4. EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE PISO
D ecidí dejar a Lino viendo la televisión, en concreto pensé que lo mejor era empezar con Lost. Eran seis temporadas y así estaría entretenido unas cuantas horas. No pude evitar sentirme mal al dejarle solo; con cara de pena se quedó sentado en el sofá.
—Cuando tengas ropa adecuada saldremos a dar una vuelta. Además, con los ojos que te dejó Fátima y su espray asustarías a la gente.
—Ya le he pedido perdón. Lo siento. Me deje llevar.
—Claro —replicó Lino todavía molesto con mi amiga.
Cogida del brazo de Fátima nos encaminamos a los almacenes.
Su chico, Carlos, trabajaba aquella tarde, así que nos podría ayudar con «el problema».
Decidimos que lo mejor sería decir que la ropa era para un indigente que había ingresado en urgencias ese día, Fátima había sentido lastima por él y había decido comprarle algo de ropa para cuando le dieran el alta.
En realidad, no sería la primera vez que hacíamos algo parecido, pero solía ser para niños o ancianos, no para adonis de ojos verdes.
— ¿Y cómo te va a pagar la ropa y la comida? ¿En especies?
—No seas mala, por lo menos tres semanas comeré bien. Tenemos que bajar al supermercado y hacer un pedido. Al parecer mi nevera da pena.
—La paella preparada y las cajas de congelados no son comida, te lo he dicho varias veces.
Si el novio de mi amiga dudó de nuestra de historia, no lo aparentó.
Le pareció extraño que no hubiéramos podido deducir su talla y su número de pie por la ropa vieja, pero pensando en la comisión que se llevaría, sabiamente decidió callarse.
Compré dos vaqueros, un par de camisas, un jersey, un abrigo, ropa interior y unos zapatos.
Desde luego más valía que la inspiración fuera buena o mi cuenta corriente no se recuperaría nunca.
Después de hacer el pedido me despedí de Fátima y regresé a casa.
Hacía tres años que había roto mi relación con un abogado que conocí una noche y con el que había estado casi dos años.
No iba a negar que era agradable saber que alguien me esperaba en casa.
—Hola —me saludó apoyado en el marco de la puerta de mi piso.
—¿Cómo sabias que subía?
—He sentido tu mente. No me mires así. He prometido que solo la leería para ayudarte a escribir, pero eso no significa que no la sienta cuando estás cerca. Ahora mismo, aunque lo niegues, estás contenta.
—Traigo ropa para ti, pruébatela —anuncié sin querer responder a su comentario para no alimentar más su vanidad.
Desde luego la timidez no formaba parte de la personalidad de Lino, sin titubear se desprendió de la faldita y las sandalias.
Intente aparentar indiferencia mientras le iba pasando las prendas, pero era difícil.
Debajo de la falda, Lino era tan magnífico como por encima de ella.
Antes de que el rubor y la vergüenza me impidieran hablar, me volví y empecé a quitarle etiquetas al resto de las prendas y se las fui pasando sin atreverme a mirarle a los ojos.
No sabía cómo habría sido en su vida anterior, pero en esta era un sueño de hombre hecho realidad.
—¿Qué tal estoy?
—Bien, hemos acertado con la talla.
—¿Solo bien? —preguntó Lino picarón.
El timbre del portal me salvó. La compra había llegado y con ella pude obtener unos minutos de sosiego que mi mente necesitaba para olvidar lo requetebién que estaba mi muso. Lino me ayudó a colocar la compra satisfecho, «comida de verdad» decía contemplando las verduras y la carne con adoración.
—¿Y en el reino de Hades que comíais?
—En esa existencia no es necesario alimentarse, es mi cuerpo terrenal el que lo necesita y disfruto con ello. Este plano físico es tan diferente al mío que todas aquellas experiencias comunes para ti son algo así como una aventura y un descubrimiento para mí.
—Pues esta escritora se va a hacer una taza de té verde con jazmín y se va a sentar a escribir un ratito hasta la cena. Si tu «cuerpo físico» te lo permite agradecería que me hicieras llegar la inspiración.
—Así lo haré mientras sigo viendo esa serie, puedo hacer dos cosas a la vez —afirmó divertido—. ¿Tú la has visto? Esa isla es muy rara.
—¡Ja, ja, ja! Como la inspiración que me otorgues venga de esa isla mi novela acabará siendo surrealista.
Durante dos horas me sumergí en la historia de Mabel.
Había llegado la hora de que hablara con su antigua amiga, pero tenía que ser cauta y no despertar sospechas en su marido, Julián.
Una vez más, mi mente desconectó de lo que le rodeaba y se sumergió en la historia que poco a poco tomaba forma en la pantalla que tenía ante mis ojos.
No sería hasta que Lino colocó delante de mí un plato con un sándwich de tres pisos que no volví a conectar con mi entorno.
—Oh, gracias. Tiene buena pinta.
—¿Puedo leer lo que has escrito mientras cenas?
—Creí que podías leer mi mente.
—Puedo ayudarte a que las ideas surjan en ella, pero la forma la das tú. Me gustaría ver cómo va.
—Adelante —afirmé girando el portátil hacia Lino.
