Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe VIII
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Philippe VIII

E l tiempo transcurría como una pesadilla de la que no podía despertar.

Cada minuto que pasaba me arrastraba a un estado de agonía constante mientras Louis seguía postrado en su cama, inmóvil y sudoroso, enfrentándose al veneno que lo corroía desde dentro y contra el que su cuerpo luchaba cada segundo.

Nadie sabía con certeza si sobreviviría y las miradas de los pocos que compartíamos la tragedia eran de temor, aunque todos intentaban ocultarlo.

Pero yo no podía esconder mi propio miedo.

¿Cómo hacerlo? La vida de mi hermano, el Rey Sol, el hombre al que había venerado y amado desde la infancia, pendía de un hilo, y con él, todo lo que alguna vez conocí como seguro.

Estaba aterrado.

—Francia os necesita, alteza —me recordó Bontemps.

Así que me obligué a cumplir con mi deber mientras aguardaba noticias de la recuperación de Louis, que no parecían llegar.

Como hermano del rey, se esperaba que yo asumiera el control temporal de los asuntos de Estado, pero ¿cómo podía concentrarme en papeles y decretos cuando la vida de mi hermano se apagaba lentamente frente a mis ojos sin que nadie, ni siquiera Aurore, pudiera hacer nada?

Cuando tomé su lugar en el Gabinete del Consejo y me senté en su trono, el mismo que mi hermano usaba para dirigir su reino, me sentí un impostor.

Debía atender los cientos de asuntos reales que mi hermano llevaba a cabo en su día a día y debía hacerlo sin más dilación, antes de que el reino cayese en el caos .

«¿Cómo lo hace sin volverse loco?», me preguntaba, intentando absorber cada palabra de los decretos, misivas y cartas que los ministros de Louis colocaban ante mis narices.

Las decisiones que había que tomar no eran triviales, pero apenas registraba lo que me decían, asintiendo de vez en cuando, ofreciendo una palabra aquí o allá, mientras mi mente volvía una y otra vez al lecho de Louis, a su piel febril y a sus jadeos débiles.

Pasaba la mayor parte del tiempo perdido en alucinaciones terribles que lo hacían gritar y luego caía en la más aterradora inconsciencia.

—¿Cómo está? —le preguntaba a Aurore varias veces al día.

Ella negaba con la cabeza.

—Sin cambios.

No se separaba de su lado, solo para ir a visitar a la reina y asegurarse de que su embarazo seguía su rumbo.

Luego regresaba junto a Louis y lo atendía hasta que llegaba la noche, momento en el que se tumbaba a su lado, con los ojos abiertos de par en par, y vigilaba el sueño del rey.

Así fue como supe que Aurore de verdad lo quería.

La acompañaba en su vigilia siempre que podía y los asuntos del reino me lo permitían, aunque apenas hablábamos.

Nos limitábamos a flanquear a Louis, cada uno en un lado de la cama, y lo veíamos sudar, gemir y alucinar a causa del veneno que lo mantenía en un delicado limbo entre la vida y la muerte.

—¿Creéis que nos escucha? —le pregunté una noche a Aurore.

—Si consideráis que Dios atiende nuestros ruegos, entonces Louis debe escucharnos a nosotros —se limitó a contestar.

Miré su rostro cansado y luego el de Louis, cubierto de un sudor ardiente.

—Nunca he llegado a decirle lo mucho que lo admiro. Lo mucho que lo quiero.

—Nunca es tarde para hacerlo —dijo ella—. Os dejaré a solas con él, si queréis hablarle.

—No. Cuando despierte y vuelva a ser Louis, me aseguraré de que …

Se me quebró la voz. Escondí mi rostro en mis manos y apenas noté cómo Aurore rodeaba la cama y me abrazaba por la espalda, con fuerza, hasta que mi cuerpo se relajó poco a poco.

—Él lo sabe, alteza —me susurró—. Lo sabe.

La besé en la mano, sin decir nada.

No me despedí de ella al abandonar la chambre du roi .

Me encontré solo, en los corredores y salones de Versalles que permanecían vacíos debido a mi orden de confinar a todos los nobles.

Sin saber qué hacer, mis pasos me llevaron a la capilla privada de Louis.

Me arrodillé ante el altar y recé con desesperación, aferrándome a cualquier fragmento de esperanza.

No había rezado con verdadero fervor en años, tal vez en toda mi vida, pero ahora las palabras fluían de mis labios como si fuesen lo único que me mantenía en pie.

Suplicaba a Dios, a los santos, a cualquiera que escuchase, que salvara a mi hermano.

—Tómame a mí —rogué en la soledad de la capilla—. Haz conmigo lo que quieras, pero a él no te lo lleves.

No fue hasta una de esas noches, en las horas más oscuras, cuando me di cuenta de lo que debía hacer.

No podía pedirle a Dios que me escuchara mientras traicionaba a mi hermano con Aurore.

Louis era todo para mí, pero aun así, había permitido que mi corazón se enredara con ella.

Lo había engañado, había traicionado la confianza de la persona más importante de mi vida.

Y ahora, en el peor momento, estaba pidiendo un milagro.

