Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 3. CAOS #3
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3. CAOS #3

En poco más de quince minutos tenía en mi mano un juego de llaves de la puerta del piso y del portal.

Esos pequeños trozos de metal significaban mucho para mí.

Eran el comienzo de una nueva etapa de mi vida en la cual solo debía responder ante mí y nadie más.

Atrás quedaban las diarias discusiones acerca de los horarios, las comidas, la ropa y un sinfín de tonterías similares.

La idea de atravesar la ciudad de nuevo en metro se presentaba ante mi agotado cuerpo como la mayor de las pesadillas.

Gustosa acepté el ofrecimiento de Ana de acercarme a la estación, después debía arreglármelas sola.

Considerando lo penoso que resultaría viajar en metro y cambiar tres veces de línea cargada de maletas tom é un taxi.

El taxista era un hombre mayor, con aspecto resignado y pensativo que no habló en todo el trayecto.

Algo que agradecí desde el fondo de mi corazón.

Quería silencio y tranquilidad para que mi mente descansara de las emociones vividas durante las últimas horas.

Con el alma exhausta coloqu é mis cosas en la habitación que me había indicado Ana.

Tomé un baño caliente y, sin más, me tumbé en la cama.

En cuanto apoyé la cabeza en la almohada caí en un profundo y reconstituyente sueño.

***

No sé con exactitud qué fue lo que me despertó, si el estridente pitido del despertador o mi estómago pidiendo comida.

Al ponerme de pie noté que mi cuerpo todavía acusaba la intensa jornada vivida el día anterior.

Me dirigí al baño y, una vez vestida, entre la cocina.

Ana no había regresado. Me había dicho que si quería podía comer algo, puesto que por la tarde cuando regresara de la inmobiliaria iríamos juntas al supermercado y así de paso me enseñaría el barrio en el que ahora vivía.

De modo que me prepar é una tila y la acompa ñé con un par de galletas.

En el fondo había sido mejor estar ocupada todo el día anterior, así había evitado pensar en cómo sería mi nuevo trabajo.

Salvo alguna que otra clase particular a algún niño de la vecindad, no había tenido un trabajo propiamente dicho en mi vida.

Lo único que sabía era que debía ir a una de las sucursales de la cadena inmobiliaria.

Estaba situada en una calle cerca de la Plaza Mayor.

Para la entrevista había tenido que acudir a la oficina central ubicada en un polígono industrial fuera de la ciudad.

Mientras que yo no conocía a ninguna de las personas con las que iba a trabajar, ellas habían tenido tiempo de curiosear en mi currículo, no muy brillante, por cierto.

Me puse un tradicional traje de chaqueta pantalón y en poco más de veinte minutos llegué al centro en metro.

Desde la parada a la oficina inmobiliaria no se tardaba más de dos minutos andando.

A las nueve en punto llegué a la puerta.

Allí aguardaban un hombre y una mujer que resultaron ser dos compañeros de trabajo que se encargaban de la atención al público.

Ella era una mujer de unos cuarenta años, teñida de rubio y con un atuendo de licra negra que de seguro se ponía con calzador.

Se llamaba Amalia. Él era Rubén, un argentino cincuentón, casado, con dos niños pequeños de los que guardaba multitud de fotos en la cartera.

Tenía los ojos azules, vivarachos, ocultos tras unas gafas de montura de pasta.

—¡Hola! Buenos días. Me llamó Mabel —saludé al llegar.

—Debes de ser la nueva. Yo soy Amalia y él es Rubén.

—¿Qué tal? Bienvenida —me salud ó sonriendo.

—¿No podemos entrar? —pregunté.

—Todavía no ha llegado El Jefe. Siempre llega tarde, pero si un día nos retrasamos nosotros, nos la prepara —me explicó Amalia.

—¡Chis! Ahí viene —nos avisó Rubén.

A nuestro grupo se unió « El Jefe » , o con mayúsculas, como le llamábamos nosotros.

Un hombre gordo y sudoroso con unas gafas pequeñísimas que parecían hundirse en su cara.

No era que la montura se apoyara en los pómulos, sino que la carne de la mejilla rebosaba el borde inferior de la gafa, superándola y sujetándola.

Antes de entrar en la oficina, hice una inspiración profunda y seguí a mis compañeros.

Mi mesa estaba colocada en frente de la puerta.

« Para recibir a los clientes » decía mi jefe, « para recibir el aire frío de la calle » diría yo.

Era una especie de ayudante para todo. Si había que ir a por café, a buscar un paquete, o a comprar algo, mi nombre era el primero de la lista.

Por el contrario, si había alguna reunión o alguna fiesta de la empresa, a la que debieran acudir representantes de todas las sucursales de la inmobiliaria, no tenía por qué preocuparme, nunca tendría que ir.

Aunque empezábamos a trabajar a las nueve, no abríamos al público hasta las diez.