« El llanto de Jorge me sac ó de mis recuerdos.
Dejé la caja donde la había encontrado y respondí a su angustiosa llamada.
Desde que le habían empezado a salir los dientes, no conseguía dormir más de dos horas seguidas.
Después de tranquilizarlo y lograr que volviera a dormirse, intenté calmarme yo también viendo una película con Julián.
No podía, mi mente regresaba a las noticias que había visto un par de horas antes.
—Voy a hacer una llamada —dije al fin.
—¡A estas horas! Pasan de las once. ¿A quién vas a llamar?
—A Ana. Mi antigua compañera de piso.
—¿Cuándo tiempo hace no la ves? ¿Tres o cuatro meses? Y justo ahora tienes que hablar con ella.
—Me he acordado de ella —balbuceé buscando una excusa que sonara coherente—, y ya sabes cómo soy. Si se me mete algo en la cabeza, no paro hasta que acabo con ello.
Julián movió la cabeza sin decir nada, en un gesto de impotencia.
No se equivocaba. No había hablado con Ana desde que la llamé para felicitarla por su nombramiento.
Ahora ella era la máxima responsable de El Santa Cecilia.
Había dejado el piso y se había comprado una casa con jardín y piscina en una urbanización en la mejor zona de la capital.
La conocía bien y sabía que a esa hora acabaría de llegar a su solitaria casa y se estaría preparando un bocadillo en la cocina.
—¿Quién? —respondió Ana con su característico timbre de voz.
—Hola, Ana, soy Mabel.
—Sabía que me ibas a llamar.
—Lo he visto en las noticias de la noche.
—En El Santa Cecilia no se habla de otra cosa. Ruiz Gascón era el presidente de la Fundación Gascón cuyos fondos sostenían el área de geriatría del hospital.
—¿Crees que lo hizo él?
—¿Tú qué piensas?
—No. Él no es capaz de algo así.
—Mabel, hace cuatro o cinco años de los vuestro. Puede haber cambiado.
—Cinco. Hace cinco años. Pero es imposible.
—Él no es ningún alma cándida. No puedes haber olvidado lo que te hizo.
—¡Eso es diferente!
—Cálmate. No soy yo quien le acusa. No harás nada de lo que puedas lamentarte después, ¿verdad?
—Me gustaría hablar con él.
—¿Y Julián?
—No sabe nada.
—Creo que primero deberías contarle toda la historia.
—Tal vez no sea necesario.
—Eso solo lo sabes tú. Por propia experiencia conoces el dolor que causa una mentira.
—Tienes razón.
—¿Por qué no comemos juntas mañana? Tengo ganas de verte.
—Bueno. Pasaré por El Santa Cecilia al mediodía.
—Entonces, hasta mañana.
—Adiós.
Cuando regres é junto a Julián, se había quedado dormido tumbado en el sofá. Me senté en un sillón cerca de él y cerré los ojos. El rostro de Iván inund ó mi cabeza. »
—Julián es un santo, al final sabes que tendrá que contárselo todo.
—Sí, lo sé. Pero todavía no es el momento. Sigue leyendo, ahora va a conocer a Iván.
—Ummm se pone interesante.
« El primer fin de semana lo había dedicado a visitar museos y a terminar de colocar mis cosas en el piso.
Llegado el segundo viernes de mi estancia en la capital, no sabía si regresar a mi ciudad un par de días o quedarme en la que ya sentía mi casa.
Había hablado con mis padres por teléfono.
No parecían echarme mucho de menos, de igual manera que tampoco habían añorado la presencia de mis hermanos.
La habitación de Javier se había convertido en un cuarto de estar, puesto que, según mi madre, al ser menos, el salón nos venía grande.
Por otra parte, mi padre se había apropiado del dormitorio de Ignacio.
Allí había instalado una cadena musical y se pasaba los días oyendo la radio, leyendo y contemplando su colección de monedas.
Me preguntaba en qu é convertirían la mía.
Esa mañana cuando llegué a la inmobiliaria me sorprendió no encontrar a Rubén.
Con su dulce acento argentino era capaz de vender cualquier casa sin que los inocentes compradores osaran regatear.
Les asediaba con suaves palabras que les hacían caer en la red.
Su recibimiento era una agradable forma de comenzar la jornada.
—Buenos días —saludé al entrar—. ¿Y Rubén?
—Buenos días, cariño —contestó Amalia—. Anoche se puso enfermo uno de sus hijos. Creo que ha sido una apendicitis y ahora le deben de estar operando.
—¡Caray!
—El Jefe está que trina. Esta tarde y mañana hay una reunión de la cadena inmobiliaria.
Van a presentar un nuevo programa informático que visualiza con mayor detalle los pisos por dentro.
Iba a ir Rubén. Él —continuó Amalia haciendo un gesto con la cabeza hacia El Jefe—, tiene planeada una escapada con una de sus « sobrinas ».
—Tendrás que ir tú.
—Imposible. Tengo que hacerme cargo de las citas que Rubén ten í a para hoy y terminar é tarde. Me temo que incluso tendré que trabajar el fin de semana.
—Mabel. Ya era hora de que llegaras. Pasa a mi despacho —nos interrumpió El Jefe.