Philippe IX
H enriette había muerto.
La princesa con la que había compartido mi infancia, con quien había pasado tantas horas en el château de Saint-Germain y en el Louvre, a quien había prometido que siempre contaría con la protección de mi cuerpo y de mi casa, había muerto.
Y yo no había estado a su lado para acompañarla en sus últimas y agonizantes horas.
El mundo se volvió borroso a mi alrededor y sentí que me hundía en un abismo insondable cuando llegué al final de la carta de Lambert Bechard.
No pude pronunciar palabra alguna durante unos eternos minutos; solo permanecí de pie, paralizado, mientras imágenes de Henriette desfilaban ante mis ojos.
Recordé su risa, su alegría de vivir, los días felices que habíamos compartido antes de que las complicaciones de la vida en la corte nos separaran.
Ella había sido mi amiga antes que mi esposa y, ahora, ya no existía en este mundo.
El dolor me atravesaba el pecho como una espada.
—Alteza, lo siento… —dijo alguien, quizá Aurore o Bontemps, pero no lo sabía con certeza. Todo lo que podía sentir era el devastador vacío que me consumía.
Henriette había fallecido. Louis estaba al borde de la muerte. Todo lo que alguna vez había dado por seguro se desmoronaba a mi alrededor. La promesa que había hecho a Dios ahora pesaba aún más y me aplastaba. No podía perder también a Louis. No lo soportaría. No sobreviviría a un Versalles sin él.
Me dirigí de nuevo a la capilla. No tenía fuerzas para enfrentarme a nadie, ni siquiera a Aurore, cuya presencia había sido mi único consuelo en días recientes.
Caí de rodillas frente al altar, mis manos temblorosas al juntarlas en oración, pero no tenía palabras, no tenía súplicas.
Solo silencio. Un silencio roto por mis sollozos, por la aridez que sentía en cada fibra de mi ser.
—Por favor —susurré al fin, con la voz rasgada por el dolor—. Por favor, no te lo lleves a él también. No me lo quites.
No hubo respuesta, más allá de la oscuridad de la capilla y el frío que sentía en el alma, así que fui a ver a mi hermano, que aún se debatía entre la vida y la muerte, custodiado por Aurore.
—Tú eres el Rey Sol, Louis —murmuré, inclinándome hacia él—. No puedes apagarte. Francia no puede permitírselo y yo tampoco.
Aurore me miraba, pero yo no pude devolverle la mirada. No esta vez.
Luego, escapé a los bosques. Sin más, dejé el palacio, dejé a Aurore, dejé a mi hermano.
Huir era todo lo que podía hacer, perderme en los bosques que siempre me habían dado refugio cuando era niño, cuando el mundo de la corte me asfixiaba con su falsedad y crueldad, y yo necesitaba sentirme libre del peso de mi linaje y de todo lo que se esperaba de mí como príncipe.
El galope de mi caballo alejándose de Versalles resonaba con una furia que igualaba mi propio dolor.
Me adentré en lo profundo del bosque, sin rumbo claro, sin destino alguno.
Solo me guiaba el impulso de alejarme lo más posible de todo.
De todos. El frío aire de otoño me azotaba el rostro y cuando empezó a diluviar, ni siquiera me importó.
Cabalgué sin descanso durante horas y el día dio paso a la noche y seguí cabalgando.
Lo hice hasta llegar al lugar favorito de Louis: un acantilado sobre el río Bièvre, desde el que se podía contemplar el palacio de Versalles en la lejanía.
Ahí me quedé hasta el amanecer, estático bajo la lluvia, observando la oscuridad que envolvía el que había sido el precioso sueño de mi hermano.
Solo cuando el sol apareció por el horizonte emprendí el camino de regreso.
Me sentía un poco más calmado, un poco más racional.
Me repetía que Henriette hubiera muerto con o sin mi presencia y que yo había cumplido con mi deber de mantener a salvo al Delfín y de atender los asuntos del reino en ausencia de Louis.
Una vez más, había puesto a Francia por delante de mis intereses personales.
Así lo había hecho siempre y así sería hasta que muriera y el nombre de Philippe de Orleans se perdiera en las polvorientas páginas de la historia.
«Si es que pasas a la historia, necio», me dijo una voz cruel.
Después de lo que me parecieron horas de montar sin descanso, el pabellón de caza apareció borroso ante mí. Y ante él, una silueta conocida que no esperaba encontrarme ahí, y menos en aquellas tempranas horas de la mañana.
