Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore X
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Aurore X

E l acto de Louis en el Patio de Mármol devolvió a la corte mis simpatías, aunque fueran fingidas. De pronto, las damas buscaban mi compañía y mis favores, pero yo ya estaba escarmentada de todas aquellas máscaras que escondían inquina y rehuía de la vida ociosa de Versalles.

Louis, sabiendo de mi reticencia a visitar los salones, me dio libertad para pasar mi tiempo libre en la Biblioteca Real, que ordenó cerrar para mi uso y disfrute privado.

Eran los mejores momentos del día, además de los que pasaba en el dispensario o paseando con Lucille de Valois.

Luego, la noche llegaba y Louis se colaba en mi habitación.

Su presencia era un bálsamo que me hacía olvidar la jaula de oro en la que estaba atrapada hasta que la reina diera a luz.

La única amistad que yo consideraba verdadera, la de Lucille, también era un oasis de paz en medio de aquella corte traicionera que no dudaría en echarme a los cerdos si Louis no los hubiera obligado a respetarme y tratarme con dignidad.

Me refugié en ella. Con el paso de las semanas, había llegado a considerarla como a una hermana pequeña, la que jamás había tenido.

Teníamos el mismo sentido del humor, y compartíamos una historia trágica, puesto que los padres de Lucille estaban enfermos de demencia desde hacía años.

Su hermano Stéphane la había mandado a Versalles en busca de un buen marido, pero Lucille se había entregado a una vida de libertinaje y diversión a la que no tenía intención de renunciar por matrimonio alguno.

Aquella rebeldía suya me hacía quererla mucho más, quizá porque me recordaba a la de Philippe .

Desde que mi identidad real se había revelado, Lucille no hacía más que interesarse por los remedios médicos que yo había aprendido a lo largo de mi vida y pasaba algunas tardes conmigo en el dispensario, para luego desplazarnos a los jardines y dar un último paseo antes de la cena.

Aquella costumbre, que había compartido solo con Philippe y que ahora disfrutaba en compañía de Lucille de Valois, me hacía sentir un poco mejor cada día.

—Menos mal que los nobles ingleses han partido ya hacia el arzobispado de Colonia. No podría haber soportado a mi amante ni una noche más.

Paseábamos bajo el suave sol de la tarde, charlando de los últimos acontecimientos que habían agitado la corte.

Los jardines de Versalles estaban llenos de vida otoñal; la brisa hacía ondear los follajes ocres y el aire era revitalizante.

Pronto estarían cubiertos de nieve. Y la llegada del invierno significaba también mi libertad.

—Qué maligna eres, Lucille.

—Y tú qué buena eres, Aurore.

—No comparto esa opinión.

—Si no fuera así, no serías la favorita del rey.

—Por favor, no me llames así. Lo odio.

—¿Por qué? Es el mayor honor que una dama…

—Pero yo no soy una dama. Y ser amante de un rey no es el mayor honor al que pueda aspirar una mujer, en mi opinión.

—Amiga mía —sonrió Lucille, estrechándome el brazo con cariño—. Se entiende perfectamente el enamoramiento de nuestro Rey Sol por ti.

No contesté a eso, deseando que cambiara de tema.

—La corte está más animada últimamente, ¿no te parece? —comentó, mientras nos dirigíamos a la explanada del Gran Canal.

—Animada, sí, pero el veneno sigue corriendo por las venas de todos esos nobles, aunque ahora lo disimulen mejor —contesté, sabiendo que ella comprendería mi desconfianza.

—Es verdad —asintió Lucille—, pero al menos su majestad les ha cortado las alas. Nadie te molestará por ahora.

—Sí, por ahora, tú lo has dicho —murmuré.

Había aprendido a las malas que en Versalles la paz nunca duraba demasiado y mucho menos para alguien como yo, una plebeya en medio de la corte más peligrosa y traicionera de todas.

Cuando llegamos al Gran Canal, nos encontramos con Philippe y su grupo de amigos, practicando con la espada, lo cual era extraño a aquellas horas tardías. Solía ejercitarse durante la mañana, cada día, pero nunca al atardecer.

Mis ojos no pudieron evitar buscar la grácil figura del duque de Orleans.

Su espada cortaba el aire con precisión en una danza mortal que él dominaba a la perfección.

Verlo batallar con sus compañeros de refriega era hipnótico.

Philippe tenía una presencia magnética a la que no podía resistirme, incluso después de todo lo que había sucedido entre nosotros.

Y lo echaba de menos como el aire para respirar.

—De entre todos los hombres que viven bajo este techo, creo que Monsieur es el más hermoso de todos. Lástima que no prodigue sus afectos a las mujeres —comentó Lucille, a mi lado.

No la contradije. Philippe prefería que la corte pensase eso de él, por motivos que yo no comprendía del todo, y me cuidaba mucho de no revelarle a nadie el secreto de que, tan solo unas semanas atrás, él y yo nos habíamos enredado entre las sábanas una y otra vez, y me había hecho gemir y gritar hasta el paroxismo.

Por mucho que confiase en Lucille, ese secreto que era solo de Philippe y mío no saldría nunca a la luz.

—Sí, una lástima —convine, sin más.

—He escuchado ciertos rumores de lo más sorprendentes —dijo Lucille con tono más serio—. Dicen que Monsieur se va a la guerra.

Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies y abría sus fauces para tragarme.

—¿Qué...? —mi voz apenas fue un susurro. El mundo a mi alrededor pareció difuminarse y todo lo que quedaba era la imagen de Philippe, con la espada en mano, entrenando como si ya estuviera en el campo de batalla .

