Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 3. CAOS #4
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3. CAOS #4

La cajera del supermercado nos miraba con impaciencia mientras metíamos las cosas que habíamos comprado en las bolsas de plástico.

Siempre me sorprendía la actitud de las cajeras.

No se molestaban en meter las cosas en las bolsas, ese no era su trabajo; pero en cuanto había pasado tu último artículo por la caja y habías pagado, ya no querían verte allí.

La cajera nos dedicó una mirada furibunda y empezó a pasar por el detector la compra de la señora que teníamos detrás.

Su compra amenazaba con mezclarse con la nuestra, de modo que Ana y yo recogíamos todo y salíamos a la calle.

—¡Qué amable! —exclam é .

—Suelo ponerme en otra cola —explicó Ana—, pero hoy solo estaba ella.

Regresamos dando una vuelta por un parque donde un grupo de revoltosos niños aprovechaban los últimos minutos de la tarde. Al volver a casa guardamos la compra y nos preparamos unos bocadillos que Ana tuvo que engullir puesto que llegaba tarde a trabajar.

Aquella noche, como muchas que vendrían después, la pasé sola frente al televisor, cambiando de canal hasta que el monótono parloteo de los integrantes de algún coloquio me adormeció lo suficiente como para irme a la cama.

De esa forma, vertiginosamente y sin pensar, cuando quise darme cuenta habían pasado dos semanas. »

—Y eso es lo que tengo escrito. ¿Qué te parece?

—Mabel eres tú —afirmó Lino.

—En cierta forma sí, mi primer trabajo fue en una inmobiliaria como ella, y también me vine a la capital en busca de trabajo y un futuro.

En realidad, vinimos las dos, Fátima se vino conmigo.

Cuando mi contrato en la inmobiliaria se terminó me quedé en paro y comencé a escribir.

Con mucho esfuerzo logré publicar una novela que tuvo cierto éxito.

—Más bien mucho.

—Bueno, sí la verdad —dije orgullosa—. Ana era mi compañera de piso, era doctora como ella. Fátima había conocido a un chico y se había ido a vivir con él, así que decidí compartir piso para compartir gastos.

— ¿Ya no sois amigas?

—No, ya no. La vida te lleva por otros caminos y pierdes gente por el camino.

—Entonces sabes qué hacer —me miró con la misma indulgencia que un padre miraría a un hijo—. La novela es parte de tu vida, tú misma eres tu inspiración, busca en tu interior.

—Ja, ja, ja pareces Yoda.

—¿Quién es Yoda? —preguntó suspicaz.

—No puedes volver al Olimpo sin ver la saga completa de la Guerra de las Galaxias. ¿Y supongo que tampoco sabrás qué es The Walking Dead? ¿O Lost?

—¿Perdido? No estoy perdido.

Y los dos rompimos a reír. Estaba decidido: mientras no fuera necesario que me inspirara por la noche le iba a hacer ver todas las series y todas las películas que más me gustaban.

Y ya puestos, leer algunos libros modernos, conocía los clásicos y se veía que había hecho los deberes leyendo mis novelas, pero le faltaba mucho por descubrir.

El timbre del portal interrumpió nuestras risas.

—Debe de ser Fátima.

—Voy al baño.

Mi pobre muso tardaría en recuperarse de la impresión que le había causado Fátima. Seguía teniendo los ojos como dos tomates y por cómo cojeaba ligeramente al caminar estaba segura de que no era lo único que todavía tenía dolorido.

—¿Dónde está? —me preguntó mi amiga dándome un par de besos.

—Escondido en el baño. Creo que te tiene miedo.

—¿Todo bien?

—Más que bien, he escrito como hacía tiempo que no lo hacía. Si Lino no me avisa de que era la hora de comer, seguiría tecleando.

—¿También cocina? ¿Bien?

—Para cocinar mejor yo no hace falta mucho, así que sí, cocina bien.

—¿Y cómo puedes concentrarte con semejantes vistas? —preguntó en un susurro mientras Lino entraba en la habitación.

—A veces cuesta —respondí divertida.

—Supongo que habrá que hacer algo —afirmó Fátima volviéndose hacia mi muso—. No puede estar todo el día con una faldita.

A mí no me parecía mal, no me molestaría ni lo más mínimo tenerle así por casa las tres semanas que aseguraba que iba a estar en mi vida, algo que no pensaba confesar en voz alta.

—Tienes razón, estamos en invierno y si salimos se va a congelar.

—Te recuerdo que fuiste tú quien me imagino así —replicó Lino estirándose y marcando más sus músculos si era posible.

—Fátima, tu novio trabajaba en la sección de caballero de los almacenes de la calle Fé. ¿Verdad?

—Sí, ¿qué tallas usas?

—No lo sé. En el mundo de donde vengo la existencia no es material, es más espiritual, conceptos como la ropa y el calzado no son necesarios.

—Menuda ayuda —dije lamentándome—. Tendremos que tomarle alguna medida y, si no acertamos con la talla, que nos lo cambien.

—Tú sigue escribiendo que yo le mido —se ofreció Fátima con picardía.

—Ni te acerques —siseó Lino.

—Lo haré yo. Ha quedado comida, tendrás hambre, le mido y vamos a comprarle algo.

—No vas a llegar, te va a hacer falta una escalera.

La fulminé con la mirada y me dispuse a buscar el metro y, muy a mi pesar, a sacar el taburete plegable que solía utilizar para alcanzar los estantes altos de la cocina a los que no llegaba.

—No me des las gracias —susurró Fátima cuando pasé a su lado.

—¿Por qué dices eso?

—Por el trabajo duro que vas a realizar, medir tanto musculo va a ser muy pesado.

—Come y calla.

—Está bueno —dijo en voz alta mi amiga captando la atención de Lino—. El pollo digo, muy rico.

Con la cara cada vez más roja, fui midiendo los brazos, el contorno y la cintura de Lino que, divertido por la situación, sonreía sin parar.

Llegó el momento de medirle las piernas, se me ocurrió la feliz idea de echar un fugaz vistazo a su rostro y vi como levantaba una ceja como queriendo decir: ¡Ahí te quería yo ver!

Desde luego la idea de la faldita sonaba genial en mi cabeza y hasta ese instante no le había visto ningún defecto.

Decidí que si le media la parte exterior de la pierna, sería suficiente; el tiro…

bueno, el tiro mejor lo dejaba y cruzaría los dedos para que la ropa que le comprara le valiera.

—Ya está.

—¿Seguro? —preguntó mi amiga siempre tan oportuna.

—Tienes razón, me falta algo. Ahora vengo.

Y cogiendo un papel de la impresora y un lápiz dibuje la silueta de los pies de Lino que no podía contener la risa y estalló en una sonora carcajada.

—En tu mente no eres tan tímida —dijo cuando paró de reírse acompañado por mi querida amiga.

—En mi mente tú eras fantasía, no hablabas y solo estabas de adorno —repliqué enfadada encerrándome en mi cuarto para cambiarme y salir a la calle.

Necesitaba alejarme un rato de mi muso, cuya presencia cada vez inquietaba más mi mente.