Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XIII
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Aurore XIII

L ouis parecía profundamente desdichado en la cena que dio en honor al regreso de su hermano, pero cuando le pregunté, no quiso decirme el motivo.

Philippe también lucía un semblante serio, distante.

¿Qué había ocurrido entre ellos? Intenté una y otra vez sonsacarle una respuesta a Louis, pero rehuyó la conversación con una sonrisa forzada y un movimiento de cabeza.

—Nada de lo que debas preocuparte —me dijo, acariciando mi mano por debajo de la mesa, pero su tono no coincidía con sus palabras. Me ocultaba algo que le dolía.

Volví mi mirada hacia Philippe, que se limitaba a juguetear con el vino en su copa, absorto en sus propios pensamientos. Esa distancia entre ambos hermanos, tan palpable, me llenó de una ansiedad de la que no podía liberarme.

Al terminar la cena, Louis se retiró de inmediato, y Philippe quiso acercarse a mí para hablar cuando Bontemps nos interrumpió antes de que pudiéramos intercambiar ni una sola frase.

Traía una orden directa del rey: Philippe y yo debíamos presentarnos a la chambre du roi de inmediato.

Mi corazón se aceleró, intranquilo, ante tan inusual orden.

—¿Qué ocurre? —le pregunté a Philippe.

Él se encogió de hombros.

Caminamos en silencio a través de los salones de palacio, uno al lado del otro. Tenía tantas cosas que decirle a Philippe, tantas preguntas que hacerle, tantas ganas de estar a solas con él. Y mis pensamientos iban y venían en oleadas: ¿qué podía querer Louis de nosotros a esas horas de la noche?

Llegamos frente a las puertas de la cámara real y los guardias que la custodiaban nos abrieron paso sin anunciarnos.

Entramos en la estancia, donde Louis nos esperaba junto al gran ventanal que daba al Patio de Mármol.

La noche cubría Versalles por completo y las decenas de velas que iluminaban la chambre du roi danzaban en la mirada del monarca más poderoso del mundo.

Su semblante seguía serio y sus ojos, normalmente llenos de esa confianza inquebrantable que caracterizaba al Rey Sol, parecían más vulnerables que nunca.

—Os he convocado porque he tomado una decisión que nos afecta a los tres —dijo Louis, su voz grave y firme.

Philippe y yo intercambiamos miradas, desconcertados ante su tono. Yo no podía descifrar su expresión; se mantenía frío, como si ya supiera lo que iba a ocurrir. Me temí lo peor y una punzada de miedo me atravesó el pecho.

—Esta tarde Philippe y yo hemos hablado de muchas cosas. Entre ellas, de ti, Aurore —continuó, sin apartar la mirada de mí—. También hemos departido de su futuro, así como del tuyo.

Mis labios se entreabrieron para hablar, pero las palabras se quedaron sin ser formuladas. No sabía qué decir. ¿Qué le había confesado Philippe? ¿Qué decisiones había tomado que me concernían? La angustia subió por mi garganta como un puño que me apretaba el cuello.

—¿De mi futuro? —logré preguntar en un susurro.

Louis me miró con una expresión que no había visto antes en él: una en la que se mezclaban la tristeza y la resignación.

—Philippe me ha confesado estar enamorado de ti. Y tú también lo estás de él. Era algo que sospechaba desde hacía meses, pero que me negaba a aceptar, supongo. Hasta que os he visto juntos hoy, en la Avenida Real. He visto cómo os mirabais.

Philippe no dijo nada. Yo tampoco. ¿Qué podríamos haber dicho ?

—Por amor a ti, mi hermano ha renunciado hoy a todos sus títulos y se ha negado a contraer matrimonio de nuevo, como es su deber. Ha tenido el valor de insinuar que no se casaría con nadie que no fueses tú, Aurore.

Tragué saliva. Miré a Philippe, quien mantenía su semblante estoico, con las manos a su espalda.

—Pero no puedes casarte con mi hermano, al igual que no puedes casarte conmigo —me informó Louis—. Eres plebeya, Aurore. Y Philippe es un príncipe de Francia. Las normas son claras. No puedo permitirlo.

