Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore XI
94%

Aurore XI

—¿Debería asustarme, mademoiselle Bechard?

—No, majestad —le respondí con una sonrisa tranquilizadora mientras cubría su abultado vientre—. Vuestro cuerpo solo se está preparando para el parto.

El bebé ya se había desplazado, una señal clara de que las contracciones comenzarían en uno o dos días.

María Teresa estaba exhausta, con el rostro marcado por la fatiga y la incomodidad de cargar una barriga tan pesada.

Aun así, había un brillo de emoción en sus ojos por traer al mundo un nuevo heredero para Francia.

El embarazo la había transformado, suavizando un poco su carácter.

Había sido más amable conmigo desde que la noticia de mi intervención para salvar al rey se esparció por la corte.

Incluso había llegado a permitirme acompañarla de nuevo en sus paseos y mi condición de favorita del rey no volvió a formar parte de nuestras conversaciones.

No obstante, la señora de Villena no compartía esa amabilidad. Aquel halcón piadoso me observaba de reojo con continua suspicacia y disgusto. No le gustaba mi presencia, eso era evidente, pero por el bien del cercano nacimiento y su posición en la corte, me toleraba.

—Mi último parto fue terrible —dijo Maria Teresa, temerosa.

—Lo sé. Su majestad me puso al tanto —le respondí con calma, interrumpiéndola antes de que los recuerdos la perturbasen más—. No os preocupéis. Cada parto es distinto. Estaré a vuestro lado en todo momento .

—Eso me tranquiliza un poco —admitió María Teresa con un suspiro.

La señora de Villena, siempre dispuesta a inyectar un poco de su santurronería en cada diálogo, aprovechó la pausa en nuestra conversación.

—Además, no olvidemos lo bendecido que es este momento. Un nuevo príncipe de Francia nacerá casi en Navidad, ¡qué signo más divino! —dijo con un brillo fervoroso en la mirada.

Puse los ojos en blanco, aunque me aseguré de que fuera de manera discreta.

¿Cuántas veces más iba a escuchar sobre la coincidencia entre el nacimiento del nuevo príncipe y el del mismísimo Jesús?

Si bien la reina compartía parte de esa devoción, la señora de Villena parecía tomarse su papel de predicadora demasiado en serio para mi gusto.

—Una nueva vida siempre es una buena señal, nazca cuando nazca —respondí, con tono moderado.

Después de dar las últimas recomendaciones a la reina —que bebiera líquidos y descansara lo máximo posible— me excusé y salí de la habitación.

Mis pasos me llevaron, sin pensarlo demasiado, hacia los Apartamentos del Príncipe.

Permanecían cerrados y vacíos desde la partida de Philippe.

La vida en palacio seguía su curso, pero para mí, Versalles parecía haber perdido todo su brillo.

Las noches se alargaban en un tedio insoportable y mi corazón, que antes latía con fuerza en cada encuentro furtivo con Philippe, ahora se movía por inercia.

Me deslicé dentro del cuarto que había sido testigo de tantas de nuestras conversaciones, de nuestras risas, de nuestros deseos. De nuestro secreto.

El simple hecho de estar allí me llenaba de un dolor físico.

Cada rincón parecía murmurar su nombre, evocando recuerdos que me arañaban por dentro y que yo atesoraba, incapaz de compartirlos con nadie más que conmigo misma.

Me senté en el borde de la cama, esa misma cama donde habíamos compartido nuestras noches .

¿Cómo había llegado a este punto? Siempre había despreciado a las mujeres que se consumían por amor, las que dejaban que un hombre definiera su felicidad.

Y, sin embargo, aquí estaba yo, esperando por alguien que tal vez nunca regresaría.

Philippe estaba en la guerra, al mando de los ejércitos franceses, y yo me había quedado atrapada añorando a alguien que, por más que me amara, nunca podría ser completamente mío.

Intenté distraerme pensando en el próximo nacimiento, en los preparativos que quedaban por hacer, pero mi mente siempre volvía a él. ¿Estaría herido? ¿Volvería? ¿Sobreviviría a la guerra?

Me incliné hacia la ventana que daba al Patio de Mármol, el mismo desde el cual lo había visto perderse en la lejanía antes de besar mi mechón de pelo, y conjuré su silueta en el horizonte, deseando que regresase sano y salvo a mí.

De repente, un golpe suave en la puerta interrumpió mis pensamientos.

Me giré rápidamente, esperando a algún ujier curioso que hubiese detectado mi presencia en los aposentos cerrados de Philippe, pero era Lucille de Valois, lo que me tranquilizó.

Ella era la única persona en la corte con quien podía contar para mantener mi cordura.

—¿Te molesto? —preguntó, con su habitual tono cariñoso.

—No. Adelante, por favor. ¿Cómo me has encontrado?

