Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 2. CUIDADO CON LO QUE DESEAS.
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2. CUIDADO CON LO QUE DESEAS.

E l despertador sonó cruel a las ocho de la mañana.

Me hice un ovillo dentro del caparazón de mi confortable y calentito edredón.

Solo cinco minutos más, ¿quién lo iba a saber?

Estaba deslizándome en el sueño de nuevo cuando un agradable olor a café llegó a mi nariz, acompañado de un olor que no podía ser de otra cosa más que de tortitas.

¡Qué rico! Quién pudiera desayunar algo así.

Cuando estaba en casa de mi madre, si me ponía mimosa conseguía que me las hiciera para desayunar.

Entonces abrí los ojos de golpe. No estaba en casa de mi madre, sino en la mía.

Era de mi cocina de donde provenía el olor y un inequívoco ruido de platos y tazas surgía del mismo origen.

¡Había alguien en mi casa! En concreto, en mi cocina.

Me levanté de la cama de un salto y busqué en mi habitación un arma con el que hacer frente a mi atacante.

En un rincón estaba la bolsa de yoga que aún no había guardado, no era gran cosa, pero un buen bolsazo en la cabeza seguro que hacía daño; entre la esterilla, la almohada para las cervicales y el cinturón de yoga era un arma en potencia.

De puntillas, descalza caminé por el pasillo hacia la cocina.

—¿Quién eres y qué haces en mi casa? —pregunté levantando la bolsa dispuesta a descargarla con fuerza en la cabeza del intruso.

—Buenos días. Baja los brazos, a mí no me vas a hacer daño, pero tú acabarás con dolor de hombros si haces lo que estas pensando.

Con los ojos abiertos como platos y la boca todavía más abierta, me quedé mirando el espécimen masculino de metro noventa que tenía enfrente de mí.

Semidesnudo, cubierto solo por mi delantal rosa de cocina, y con una faldita corta que había entrevisto mientras estaba de espaldas y me aproximaba a él no tan sigilosamente como yo había creído.

Una melena castaña ondulada le llegaba hasta los hombros, enmarcando unos rasgos perfectos que me miraban divertidos.

Ojos verdes y una barbita en apariencia descuidada.

Y músculos, muchos músculos, repartidos en su justa y perfecta proporción en toda su envergadura.

—¿Cómo te gustan las tortitas? ¿Con caramelo? Sí, tienes aspecto de que te gusten con caramelo. Siéntate y te sirvo.

—¿De dónde has salido? ¿Cómo has entrado? ¿Quién eres?

—Muchas preguntas tienes tú. Siéntate y mientras desayunamos intentaré responderte.

Hice lo que me decía porque los brazos ya me dolían por el esfuerzo de mantener la bolsa en alto.

Además, desde mi metro sesenta difícilmente alcanzaría a darle en la cabeza salvo que me subiera a una silla.

Dejando mi improvisada arma en el suelo, me senté en una silla mientras el atractivo intruso ponía delante de mí un plato con dos tortitas, con un dibujo de una cara sonriente hecho con caramelo encima de ellas.

Una taza de café recién hecho las acompañaba.

—Con leche de avena y miel.

—¿Cómo lo sabes?

—Preguntas, preguntas —dijo riendo mostrando una dentadura tan perfecta como todo lo demás de su cuerpo—. Se te va a enfriar y no estará tan rico.

Sin saber qué decir empecé a comer. El adonis que tenía por cocinero hizo lo propio sirviéndose cuatro tortitas de la montaña de las mismas que había puesto en un plato entre los dos.

—Ummmm

—Están buenas ¿verdad?

—Voy a necesitar muchas horas de yoga y de bicicleta para bajarlas después, pero están buenísimas. Incluso mejores que las de mi madre, más esponjosas.

—¿Bajarlas?

—De mis caderas. El azúcar y la grasa siempre acaban en el mismo sitio. Podían repartirse por otra zona, pero no —respondí pensando en que una talla más de sujetador estaría más que bien.

—No necesitas una talla más, y si me permites darte mi opinión tus caderas están perfectas como están.

Me atraganté sin poder remediarlo. Su forma de mirarme y de hablarme hacía que mis rodillas temblaran y cada ápice de cordura de mi cerebro era acallado por otra voz que imploraba que siguiera hablando. Sus palmaditas en la espalda no ayudaban lo más mínimo a calmarme.

—¿Cómo sabes lo que pienso? —pregunté cuando al fin pude hablar.

—Si no lo supiera no podría hacer mi trabajo —respondió como si fuera evidente.

—¿Tu trabajo? Veamos, es obvio que Fátima te ha dado las llaves para que te colaras en mi casa, su sentido del humor a veces es demasiado atrevido. Es una de sus bromas, eres algún amigo suyo y habéis decidido reíros un rato a mi costa.

—No sé quién es Fátima. Estoy aquí porque tú así lo has querido —afirmó sirviéndose otro par de tortitas.

—Vayamos por partes. ¿Y tu ropa? ¿Cómo has abierto la puerta?

—¿Siempre haces tantas preguntas? Está bien, tranquila —continuó diciendo al ver cómo volvía a coger la bolsa de yoga con la mano derecha a la vez que con la izquierda agarraba el cuchillo con el que había estado cortando las tortitas—.

No tengo más ropa que la falda y las sandalias porque tú me imaginaste así.

No entré por ninguna puerta porque no necesito atravesar puertas.

Tu mente me imaginó, y tus sueños y deseos me trajeron hasta ti.

—¡El muso!

—Tendremos que hacer algo con ese nombre.

