Aurore VIII
L ouis abrió los ojos en mitad de la primera noche de otoño.
El verano había sido expulsado por la tormenta torrencial que caía sobre Versalles, con un viento que hacía vibrar los cristales.
El ruido de la lluvia y el viento era ensordecedor, pero en la cámara real solo existía el sonido de su débil respiración.
—¿Aurore? —preguntó, confuso.
—Aquí estoy, majestad —respondí, inclinándome hacia él.
Le aparté un mechón oscuro de la frente y acaricié su mejilla, comprobando su temperatura. Su piel ya no hervía de fiebre y, aunque seguía pálido, había recobrado algo de color.
—¿Cuántos días han pasado? —preguntó con un hilo de voz.
—Casi dos semanas.
—¿El envenenador?
—El capitán de la Reynie sigue trabajando en ello; no ha habido más muertes por serpentio desde entonces.
Louis asintió con cansancio y trató de incorporarse. Lo detuve, presionando suavemente su pecho contra la cama para obligarlo a tumbarse.
—No. Estáis débil aún. Debéis recuperar fuerzas antes de pensar en abandonar el lecho.
—No estoy acostumbrado a recibir órdenes —dijo con un atisbo de arrogancia en sus labios, aunque carente de la fuerza habitual.
—Ni tampoco a estar enfermo —le respondí, esbozando una sonrisa que se sentía tan frágil como el cristal que vibraba por el viento .
Louis suspiró profundamente. Fue entonces cuando llegó la pregunta que yo había temido desde el momento en que abrió los ojos.
—¿Y mi hermano? ¿Dónde está Philippe?
—Quizá debería llamar a Bontemps y… —Intenté apartarme de su lado, buscando ganar tiempo, pero Louis me atrapó la muñeca con sorprendente fuerza.
—¿Dónde está mi hermano? —repitió, mirándome con una intensidad que no pude esquivar. Supe que no podría evitarlo más.
Me senté de nuevo en la cama, incapaz de mirar directamente a sus ojos.
—Esta mañana llegó un mensaje de Saint-Germain —empecé, mi voz llena de pena—. La princesa Henriette sufrió un aborto. Murió anteayer. Philippe no quiso hablar con nadie desde que recibió la noticia y ha… desaparecido.
Louis cerró los ojos con fuerza, como si intentara procesar el dolor de aquella doble tragedia.
—Falta su caballo, ¿no es así?
—Sí, salió cabalgando de las caballerizas reales en dirección a nadie sabe dónde.
—No está desaparecido —dijo Louis, negando con la cabeza—. Philippe conoce estos bosques mejor que nadie; los ha recorrido desde pequeño. Volverá cuando esté listo.
—Gérald de la Reynie ha ordenado salir en su búsqueda.
—No lo encontrarán si no quiere ser hallado. Créeme, siempre hacía lo mismo de niño. Cuando algo lo contrariaba o lo castigaban, tomaba un caballo y galopaba durante horas, perdido en su propio mundo. Volverá cuando pueda enfrentarse a todo esto.
—¿Sabéis dónde puede estar? —le pregunté, sin poder ocultar la ansiedad en mi voz.
—Sí —respondió Louis—, pero prefiero que no lo molesten ahora. Necesita tiempo. Necesita estar solo.
El silencio que siguió fue triste y no me atreví a romperlo. Louis respiró hondo, reuniendo la fuerza necesaria para continuar poniéndose al día de todo lo que había acontecido mientras él se hallaba entre la vida y la muerte.
—Ahora cuéntame lo que ha ocurrido con la pobre Henriette —pidió suavemente.
Quise decirle que el dolor de Philippe no solo era por haber perdido a su esposa y amiga, sino por el imposible dilema en el que tuvo que elegir si permanecer a su lado o cabalgar hasta Saint-Germain.
Tenía el corazón roto y había rechazado cualquier muestra de afecto por mi parte.
Yo había estado presente cuando llegó la breve carta de tío Lambert informando que la princesa había muerto a causa de una hemorragia y una posterior infección que ni él ni ningún galeno de Saint-Germain pudoieron detener.
Había sido testigo de cómo el bonito rostro de Philippe se retorcía de pena por no haber podido estar con Henriette en sus últimos momentos.
Se había encerrado en sí mismo, se había despedido de Louis y luego el bosque se lo había tragado.
—No hay mucho que contar —empecé con cautela—. Los abortos espontáneos son habituales y no sabemos a qué se deben. A veces, estas pérdidas conllevan una infección difícil de controlar. Al parecer, eso fue lo que le ocurrió a la princesa.
Me callé lo que más me reconcomía el alma: que si hubiera estado presente, quizá hubiera podido salvarla de la fiebre puerperal, pero a aquellas alturas todo eran ya suposiciones que no servían de nada.
—Philippe quiso salir corriendo hacia Saint-Germain y Bontemps le recordó su deber de permanecer en Versalles, ¿me equivoco?
