Aurore XII
—¿Qué opináis, mademoiselle?
—La princesa Marguerite Antoinette está en perfectas condiciones para su traslado a Saint-Germain, majestad.
—¿Estáis segura? —volvió a preguntarme la reina. Claramente no quería separarse de su hija, quien apenas tenía unos meses de edad. No podía culparla por ello.
—Es un trayecto muy corto y allá estará bien atendida —le aseguré.
A mis espaldas, Louis dejó ir un suspiro de impaciencia.
—Por favor, querida. Es hora de dejarla ir.
La reina me miró con resignación. Estaba preocupada por la seguridad de la pequeña princesa.
Marguerite Antoinette era lo único que en aquel momento de su vida la llenaba de alegría y el solo pensamiento de separarse de ella parecía desmoronarla, pero Louis había hablado y ordenado el traslado de la recién nacida a Saint-Germain para ser entregada a sus institutrices.
Era una cuestión de protocolo y seguridad, uno que yo no acababa de entender del todo pero que debía acatar, como todos en Versalles.
—Majestad, yo misma acompañaré a la pequeña princesa en el viaje, si lo deseáis —me ofrecí, en un intento de calmar sus nervios.
—No, no es necesario, mademoiselle Bechard —habló Louis, interrumpiendo antes de que la reina pudiese decir algo más al respecto—. Todo está preparado y no hay razón para retrasar la partida .
María Teresa lanzó una última mirada a su hija, que dormía plácidamente en su cuna.
Su mano temblorosa se extendió para acariciar el sonrosado rostro de la princesa.
Me quedé en silencio, observando la escena con compasión.
A pesar de nuestras desavenencias y diferencias de carácter, no podía afirmar que la reina fuera una mala persona.
¿Y quién podía culparla por sus celos hacia mí, que ocupaba la cama de su marido?
Sin embargo, el embarazo había llegado a buen puerto y estaba agradecida por ello.
Desde el nacimiento de Marguerite Antoinette, nuestra relación era mucho menos tirante, lo que también complacía a Louis, quien siempre afirmaba que suficientes problemas tenía ya como para lidiar con un drama entre su reina y su favorita.
—Todo estará bien, majestad —le dije con suavidad—. He mandado aviso a mi tío para que reciba personalmente a la nueva princesa de Francia y la cuide como se merece.
Ella asintió, un poco reconfortada por mis palabras, aunque una tímida lágrima resbaló por su mejilla antes de que pudiera controlarla. En ese momento, María Teresa no era la reina de Francia, sino una madre angustiada.
Le di un pequeño toque a Louis en el brazo.
—¿Qué ocurre ahora?
—Consolad a la reina, majestad.
El rey pareció exasperado ante aquella petición y me miró de una forma que me recordó dolorosamente a todas las veces en que Philippe me había clavado la mirada con irritación, pero se acercó a su esposa.
—Vamos, María Teresa —le dijo, no sin cariño—. Nuestra hija estará mejor atendida en Saint-Germain que aquí. Sabes tan bien como yo que Versalles no es lugar para infantes, y menos para pequeñas princesas como Marguerite Antoinette.
—¿Permitiréis que la visite en verano?
—Lo consideraré —concedió Louis, sin comprometerse a nada.
Hizo un gesto a la nodriza que aguardaba en silencio y esta, rodeada de cuatro guardias, cogió en brazos a la recién nacida.
María Teresa se echó a llorar mientras los pasos del escaso comité que se llevaba a su hija se perdían por los salones del palacio.
Me volví hacia ella, esperando poder ofrecerle alguna palabra de consuelo, pero antes de que pudiera decir nada, Louis hizo un gesto con la mano, impaciente por continuar con su jornada.
—Bien, eso está resuelto. Pasad un buen día, mi reina. ¿Vamos, mademoiselle Bechard?
Pensé que me abandonaría para atender una reunión en el Gabinete del Consejo, pero para mi sorpresa, Louis sugirió un paseo por los jardines.
Accedí, tomando su brazo, y nada más poner un pie en el exterior nos desviamos hacia la Orangerie , cuyos árboles frutales evidenciaban el próximo inicio de la primavera.
A pesar de la belleza de los jardines de Versalles en aquella época del año, mi mente estaba lejos de allí.
Desde la partida de Philippe, había encontrado difícil concentrarme en la vida que llevaba en la corte.
Mi corazón latía siempre acelerado por un miedo silencioso que no me abandonaba nunca por completo.
No había recibido noticias de Philippe. Ni una sola carta.
Sabía que estaba en el frente, en la frontera con las Provincias Unidas, pero más allá de eso, no tenía información.
Y cada día sin noticias suyas era una eternidad.
Me había dicho que regresaría, pero la guerra tenía una manera cruel de cambiar los destinos de los hombres.
Desde el nacimiento exitoso de Marguerite Antoinette, muchas damas habían solicitado mis servicios como partera y yo había accedido a cuidar de ellas, dichosa de sentirme útil y de mantenerme ocupada.
Porque en las horas ociosas, mi mente vagaba hacia recuerdos de Philippe.
Sus palabras antes de partir se repetían como una melodía persistente.
“Mi último pensamiento será para ti”.
Cerré los ojos un instante, recordando el calor de su irónica y desvergonzada voz, el tacto de su piel contra la mía, y me obligué a respirar para no desmoronarme de pura añoranza .
