Philippe XIII
M is labios no podían besarla, así que lo hice con los ojos.
Levanté su rostro de mi armadura para contemplarlo. Cada línea de sus facciones, cada lágrima que resbalaba por sus mejillas, cada rizo rebelde que caía sobre su frente. Me lo guardé todo como si estuviera grabando en mi memoria la imagen más preciosa que hubiera visto jamás.
Aurore había corrido hacia mí sin importar las miradas que nos rodeaban, sin pensar en el protocolo o en las consecuencias de aquel acto impulsivo.
Había desafiado todo y a todos solo por abrazarme, por asegurarse de que era real, de que estaba aquí.
Se aferraba a mí como si fuera lo único que la mantenía en pie.
Lo que sentía en mi pecho al tenerla de nuevo entre mis brazos era alivio, así como una desesperada necesidad de no soltarla nunca más.
Y entonces sus lágrimas se esfumaron y quedaron reemplazadas por la más pura alegría.
Había sobrevivido a la guerra, pero la batalla más dura era esta, tenerla tan cerca y no poder besarla como deseaba.
Lo único que quería era tomar su rostro entre mis manos y prometerle que nunca más tendría que sufrir por mí.
—¿No podríais haber hecho una entrada normal y corriente, alteza? —Su voz aún temblaba, pero al mismo tiempo estaba cargada de un júbilo que no había esperado encontrar.
—¿Qué tendría de divertido eso? —le respondí y ella me golpeó suavemente con un puño.
La volví a abrazar mientras los jardines de Versalles parecían haberse detenido en el tiempo.
De pronto fui consciente de las miradas sobre nosotros y el murmullo que seguramente comenzaba a recorrer entre los nobles que habían presenciado la escena, así que la aparté con suavidad de mí.
Pero antes de soltarse de mis brazos por completo, hizo algo que me dejó sin palabras.
Aurore, con aquella imprevisibilidad que yo tanto adoraba, se inclinó hacia mí y, a pesar de las miradas, a pesar de los murmullos, depositó un suave beso en mi mejilla.
Me separé de ella con el corazón desbocado y me volví hacia Louis, quien se había acercado a nosotros a paso lento.
No hacía falta que dijera nada. Sabía que lo había visto todo, pero en ese momento, por primera vez en mucho tiempo, no me importaba lo que mi hermano pensara.
Lo único que importaba era que había vuelto a casa.
A ella.
—Bienvenido a Versalles, hermano —me saludó.
—Gracias, majestad.
—Como ves, he cumplido con lo que me pediste en tu última carta: ninguna pompa y ningún recibimiento para celebrar el victorioso regreso del duque de Orleans.
—No hubiera soportado a toda la corte aplaudiéndome en el Patio de Mármol. Aunque aceptaré una pequeña fiesta con mucho, mucho vino.
Louis rio, complacido.
—Cuenta con ello.
—O sea… ¿Sabíais que volvía a Versalles? —nos interrumpió Aurore, mirando a Louis. Este sonrió, taimado.
—Claro que lo sabía, pero Philippe me escribió pidiéndome que no anunciase ni su victoria ni su regreso ni… el fin de la guerra.
—¿Habéis firmado la paz?
—Así es. Es lo que tiene que hacer un rey para evitar que su único e imprudente hermano acabe conquistando Europa entera. Y ahora, si nos disculpas, el duque de Orleans y yo tenemos que ponernos al día.
Seguí a Louis hasta el Gabinete del Consejo. Cada noble que nos cruzábamos en el camino me miraba con sorpresa y yo no pude evitar una media sonrisa ante tanta estupefacción. Apuesto a que muchos hubieran deseado saber de mi muerte en el frente.
Cuando nos quedamos solos, Louis me abrazó y yo le devolví el gesto. No podía esconder la emoción de volver a verlo.
—Has traído gloria a Francia, hermano, y como rey no podría ser más feliz.
—Lo dices como si no te lo acabaras de creer.
—No seas así.