—¿Alteza? —me llamó.
Su presencia no era la que yo esperaba y me recordaba una vez más la clase de sacrificios que había cometido en nombre de la gloria de Francia.
Desmonté y me acerqué a él, aún envuelto en mi propia nube de pena y desesperación. No dije ni una palabra.
—Alteza… —murmuró Oliver Ward, acercándose lentamente—. He escuchado lo de vuestra esposa. Lamento vuestra pérdida.
No contesté. Mi mente estaba demasiado embotada, demasiado llena de caos. Sentí el peso del mundo sobre mí y, en ese momento, Ward era la única cosa tangible a la que podía aferrarme. Sin pensar, lo tomé por la nuca y lo besé, en un torbellino de rabia que deseaba acallar a cualquier precio.
Ward no se resistió a mis avances. Respondió a mi beso con la misma intensidad de siempre.
Mis manos se movieron con rapidez, arrancando ropas y exponiendo su piel al aire frío de la noche, pero mientras mis labios viajaban por su cuello, algo en mí se quebraba aún más.
No encontraba consuelo en ninguna de sus caricias, solo más dolor, más rabia por todo lo que había perdido y sacrificado a lo largo de mi vida. Estaba harto.
Mi mano buscó la suya. Cuando mis labios tocaron sus dedos, un extraño sabor especiado me invadió y tras él llegó un dolor profundo que atravesó mi conciencia como un rayo.
Algo no estaba bien. Algo en ese sabor me resultaba amargo, como un recuerdo no deseado que volvía a aflorar a la superficie.
Ese olor inconfundible, el aroma de especias, de canela y clavo, que había percibido al lado de Louis en cuanto empezó a encontrarse mal.
Y entonces la comprensión cayó sobre mí como un yunque: el serpentio.
Ward, mi amante, era el responsable. Él había envenenado a mi hermano.
Me alejé bruscamente, con el corazón palpitando furioso.
—¿Tú? —Mi voz se quebró en una mezcla de furia y horror.
—Philippe. Hay una explicación —intentó calmarme al ver que había descubierto su secreto.
—¿Una explicación para que hayas atentado contra la vida de mi hermano?
—En la Nueva Fronda creemos que Francia merece un rey mejor que el ególatra y tirano Louis XIV. Ellos quieren coronar al príncipe de las sombras, pero, ahora que te conozco, sé que tú serías mucho mejor que él. Déjame llevarte hasta ellos.
—¿Ante los que han intentado asesinar a Louis?
—Sé que acabarás entendiendo. Tu hermano es un déspota. ¿Por qué no dejar que Philippe VII ocupe su lugar?
—Porque Francia no podría soñar con un mejor monarca que el Rey Sol —escupí.
Mi mano fue rápida, impulsada por una fuerza que no sabía que tenía. Saqué la daga que llevaba oculta en mis ropas desde que habían empezado los envenenamientos y, sin dudarlo, la hundí en su pecho, justo en aquel corazón de traidor que había intentado arrebatarme a mi hermano.
Él soltó un grito ahogado, un sonido desgarrador que reverberó en el aire mientras la sangre manaba de su herida, tiñendo su piel expuesta de brillante rojo.
Me quedé paralizado, atónito por el acto que acababa de cometer.
No era la primera vez que presenciaba la sangre fluir ni que me encontraba en medio de peleas, pero jamás había arrebatado una vida.
La imagen de aquel hombre, a quien había besado solo semanas atrás, desvaneciéndose ante mí, fue como un puñetazo en el estómago .
Ward intentó retroceder y huir de mí, pero su cuerpo no obedeció. Se desplomó al suelo con un golpe sordo, jadeando, mientras sus manos temblorosas se aferraban a la daga que aún se hundía en su carne.
—¿Por qué? —susurré, aunque la pregunta era ya inútil.
Oliver Ward me miró, con los ojos repletos de traición.
Unos labios que tantas veces había besado ahora se abrían, temblorosos, en un último intento de decir algo, pero el sonido quedó atrapado para siempre en su garganta.
Solo me miró, inmóvil, con la vida escapando de su cuerpo, hasta que sus ojos se apagaron y se quedaron huecos.
El pabellón permaneció en silencio, roto solo por el eco de mi respiración agitada. Me arrodillé junto a su cuerpo y observé su rostro. Las emociones se agolpaban en mi pecho: sentía rabia, devastación y pesar. Lo había matado. Al hombre que una vez había sido mi amante.