—¿De dónde vienes?

—Del Olimpo. En realidad, me llamo Lino, soy hijo de Urania y de Apolo. Soy el creador de la poesía lírica que es una forma poética que expresa tradicionalmente un sentimiento intenso —allí estaba su picara mirada de nuevo— o una profunda reflexión.

—Yo no escribo poesía así que ¿se puede saber qué haces aquí?

—Después de enseñar a Orfeo música pasé a habitar Tebas y fui designado instructor de música de Heracles, le enseñé a tocar la lira. En una ocasión en que le reprendí, perdió los estribos y me golpeó en la cabeza con la lira matándome.

—¿Heracles? ¿Hércules?

—El mismo. Zeus ha decido darme esta oportunidad. Siente que Heracles me matara, al fin y al cabo, le estaba haciendo un favor personal a su hijo enseñándole música cuando me mató. Me ha mandado a ayudarte, si consigo hacer bien mi trabajo podré volver al Olimpo y continuar enseñando música.

—¡Qué suerte la mía!

—Además, Heracles decidió concederme algunos de los atributos con los que se le conoce.

—¿Que son? —pregunté cada vez más interesada en la historia que mi muso me estaba contando, aunque me negara a reconocerlo.

—Te recuerdo que Hércules era el paradigma de la virilidad, el adalid del orden en el Olimpo, poseía una extraordinaria fuerza, coraje, orgullo, cierto candor y un formidable vigor sexual —hizo una pausa guiñándome un ojo en tanto yo sentía cómo el rubor coloreaba mi rostro—.

Y además se le considera el ancestro de los Reyes de Esparta y, si mal no recuerdo, pediste un espartano de la película 300.

He de decirte que, si bien es entretenida algún que otro habitante del reino de Hades está enfadado, no se adecúa mucho a lo que realmente ocurrió.

—Muy interesante todo lo que me cuentas, voy a ponerme unas zapatillas y vuelvo.

Estaba convencida de que no me haría daño, pero ya era hora de que la broma terminara y pudiera ponerme a escribir. Así que decidí dejar al muso en la cocina y llamar a mi amiga. Estaría trabajando, pero yo también debería estar haciéndolo, de modo que sin cortarme la llamé al hospital.

—Macarena, ya sabes que estoy de mañana, luego hablamos.

—De eso nada. En tu rato del café te vienes a la carrera a casa y te llevas a tu amigo.

—¿Mi amigo? No sé de qué me estás hablando.

—Del muso. Del tío al que has dado las llaves para que entre en mi casa y me haga el desayuno. Está cañón, pero llévatelo que tengo que trabajar.

—Macarena —comenzó a decir mi amiga asustada—. No le he dado a nadie a tus llaves.

—Entonces, ¿quién es el tío medio desnudo que tengo en mi cocina?

—Voy a decir que tengo que irme urgentemente a casa. En quince minutos estoy allí. Enciérrate en el baño y llama a la policía.

—¿Fátima?

En la línea solo había silencio, miré la pantalla del móvil y se había apagado. Menudo momento para que la batería hiciera de las suyas. Intenté volver a encenderlo, pero la batería seguía sin funcionar. Unos suaves golpes sonaron en la puerta.

—Macarena —dijo una acariciadora y profunda voz a mi espalda—.

No me tengas miedo. Nunca te haría daño.

Estoy aquí porque tú lo quisiste así y Zeus me envió.

Debo ayudarte con tu novela, inspirarte y facilitarte que puedas escribir.

No estoy aquí para lastimarte. Sé que es raro y a tu mente racional le cuesta entenderlo, pero es así.

—Estas cosas no pasan. Los musos no existen.

—En eso te doy la razón. Hay nueve musas, una de ellas es mi madre, pero a Zeus le hizo gracia tu petición y con su extraño sentido del humor me envió aquí contigo. Y si no te importa preferiría que me llamaras Lino. Es mi nombre.

—¿Tú has hecho que mi móvil no funcione?

—No puedo permitir que llames a la policía. Si vinieran yo desaparecería mientras estuvieran aquí y te tomarían por loca. Si te llevan a un hospital, no podrías escribir, no terminarías la novela y ninguno de los obtendríamos lo que queremos.

—Me voy a pellizcar, seguro que estoy dormida.

Mi extraño acompañante se arrodilló junto a mí y cogió mis manos entre las suyas. Me miró a los ojos y su verde mirada se fijó en la mía. Durante unos segundos no habló, mi respiración se fue sosegando, me daba miedo hasta pensar; si aquel muso podía leer mi mente, iban a ser unos días incómodos.

—Semanas. Serán tres semanas. Terminarás la novela y yo volveré mi hogar. Intentaré no leer tu mente salvo para ayudarte con el argumento de la historia que estas escribiendo. Te lo prometo.

—Lino —Mi particular muso sonrió satisfecho al oír su nombre—, Fátima es mi amiga. Si vas a estar…si acepto tu ayuda estas tres semanas, a ella no puedo ocultarle tu existencia. Es mi amiga, mi hermana, mi todo. Tiene que saberlo.

—Por lo que has dicho antes viene de camino.

—Así es. Voy al baño un momento. Junto a la cocina hay un aseo de invitados si necesitas ir tú también.

—Gracias, Macarena, todo saldrá bien.

Mi nombre no sonaba igual en sus labios a como otros hombres lo decían. Era como si paladeara cada silaba, cada letra. ¿Escribir un best seller en tres semanas con ese tiarrón por casa? Sí, iba a ser muy fácil, seguro.