—¿Por qué firmaste la paz? Podríamos haber seguido avanzando y aplastado a las tropas de William de Orange.
—Un buen rey sabe cuándo debe dejar de sacrificar hijos de Francia.
—Ya. —Puse los ojos en blanco—. Te doy un par de años antes de enemistarte con Inglaterra, España, Portugal…
—¿Nunca sabes cuándo callar y mostrarte agradecido, Philippe?
—No.
—Bueno, ¿cómo ha ido tu guerra?
—Sucia, sangrienta y muy poco cómoda.
—A pesar de eso, he sido informado por el Mariscal de cómo has despertado el valor en los soldados de…
—Si no te importa, preferiría no hablar de la guerra ni de los soldados. A no ser que quieras que te cuente cómo es desnudar a un hombre en armadura.
Louis suspiró, sin poder evitar una sonrisa. Llevé las manos a mi espalda y decidí cambiar de tema:
—Enhorabuena por tu nueva hija. Espero que haya salido a ti y no a María Teresa. Un bebé con esas cejas… —Hice un gesto de espanto, que hizo sacudir la cabeza a Louis.
—No has cambiado nada.
Se equivocaba. Había cambiado, aunque él aún no podía saber en qué. La visión de toda la sangre y muerte que había contemplado en la guerra no iba a abandonarme jamás por muchos años que transcurrieran.
—Espero que estés bien de ánimos.
—¿Por qué? ¿Qué nueva intriga política has tramado para mí? —inquirí, ladeando la cabeza.
—Me alegra que me lo preguntes, hermano —sonrió, desplazándose hasta un sinfonier y abriendo uno de sus cajones, de donde sacó un pequeño retrato al óleo—.
Te complacerá saber que la reina y yo hemos estado muy ocupados estos meses buscando el mejor casamiento para ti… y para los intereses del reino, claro.
Me tensé, incapaz de digerir aquellas palabras. Sin dejar de sonreír, Louis me plantó el retrato de una dama en las narices.
—Elisabeth Charlotte, princesa del Palatinado —anunció—.
Tiene diecinueve años y cuentan que goza de una belleza…
peculiar , por así decirlo, pero la acompaña un carácter dicharachero y divertido.
Ya la he invitado a venir a Versalles; llegará en un mes.
¿Qué te parece si fijamos la boda para noviembre?
Así tendrás tiempo para conocerla y para ayudarla a adaptarse a nuestra corte.
Haréis una pareja estupenda, estoy seguro.
Aparté el retrato de la princesa del Palatinado y pronuncié una sola palabra:
—No.
Louis parpadeó, confuso, ante mi negativa.
—¿Cómo has dicho?
—He dicho que no —mascullé—. No volveré a casarme.
Mi deber con Francia está más que cumplido.
Te he entregado dos hijas para que las desposes a tu gusto y conveniencia, he derramado sangre por ti y he cumplido todas y cada una de las órdenes que me has dado desde que nací.
Mi deber para con la corona y nuestro linaje termina hoy, aquí.
—Philippe, creo que no comprendes que…
—No volveré a quedar atrapado en un matrimonio de Estado, Louis.
—¿Y qué pretendes, quedarte soltero? Por supuesto que volverás a casarte. Eres príncipe de Francia.
—No, a partir de hoy ya no lo soy —le dije. Me arranqué la banda azul real que cruzaba mi pecho y la dejé caer al suelo, a los pies de mi hermano—. Renuncio a todos mis títulos, así como a mis tierras, posesiones, privilegios y asignaciones.
Louis palideció.
—Te has vuelto completamente loco. No puedes hacer eso.
—En realidad, sí que puedo.
Esta vez el que sonrió fui yo.
—¿Por qué? —Los ojos de Louis estaban repletos de confusión. Callé, negándome a contestar, y él repitió la pregunta—: ¿Por qué? Dime la verdad, Philippe. ¿O no juraste ante Dios que si me salvaba la vida, no me esconderías ningún secreto más?
