Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe XIV
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Philippe XIV

D esperté a Aurore justo antes del amanecer y de que se iniciara el ritual del Petit Lever . A Bontemps le iba a dar un infarto si entraba y nos encontraba a los tres desnudos en el lecho real.

Ella protestó, pero lo hizo con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Quién es ahora la pervertida aquí?

—¿Y quién me pervirtió?

Puse una mano en su boca para callarla y sus ojos brillaron de pura felicidad.

—Silencio… mi hermano aún duerme. Nunca hay que despertar al sol antes de tiempo.

Nos escabullimos de la chambre du roi entre risas, vistiéndonos a duras penas mientras salíamos de la cámara real.

Aquella mañana cualquiera de primavera, Versalles por fin me pareció el precioso lugar que Louis soñó y construyó para que perdurase en el tiempo.

Cogí la mano de Aurore y la arrastré hasta el Salón de la Paz.

En una hora, cada rincón del palacio estaría repleto de nobles, pero ahora Versalles permanecía en un precioso silencio que nos pertenecía por completo.

—Esperad, alteza —me detuvo Aurore cuando quise abandonar el Salón de la Paz y atravesar la todavía solitaria Galería de los Espejos—.

Hay tantas cosas de las que debemos hablar: la pobre Henriette, la muerte de Oliver Ward, la guerra…

¿Estáis bien? Tío Lambert y yo atendimos a suficientes soldados otomanos para saber que un hombre nunca regresa del frente de la misma manera en la que se fue.

La tomé de las manos para mirarla a los ojos .

—Hay pedazos de mí que aún debo recomponer —admití—, pero ahora no quiero hablar de nada de eso. Hoy no.

Atravesamos el umbral que daba a la Galería de los Espejos. Aquel lugar de ensueño, el favorito de mi hermano, estaba vacío y era nuestro.

La luz del sol que asomaba en el horizonte se filtraba a través de los ventanales y transformaba el aire en un mar de destellos dorados.

Mientras avanzábamos, el eco de nuestros pasos rompía el silencio reverencial de aquel palacio hecho de oro, traiciones y enigmas.

La risa de Aurore era un regalo que reverberaba en las paredes, un sonido tan hermoso que compensaba todo el dolor que nuestro secreto nos había provocado a ambos.

—¿Os imagináis lo que dirían los nobles si supieran que estamos aquí, solos y con estas pintas de no haber dormido en toda la noche? —me dijo, esbozando una sonrisa traviesa que me robó el aliento.

No podía resistirme a ella. Nunca podría.

—¿Acaso os importa lo que piensen? —le respondí, acercándome lo suficiente para robarle un risueño beso.

Nos detuvimos frente a uno de los espejos, donde nuestra imagen se reflejaba.

Miré a Aurore a los ojos a través de aquel espejo, rodeando su cintura con mis brazos.

Sin pensarlo, la giré hacia mí y la besé.

La Galería de los Espejos, en toda su gloria, se convirtió en un rincón donde el tiempo se detuvo y el deber quedó olvidado.

Por primera vez habíamos salido de entre las sombras y el sol nos bendecía con su luz.

—¿Sois consciente de que aún no he consentido en desposarme con vos?

—Pues es una orden.

—No podéis ordenarme que me case.

—En realidad, sí que puedo. —Me reí de ella y Aurore me golpeó el pecho con frustración—. Está bien, seremos formales por una condenada vez: ¿Queréis ser mi esposa?

Ella se cruzó de brazos de esa forma suya tan poco elegante y que había provocado todo tipo de exclamaciones escandalizadas en la corte.

—Depende.

—¿De qué depende?

—¿Tendré que llamaros de vos una vez seamos marido y mujer?

—No, puedes llamarme Philippe —suspiré, armándome de paciencia ante la retahíla de preguntas que sabía que se avecinaba.

—¿Y seguirás vistiéndote de mujer cuando te plazca?

—Sí.

—¿Y organizando fiestas llenas de perversión?

—¿Qué gracia tendría si no el hecho de casarse con la honte du Roi Soleil ?

—¿Y estaré invitada a esas fiestas tuyas?

Sonreí, tomando su rostro con mis manos.

— Ma petite furie , después de lo que ha ocurrido esta noche, serás la estrella de todas mis fiestas.

Entonces sí, me guiñó un ojo y esbozó una sonrisa.

—Bien, solo era por confirmar que no estoy cometiendo un error al convertirme en tu esposa.

—¿Eso es un sí?

—¡Es un sí, es un sí!

—Dios mío, ¿es que siempre encontrarás nuevas formas de irritarme?

—No lo dudes, Philippe. —Usó mi nombre antes de escapar de mis brazos y ambos echamos a correr por la Galería de los Espejos, mientras nuestras risas resonaban y se perdían en los pasillos de Versalles.

Louis quiso organizar una boda a la altura de mi título, pero me negué.

No quería compartir aquel momento con la corte entera, así que tras un par de airadas discusiones con mi hermano, este consintió en aceptar una ceremonia íntima en la capilla de Versalles, con solo cuatro testigos de nuestra unión: Gérald de la Reynie, Alexandre Bontemps, Lucille de Valois y el propio Louis.

—Supongo que eres consciente de que, a pesar de tanto secretismo, esta unión estará en boca de todos antes de que caiga la noche, ¿no? —me advirtió.

—No se trataría de Versalles si no fuera así.

No nos quedamos para comprobar cuánto de verdad había en la predicción de mi hermano. Atravesamos los jardines con la premura de dos fugitivos, aunque ya no había motivos para huir de nada ni de nadie, hasta llegar a las caballerizas reales.

Al ver mis intenciones, Aurore dejó escapar un grito de incredulidad.

—¡Philippe! ¡No puedes estar hablando en serio!

—¿De verdad no has aprendido a montar a caballo en todo este tiempo? —le respondí, burlón.

—¡Te lo prohíbo absolutamente!

La ignoré y, sin más, la levanté por la cintura con facilidad y la subí al mismo alazán blanco que, en el pasado, había sido nuestro cómplice silencioso la primera vez que huimos a París. Solo que, esta vez, no había necesidad de esconderse del mundo.

—¡Philippe, un carruaje! ¡Haz que traigan un carruaje! —insistió, mientras yo me acomodaba tras ella, tomando las riendas. Con una mano aparté de su cuello esos rizos dorados que siempre me volvían loco y acerqué mis labios a su oído.

—¿Y arruinar la vista de cómo tu trasero se amolda a mi entrepierna? —le susurré con descaro.

—¿Es que nunca te comportarás como un caballero? —dijo entre risas ahogadas, fingiendo indignación.

—Nunca —respondí y, con un tirón decidido, puse al caballo en marcha.

Salimos a galope por los grandes portones dorados de Versalles, dejando atrás los protocolos y las miradas de la corte .

Aurore se agarraba con fuerza a la silla mientras el viento nos azotaba.

Sus quejas pronto se desvanecieron y quedaron reemplazadas por carcajadas repletas de libertad.

Aceleramos por el camino y pronto la silueta majestuosa de Versalles se desvaneció en la distancia, mientras París nos esperaba al final del horizonte.

Galopamos sin freno alguno, juntos, hacia una vida que sería totalmente nuestra.

FIN