Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore IX
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Aurore IX

E l regreso de Louis a la vida de Versalles fue celebrado por todo lo grande. Aún necesitó una semana para recuperar del todo las fuerzas, pero era joven y su cuerpo fuerte, y volvió a ocupar su lugar en la corte como si nada hubiera pasado.

Excepto que sí habían ocurrido cosas.

El fallecimiento de Henriette había dejado a Philippe taciturno y dolido, encerrado en sí mismo, y cuando Louis retomó sus funciones, ambos partieron a Saint-Germain para enterrar a la princesa con la que se habían criado desde niños.

No llegó a trascender más allá del círculo íntimo del rey que había sido el duque de Orleans quien había terminado con la vida del barón inglés en el pabellón de caza. Philippe no me lo contó, Louis, sí.

La muerte del barón Ward terminó con los envenenamientos por serpentio.

Gérald de la Reynie vino a verme una tarde al dispensario y me informó que el nombre de Oliver nunca apareció en la lista de Le Sorcier , pero que igualmente Louis había mandado arrestar a todos los nobles vinculados a los servicios de Manadou, por temor a que formasen parte de la Nueva Fronda.

—¿Sospechasteis en algún momento de Oliver Ward?

—Tanto como del resto de ingleses, pero supuse que por su cercanía a Monsieur jamás se atrevería a tanto. Sea como sea, destaparé esta conspiración hasta sus cimientos.

—Bien. Si necesitáis mi ayuda…

—No. Creo que ya tenéis suficiente con lo que se os ha venido encima.

—Sí, supongo que sí —suspiré, apartando un pergamino en el que estaba escribiendo todos los síntomas del serpentio y dejando bien anotado el tratamiento que había ayudado a Louis a superar la intoxicación—, pero al fin y al cabo, teníais razón vos, Gérald: Athénaïs de Montespan no es una conspiradora de la Nueva Fronda.

—No, tan solo una mujer estúpida que le compra a un brujo elixires de amor para reconquistar al rey.

—Un acto que ha terminado para siempre con su vida en Versalles —dije, cansada.

La caída en desgracia de Athénaïs de Montespan por su asociación con el “Asunto de los Venenos”, tal y como se refería la corte a los acontecimientos de las últimas semanas y a la detención del alquimista Manadou, trajo consigo algo con lo que yo ya contaba: mi identidad plebeya fue hecha pública por la Montespan antes de retirarse a un convento.

—¿Cómo logró averiguarlo?

Gérald de la Reynie se encogió de hombros.

—Los recursos de Madame de Montespan para interesarse por todos los chismes y habladurías son legendarios, mademoiselle Bechard.

—Creo que ya no es necesario que me llaméis así, capitán.

Él dibujó una escasa sonrisa en su rostro.

—Sea como sea, debería plantearme contratar a esa mujer como espía —comentó—. Es posible que ella hubiera cazado al barón inglés antes que yo.

—Teniendo en cuenta los gustos íntimos de Oliver Ward, lo dudo mucho. Jamás lo vi mirar a una mujer con deseo. Ni siquiera a una tan bella como Madame de Montespan.

Me levanté y me acerqué al capitán de los mosqueteros, quien parecía cargar con la culpa de no haber podido detener al barón Ward a tiempo.

—No fue culpa vuestra, Gérald. Oliver Ward solicitó audiencia al rey a última hora para pedirle un puesto de embajador en Versalles y su majestad se lo concedió a pesar de que no estaba en su agenda.

Por eso no pudisteis saber que se había reunido con él a media tarde el día que cayó envenenado.

Ni siquiera Bontemps sabía de ese encuentro.

—Es posible que ese descuido imperdonable me cueste el trabajo.

—Louis nunca os retiraría de vuestro cargo.

—¿Louis? —sonrió—. ¿Sabe su majestad que os referís a él por su nombre?

Enrojecí y eso hizo soltar una leve carcajada al capitán de los mosqueteros.

—Os dejo a vuestras tareas, mademoiselle. Habéis resultado de gran utilidad en este contratiempo, pero espero no tener que solicitar vuestra ayuda nunca más.

—Yo también lo espero, Gérald.

Me saludó con un leve toque de sombrero y desapareció por los corredores en dirección a los calabozos.

Volví a quedarme sola. La revelación de mi verdadera identidad y de mi oficio había provocado un auténtico escándalo entre los nobles: no solo habían jugado a las cartas y bebido vino en compañía de una plebeya, sino que esa misma plebeya había atendido a la reina en su embarazo y el rey la había tomado por amante. Sí, un auténtico escándalo.

Como resultado, las damas se negaban a hablarme cuando acudía a los salones, así que dejé de hacerlo.

De todas formas, ya no era necesario fingir que era una aristócrata.

No echaba de menos perder horas y horas chismorreando con el resto de damas.

Lo que sí añoraba eran los paseos vespertinos con Philippe.

Hablar con él, escucharle reír, el tacto de su brazo bajo el mío, su paso elegante.