Me quedé en silencio, con los ojos clavados en mi hermano.
Sabía que esta conversación tenía que llegar, pero no imaginaba que lo haría en estos términos.
La banda azul, el símbolo de mi estatus y del linaje que corría por mis venas, yacía en el suelo entre nosotros.
Louis me miraba tan incrédulo como frustrado, esperando una respuesta que no estaba preparado para darle.
—Philippe… —insistió, su voz cada vez más tensa—. ¿Por qué?
Sentí el peso de su mirada, la presión de décadas de obligaciones y expectativas que me habían ahogado desde que nací. Duque de Orleans y de Anjou, príncipe de Francia, el segundo en la línea de sucesión. Siempre el segundo, siempre a su sombra, siempre cumpliendo con mi deber como él determinaba.
Pero ahora era diferente. Yo había cambiado, para bien o para mal.
—Porque estoy enamorado, Louis —solté al fin, dejando que la verdad explotara entre nosotros como un demoledor cañonazo—. Estoy enamorado de Aurore.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Louis no parpadeó, sus ojos fijos en los míos, procesando lo que acababa de escuchar.
Por un instante pareció que no tenía palabras, algo que rara vez le sucedía.
Luego, pude adivinar por su rostro cómo una oleada de incredulidad y rabia comenzaba a formarse en su interior.
—¿De Aurore? —repitió, como si el nombre le supiera amargo en la boca.
Asentí, sin apartar la mirada de la suya.
—Sí, Louis. De Aurore.
—Eso es imposible —exclamó, su voz subiendo de tono—. No puedes estar hablando en serio.
—Para mí, lo es todo —le respondí, manteniendo mi voz firme—. La amo.
Louis dio un paso hacia mí, su rostro teñido de furia.
—¿La amas? —escupió la palabra como si fuera veneno—.
¿Eso es lo que me estás diciendo? ¿Te arriesgarías a deshonrar a nuestra familia, a traicionar a tu nación, todo por "amor"?
¡No seas ridículo, Philippe, el amor no tiene lugar en nuestras vidas!
Sabes tan bien como yo que tu deber está por encima de cualquier capricho.
—¿Capricho? —Mi propia voz se alzó, con el resentimiento acumulado durante años burbujeando hasta la superficie—.
¿Es eso lo que crees que es esto? No es un capricho, Louis.
He vivido suficientes años encerrado en un matrimonio que no significaba nada excepto obligación.
He jugado el papel que esperabas de mí, te he obedecido sin cuestionar, pero ya no.
No voy a casarme con otra mujer por conveniencia solo para cumplir con tus planes.
—¡Tienes un deber! —bramó él, dando un golpe sobre la mesa cercana—. Tu vida no te pertenece a ti. Eres un príncipe de Francia.
—Pues ya no quiero serlo. —Sentí el peso de esas palabras salir de mis labios como una liberación. Mi hermano me miraba como si hubiera perdido la cabeza.
—No puedes renunciar a tu título, Philippe. No puedes simplemente abandonar todo por una mujer que no tiene ningún valor para la corte, ni para el reino. Piensa en lo que estás diciendo .
—Ya lo he pensado. —Mi voz era tan serena como firme—. Aurore tiene más valor para mí que cualquier título o tierra que me hayas dado. Ella es lo único que me ha hecho sentir vivo en años.
Louis cerró los ojos un momento, frotándose el puente de la nariz, claramente tratando de mantener la calma.
—Esto es una locura —susurró, más para sí mismo que para mí—. No puedes casarte con Aurore, Philippe. Es una plebeya.
—Sé que no puedo casarme con ella, ni es mi intención hacerlo. Juré ante Dios que no volvería a engañarte, ni a interponerme en el camino a tu felicidad. Aurore te hace feliz y no pretendo arrebatártela.
Louis me miró, sus ojos fríos y calculadores. Había sido educado para controlar a todos los que le rodeaban y sabía que no iba a dejar esto así de fácil. Era el Rey Sol después de todo, pero yo ya no era el hermano menor dispuesto a obedecer sin cuestionar.
