Philippe XI
L a mañana en que tenía que partir hacia el frente neerlandés, me miré en el espejo.
Sobre mi traje militar llevaba el peto de acero con las tres flores de lis grabadas en él.
La banda de seda azul real atravesaba mi pecho.
El reflejo me devolvió la imagen del duque de Orleans que marchaba a la batalla para traer gloria a Francia, pero en mi mirada no vi orgullo ni valentía. Tan solo fatalidad.
—Todo está listo, alteza —me informó Bontemps.
Me asomé a la ventana para comprobar que gran parte de la corte había sido convocada en el Patio de Mármol para despedirme.
Ahí estaba mi hermano, junto a la reina y todos los ministros.
Busqué con los ojos la única presencia que en realidad me importaba y no la encontré.
La ausencia de Aurore me golpeó como un fatal cañonazo.
—¿Alteza?
—Sí.
—Los mosqueteros os aguardan para escoltaros en vuestro camino al frente.
—¿Dónde está mademoiselle Bechard?
El ayuda de cámara pareció sorprendido por mi inoportuna pregunta.
—En su habitación o en el dispensario, con toda probabilidad.
—Esperadme en la Gran Escalera de los Embajadores. Iré enseguida.
Bontemps negó con la cabeza ante mi enésima excentricidad, pero lo que pensase o dejase de pensar no me importaba en absoluto .
La busqué en su nueva habitación, contigua a la del rey, y también en el dispensario.
Atravesé todos los salones vacíos y me asomé a los jardines, sin encontrarla.
No podía irme sin hablar con ella una última vez.
Si caía en el frente, necesitaba decirle todo lo que guardaba en mi corazón y que jamás dudase de cuánto la necesitaba y cuánto la amaba.
Solo entonces me di cuenta de dónde la hallaría.
Empujé la puerta de su antiguo aposento, frente al mío, en los Apartamentos del Príncipe. Allí estaba, mirando por la ventana que daba al Patio de Mármol.
—No me obliguéis a bajar ahí abajo para despedirme de vos —dijo, dándome la espalda.
—Aurore.
—No. Me niego —sacudió la cabeza, tozuda—. Me niego a desearos suerte en vuestra guerra.
—Mírame, ma petite furie .
Haciendo un verdadero esfuerzo, Aurore volteó la cabeza. Sus bonitos ojos de miel estaban húmedos, repletos de lágrimas que aún no había derramado. Lágrimas por mí.
—Es algo que debo hacer.
—Pues hacedlo.
—Pero no puedo hacerlo sin despedirme de ti.
—Ponedmelo más fácil, alteza.
—Llámame Philippe —le pedí. Ella negó con la cabeza otra vez y yo supliqué—: Por favor.
—Si os llamo por vuestro nombre, sé que me romperé y no os dejaré marchar.
Nos quedamos en silencio. Quería abrazarla y besarla. Una última vez, pero era del todo inapropiado y yo había hecho una promesa por la vida de Louis que no pensaba romper. Lo que sí podía hacer era ser sincero. Sincero del todo.
Tomé aliento.
—Solo quiero que sepas que, de todas las personas que he conocido en mi vida, eres la única que me ha hecho plena y ridículamente feliz.
Que en cada conversación que he tenido contigo, cada vez que has sido mía y yo he sido tuyo, he tocado el cielo con los dedos.
En todos los sentidos. Y, si caigo en batalla, mi último pensamiento y mi última sonrisa serán para ti, Aurore Bechard.
Se llevó las manos a la cara y su cuerpo se agitó de dolor.
—Marchaos ya, por favor —rogó.
—Déjame mirarte.
Aurore se apartó las manos y aguantó mi mirada en silencio, mientras yo memorizaba cada rizo rubio, cada agitada pestaña, cada peca de sus mejillas, cada curva de su cuello, cada lunar de sus brazos.
La luz del sol incidía en sus tirabuzones y me di cuenta de cómo iba a envidiar aquellos rayos solares que acariciarían su cabello en mi ausencia.
—Echaré de menos el sol de tu cabello.
—Y yo echaré de menos las estrellas que se esconden en tus ojos… —Tragó saliva—. Philippe.
Mi nombre en sus labios me hizo feliz.
Entonces, sacó la daga con el escudo de la casa de Orleans que yo le había entregado semanas atrás para su protección y cortó uno de sus rizos, que me alargó con la mano temblorosa.