—¿No puedes o no quieres permitirlo? —Mi voz salió más dolida de lo que había esperado.

Louis ya estaba acostumbrado a mis inoportunas salidas de tono que se saltaban todo protocolo, por lo que me observó por un largo momento. Luego, buscó con la mirada a Philippe y, por primera vez desde que lo conocía, pareció dudar ante lo que estaba a punto de hacer.

Los ojos de ambos hermanos se encontraron y en ese momento vi algo que nunca había visto entre ellos: una herida abierta, una grieta en la relación que habían construido desde su infancia.

Louis, siempre tan seguro de su autoridad, se tambaleaba.

Y Philippe, siempre el hermano menor a la sombra del rey, estaba decidido a romper con todo por mí.

Pero entonces, Louis hizo algo que no esperábamos. Cerró los ojos un instante, respiró hondo, y cuando los abrió, la decisión estaba tomada.

—Lo he pensado mucho —dijo—. Y me doy cuenta de que tal vez la corona y el reino pueden soportar un escándalo más. Después de todo, ¿qué clase de rey soy si destruyo la felicidad del único hombre que siempre me ha amado incondicionalmente?

—¿Qué estás diciendo, Louis? —se alarmó Philippe, sin comprender nada.

—Mira en ese bufete, Aurore .

Me giré a mi izquierda, donde estaba situado el mueble. Ahí descansaba un pergamino desplegado. Y en él vi escrito mi nombre.

—¿Qué es esto? —pregunté, sin atreverme a tocarlo.

—El título nobiliario que te permitirá casarte con un príncipe de Francia —respondió Louis con sencillez—. Siempre has rechazado que te premiase con un título, pero, si me amas lo más mínimo, Aurore, aceptarás este honor que pongo en tus manos y contraerás matrimonio con Philippe.

Antes de que yo pudiera decir algo, Philippe dio un paso al frente.

—Louis, si permites algo así, el escándalo en la corte y en toda Francia será mayúsculo.

—Yo soy Francia —proclamó—. Y Francia se sentirá feliz si yo no pierdo a mi hermano.

—Pero… —intenté protestar yo.

Louis sonrió y me tomó por los hombros. Tenía la mirada tan triste como decidida.

—¿Recuerdas la noche en que hablamos de Hades y Perséfone, Aurore?

—Sí.

—Me dijiste que yo era Apolo, que jamás podría ser Hades.

En ese momento te creí, pero creo que hay algo de Hades en mí, porque el dios del inframundo fue gentil y comprendió que amar era también dejar ir a pesar de saber que esa ausencia le destrozará —miró a su hermano, sonriente—.

Y no hay nadie a quien ame más que a vosotros dos.

Hacedme feliz y hacéos felices el uno al otro.

Cogió el título nobiliario, lo enrolló y lo puso en mi mano temblorosa.

—Lo único que os pido a cambio es lo mismo que Hades pidió a su Perséfone: venid a vivir seis meses a Versalles y los otros seis meses sois libres de hacer lo que os plazca. Os podéis instalar en Saint-Cloud, en el Palais Royal de París. Lo dejo a vuestra elección.

—Pero… ¿Por qué? —pregunté.

—Porque Philippe ha cumplido de sobras con su deber y, si tengo que elegir entre su felicidad y la mía, escojo la suya. Que al menos uno de los dos hermanos viva sin el peso de la corona en sus hombros. Para eso ya estoy yo.

—¿Estás diciendo que nos dejas ir? —inquirió Philippe, con incredulidad en la voz.

Louis asintió, su rostro melancólico pero resuelto.

—Sí. Seis meses en Versalles. Seis meses donde elijáis. Es lo más justo que puedo ofreceros.

Mis emociones estaban a flor de piel. Era una libertad que jamás había creído posible.

Poder vivir fuera de las garras doradas de Versalles y, aun así, seguir siendo parte de la corte, de la vida de Louis.

