3. CAOS #2
Sus ojos se clavaron en los míos. Aunque era imposible, parecía que entre la multitud de espectadores que contemplaban las noticias, él me miraba a mí.
Cómo no reconocer aquellos ojos que habían morado en mi mente durante los días más intensos de mi vida.
Sus ojos de miel que endulzaron mi ser hora tras hora.
El presentador del informativo comenzó a hablar de otra noticia.
Quería, necesitaba saber más. Nerviosa dejé el bocadillo y la bandeja en la mesa y con el mando a distancia fui cambiando de canal.
Para mi desesperación en un par de cadenas habían abandonado los temas de interés general y se dedicaban al deporte.
Había llegado tarde. Por fin, en un canal de la televisión por cable encontré lo que buscaba.
No podía ver su cara, pero podía escuchar al narrador diciendo:
—Iván Sánchez ha sido arrestado, acusado de ser el presunto homicida de Ruiz Gascón, el empresario encontrado muerto la semana pasada en su despacho…
¡Iván, un asesino! Aquel no era el hombre que yo conocí.
Iván era un ser cruel, mentiroso y falso, y un sinfín de cosas más, pero no era un asesino.
Me levanté del sofá, llev é la bandeja a la cocina y después de serenarme viendo c ó mo mi pequeño Jorge dormía en su cuna, me fui a mi habitación.
En una caja que saqu é de un altillo, guardaba fotos y recuerdos de mi llegada a la capital.
En una de ellas se veía a una joven sonriente con un par de maletas junto a ella.
Me la había hecho mi padre momentos antes de subirme al tren aquella mañana en la que mis padres me fueron a despedir a la estación.
Sonreía nerviosa por lo que encontraría en la gran ciudad, demasiado joven, demasiado inocente, demasiado inexperta.
No me lo dijeron hasta años después, pero mis hermanos y mi padre habían hecho una porra apostando por cu á nto tardaría en regresar a casa.
Los tres la perdieron, resistí más de lo que ninguno pensaba, pero ojal á hubiera vuelto, me hubiera ahorrado el dolor y la pena que vinieron después. »
—Esto es lo que tenía escrito hasta ayer.
—Me gusta el comienzo —afirmó Lino acomodándose en la silla, algo que hizo que su faldita empezara a subírsele por el muslo, de modo que aparté la mirada y continúe hablando.
—Ahora te voy a leer lo que he escrito esta mañana, la historia retrocede en el tiempo.
—Adelante.
«ANA
Un suave olor a lavanda llenaba el aire.
Aunque estaba rodeada de gente, me sentía sola, con la única compañía de mi presencia.
El aroma a lavanda entraba por mi nariz, llegaba a mi cerebro y por último inundaba todo mi ser.
Seguramente sería la sutil estela que otro ser había dejado abandonada a su paso.
Como cualquier joven de mi edad, cerca de los treinta y poco a poco lejos de los veinte, había enviado un mar de solicitudes a diversas empresas de la capital, pidiendo un trabajo que en mi pequeña ciudad se me negaba.
Cuando creía haber perdido la esperanza, una inmobiliaria en expansión contest ó mi s ú plica.
El empleo no era gran cosa, una mezcla de recepcionista y secretaria que igual tenía que ir a por un café que pasar una carta.
Eso sí, me prometieron que con el tiempo podría ascender en la empresa.
No les creí mucho, pero quería y necesitaba trabajar.
Mis dos hermanos mayores, ambos chicos, habían empezado a trabajar antes de que pasara un año desde que finalizaran sus estudios.
Javier, el mayor, era abogado y después de obtener una beca en Bruselas por tres meses, se había quedado allí de forma indefinida, puesto que a la beca le había seguido un trabajo.
El mediano, Ignacio, era periodista. Incansable e infatigable no se quedaba en una ciudad demasiado tiempo.
En aquellos momentos estaba en Estados Unidos, si bien, al cabo de unos meses podía estar en Polonia o en la India.
Yo, era la pequeña. Había obtenido un grado en Economía.
Con mi título bajo el brazo había llamado a varias puertas de mi ciudad y ninguna se había abierto.
Mis hermanos tan contentos, conmigo al cuidado de nuestros padres, sus conciencias se quedaban tranquilas.
La enésima discusión con mi padre por llegar tarde a casa fue el empujón definitivo que necesitaba para cambiar de aires.
Recuerdo el día que llegu é . Con los ojos deslumbrados por el flash de la cámara de mi padre, me senté en mi sitio.
Las tres horas se hicieron nueve. Llevaba bocadillos, pero las mariposas en mi estómago ocupaban todo el espacio y no dejaban ningún hueco disponible para la comida.
Veía mi imagen reflejada en el cristal de la ventanilla.
Una chica morena con ojos marrones, enmarcados en una cara de belleza normal y un cuerpo de estatura media, como tantas otras chicas.
Era últimos de febrero y el invierno más crudo parecía que ya nos decía adiós.