Yo lo tomé y, cuando mis dedos rozaron los suyos, tuve la tentación de olvidar la guerra y quedarme con ella, subirla a un caballo y huir lejos, muy lejos de la corte, de Versalles, de mi hermano y de todo lo que nos impedía estar juntos.
—Volved a mí, duque de Orleans, o me aseguraré de iros a buscar al mismo infierno en el que el diablo os espera para haceros pagar por todos los pecados cometidos.
Sonreí un poco, guardándome su rizo dentro del peto de acero.
Aurore, de pie frente a la ventana, no apartaba la mirada de mí, pero ya no había más palabras que intercambiar entre nosotros.
Todo lo que se debía decir ya se había dicho y aun así, sentía que faltaba algo, como si este último encuentro no pudiera hacer justicia a la enormidad de lo que estaba dejando atrás: la imposibilidad de nuestro amor, un vínculo sagrado que ni siquiera la guerra podría romper, pero que las circunstancias que nos separaban no dejaban florecer.
Al fin y al cabo, nosotros siempre habíamos pertenecido a las sombras.
Sus ojos áureos lo decían todo: miedo, dolor, amor, resignación, y tuve que alejarme de ellos. Me giré hacia la puerta, incapaz de contemplarla ni un segundo más, pero justo cuando puse la mano en el pomo, escuché su voz, convertida en apenas un murmullo.
—Philippe.
Me detuve, sin girarme, dejando que el sonido de mi nombre en sus labios fuera lo último que escuchara antes de marchar. Era lo que necesitaba para reunir el valor necesario y dar el siguiente paso hacia lo que me esperaba.
Salí del cuarto sin volver la vista atrás, sabiendo que si lo hacía, no sería capaz de seguir adelante.
La Gran Escalera de los Embajadores estaba llena de rostros expectantes cuando descendí por ella para salir al Patio de Mármol.
Los nobles, los sirvientes, los guardias: todos sabían que el duque de Orleans partía hacia la guerra y, aunque la mayoría me sonreían y me ofrecían sus mejores deseos, sus gestos estaban vacíos para mí.
Las verdaderas despedidas ya se habían hecho y lo único que me quedaba era cumplir con mi deber.
Cuando llegué al Patio de Mármol, la escena era tan solemne como la había imaginado.
Louis, en todo su esplendor regio, se encontraba al frente de la comitiva de despedida.
A su lado estaba la reina, con su abultado vientre de embarazada y, tras ella, los ministros que le habían insistido a mi hermano para no dejarme ir al frente.
Louis se acercó, su mirada seria fija en mí, pero con esa leve suavidad que reservaba solo para su familia más querida.
—Hermano —dijo en voz baja, para que solo yo pudiera escucharlo—. ¿Estás listo?
—Lo estoy.
«Llevo toda mi vida preparándome para esto».
Él era consciente de mi agitado estado emocional, aunque nunca lo diría en voz alta frente a los demás.
El peso de nuestro estatus público nos mantenía en una distancia que ninguno de los dos podía permitirse romper.
En este momento, yo era el duque de Orleans, el príncipe de Francia, no su hermano menor. Ambos conocíamos bien nuestros papeles.
—Ten cuidado, Philippe. Francia necesita a sus héroes, pero yo necesito a mi hermano. Vuelve con vida.
Sonreí levemente, con una tristeza que él no podía entender del todo.
Louis me abrazó, en un gesto inesperado que rompía todo protocolo y que me pilló por sorpresa. No era habitual en él mostrar afecto en público; quizá sabía que esta despedida era diferente.
La guerra, a pesar de todo, no perdonaba ni a los príncipes.
—Traeré gloria a Francia, en tu nombre —le prometí.
Mi hermano asintió, sin decir nada más, y yo subí a mi caballo mientras los mosqueteros se preparaban para escoltarme.
El clamor de la corte resonaba a mi alrededor, pero todo parecía desvanecerse en el momento en que el dorado portón principal del palacio se abrió y me enfrenté al horizonte desconocido que me llevaría tan lejos de todo cuanto había conocido.
Lancé una última mirada a la habitación que había sido de Aurore en mis Apartamentos del Príncipe y ahí estaba ella, contemplando mi marcha desde la ventana.
No me paré a pensar en lo que hacía frente a los cientos de ojos que me observaban. Busqué con mi mano enguantada el rizo rubio que me había entregado y lo levanté frente a ella para besarlo. Luego, lo guardé como la joya más preciada y espoleé a mi caballo.
El frente me aguardaba, pero mis pensamientos estaban con Aurore.