—Philippe, escúchame —dijo, obligándose a sí mismo a mantener la calma—. Puedes amar a quien quieras en la privacidad de tus aposentos, pero no puedes convertir a una plebeya en tu esposa. No en esta vida.
—Entonces, tendré que vivir fuera de tus reglas.
—Lo que estás insinuando es una absoluta vergüenza.
—Por supuesto que lo es. Al fin y al cabo, frente a ti tienes a la verdadera honte du Roi Soleil .
Mi hermano se volvió hacia la ventana, dándome la espalda. Sabía que lo estaba perdiendo. Y me lo confirmaría al murmurar con un tono tan bajo que apenas lo escuché:
—En ese caso, has perdido tu lugar aquí.
—Lo sé.
—Mañana por la mañana te retirarás a Saint-Cloud y esperarás ahí mi decisión.
—No. El château de Saint-Cloud pertenece al duque de Orleans y yo ya no ostento ese título. Me marcharé a París en cuanto salga el sol e ingresaré en tu ejército como un soldado raso para seguir sirviéndote en la distancia. A mi manera y bajo mis propias reglas.
—¿Para qué has vuelto entonces?
—Para verte —dije, simplemente—. Sé que no puedes entenderme, pero hago esto por amor a ti. Renuncio a Aurore por ti. Y ella también renuncia a mí por ti.
Se quedó helado. Por primera vez en mucho tiempo, lo vi dudar.
No había esperado esa respuesta. Yo tampoco había esperado pronunciarla, pero era la verdad.
Lo que Aurore y yo habíamos compartido era algo que nunca había creído posible para mí, más fuerte que cualquier deber o título.
Y, sin embargo, me encontraba en la absurda situación de renunciar a ello. Todo por él.
—No lo entiendo —murmuró Louis, la incredulidad teñida de un leve dolor en su voz—. ¿Renuncias a ella… por mí?
Asentí despacio.
—Así es, hermano. Ella y yo hemos decidido que lo correcto es seguir este camino. Tú eres el rey. Todo lo que Francia es, te pertenece a ti. Y no quiero ser el hermano que rompió lo que has construido, no quiero ser una nube que oscurezca el brillo del sol.
No dijo nada por un largo momento, su respiración tensa y sus manos cerradas en puños.
Vi que estaba luchando consigo mismo, atrapado entre su papel como rey y su afecto como hermano.
Siempre había sido así. Nuestra vida entera se había construido sobre esa dualidad.
Louis, el rey implacable; Philippe, el hermano que siempre cumplía.
Hasta hoy.
—Pero ella te ama —susurró, como si dijera algo prohibido—. Y tú la amas. ¿Qué clase de rey soy si destruyo lo único que os hace felices?
Era la primera vez que lo oía admitir lo que ambos sabíamos: que Aurore y yo nos amábamos.
Que éramos felices juntos. Por un instante, vi a Louis no como el monarca divino que creía ser, sino como el hermano con el que había compartido mi infancia.
Ese niño que jugaba conmigo en los jardines antes de que las coronas y los deberes nos apartaran y nos enfrentaran .
—Eres un rey que ha luchado como nadie para llevar a Francia a ser el reino más poderoso del mundo —le dije, intentando ser lo más honesto posible—. Y por eso hago esto. Renuncio a la única felicidad que he encontrado, porque lo que eres tú para el reino importa más que lo que soy yo.
El silencio se hizo más denso, lleno de cosas no dichas entre nosotros.
Recogí la banda azul que había arrojado al suelo, la sostuve un instante en mis manos y luego la coloqué sobre la mesa cercana. Ya no era mía. Era un símbolo de algo que no podía continuar siendo.
Di media vuelta y me dirigí a la puerta, pero antes de cruzar el umbral, escuché la voz de mi hermano una vez más en un susurro apenas audible.
—Lo siento, Philippe. Lo siento de verdad.
Yo también lo sentía.