Había intentado hablar con el duque de Orleans en varias ocasiones, pero me había apartado de su lado y, tras varios intentos frustrados, claudiqué.

No me quería cerca de él y debía aceptarlo, aun con el dolor que me provocaba su distancia y ahora, su ausencia. Era insoportable.

Por suerte, en un par de meses la reina daría a luz y yo podría irme para siempre. Lejos de Versalles, de Louis y de Philippe, lejos de la confusión que el afecto de ambos me provocaba .

—¿Qué haces aquí, así vestida? —me dijo una voz familiar—. ¿No sabes que hace una bonita tarde de otoño para salir a tomar el aire?

—Una plebeya no pasea por los jardines de Versalles, mademoiselle de Valois —sonreí mientras terminaba de recoger el dispensario.

Lucille era de las pocas personas que no me habían dado la espalda al conocer mi origen humilde, quizá porque ella misma provenía de la baja nobleza rural gascona y muy pocos estratos la separaban de mí. Además, mi única amiga disfrutaba llevando la contraria y yo la apreciaba por ello.

—¿Aún quieres mi ingrata compañía de plebeya?

—¿Bromeas, amiga mía? Tu compañía es todavía más apasionante ahora que sé que eres plebeya.

—Lucille, te encanta escandalizar.

—Sin duda alguna.

—Nunca encontrarás marido si insistes en comportarte así.

—No quiero ningún marido y menos después de lo que le ha ocurrido a la princesa. ¡Pobre Henriette! Es una maldición de Dios la de obligarnos a parir una y otra vez, hasta que nuestro cuerpo se deforma o morimos trayendo vástagos al mundo. No me veré atrapada en eso, no señor.

—¿Ni siquiera con el oscuro capitán de los mosqueteros? —la provoqué, con una sonrisa, y ella enrojeció.

—¿Qué insinuas?

—Insinuo que si Gérald de la Reynie te invitase a visitarlo en sus calabozos a medianoche, sin duda acudirías corriendo y arremangándote las faldas.

—¡Aurore!

—No puedes negarlo, por muchos amantes ingleses que te eches.

Lucille puso los ojos en blanco. Aunque era capaz de hablar de todo sin tapujos, el capitán de los mosqueteros era su máxima debilidad, y se negaba a pronunciar ni una palabra sobre él.

Yo me preguntaba si Gérald era remotamente consciente de la pasión secreta que inspiraba en el corazón de Lucille; lo cierto es que no se le conocían romances y parecía ajeno a las miradas furtivas que mi amiga le dedicaba cada vez que se encontraban en el mismo salón.

—Se ha anunciado el regreso de su majestad y de Monsieur a Versalles y llegarán en cualquier momento. ¿No te apetece ir a recibirlos al Patio de Mármol? —preguntó, cambiando descaradamente de tema.

No estaba segura de querer hacerlo, si bien por otro lado me moría de ganas de volver a ver a Philippe, de comprobar si el funeral de Henriette había dado paz a su alma. Y también necesitaba ver la media sonrisa de Louis. No me dirigían muchas de esas últimamente.

—Está bien —me rendí—. Iremos a recibir a su majestad y a su alteza.

—Pues debes cambiar de vestido, amiga mía. Plebeya o no, nadie con esas pintas puede poner un pie en el prístino Patio de Mármol, o a nuestro venerado Rey Sol le dará un síncope.

Llegaron en el carruaje real. Gran parte de la corte los esperaba en respetuoso silencio.

Louis fue el primero en descender y, al instante, todos los presentes nos inclinamos, como era costumbre ante el rey de Francia.

Su presencia había recuperado todo su poder; su casaca azul cielo resplandecía bajo el sol vespertino y el fajín dorado que ceñía su cintura parecía anunciar que incluso los astros respondían a su divino mandato.

Entonces, Philippe apareció detrás de él, y el impacto al verlo fue como una descarga atravesando mi cuerpo.

Sentí que el suelo bajo mis pies se desvanecía.

Vestido de riguroso negro, Philippe contrastaba con su hermano como la noche frente al día.

Solo los puños de encaje blanco y el delicado jabot rompían la oscuridad de su atuendo, pero no había nada que pudiera disipar la gravedad de su porte.

Ambos caminaban juntos, en una suerte de silenciosa comunión que decía más que cualquier palabra.

Aunque compartían sangre, los dos eran fuerzas opuestas: Louis, la autoridad incuestionable del trono, y Philippe, el enigma oscuro que siempre querría desentrañar.

Los dos eran magníficos a su propia y singular manera.

Pero Philippe... Dios mío, Philippe. Verlo después de tantos días de ausencia fue como un puñal clavándose en lo más profundo de mi pecho.

Supe con una certeza dolorosa que habría renunciado a todo por él.

Por un beso más, por una última noche en sus brazos, habría abandonado mi vida, mi orgullo, mi propia alma.

