Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe XII
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Philippe XII

—La batalla ha terminado, alteza. El frente ha caído y las tropas de William de Orange se han retirado.

La voz del teniente Allard resonó en mi cabeza como un eco lejano y me devolvió a la cruda realidad que me rodeaba, la de las últimas horas en que nos habíamos enfrentado a los holandeses.

El aire olía a humo y a tierra mojada. Aún podía oír, en algún lugar lejano, el eco de los gritos y el estruendo de los cañones.

La sangre que cubría mi armadura no me preocupaba; ni siquiera sabía si era mía o de otro.

Arranqué la espada del pecho del último soldado enemigo que había abatido y me sentí momentáneamente desorientado.

Estaba de pie, frente al horizonte en el que el sol empezaba a esconderse con timidez.

De pronto, un profundo cansancio me invadió.

Uno que empezaba en mi cuerpo y que terminaba en mi mente.

—Haz que nuestras tropas descansen —ordené—. Las quiero preparadas para seguir avanzando a primera hora de la mañana. Y envía un mensajero a Versalles de inmediato anunciando nuestra victoria.

El teniente asintió y me dejó solo, en un campo de batalla devastado y cubierto de soldados caídos de ambos bandos, con la victoria a mis pies y el vacío en mi pecho.

Habíamos ganado. Francia había ganado. Louis estaría complacido. Y, sin embargo, en ese momento, mientras miraba el atardecer teñir el cielo con tonos anaranjados, lo único que sentía era fatiga .

La guerra me había endurecido, como a cualquier hombre. Había visto morir a amigos y enemigos. Había matado una y otra vez. Y, aunque había traído gloria a Francia, me preguntaba a quién le importaba realmente eso, excepto a los reyes que nos gobernaban.

Cerré los ojos y pensé en ella.

Mi mente volvía una y otra vez a Aurore.

La imaginaba en Versalles, ocupada con sus deberes, tal vez en el dispensario o en la biblioteca, con ese ceño fruncido que ponía cuando algo la absorbía por completo.

Quizá estaría pensando en mí. ¿O acaso ya me había dejado atrás, resignada a la vida en la corte?

La guerra no había podido ahogar lo que sentía por ella, sino todo lo contrario.

Cada día en el frente, cada noche en la tienda de campaña, mi mente regresaba a su risa, a su cabello dorado, a la intensidad de sus ojos.

Antes de caer dormido, recuperaba el mechón de su pelo y lo acariciaba, resistiéndome a permitir que todos sus recuerdos me ablandasen.

Sabía que no debía distraerme pensando en ella, pero era imposible.

A veces me sorprendía en medio de una batalla, preguntándome si alguna vez la volvería a ver.

Regresé a mi tienda, en la que me esperaba un mensajero recién llegado de Versalles.

—¿Qué sucede ahora? —pregunté, intentando reprimir la irritación en mi voz.

El joven me entregó una carta sellada con la flor de lis. La observé un momento antes de romper el sello y leer las palabras de Louis. Mientras mis ojos recorrían las líneas, una sensación de sorpresa, alivio y frustración me inundó.

He firmado la paz con William. Regresa a casa.

Louis

Así de sencillo: la guerra había terminado. Había paz. Y Versalles aguardaba mi regreso.

Cerré los ojos un momento mientras asimilaba esas escasas frases.

Llevaba meses en el frente, durmiendo en tiendas de campaña, comiendo mal y durmiendo peor, y ahora mis manos estaban más manchadas de sangre que nunca.

Había logrado la gloria y el respeto de los ejércitos franceses, que aclamaban mi nombre.

¿Para qué? Sabía lo que me esperaba en casa: la pompa de la corte, las responsabilidades de mi título y la proximidad de Aurore.

Una tortura de la que no estaba seguro de ser capaz de soportar.

No después de todo lo que había vivido en la guerra.

No podía volver a lo mismo que había dejado atrás, como si nada.