Mi amiga se acercó cautelosa y su mirada enseguida captó la melancolía que debía ser evidente en mis ojos. Se sentó a mi lado, tomando mi mano entre las suyas.

—Creo conocerte ya lo suficiente para saber cómo echas de menos la presencia de Monsieur .

—Era mi amigo —me limité a decir.

—Lo sé. Admito que la corte no es la misma sin sus escandalosas fiestas ni sus agudos comentarios —rio Lucille y yo lo hice con ella.

—No, no lo es.

Había admitido ante Lucille que mi amor se debatía entre dos hombres, pero nunca le había confirmado que uno de ellos era el duque de Orleans. Era incapaz de confiar por completo en nadie de la corte que no fuera el propio Philippe.

—He escuchado rumores —comenzó a hablar, sin soltarme las manos—. Dicen que las tropas están a punto de enfrentarse en Maastricht. Parece que se avecina una gran batalla.

Mi corazón se detuvo por un segundo. ¿Maastricht? Philippe estaba allí. Si el enfrentamiento era tan inminente como decían, significaba que en cualquier momento podría recibir noticias. Buenas o malas.

—Intento no pensar demasiado en ese tipo de asuntos —mentí.

Lucille no se dejó engañar por mi embuste.

—Es normal que te sientas inquieta. Creo que estás vinculada a él de una forma que ni siquiera tú puedes negar, por mucho que lo intentes. Pero recuerda siempre esto: si alguien puede regresar de esa guerra intacto y glorioso, es nuestro Monsieur .

Sus palabras, aunque bienintencionadas, no lograron disipar del todo la niebla que nublaba mi mente.

—Y si no regresa… —murmuré, incapaz de contenerme.

—Si no regresa —repitió ella con suavidad—, entonces te quedarás con lo que has compartido con él. Nadie puede quitarte eso.

—¿Qué sabes de lo que yo he compartido con Monsieur ?

—Hay cosas que una mujer no puede ocultarle a otra que ama con la misma intensidad que ella.

Parpadeé, confusa. ¿A quién amaba ella, con tanto dolor? Supe que no se lo confesaría a nadie, ni siquiera a mí, pero el hecho de saber que Lucille también sufría por amor me hizo sentir menos sola.

—Vamos, mi querida amiga, no te quedes aquí —dijo, besándome en la mejilla—. Tienes el amor y la devoción del Rey Sol para consolarte en estos días aciagos. ¿Cuántas mujeres pueden presumir de eso?

Sí, tenía el amor y la devoción del Rey Sol.

Cuando venía a mí cada noche, podía olvidar por unos momentos la imagen de Philippe en el frente.

Hacer el amor con él eran los escasos momentos de felicidad que Versalles me daba y dormir junto a Louis, disfrutar del calor de su piel y de sus besos, un oasis de calma en medio de la tempestad.

Las noches eran mucho mejores que los días.

Para que las horas pasaran más rápido, me acostumbré a escribir a tío Lambert con asiduidad.

Él me respondía largas misivas repletas de anécdotas que surgían entre los jardines y pasillos de Saint-Germain, llenos de los pasos, las risas y las travesuras de todos los Hijos de Francia.

Le pedía que me diera detalles de las hijas de Philippe, como si eso pudiera acercarme un poco más a él, y mi tío me los concedía sin sospechar nada de mi interés por aquellas dos niñas a las que no conocía de nada.

También pasaba horas jugando a las cartas con Gérald de la Reynie en las mazmorras de palacio. El arisco mutismo del capitán de los mosqueteros me gustaba; nunca me obligaba a hablar ni a ser cortés si no me apetecía serlo.

—¿No os cansáis de ser escandalosa, mademoiselle Bechard? —me dijo un día—. Ahora pasáis vuestras tardes en las mazmorras en vez de en los salones.

—Sí, ¿verdad? No sé qué será lo próximo.

—Salir a cazar, quizá.

—Es un pasatiempo horroroso matar jabalíes por placer.

—¿Haceros protestante?

—No estaría mal.

Gérald de la Reynie dejó ir una escasa sonrisa que apenas podía ser considerada como tal.

Me sentía bien acompañada por su carácter adusto.

Nunca me contaba qué hacía en los calabozos con los prisioneros de la corona y yo nunca preguntaba.

Una vez intenté sonsacarle quiénes eran sus espías en la corte, pero, por supuesto, se negó en rotundo a decírmelo.

Una de las muchas tardes que compartimos, le pregunté por Philippe.

—¿A qué os referís?

—Vos sois un hombre de acción. ¿Creéis que el duque de Orleans estará bien?

Y me repitió lo mismo que me había dicho Lucille:

—Si alguien puede salir intacto de una guerra, ese es Monsieur .

Por alguna razón, aquello me consoló y me aferré a la idea de que, si alguien podía caer de pie sin un solo rasguño, ese era, sin duda alguna, Philippe.