Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 3. CAOS
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3. CAOS

A salvo de verdes miradas, me apoyé en la puerta del baño.

Mi razón me decía que aquello no podía estar pasando, pero allí estaba, en mitad de mi cocina: mi muso hecho carne y hueso.

Y músculos, me recordó mi siempre vocecita traviesa incordiante.

Me dispuse a lavarme a los dientes y mi reflejo en el espejo me causó más impresión que Lino.

Pelos de loca, las gafas torcidas, el pijama de Hello Kitty una talla más grande que la mía, pero cómodo y calentito, cual saco encima de mi cuerpo.

Con ese aspecto el que debía de haberse asustado era él.

Mientras intentaba adecentarme lo más posible oí el timbre de la puerta.

Con el agua del grifo no debía de haber escuchado los primeros timbrazos.

—Tranquila, Macarena, ya voy yo —proclamó una masculina voz tras la puerta.

Temiéndome lo peor cerré el grifo, pero cuando quise dejar de pelearme con el pestillo de la puerta y llegar a la entrada, los ciento noventa centímetros de hombretón eran un ovillo inconsciente en el suelo, con una mano en los ojos y otra en la parte baja de su falda.

—Fátima ¿qué le has hecho?

—Ya estoy aquí, amiga, me he encargado del atacante, ahora llamo a la policía.

—¡Nooooo! No hace falta llamar a la policía, ¿qué le has hecho al pobre?

—¡Te he salvado!

—¡Fátima Rodríguez Santos! ¿Qué tienes en la mano? —pregunté a mi amiga mientras intentaba despertar a mi muso—. Lino, despierta, vamos, abre los ojos.

—¿Sabes cómo se llama? Bueno vale, no me mires así. Escuché cómo decía una voz de hombre que venía a abrir la puerta. Y me preparé, en una mano tenía un aerosol de pimienta y en la otra una pistolita láser muy mona que he comprado por internet y tenía sin estrenar. Estaba muy bien de precio…

—¿Le echaste el espray a la vez que le lanzabas una descarga?

—Y tal vez le diera también una patada en sus partes —aclaró Fátima sonriente y satisfecha consigo misma.

—¿Quién te has creído que eres? ¿Lara Croft?

—Ahhhh —gimió una voz desde el suelo.

—No te muevas, voy a por una toalla húmeda para los ojos y una bolsa de hielo para tu cabeza.

—Mejor trae dos, la cabeza no es lo único que me duele.

—Oh, entiendo —afirmé intentando en vano no echarme a reír, me daba pena, pero toda la arrogancia que mostraba momentos antes había desaparecido por completo—. Fátima, ven a la cocina a ayudarme.

—¿Y si intenta algo?

—Dudo que se levante del suelo en un buen rato.

Mi amiga me siguió a la cocina sin quitar un ojo de encima a mi muso. A la vez que rebuscaba en el congelador le explicaba lo que había ocurrido desde que me había despertado. La cara de mi amiga era mitad escepticismo y mitad incredulidad.

—Ahora ya lo sabes todo, ese es el problema que me he encontrado al despertarme.

—¿Y seguro que no hiciste ningún ritual ni ninguna invocación sacada de algún libro o de internet?

—Nada, no hice nada. No parece peligroso y menos en el estado en que le has dejado.

—Pues a mí no me importaría despertarme y tener «un problema» así. ¿Y debajo de la falda qué lleva?

—¿Cómo quieres que lo sepa? —pregunté enfadada machacando hielo en un paño para llevárselo a mi muso.

—Oye, que tú eres la que se lo ha imaginado. Tú sabrás.

Dejando a mi amiga sola en la cocina me arrodillé junto a Lino, que no había cambiado de postura. Le puse hielo en la cabeza, la toalla en los ojos y, farfullando un gracias, se colocó él mismo el resto del hielo en su falda.

—¿Dónde está esa loca?

—Es mi amiga Fátima. No está tan loca, solo un poco, es que es así, no lo puede evitar. Hizo un curso de autodefensa hace tiempo porque estuvo un tiempo colgada de un policía y con el tío rompió, pero le quedó una vena belicosa en el cuerpo que a veces se apodera de ella.

—Os estoy oyendo. Estoy aquí —dijo Fátima apoyada en la pared.

—Que se mantenga lejos de mí.

—Te hablé de ella, si vas a estar por aquí tres semanas la verás a menudo. Casi todos los días nos vemos un rato. Vive en un portal al lado de este.

—Para poder verla tendré que recuperar la vista primero.

—En unas horas estarás bien. Tengo que volver al hospital, si quieres te dejo el espray por si lo necesitas —afirmó partida de la risa haciendo muecas que mi pobre muso no podía ver.

—No lo voy a necesitar. Ayúdame a echarlo en el sofá. Allí estarás más cómodo.

Lino estaba más recuperado y fue fácil levantarlo y sentarlo.

Si no hubiera sido así, ni con una grúa hubiéramos podido moverlo.

Era una mole XXL que abultaba lo que mi amiga y yo juntas.

Su piel era cálida y suave, depilado a la perfección.

La tableta de abdominales era ideal para aprender anatomía.

Y sus labios… bueno, mejor dejaba de pensar tonterías y me deshacía de mi querida amiga.

Después de asegurarle que estaría bien un par de veces más, acompañé a Fátima hasta la puerta.