—Espera mientras redacto una respuesta —le indiqué al mensajero.

Le entregué una carta para Louis y el joven salió a toda prisa, camino a Versalles. Me serví una copa de vino, sin molestarme en quitarme el peto de acero cubierto de sangre, cuando el teniente Allard volvió para recibir mis instrucciones.

—La guerra ha terminado por ahora. Partimos a casa en cuanto salga el sol.

—¿De veras?

—Así es —le confirmé, alargándole la carta de Louis. Allard la leyó en silencio y yo esbocé una sonrisa agotada—. Parece que volverás a ver a tu mujer y a tus hijas.

No dijo nada al respecto. Era un hombre reservado en sus emociones y yo lo respetaba por ello. Sin embargo, antes de dejarme solo, habló:

—¿Alteza?

—¿Sí?

—Ha sido un honor combatir a vuestro lado.

—Lo mismo digo, teniente.

—Nunca, en toda mi vida de soldado, he visto a ningún Mariscal luchar en primera línea de batalla.

—Yo no soy Mariscal de Francia.

—Para nosotros sí lo sois, alteza. —Fue a retirarse, pero se detuvo en la entrada de la tienda—. Sé cómo se refieren a vos en las calles y, si me permitís la osadía… deberían llamaros la fierté du Roi Soleil .

Apenas logré sonreír. ¿El orgullo del Rey Sol? Bueno, aquello sí era una novedad.

—Eso sería mucho decir, teniente Allard.

—Todos los hombres opinan como yo.

—Ya será menos.

—Venid conmigo, alteza, y comprobaréis que no os miento.

Me levanté del escritorio donde había redactado la respuesta a Louis con un suspiro, dejando a un lado los mapas que había examinado durante semanas, ya innecesarios ahora que la guerra había llegado a su fin.

Seguí al teniente Allard fuera de la tienda, donde el viento fresco de la inminente noche me golpeó con fuerza. El olor a pólvora y sangre aún flotaba en el aire.

Apenas habíamos dado unos pasos cuando el sonido de las botas sobre la tierra, el metal de las armaduras chocando y los murmullos de los soldados me hicieron detenerme.

Delante de mí, los hombres de mis ejércitos se habían reunido, formados en filas ordenadas a ambos lados del camino que conducía a la salida del campamento.

Miles de rostros me miraban en silencio.

—Alteza —dijo Allard, con una reverencia. Luego levantó la voz: —¡Presenten armas!

El clamor fue instantáneo. Las espadas y mosquetes se alzaron al unísono en un saludo que resonó en el aire como un furioso trueno. Mis soldados, los hombres que habían luchado conmigo, los mismos con los que había compartido el campo de batalla, se cuadraron con un respeto que me sobrecogió.

Me quedé quieto, paralizado por aquella escena.

Mi corazón, que hasta ese instante había estado pesado por el cansancio y la guerra, se aceleró con orgullo y gratitud.

Estos hombres habían hecho posible la victoria.

Ellos eran los que habían dado todo por Francia.

En ese momento entendí que no solo me veían como su líder: me aclamaban como uno de los suyos.

Tuve que hacer un verdadero esfuerzo por ocultar la emoción que amenazaba con desbordarse en mi interior conforme los murmullos se transformaron en vítores, en gritos que reverberaban en mi pecho.

«¡ Monsieur ! ¡ Monsieur !».

Mi alma se hinchaba con cada aclamación que jamás, en toda mi vida, hubiera esperado recibir.

Un soldado de aspecto envejecido, con la barba gris y los ojos cansados, se adelantó de entre las filas. Tenía una herida en el brazo, pero aún sostenía con fuerza su espada. Se arrodilló ante mí y, con la voz ronca, dijo:

—Alteza, nunca he conocido a un hombre como vos. Lucháis como uno de nosotros y, por eso, siempre os seguiremos. —Me miró a los ojos con intensidad—. Por vos, daríamos la vida una y mil veces.