—Aurore, ¿me estás escuchando? —La voz de Louis me sacó bruscamente de mis pensamientos. Me volví hacia él, parpadeando para concentrarme en la conversación.
—Perdón, majestad. ¿Decías?
Louis me miró con una ceja levantada, evidentemente notando mi distracción.
—¿Qué es lo que te pesa en el corazón? No eres tú misma desde que Philippe se marchó al frente.
Su nombre provocó que mi pecho se contrajera. Louis, al ver mi reacción, me acarició la mejilla con ternura.
—No debes preocuparte. Estoy seguro de que mi hermano no ha hecho nada imprudente.
—Entonces parece que conoces a tu hermano mucho menos de lo que presumes.
Louis sonrió, asintiendo.
—Es cierto. Si te sirve de consuelo, las últimas noticias que han llegado del frente son positivas. —Hizo una pausa y luego continuó hablando, mirándome directamente a los ojos para evaluar mi reacción—. Philippe ha ganado.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que mi hermano se ha alzado victorioso y ha conseguido lo que siempre ha deseado: la gloria.
—¡La gloria, la gloria! —exclamé frustrada—. ¿No son absurdas las tonterías que obsesionan a los hombres? Honor, orgullo, reputación.
«¿De qué me sirve a mí un duque de Orleans victorioso si cae en la próxima batalla?», estuve a punto de decir, pero me contuve.
Rodeamos la Fuente de Latona y tomamos el camino de la Avenida Real que llevaba al Gran Canal.
A aquellas horas de la mañana había un buen puñado de nobles que disfrutaban de su paseo matutino.
Normalmente, yo me hubiera unido a ellos con Lucille, pero ya no podía.
La ausencia de Philippe me pesaba demasiado.
Pronto haría un año que había puesto un pie en Versalles y mi vida había cambiado para siempre. Por su maldita y condenada culpa.
Abrumada por todo lo que sentía, detuve el paseo y Louis me imitó. Los guardias que siempre lo seguían también se quedaron paralizados, a pocos metros de nosotros.
—¿Qué ocurre? —inquirió el rey.
«Ocurre que odio al impresentable de tu hermano», grité en mi interior.
Lo odiaba por haberme arrastrado a aquel lugar cuyas fauces doradas me devoraban poco a poco.
Lo odiaba por arrancarme una sonrisa. Lo odiaba por el innegable talento que tenía para provocarme.
Lo odiaba por la forma en que sus besos en mi piel desnuda se sentían como ascuas de fuego que jamás dejaban de arder.
Pero por encima de todo, lo odiaba por haberme hecho enamorar de él.
Sentí ganas de llorar y desvié la mirada de Louis para que no descubriera las lágrimas que amenazaban con aparecer en cualquier momento.
Fue entonces cuando lo divisé.
Mi corazón se detuvo un segundo, incapaz de procesar lo que veían mis ojos.
—No puede ser —murmuré, confusa.
Allí estaba Philippe, de pie frente a la fuente de Latona, como una visión sacada de mis más desesperados sueños.
Vestía su armadura oscura, con la banda azul real cruzando su pecho, los bucles oscuros y salvajes cayendo sobre sus hombros y ese porte que mezclaba la arrogancia con la más pura e innata elegancia.
Su mirada, cargada de historias que aún no me había contado, me atravesó como una flecha en la distancia.
Pude vislumbrar su sonrisa a pesar de los muchos pasos que me separaban de él.
Y, sin importarme el rey, los guardias, los jardines de Versalles o la mismísima corte entera, eché a correr hacia Philippe.
Mi cuerpo se movía solo, como si todo mi ser supiera que su lugar estaba junto a él, sin importar las reglas o las etiquetas que tanto esfuerzo me había costado aprender y respetar.
Atravesé el césped de la Avenida Real a toda prisa mientras mi pecho subía y bajaba frenéticamente.
Antes de que pudiera evitarlo, me eché sobre él y lo abracé con todas mis fuerzas. Mi rostro quedó sepultado en su jubón de acero, pero no me importó.
Estaba ahí. Estaba vivo. Estaba de vuelta.
Un sollozo escapó de mis labios, mientras sentía como sus brazos me envolvían.
—Veo que, a pesar de todo el tiempo que habéis vivido en la corte, no habéis aprendido nada de modales o protocolos —se quejó.
Pero no me soltó.
—Estáis aquí... —Fue lo único que pude decir, con la voz rota.
No me atrevía a levantar la cabeza de su pecho, por miedo a que si lo miraba a los ojos, la ilusión se desvaneciera y descubriera que no era más que una cruel fantasía de mi mente.
—Estoy aquí, ma petite furie .
Su voz era baja, profunda, y ese sonido que yo había anhelado escuchar rompió lo último que quedaba de mi contención. Las lágrimas, aquellas que había reprimido durante semanas, cayeron libres, empapando su armadura. Mis manos se aferraban a él, como si temiera que pudiera desaparecer de nuevo.
—Pensé que no...
No pude continuar. No hacía falta. Philippe entendía todo lo que mis palabras no podían expresar. Y, entonces, susurró en mi oído:
—He echado de menos el sol de tu cabello.
—Y yo las estrellas que se esconden en tus ojos —respondí yo.
Sus brazos se apretaron más fuerte a mi alrededor y, en ese momento, todo Versalles dejó de existir. Los jardines, el rey, los cortesanos que seguramente nos miraban con incredulidad, todo desapareció.
Solo estábamos él y yo, y lo demás no me importaba.