Pero, lo más importante, poder estar con Philippe a ojos del mundo entero. Era más de lo que nunca hubiera soñado.

Miré al rey. De una forma distinta, también lo amaba y no quería renunciar a su compañía.

No del todo. Convertirme en una noble nunca había sido mi sueño, pero comprendí que era el precio a pagar si quería vivir el resto de mi vida entre Philippe y Louis.

Los tres realizábamos un sacrificio con aquel pacto.

Uno que sería el mayor secreto en la corte del Rey Sol.

El silencio que siguió fue interrumpido solo por la respiración irregular de los tres.

—Louis... —comencé, con la voz temblorosa—. No sé qué decir.

—No tienes que decir nada —respondió él, suavemente—. Solo quiero que seáis felices. Los dos.

Philippe me tomó de los hombros para mirarme a los ojos.

—No te gusta esta vida. No tienes por qué aceptar lo que te ofrece mi hermano.

—Aceptaré… con una condición —repuse y me dirigí a Louis—. Quiero que redactes un decreto para que las mujeres puedan ejercer la medicina libremente.

El rey se echó a reír con suavidad.

—Supongo que será un escándalo mucho menor comparado con el matrimonio del duque de Orleans con una plebeya. Concedido.

Entonces sí, la felicidad me arrolló como una marea largamente contenida y besé a Louis, dejando caer el título al suelo y echándole los brazos al cuello.

—Te quiero, Rey Sol.

—Y yo a ti, futura princesa de Francia —sonrió, apenas apartando sus labios de los míos.

Luego, miró a Philippe por encima de mi hombro—.

Mi hermano siempre ha asegurado que no sé compartir.

Apuesto que jamás te ha contado que una vez, cuando éramos adolescentes, fuimos capaces de compartir el amor de una mujer. Aunque solo fuera por una noche.

Parpadeé, confusa. ¿Qué estaba insinuando?

Philippe esbozó una sonrisa pícara, y el aire en la habitación de pronto cambió: se volvió más cálido, más íntimo. Se acercó a mí, tomando mi mano. Louis nos observaba, sin soltarme, y en sus ojos vi un reflejo de lo que yo sentía. Un secreto que solo nos pertenecía a nosotros tres.

Sin decir una palabra más, Philippe depositó un beso en mi cuello.

Louis reclamó mi boca. Y yo me dejé llevar por ambos, por los labios que recorrían mi piel, por las cuatro manos que hacían desaparecer las piezas de mi vestido.

Cuatro manos que arrancaban mi ropa como si el mundo se estuviera acabando.

Cuatro manos y ni una sola duda. Y ahí estaba yo, completamente perdida entre ellos, dispuesta a dejarme devorar por los dos hombres que me robaban el aliento y la cordura.

Me sentí intoxicada por el peligro, el deseo y la lujuria, como al borde de un precipicio.

Me giré para observar a Philippe, ese libertino al que yo quería y que era capaz de esbozar la sonrisa más ladina del mundo: una que prometía desatar el caos.

Me tomó de la mano, con esa mezcla de delicadeza y lujuria que solo él sabía cómo manejar a la perfección.

No necesitó pedir mi permiso. Sabía que yo se lo había ofrecido desde el primer día.

Noté su erección contra mi cadera y también la de Louis, detrás de mí, deshaciendo los lazos de mi corpiño, con la respiración agitada por lo que estaba a punto de ocurrir entre los tres .

Lo siguiente sucedió en una especie de neblina.

Las manos de Philippe encontraron las mías, las de Louis acariciaron mi rostro con arrebato y, antes de darme cuenta, los tres estábamos enredados en la cama.

No sé quién de los dos abrió mis piernas ni cuál fue el primero en entrar en mí, ni cuántas veces grité sus nombres y les pedí que no se detuvieran hasta dejarme plenamente saciada.

Aquella noche, en la chambre du roi , las barreras que habían existido entre nosotros durante tanto tiempo finalmente se rompieron. Y en su lugar, quedó solo la verdad: que nos pertenecíamos, de una manera que nunca habríamos podido prever.

Louis, Philippe y yo.