Después teníamos por delante cuatro horas de trabajo con un pequeño descanso para tomar un café (en mi caso para ir a buscarlo para los demás).

Yo debía regresar a las tres y media con uno de ellos, se turnaban, y quedarme hasta las cinco.

Por la tarde el horario comercial era de cinco a ocho, quedándose solo vendedores.

Además, los fines de semana los tenía libres.

Aquel primer día incluso salí un poco antes y no eran las cinco y media cuando llegué a casa.

La cabeza me dolía, había estado demasiadas horas en un ambiente cerrado y con luz artificial.

Me apetecía pasear y sentir el aire fresco en mi rostro.

Ana me aguardaba sentada en la cocina, bebiendo un delicioso chocolate caliente.

—¡Hola! ¿Qué tal tu primer día?

—Creo que bien.

—¿Te gust ó el trabajo?

—Es algo aburrido, pero al menos es un empleo.

—Ahora que estas aquí, puedes buscar otro trabajo que te guste más.

Era fácil decirlo, si bien, un breve vistazo a mi cuenta corriente demostraría que aquella no era una buena idea.

Mi padre había aceptado ingresar en mi cuenta trescientos euros cada mes durante seis meses, el tiempo que duraba mi contrato.

Después me las tendría que arreglar sola.

Con su dinero tenía para pagar el piso, la comida y el transporte.

Si me era posible no quería gastar mucho de mi sueldo; en caso de que me fuera mal en la inmobiliaria y no me renovaran el contrato, quería estar en disposición de poder quedarme en la capital un tiempo para buscar otro trabajo. ¡Ilusa de mí!

—Por el momento me debo contentar con lo que tengo —contesté—. Voy a tomar algo caliente.

—Toma un café. Después iremos a dar una vuelta y a hacer la compra.

—Así conoceré el barrio.

—No creas que yo salgo mucho. Me paso el día en el hospital. Hoy, por ejemplo, trabajo de noche otra vez, y mañana me toca guardia.

—Pasado tendrás el día libre —repliqu é , ilusa de mí.

—No, bonita. Yo estoy empezando. Los fines de semanas y los días libres, para otros.

—Me parece que la que debería buscar otro trabajo eres tú.

Allí estábamos sentadas. Dos mujeres jóvenes, independientes y emprendedoras.

Dos mujeres de hoy en día, fruto de la lucha de la igualdad de nuestras predecesoras.

Teníamos la libertad que habíamos soñado, pero ¿a qué precio?

Al menos nosotras estábamos solteras, no como muchas otras mujeres que además debían ocuparse de una familia con escasa o ninguna ayuda de su marido.

Con la cabeza despejada por el paracetamol y el café, enfundada en unos vaqueros y una chaqueta vieja, salí con Ana a la calle.

Sin duda aquella fue una buena idea. Las caras de las personas que nos cruzábamos en nuestro camino no eran muy diferentes a las que había dejado atrás en mi ciudad.

Había elegido bien. La zona era tranquila, se alteraba un poco los fines de semana por un garito que había en una calle cercana a la de nuestro piso.

En los últimos tiempos se había puesto de moda y por la noche acudía gente de toda la ciudad.

A Ana no le preocupaba en demasía la situación.

Al fin y al cabo, era una moda y, como tal, en unos meses pasaría al surgir otro bar en otra zona, al que todos acudirían en masa.

El supermercado al que nos dirigíamos era bastante grande y estaba bien surtido.

Acordamos poner un dinero en común para hacer una compra con las cosas básicas de limpieza y alimentación, y después cada una podía comprarse lo que quisiera con su dinero.

Una balda de la nevera y un armario de la cocina estaban destinados a mi uso exclusivo.

Sin duda aquella salida juntas era una fantástica ocasión para conocer un poco mejor a Ana.

—Tú tampoco eres de aquí. ¿No es cierto?

—Sí —me respondió explicándome que procedía de una pequeña ciudad como la mía.

—¿Conoces a mucha gente?

—En realidad, no. Alguna vez salgo con compañeros del trabajo que igual que yo están en sus primeros años en El Santa Cecilia.

He de reconocer que, aunque estudié aquí Medicina, he perdido el contacto con la gente que iba conmigo a la universidad.

Unos han vuelto a su ciudad, otros se han ido al extranjero y la mayoría están tan liados como yo.

—Creo que algunos de mis compañeros de estudios están aquí trabajando. En la universidad no tenía mucho trato con ellos, así que…

—¿Y tus amigos?

—Éramos una gran pandilla, sin embargo, dejamos de salir hace tiempo. Los que estudiaban oposiciones primero estuvieron recluidos y más tarde obtuvieron plaza en otra ciudad. El resto directamente entr ó en empresas privadas.

—Ya me lo imagino. Durante dos o tres fines de semana regresaron a casa y saliste con ellos, si bien, a medida que se fueron asentando dejaste de verlos.

—Más o menos.