Philippe X
E nterrar a Henriette fue menos doloroso de lo que había imaginado.
Lo más complicado fue explicarles a nuestras dos hijas que nadie volvía de la muerte y que yo no podía quedarme con ellas para ofrecerles consuelo alguno.
Lo único que me alivió fue comprobar que crecían bien y que eran relativamente felices con su vida en Saint-Germain.
Lambert Bechard me aseguró que ambas estaban sanas, sin ninguna dolencia más allá de las típicas de su edad, y eso me tranquilizó.
—Hice todo lo que estuvo en mis manos para salvar a su alteza la duquesa de Orleans, pero…
—No son necesarias las explicaciones. No os guardo ningún rencor, señor Bechard —le aseguré al tío de Aurore.
Luego estreché entre mis brazos a Anne Marie y Marie Louise. Mi hija pequeña era la viva imagen de Henriette, pero Marie Louise había heredado mi cabello negro y también mis ojos añiles.
—Portaos bien, siempre —les indiqué y luego bajé la voz para que solo me escuchasen ellas dos—. O casi siempre.
Ambas estaban tristes por la pérdida de su madre, pero logré hacerlas reír un poco.
Me contentaba con eso. Anne Marie me hizo una perfecta reverencia como la joven dama que era y Marie Louise, más traviesa, me despidió con un sonoro beso en la mejilla.
Prometí visitarlas en cuanto mis compromisos me lo permitieran.
Durante nuestro corto viaje a Saint-Germain, Louis no volvió a sacar el tema que habíamos estado discutiendo minutos antes de que él sucumbiera al serpentio y yo no se lo recordé.
Había jurado no engañarlo nunca más y esa era una promesa ante Dios que no pensaba quebrantar.
Si volvía a preguntarme acerca del secreto que le escondíamos Aurore y yo, me vería obligado a ser sincero con él, pero no volvió a mencionarlo.
Lo único que me preguntó fue:
—¿Puedo pedirte que reconsideres tu petición de ir al frente?
—No, no puedes.
No dijo nada más al respecto. Me sentí agradecido por ello, así como por la delicadeza de no mencionar un futuro matrimonio para mí.
Sabía que, como príncipe, no podía quedarme soltero durante demasiado tiempo y que me había convertido de nuevo en una pieza valiosa para las relaciones diplomáticas que Louis establecía a todo lo largo y ancho de Europa, pero era incapaz de pensar en casarme de nuevo por obligación. No podía y no quería.
—Odio el hecho de saber que no pasarás las Navidades con nosotros, y que tampoco estarás presente en el nacimiento de mi hijo.
—Mándame un retrato. Aunque, siendo sincero, todos los bebés son igual de feos y llorones. No sabría encontrar la diferencia entre un posible heredero al trono y el sobrino berreante de Bontemps.
Louis rio.
—Me alegra comprobar que vuelves a ser tú mismo.
No contesté a eso. No volvía a ser yo mismo; quizá jamás lo sería. Había un antes y un después tras terminar con la vida de un hombre. Sentía que una parte de mí había cambiado para siempre y que nunca la recuperaría del todo. Pero había hecho lo que debía: proteger a Louis. Lo demás no importaba.
En el viaje de vuelta a Versalles, Louis me habló de su intención de acallar los rumores que giraban alrededor de Aurore.
Como había sido de esperar, Madame de Montespan había hecho saltar la liebre respecto a su identidad.
Louis, debido a que su nombre se había visto envuelto en el Asunto de los Venenos, le había dado a elegir entre una celda en la Bastilla o recluirse en el convento de las Filles de Saint-Joseph, en París.
Ella había elegido retirarse a una vida monástica y aceptar su derrota.
Por supuesto, había sido todo un escándalo que una favorita del rey estuviera ligada a un alquimista como Le Sorcier .
Por una vez, las habladurías no giraban alrededor de mi persona y de mis indiscreciones.
—Deseo recompensar a Aurore por lo que ha hecho y que recupere su posición en Versalles —me dijo mi hermano.
Negué con la cabeza.
—No aceptará ningún título, Louis. No quiere nada de eso.
—¿Y qué quiere, entonces?
«Eres su amante, deberías saberlo», pensé con resquemor, pero me obligué a sonreír.
—Dejar Versalles y regresar a París para seguir ejerciendo la medicina y continuar ayudando a las mujeres, como lleva haciendo toda su vida.