—Es casi seguro, al parecer —continuó mi amiga, sin advertir del todo mi creciente angustia—. Su majestad lo enviará al frente muy pronto y parece que nuestro querido duque de Orleans está decidido a ir.

El corazón me dio un vuelco al imaginar a Philippe en medio de una batalla.

La idea de perderlo de nuevo, esta vez para siempre, me ahogaba.

No podía permitirlo. No podía simplemente quedarme quieta mientras lo enviaban a una muerte segura, mientras arriesgaba su vida en una guerra que no era la suya.

—Debo hacer algo —dije, sin pensar. Mis pies ya habían comenzado a moverse, alejándome de Lucille, que me miraba sorprendida.

—Aurore, ¿adónde vas? —preguntó ella, pero no llegué a responder.

No tenía tiempo que perder. Corrí por los jardines, sorteando a los criados y nobles que se cruzaban en mi camino. Mi único pensamiento era llegar a Louis. Solo él podía detener esto.

Solo él tenía el poder de evitar que Philippe fuera enviado a la guerra.

Irrumpí en el Gabinete del Consejo sin importarme las miradas horrorizadas de los ahí presentes.

Louis estaba allí, rodeado de sus hombres de confianza, discutiendo sobre asuntos de estado.

En cuanto me vio, su expresión cambió de la concentración al enfado al ver que sus continuas advertencias sobre mi poco acato al protocolo no habían arraigado en mí.

—Aurore, sabéis perfectamente que esto no es apropiado —dijo el Rey Sol, molesto por mi interrupción.

—¡Apropiado, apropiado! —exclamé, tan angustiada como furiosa— ¡No podéis…!

—Basta, mademoiselle Bechard.

—No. Hablaréis conmigo ahora.

La ira de Louis se vio reflejada solo en sus ojos y, por un momento, temí por mi cuello.

—Señores, ¿podrían disculparnos unos minutos?

Los ministros se miraron entre sí, claramente incómodos por mi inoportuna presencia. Algunos de ellos murmuraban en voz baja mientras abandonaban el Gabinete, pero a mí no me importaba nada de lo que pudieran pensar acerca de mi conducta.

En cuanto nos quedamos solos, Louis negó con la cabeza mientras me decía:

—Aurore, te he repetido mil veces lo poco apropiado de tus irrupciones mientras estoy reunido.

—No me importa lo que sea apropiado o no —dije, aún jadeando por la carrera que me había traído hasta ahí—. Louis, no puedes enviar a Philippe a la guerra. Te lo suplico, no lo hagas.

—¿Eres consciente de lo que me estás pidiendo? —preguntó, sorprendido por mi petición—. Le he dado mi palabra a Philippe.

—Me da igual. Retira tu palabra.

—No puedo.

—¡Sí que puedes! Eres el Rey Sol y tu palabra es ley.

—No temas por mi hermano, es un hombre capaz. Sabrá cómo cuidarse en el campo de batalla.

—Me trae sin cuidado. Como si fuera la encarnación misma de Carlomagno.

—Aurore…

—Por favor, Louis. Te lo ruego —dije, desesperada—. Es… es Philippe. No puedo soportar la idea de que algo le suceda. No puedo perderlo. A él, no.

Me observó en silencio durante unos segundos, evaluándome con su mirada, y supe que en ese momento estaba intentando decidir si me veía como la mujer con la que compartía su lecho o como alguien que simplemente quería proteger a su hermano.

Quizá ambas cosas. Me daba igual; lo único que me importaba era que cediese a mi ruego .

—Aurore, Philippe es mi hermano, pero también es un príncipe de Francia. No puedo detener el curso de los acontecimientos solo porque le aprecies. —Sus palabras fueron suaves, pero llenas de una verdad que me golpeó sin compasión—. La guerra es inevitable.

—¡Es tu único hermano! —exclamé, sintiendo que las lágrimas amenazaban con asomarse—. Louis, por favor, no lo hagas. Si le amas, si me amas, si sientes algo por mí… te lo suplico. Nunca te he pedido nada. Nada. Solo esto: no envíes a Philippe a la guerra.

Hinqué ambas rodillas en el mármol, ante él. Hubiera lamido el suelo que Louis pisaba si con eso le hubiera hecho cambiar de opinión.

—Por favor, concédeme esta gracia. Si me quieres como dices quererme, no me prives de Philippe.

Su mirada me confirmó que no iba a claudicar ante mí, por lo que le ofrecí lo último que tenía en mi poder: mi libertad.

—Aceptaré un título nobiliario, tal y como siempre has querido para mí, y me quedaré contigo en Versalles hasta el día en que dejes de desear mi compañía.

Louis parecía estupefacto ante lo que le ofrecía.

—¿Todo por amor a mi hermano?

—Todo.

Me tomó de las manos y me obligó a ponerme en pie. Su contacto podría haber sido reconfortante en otro contexto, pero en ese momento solo me pareció un consuelo vacío. Su expresión se suavizó, y por un instante creí que podría convencerlo.

—¿Tanto le amas?

—Sí —dije, con simple sinceridad.

—Hay escasas cosas en la vida que no te entregaría, Aurore, para hacerte feliz.

Pero por encima del afecto que te tengo, está el que prodigo a Philippe —dijo, con esa calma impenetrable que tanto me frustraba a veces—.

Le di mi palabra y pienso cumplirla: no privaré a mi hermano de aquello que siempre ha anhelado.

«Entonces, estoy muerta en vida», pensé, derrotada.