Miré sus dedos una última vez, esos dedos que habían manipulado el veneno que tenía a mi hermano debatiéndose entre la vida y la muerte, y sentí una oscura satisfacción al comprender que había hecho lo necesario para proteger a Louis.
Aunque esa victoria estuviera teñida de sangre, de muerte y de un dolor que no me abandonaría jamás.
Lo volvería a hacer mil veces, si con eso salvaba la vida de mi hermano.
Permanecí en el suelo junto al cuerpo de Ward durante lo que parecieron horas, incapaz de moverme, incapaz de procesar el abismo en el que me encontraba. El sabor especiado del veneno aún estaba en mis labios. Henriette estaba muerta y ahora Oliver también. ¿Quién sería el próximo en caer? ¿Louis?
Al cabo de un buen rato, me levanté. Busqué entre la ropa de Oliver Ward hasta que encontré un frasco escondido entre las costuras.
Lo miré a la luz del día: era un polvo rojizo.
Al destaparlo, un profundo olor a canela me hizo toser.
Sentí ganas de apuñalar al inglés de nuevo, pero tenía que regresar a Versalles y enfrentar la pesarosa realidad de la que había huido.
Lo dejé ahí, sin preocuparme de que los mozos encontrasen su cadáver.
Ya se encargaría Gérald de la Reynie de cubrirme las espaldas, de hacer el trabajo más sucio, como siempre.
Mientras dejaba atrás el pabellón, el viento frío de la mañana que recién despertaba me azotó el rostro.
Había dejado de llover y el sol brillaba a través de unas finas nubes sobre el cielo de Versalles, espantando a la oscuridad, y fue cuando aquellos rayos de sol me acariciaron el rostro que supe que Louis estaba fuera de peligro.
Puede que yo ya no fuera el mismo hombre que había sido horas antes. Puede que nunca volviera a serlo.
Pero por primera vez en muchos días, sonreí con absoluta sinceridad.
Me recibió en la cama y yo me lancé a sus brazos débiles. Noté su cuerpo más delgado, más enjuto, pero era él. Mi hermano.
—Estás vivo. Estás vivo. Estás vivo —repetí en su oído. Noté cómo me acariciaba el cabello en un gesto que ya había hecho cientos de veces antes, cuando éramos niños y él ejercía su eterno papel de hermano mayor que cuidaba del pequeño.
—Estoy vivo —me confirmó—. ¿Cómo estás tú?
—Bien —mentí.
—Siento lo de Henriette. Prometo que la lloraremos juntos.
Dejé de escucharlo. Busqué con la mirada a Aurore para darle las gracias por salvar a Louis, pero no la encontré. Él pareció adivinar a quién buscaba.
—Está con la reina.
—Probablemente sea para mejor, porque debo contarte algo.
—¿Qué has hecho, Philippe? —se alarmó él.
Busqué dentro de mi ropa hasta dar con el frasco que le había quitado a Ward y lo coloqué entre sus manos, como una ofrenda.
—Oliver Ward —me limité a informarlo.
Louis observó el recipiente, estupefacto.
—¿Cómo…?
—Está muerto — dije—. Hay que mandar aviso a Gérald para que él y sus mosqueteros escenifiquen un accidente o lo que considere necesario para evitar una brecha en las relaciones diplomáticas con Inglaterra.
Imagino que no les sentaría muy bien saber que uno de sus nobles ha sido asesinado por el duque de Orleans.
—Philippe…
—Me quedaré aquí hasta que estés recuperado del todo y puedas asumir de nuevo tus funciones. Luego, iré a enterrar a Henriette.
Él no dijo nada. Aún tenía el frasco en sus manos y me miraba, en silencio.
—Y cuando vuelva de Saint-Germain, tú cumplirás con tu promesa.
—¿Qué promesa?
—La de enviarme a la guerra.
No dijo ni que sí ni que no, pero, por la determinación que brilló en sus ojos azules, supe que cumpliría con su palabra, aunque le doliera dejarme marchar al frente neerlandés.
Y yo haría honor a mi propia promesa: basta de traicionar a mi hermano, basta de verme a escondidas con la mujer que él amaba.
No volvería a engañarlo ni a interponerme en el camino de su felicidad.
Cumpliría con mi deber como príncipe de Francia.
Partiría a la guerra y me olvidaría de que una vez había amado con locura a Aurore Bechard.