Los campos de extensiones inabarcables con la mirada derramaban su paleta de verdes y marrones a ambos lados de la vía.
La ciudad, desbordante y exuberante, me devoró con frugalidad nada más llegar.
Con moderación me sumergí en ella. Dej é mis maletas en la consigna de la estación y, con un callejero en una mano y un periódico con anuncios por palabras en la otra, me dispuse a encontrar alojamiento.
Era el último día del mes y a la mañana siguiente, a primera hora debía incorporarme a mi trabajo. Tenía por delante una larga tarde.
Al principio me arm é un l í o, estudi é el callejero sin entenderlo hasta que al cabo de un rato comprendí que en el plano debía situarme al revés.
La derecha era mi izquierda y viceversa.
Una vez localizada mi posición y el lugar a donde quería ir, procedí a repetir la ingrata experiencia con el plano del metro.
Mi economía era muy reducida y moverme por la ciudad en metro era el mayor lujo que me podía permitir.
Sentada en un viejo vagón suspiré aliviada.
Por el rabillo del ojo había visto como la gente sonreía divertida ante mi manoteo incesante.
Si entonces hubiera sabido que la mayor parte de aquellas personas tampoco era de la capital, y que sin duda había pasado por mi misma situación no hacía mucho tiempo, hubiera sido capaz de mirarles con desafío.
En el vagón había una madre joven con un niño de siete años que jugaba con unos coches de plástico, un ejecutivo con una cartera desgastada de piel marrón que tenía la vista fija en la puerta que comunicaba un vagón con otro, y un estudiante absorbido por un libro de F ísica Atómica.
Ninguno parecía haberse percatado de mi presencia.
Lo mismo ocurrió las demás veces que utilic é el metro para visitar un piso.
A última hora de la tarde sentí hambre y entr é en una cafetería bulliciosa para tomar un café con un bollo.
Solo me quedaba un viaje en el bonometro que había comprado horas antes.
Cerca de allí debía visitar el último piso de mi lista.
Si no tenía éxito, no tendría más remedio que recoger mis maletas en la estación y hospedarme en alguna pensión.
Descans é un poco y salí a la calle. Los edificios ya no me decían nada.
Todos parecían iguales. Altos, de fachadas oscurecidas por los tubos de escape de los coches y sin dejar pasar la luz del sol.
El piso estaba situado en una casa de ocho plantas.
Era el 5ºC y según el anuncio « estaba en el corazón de la ciudad » .
La ciudad era grande, pero no tanto como para considerar que una calle a veinte minutos en metro del centro fuera el corazón de la urbe.
El piso lo ocupaba una chica llamada Ana (firmante del anuncio,) que a su vez se lo había alquilado a un matrimonio mayor que vivía en una urbanización.
El alquiler era algo elevado y por eso Ana había decidido compartir el piso con alguien.
Encontré el portal abierto y subí al quinto piso.
En cada planta había cuatro puertas, me encaminé hacía la que tenía una C sobre ella.
Con timidez llam é al timbre. Unos pasos al otro lado de la puerta me confirmaron que Ana estaba en casa.
— ¡Hola! ¿Qué quieres? —me preguntó Ana, una chica con el pelo castaño claro recogido en una alta coleta, de complexión delgada y ojos verdes.
—Venía a ver el piso.
—Debiste llamar. Has podido encontrarte el piso vacío.
—Estaba aquí cerca —a dos paradas de metro, pensé— visitando un estudio y se me ocurrió venir hasta aquí. Si te va mal, puedo volver otro día.
—No, pasa. Ya que has venido, echa un vistazo si quieres.
— ¿Cuánto es el alquiler?
Al oír la respuesta de Ana arque é las cejas, sin embargo, mi sobresalto se calmó al saber que el edifico ten í a calefacción y agua caliente.
En más de la mitad de los pisos que había visitado, no había ninguna de las dos cosas.
La casa debía tener unos veinticinco años.
Las habitaciones eran espaciosas y todas, excepto dos, daban a la calle.
Además de una bastante equipada cocina, había tres dormitorios, un cuarto de estar que podía pasar por un mediano salón y un baño.
Ana me fue mostrando una a una las habitaciones sin quitar ojo a su reloj de pulsera.
— ¿Qué te parece? —me preguntó al terminar el recorrido.
—Me gusta. ¿Podría instalarme hoy mismo?
—¿Hoy? —Esa vez la sorprendida fue Ana.
—Sí. Acabo de llegar y mañana empiezo a trabajar en una inmobiliaria. No tengo tiempo de buscar más y este piso es el mejor de los que he visitado.
—De acuerdo. Te daré una llave a cambio de que tú me des la primera mensualidad más otra de garantía.
—Tendría que bajar a un cajero.
—Enfrente tienes uno. Mientras vas, terminaré de arreglarme. Soy médico residente en El Santa Cecilia y esta semana tengo turno de noche.