Una vez más, Louis demostraba comprender su propio mundo mejor que nadie.
—Así es.
Cerró los ojos una vez más, apretando los puños. Conocía a su hermano y el peso de la decisión de Philippe no podía ser más evidente para él.
—Él es príncipe de Francia —susurró Louis, con la voz quebrada—. Philippe sabe cuál es su obligación, tal y como lo sé yo. Hizo lo correcto quedándose en Versalles .
Sentí que estaba a punto de echarse a llorar y quise consolarlo, pero sabía que nada podría aliviar el dolor que compartían. El Rey Sol, fuerte y ungido por Dios, ahora se enfrentaba a una realidad en la que su poder no podía reparar lo que el destino había destruido.
—Sí, lo sabe —dije, tomando su mano con delicadeza—, pero no por eso deja de tener el corazón roto, Louis.
Este no respondió. Estaba vivo, sí, pero también distinto. Intuí que era la primera vez que miraba directamente a los ojos de su propia mortalidad.
Entonces, me miró como si no me hubiera visto antes.
—Aurore, cada vez que abría los ojos, cada vez que me movía, que recobraba un poco la conciencia… Hubiera jurado que siempre estabas aquí, conmigo, a mi lado. ¿Es eso cierto o lo he soñado?
Bajé la mirada, sonrojada.
—No lo has soñado, majestad —respondí en un murmullo.
Él no apartó los ojos de mí, sus cejas ligeramente fruncidas, como si no pudiera entender del todo lo que eso significaba, e hizo la pregunta que temía, la que sabía que podría cambiarlo todo entre nosotros.
—¿Ha sido por deber médico o por algo más?
Sabía lo que significaba esa pregunta, así como el riesgo de una respuesta honesta. Pero, ¿cómo podía mentirle en ese momento, después de todo lo que habíamos pasado? Ya no era solo mi rey: era el hombre a quien había llegado a conocer más allá de los títulos y del poder.
—Al principio, por deber médico —dije, tratando de ganar tiempo mientras mis dedos jugueteaban nerviosamente con la tela de mi vestido. Mi voz vaciló y tomé aire antes de continuar—. Pero no solo fue ese el motivo. No podría haberme quedado si no hubiese algo más, si no sintiera que…
Me detuve, dándome cuenta de lo cerca que estaba de decirlo.
Las palabras se arremolinaban en mi cabeza, buscando la manera de escapar, si bien me frenaba el peso de las consecuencias.
No podía cruzar esa línea, pero tampoco podía negar que mis sentimientos por Louis habían crecido de manera inevitable mientras lo veía agonizar.
Durante dos semanas había temido perderlo y la perspectiva de no poder hablar nunca más con él, de no sentir sus manos en mis mejillas, de que su sonrisa desapareciera del mundo, me había sumido en un mar tenebroso.
No podía amarlo como sí amaba a Philippe —con locura, sin límites, con un dolor y un fervor que podía hacerme sangrar el corazón—, pero no quería ni imaginar un Versalles sin Louis.
Él no dijo nada al principio, solo me miraba. Pasaron unos segundos que se sintieron como una eternidad, hasta que finalmente tomó mi mano entre las suyas.
—Aurore… —empezó, como si las palabras le costaran tanto como a mí—. Creo que ya no sabría vivir sin ti.
Sus dedos apretaron los míos y yo me dejé acariciar, feliz de tenerlo sano y salvo ante mis ojos.
—Sé que tenemos una conversación pendiente, la que el veneno interrumpió, pero no puedo permitirme siquiera pensar en ello ahora. No cuando mi hermano está destrozado, cuando la corte está sumida en el caos y yo… —hizo una pausa, visiblemente afectado—. Yo apenas he vuelto de la muerte.
—Lo sé.
Louis no soltó mi mano. Se quedó así, asimilando todo.
—Gracias por quedarte a mi lado —murmuró, sonriendo—. Significa más para mí de lo que puedes imaginar.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Era Bontemps, cuyo rostro esbozó una alegre sonrisa al ver al rey al fin consciente.
—Majestad —dijo apresuradamente—, ¿estáis mejor?
—Eso creo, Bontemps. Siento haberte asustado.
Me aparté con sutileza para que el ayuda de cámara pudiera arrodillarse ante su rey. Este apoyó su frente contra la mano de Louis, quien se emocionó ante tanta lealtad.
Bontemps me miró, anhelante de una confirmación.
—¿Está fuera de peligro su majestad, mademoiselle Bechard?
—Sí —dije, sonriente—. Ya no hay fiebre ni alucinaciones, ni rigidez en sus músculos. El rey ha vencido al serpentio.
Louis me ofreció una sonrisa desde la cama y yo se la devolví. Luego, mis ojos buscaron la negrura de la noche tormentosa a través de la ventana y me pregunté dónde estaría Philippe y si estaría bien.