El único consuelo que encontré fue ver la serenidad que su rostro reflejaba.

Enterrar a Henriette no habría resultado sencillo ni para él ni para Louis, pero estaba claro que el ritual había dado paz a ambos hermanos.

Inesperadamente, Louis se detuvo frente a mí, sacándome de mis pensamientos.

Mi corazón dio un vuelco al ver cómo Philippe lo imitaba, quedándose detrás de su hermano.

No podía apartar mi mirada de él, pero fue el rey quien habló primero y se dirigió a mí frente a toda la corte, que tenía los ojos clavados en nosotros tres.

—Mademoiselle, vuestra ausencia ha sido sentida —me dijo Louis, con una sonrisa contenida y sincera.

—También la vuestra, majestad —contesté. Mis ojos no pudieron evitar buscar los de Philippe—. Y también la de su alteza.

El duque de Orleans no me devolvió la mirada, ni tampoco dijo nada.

—Venid conmigo, Aurore.

El rey, en un gesto completamente desconcertante, me ofreció su mano.

El murmullo de incredulidad entre la multitud fue palpable. ¿Cómo se atrevía el Rey Sol a tocarme en público? ¿A mí, una simple vasalla?

Todo mi ser se tensó, consciente de cada par de ojos que nos observaba, cada chismorreo que este gesto suscitaría entre la nobleza ahí reunida. Aun así, tomé su mano, mientras sentía las miradas posadas sobre mí .

—Soy muy consciente de los rumores que corren por la corte desde mi recuperación —proclamó Louis en voz alta, interrumpiendo el silencio expectante—.

Sé lo que todos habéis murmurado sobre la mujer que salvó mi vida sin esperar nada a cambio y también conozco el desprecio que algunos sentís al descubrir que habéis compartido fiestas, cenas y bailes con una humilde sierva, pero dejadme deciros algo —hizo una pausa, permitiendo que sus palabras calaran profundamente en todos sus vasallos—: esa repulsa dice más sobre vosotros que sobre el bajo origen de Aurore Bechard.

El desconcierto era evidente en los rostros de los presentes y yo me encontraba tan sorprendida como ellos. No tenía idea de hacia dónde se dirigía Louis con aquel discurso.

—Le he ofrecido un título nobiliario a Aurore Bechard en incontables ocasiones —continuó el rey—, y en todas y cada una de ellas, ella lo ha rechazado.

No deseo contradecir su voluntad de seguir siendo parte del pueblo llano de Francia, pero desde este momento y hasta el último de vuestros días, os ordeno que le mostréis el respeto que se ha ganado.

Desde hoy, toda la corte deberá tratar a mademoiselle Bechard con la deferencia y consideración que merece por haber salvado la vida del rey de Francia.

Aquellos que no lo hagan se enfrentarán a mi ira.

Me soltó la mano, pero no me liberó de la intensidad de su mirada. El Patio de Mármol estaba en completo silencio ante las graves palabras de Louis. Nadie se atrevía a moverse ni un ápice.

Entonces, Louis entrelazó las manos frente a él y ordenó con una voz firme que resonó hasta el mismo cielo que teníamos sobre nuestras cabezas:

—Arrodillaos ante mademoiselle Aurore Bechard.

Mi corazón dejó de latir por un segundo. No podía creer lo que acababa de decir. Louis estaba pidiendo que la corte entera se inclinara ante mí, una simple vasalla. Lo que estaba exigiendo de aquellos hombres y mujeres orgullosos que habían nacido nobles era impensable, una humillación .

Durante lo que pareció una eternidad, nadie se movió ni se arrodilló.

Un segundo de tensión insoportable se alargó hasta que Philippe fue el primero en actuar.

Con esa sonrisa canalla que tantas veces había derretido mi corazón, se inclinó e hincó una rodilla en el suelo, frente a mí.

Sus ojos, por fin, se encontraron con los míos y, en ese instante, supe que el Philippe que amaba seguía ahí, detrás de esa máscara de sereno luto.

Y uno a uno, los nobles siguieron su ejemplo. Las capas de terciopelo y satén acariciaban el mármol mientras todos, desde los duques hasta los guardias y ujieres, se arrodillaban ante mí. Era una visión tan inesperada que sentí que el mundo se tambaleaba bajo mis pies.

Solo Louis y yo permanecimos de pie, rodeados de una corte inclinada ante la nueva realidad que él había creado.

—¿Nos retiramos, mademoiselle Bechard? —preguntó Louis, con un destello de diversión en sus ojos azules, completamente consciente del escándalo que acababa de provocar.

No supe qué responder. No había palabras en mi boca para ese momento.

Solo podía asentir y, tomando su mano una vez más, caminar junto a él.

Atravesamos el Patio de Mármol, dejando tras nosotros a toda la corte arrodillada, en lo que sería, sin duda, un momento que marcaría un antes y un después en la historia de Versalles.

Pero mientras avanzábamos, mi mente no podía apartarse de Philippe y de su sonrisa.