así como una oleada de simpatía mutua.
Suena un poco rebuscado, pero ahora en la distancia sé que no fue amor.
Las piernas comenzaron a temblarme y mis pulmones se paralizaron negándose a respirar.
No oía las voces que nos rodeaban, mi vista y mi atención estaban fijas en él.
Una taquicardia se había apoderado de mi corazón, estaba segura de que el hombre que tenía a mi lado podía oír mis latidos.
El orador era alto, con los ojos color miel y me sonreía.
¡Dios, c ó mo me sonreía! Por una sonrisa como aquella merecía la pena haber ido a aquel seminario.
—¡Hola! —dijo al fin.
—Hola —respondí excitada—. Me llamo Mabel. Soy nueva en la empresa y estoy algo perdida.
—Siento oír eso. ¿Puedo ayudarte? —me preguntó con amabilidad y el mayor de los encantos.
—Yo no vendo pisos. En realidad, soy una secretaria. Nadie de mi oficina podía venir y me han mandado a mí. S é poco de informática y mucho menos de venta de pisos —continué haciéndome un l í o, incapaz de ir al grano—. Me resulta difícil seguir tus explicaciones…
—Oiga, no se meta en medio —me interrumpió el energúmeno que tenía al lado—. Pregúntele mañana, ahora está hablando conmigo.
—Ya le he dicho varias veces que no voy a responder a sus preguntas hoy —afirmó el orador de mis sueños—. No sea grosero y déjeme hablar con la señorita.
Me cogió del brazo y me llevó hasta un rincón apartado de la sala. Tenía el ceño fruncido, sin duda aquellos hombres le habían sacado de sus casillas. Sin embargo, una vez que nos habíamos alejado del tumulto, se volvió hacia mí y su cara recuper ó una dulce expresión de tranquilidad.
—Bien, Mabel, veo que necesita ayuda.
—¡Oh sí!... —Quise decir su nombre, pero no lo conocía. Al notar mi incertidumbre volvió a hablar.
—Me llamo Iván Sánchez. Trabajo como informático para la empresa. He sido el creador del programa que estoy explicando en el seminario. No obstante, me parece que no lo hago muy bien.
—No, no. La gente que estaba a mí alrededor parecía entenderlo todo. Soy yo la que no sabe dónde está —respondí sintiéndome una inútil y sin dejar de temblar en mi interior.
—Esta noche tengo una cena con los jefazos y no puedo ayudarte.
—No importa —dije en voz alta lamentando mi suerte.
—Tranquila. Mañana te traeré uno de mis ordenadores personales con el programa ya cargado. De ese modo te será más fácil seguir las explicaciones. Después del seminario, por la tarde, podemos ir a tomar algo y tratar é de resolver tus dudas. ¿Qué te parece?
—Fantástico. Es justo lo que necesito —Y no sabía de qué forma
—Vaya, nunca había visto a nadie tan interesado en vender pisos.
Rompimos a reír, algo que agradecí porque era una manera sencilla de eliminar mi tensión y no tener que hablar, cosa que a mi arrebatado cerebro le costaba.
Aunque no era el hombre más guapo del mundo, s í era el más atractivo que había visto en mucho tiempo.
Nerviosa, con una mano trataba de sujetar el bolso y la carpeta y con la otra luchaba con un mechón rebelde de mi pelo.
Me hubiera gustado que aquel momento durara siempre, pero unos hombres se acercaron a nosotros y nos interrumpieron.
Después supe que eran los grandes jefes, los dueños y directores de la inmobiliaria.
—Iván, ¿nos vamos? —preguntó uno de ellos.
—Sí, claro. Mañana nos veremos Mabel. Adiós.