—No estoy dispuesto a renunciar a ella —se negó en redondo mi hermano.
—Qué sorpresa —chasqueé la lengua.
—Podrías ofrecerle esas tierras sin dueño que tienes junto a Saint-Cloud…
—No las querrá, Louis. Parece que no la conoces.
—Tan solo deseo recompensarla por todo lo que ha hecho por nosotros.
—En ese caso, pregúntale a ella.
Louis abandonó el tema y yo di gracias a Dios por ello.
No quería seguir hablando de Aurore. Me dolía demasiado el simple hecho de pronunciar en voz alta su nombre.
Me recordaba que había renunciado voluntariamente a una de las personas que más había amado en toda mi vida, la que me había vuelto loco de remate, la que me había hecho desfallecer de deseo, la que me hacía estallar en risas.
Y había renunciado a ella por lealtad a la otra persona que más amaba en toda mi vida .
Ahora no me quedaba nadie: había perdido a Henriette, alejado a Thibaut y asesinado a Oliver. En toda mi existencia jamás había estado tan solo como en aquel momento.
Por suerte, la guerra aguardaba mi llegada. Y no podía esperar a marcharme en busca de su abrazo.
Cuando hinqué la rodilla frente a Aurore, me sentí un poco yo mismo de nuevo.
El acto de inclinarme ante ella fue un gesto de reconocimiento.
Mi rodilla derecha tocó el mármol frío y, en ese instante, sentí algo parecido a la redención.
Como si con ese pequeño gran gesto estuviera expiando todos los pecados que había cometido con Aurore a espaldas de Louis.
«Siempre voy a estar enamorado de ti. Siempre voy a anhelarte. Y siempre voy a echarte de menos», le dije en silencio, inclinado ante ella.
Aurore me miraba, desconcertada, sus ojos atrapados entre la incredulidad y la incomodidad de ser la protagonista de aquel inesperado momento que mi hermano había puesto a sus pies.
No podía entender lo que yo le decía sin palabras, pero era mi forma de pedirle perdón por haberla apartado de mi lado y por estar a punto de abandonarla en medio de aquella corte de serpientes.
Cuando le llegase a sus oídos la noticia de que me marchaba a la guerra, la devastaría.
Confiaba en que la compañía de mi hermano fuera consuelo suficiente para ella.
Por suerte, no me quedaba mucho tiempo en Versalles: partiría en cuanto las tropas estuvieran listas.
—A veces me pregunto si esta guerra es solo una excusa para escapar —me dijo mi hermano días antes de mi partida hacia el frente.
—¿Escapar de qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—De la culpa que sientes .
Louis siempre había sido astuto, desde luego. Y sí, me conocía bien.
—No hay culpa con la que debas cargar, Philippe. Hiciste lo que se esperaba de ti. Tú y yo nacimos formando parte de algo más grande que nosotros mismos y eso es la corona de Francia. Nuestras vidas nunca nos han pertenecido. ¿Entiendes eso?
—Siempre lo he entendido.
—No, no siempre. Llevas rebelándote contra ello desde que empezaste a andar.
Nunca he sabido cómo hacerte feliz, Philippe, porque nunca pareces aceptar que no eres un hombre común, que naciste príncipe y que tu vida está al servicio de Francia.
Ni todas las fiestas, trajes o amantes que has disfrutado han logrado satisfacerte.
—Porque solo te he pedido una cosa desde que era niño y tú siempre me la negaste.
—No puedes culparme por no querer enviar a mi único hermano a la guerra.
—Es lo único que me queda —dije.
Louis asintió, aunque no estaba convencido de dejarme marchar. Nada de lo que dijera me haría cambiar de opinión, y él lo sabía. Ambos habíamos elegido nuestros caminos.
—Tienes razón. Quizá la guerra sea lo único que nos quede a ambos.
—No te preocupes. Traeré gloria a Francia, en tu nombre.
—No dudo que lo harás. Solo prométeme que no te situarás en primera línea de batalla, Philippe.
—Mientras te debatías entre la vida y la muerte, le hice una promesa a Dios: no engañarte nunca. Y lo que me pides es una promesa que contradice la que le hice a Dios.
Me alejé de él, incapaz de seguir con esa conversación. Las palabras no podían sanar lo que estaba roto dentro de mí, ni devolverme lo que había perdido.
—Que así sea, pues —me concedió mi hermano, con un suspiro derrotado—. Philippe de Orleans irá a la guerra.