—Si me necesitas me llamas, cuando salga de trabajar me vuelvo a pasar.

—Vale. Aunque has sido demasiado enérgica te agradezco que vinieras tan rápido y tan dispuesta.

—Por cierto, no lleva nada debajo de la faldita —dijo mi amiga guiñándome un ojo y cerrando la puerta.

Desde la puerta podía ver a Lino quejándose y gruñendo.

Decidí que era mejor dejarlo solo un rato y fui a ponerme la ropa cómoda con la que solía escribir.

Después de hacer mi cama me dirigí a la cocina y me di cuenta de que los cacharros del desayuno ya habían sido recogidos.

A lo mejor no estaba mal del todo tener un muso en casa.

—No te acostumbres.

—Me prometiste que no escucharías mis pensamientos.

—No necesito escucharlo, tu sonrisa de satisfacción es suficiente.

—Gracias, habías hecho tú el desayuno, fregar los platos era cosa mía.

—De nada. ¿Vas a escribir?

—Esa es la idea. Tú descansa un poco más.

Cogí mi portátil y una taza de té verde con jazmín y me senté en mi rincón preferido para escribir.

Una camilla que había heredado de mi abuela, junto a la ventana.

Desde allí podía ver una pequeña plaza donde los niños jugaban, y los ancianos charlaban sentados en un banco al sol.

Puse mi lista preferida del programa de música, abrí el archivo de mi novela, y sumergí mi mente en ese estado de aislamiento de lo que me rodeaba, donde las ideas parecían estar esperando para ser atrapadas y los personajes esperaban pacientes a que les escuchara contar su historia.

Mis dedos resbalaban por el teclado como prolongaciones de mi mente.

Los minutos, las horas pasaron y hubiera llegado la noche si una tentadora voz masculina no me hubiera sacado de mi ensoñación.

—Macarena, debes comer algo y descansar un poco la espalda o te dolerá luego.

—Oh, ¿qué hora es? Tengo hambre, ¿qué huele tan bien?

—Solo es un poco de pasta y pollo que encontré en tu nevera. Deberías llenarla, da pena.

—No tenías que haber cocinado.

—Parecía que estabas inspirada —afirmó Lino sonriendo.

—La verdad que sí, hacía tiempo que no escribía tanto. Ayer mismo le decía a Fátima que estaba atascada y hoy…oh no… ¿es cosa tuya?

—Hago bien mi trabajo —se jactó fanfarrón mi muso.

—¿Pero son mis ideas o las tuyas? —pregunté asustada.

—No, no. Tranquila, es tu novela, tu historia, tus personajes, mi cometido es ayudarte a escribir, no escribir por ti. ¿Qué te parece si después de comer me lees lo que llevas escrito y te doy mi opinión sincera?

—Umm. Podía funcionar, leyendo para otra persona me doy más cuenta de las estructuras que no quedan bien.

—Soy todo oídos.

—Oye, ¿y tú cómo estás? —Me daba vergüenza preguntarle, me sentía responsable de lo que Fátima le había hecho, conociéndola debía de haberme imaginado que se presentaría en mi piso dispuesta a defenderme.

Desde que nos habíamos conocido en el colegio no nos habíamos separado.

El primer día de clase las lágrimas me ahogaban, sentía que mi mundo había terminado cuando mi madre me había dejado al cargo de una señorita que parecía muy amable pero no era mi madre.

En casa se quedaba mi nuevo hermano jugando con mi mami y a mí me desterraban a aquel oscuro edificio al que mi hermana mayor iba siempre protestando.

Fátima, con su chispa y su alegría, se acercó a mí y me dio un caramelo que tenía en el bolsillo.

Sin más nos cogimos de la mano y nos sentamos juntas en clase.

Así fue durante toda la etapa escolar. Las dos cursamos Ciencias Sociales y después juntas estudiamos Magisterio.

Era mi amiga, mi hermana, mi consejera, mi alma gemela.

Compartimos confidencias, alegrías y penas.

Y si había que sacar las uñas por ayudar a la otra, lo hacíamos sin pensar.

Por tanto, Fátima actuó como hubiera hecho yo en la misma situación, bueno casi igual, en mi caso hubiera llevado un cuchillo o el rodillo de amasar porque no tenía el arsenal defensivo de mi intrépida amiga.

—Estoy bien, mi cuerpo se recupera rápido. Eso sí, a Fátima mejor no hacerla enfadar.

—Ja, ja, mejor no.

—No te hagas de rogar, léeme lo que has escrito.

Empezaba a ver las ventajas de tener un compañero de piso, que no solo cocinaba como los ángeles o los dioses, sino que me servía de fuente de inspiración y como atento oyente para mi novela.

Además, era simpático y su compañía era muy agradable.

Era un buen cambio, después de tanto tiempo viviendo sola.

«IVAN

Sentada en el sofá, con la bandeja de la cena en mis piernas, miraba la televisión mientras daba ocasionales mordiscos a un bocadillo insustancial de jamón y queso. Julián estudiaba unos planos en su mesa de dibujo y Jorge dormía plácidamente desde hacía un buen rato.

Al principio no le reconocí. Su cara quedaba oculta tras las espaldas de los policías que le custodiaban hasta el juzgado. Un segundo, tan solo un insignificante segundo, en el cual los policías se separaron para pasar en fila por el estrecho pasillo de periodistas y fotógrafos, me bast ó .