Las palabras del soldado me impactaron como una flecha directa a mi corazón.

Era difícil procesar esa devoción inesperada y, por un momento, me sentí abrumado por los vítores y la alegría que me envolvían.

Me arrodillé frente a él, un gesto que sorprendió a los que nos rodeaban, y coloqué mi mano sobre su hombro.

—Es por hombres como tú que ganamos esta guerra —le dije con una sonrisa—. Vosotros sois los verdaderos héroes. Nunca lo olvidéis.

El hombre asintió, emocionado, y se reincorporó a su puesto. Me sentí intoxicado, incapaz de aceptar lo que estaba ocurriendo frente a mí: la dicha de cientos de hombres felices de volver a sus casas, aclamando mi nombre.

A mi lado el teniente Allard sonreía, y juntos observamos a los hombres que me vitoreaban.

—Os lo dije, alteza —manifestó Allard, alegre—. Para ellos, sois su líder, su compañero de armas.

Mi mente aún estaba intentando aceptar lo que acababa de presenciar, por lo que necesité varios segundos para recomponerme.

—Es un honor, Allard. —Miré de nuevo a mis tropas—. Un honor que no me tomo a la ligera.

Allard inclinó la cabeza y, con una sonrisa, añadió:

—Los hombres apreciarían unas palabras vuestras antes de partir hacia sus hogares.

Asentí y subí a una pequeña elevación cercana. Se hizo el silencio entre los soldados y yo los llamé:

—¡Hombres de Francia! —Mi voz rompió el silencio denso y expectante, haciéndose eco por el campamento—.

Habéis luchado con valentía, con honor, y habéis llevado el estandarte de nuestro país a la victoria.

Cada uno de vosotros ha mostrado lo que significa ser verdaderamente francés.

—Respiré hondo—. Esta victoria es vuestra.

Cuando regreséis a casa, llevad con orgullo lo que habéis logrado aquí, pero no olvidéis a aquellos que no vuelven con nosotros.

Los que han caído lo han hecho por Francia. Su sacrificio no será en vano.

Los hombres inclinaron la cabeza en un respetuoso silencio. Sabían tan bien como yo lo que habíamos perdido, los amigos y compañeros que yacían en tierras extrañas.

La guerra había sido ganada a un precio elevado.

—¡Por Francia! —grité al final, levantando mi espada al cielo.

—¡Por Francia! —rugieron los hombres al unísono, formando un estruendo que viajó más allá del campo, hacia el horizonte.

Descendí de la elevación y contemplé una última vez más a mis tropas, orgulloso de todos y cada uno de los hombres que habían luchado a mi lado.

Era hora de regresar a casa. Y, por mucho que temiera lo que encontraría al llegar, no podía seguir escapando.

Volver a Versalles significaba enfrentar lo que había dejado atrás.

Había anhelado la guerra, pero ahora sabía que la verdadera batalla me aguardaba en aquella corte que jamás había considerado un hogar.

¿A quién iba a regresar, si Henriette estaba muerta y Aurore pertenecía a mi hermano?

A pesar de las victorias y del final de la guerra, el viaje que me llevaba de vuelta a la corte de mi hermano fue de amarga anticipación para mí. Las semanas que pasé en los caminos se me hicieron eternas.

Cuando el perfil dorado de Versalles se dibujó en el horizonte, el peso de todo cuanto había dejado atrás me golpeó como la bala de un cañón. Le había rogado a mi hermano que no anunciase mi regreso, puesto que lo último que me apetecía era una grandiosa recepción en mi honor en el Patio de Mármol.

Lo único que me importaba era ella y cómo me recibiría tras tantos meses alejados el uno del otro. ¿Habría cambiado algo entre nosotros? ¿O seguiríamos atrapados en la misma telaraña de secretos inconfesables, deseos prohibidos y lealtades divididas?