—Si lo salvas —le prometí a Dios, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho mientras la amargura nublaba mi visión—, si permites que Louis viva, dejaré de traicionarlo.

Terminaré con Aurore. No volveré a engañar a mi hermano, ni a interponerme en el camino de su felicidad.

Cumpliré con mi deber como príncipe de Francia, hasta sus últimas consecuencias.

El eco de mis palabras resonó en la pequeña capilla vacía y sentí que, con ese juramento, había entregado una parte de mi alma, pero no me importaba. Louis debía vivir y yo haría lo que fuera necesario para que eso ocurriera .

Incluso si eso significaba renunciar a la mujer que amaba como no había amado a nadie antes.

El Delfín se encontraba ya de camino a Versalles, custodiado por los mosqueteros del rey.

En caso de que Louis muriera, tendría que hacerme cargo de él y protegerlo hasta que fuera mayor de edad.

La sola idea de pensar en un Louis XV me destrozaba, pero se lo había jurado a mi hermano y cumpliría con cada palabra de mi juramento.

Mientras tanto, la corte entera se mantenía en un estado de tensa espera. Sospechaban que el rey estaba gravemente enfermo, si bien pocos conocían la verdadera seriedad de la situación.

—Sugiero que volvamos a abrir los salones, alteza —se presentó ante mí un cansado Gérald de la Reynie.

Todos estábamos agotados.

—¿Por qué?

—Reanudad la vida de la corte con normalidad. Necesitamos que el envenenador se confíe y ataque de nuevo.

—Es decir, que no habéis conseguido nada con vuestros interrogatorios.

El capitán de los mosqueteros pareció mortificado por su fracaso, pero lo admitió:

—Hemos apresado a casi todos los que aparecían en la lista de Manadou, y no hemos conseguido nada. Necesito que el envenenador vuelva a los salones.

—Me pedís poner en riesgo la vida de los nobles.

—Lo dejo a vuestra elección, alteza.

—¿Qué hay de Athénaïs?

—La mantengo vigilada en sus habitaciones. Asegura ser inocente.

—¿Y vos la creéis?

—Sí. Ama a su majestad.

—¿Ahora sois experto en afectos femeninos? —suspiré yo—. Está bien. Abriré los salones, Gérald. Si ocurre otro envenenamiento, vos responderéis por ello.

—Asumo toda la responsabilidad, alteza.

Di la orden y los nobles recuperaron su rutina diaria, si bien continué sin permitir que nadie entrara o saliera de Versalles.

Bontemps hizo un trabajo excelente al mantener a los cortesanos alejados del lecho de mi hermano, asegurándose de que las habitaciones cercanas a la chambre du roi estuviesen restringidas solo a aquellos de confianza.

Aun así, las murmuraciones eran inevitables.

Los rumores sobre un envenenamiento se habían esparcido como la pólvora y, aunque nadie lo decía abiertamente, el miedo se reflejaba en cada rostro que me cruzaba por los pasillos.

La presión sobre mis hombros era insoportable.

Tenía que ser fuerte, mantenerme firme, pero cada vez que miraba a Louis, me sentía como un niño pequeño otra vez, desesperado por la protección de mi hermano mayor.

Él siempre había sido la presencia divina de nuestras vidas, el sol alrededor del cual todos girábamos, y la posibilidad de que ese sol se apagara me asfixiaba.

Fue entonces cuando llegaron las noticias de Saint-Germain.

Bontemps no quiso decirme nada al principio. Vi su cara pálida y su vacilación al acercarse a mí. Sabía que algo terrible había ocurrido antes de pronunciar una sola palabra, y cuando finalmente habló, el golpe fue tan brutal que sentí que me arrancaban el alma.

—Se trata de vuestra esposa, la princesa Henriette —dijo—. Ha sufrido un aborto espontáneo y está debatiéndose entre la vida y la muerte.

Me entregó una carta de Lambert Bechard en la que me relataba el suceso y cómo estaban intentando salvarle la vida a Henriette. Confuso por las palabras médicas que usaba aquel hombre en su misiva, se la entregué a Aurore, quien la leyó apresuradamente.

—¿Puedo confiar en que vuestro tío salvará la vida de la princesa? —inquirí.

—Tío Lambert sabe de medicina tanto o más que un galeno real, pero nada puede garantizar que su alteza sobreviva —respondió Aurore con la voz rota por la pena que sentía por mí.

El mundo se detuvo mientras procesaba la noticia.

Henriette, debatida entre la vida y la muerte, el hijo perdido que jamás vería la luz.

.. Me tambaleé por un instante, incapaz de decidir si el dolor que sentía era físico o emocional.

Mis piernas apenas me sostenían y lo único que impedía que me derrumbara por completo era la mano de Aurore, quien se mantenía a mi lado, silenciosa.

—Debo ir a su lado —murmuré, aunque no estaba seguro de a quién se lo decía, si a ella, a mí mismo o a nadie en particular.

—No podéis abandonar Versalles, alteza —respondió Bontemps con cautela. Su mirada, normalmente fría y calculadora, estaba cargada de una súplica muda—. Francia depende ahora de vos y debéis permanecer aquí, a salvo, para proteger al Delfín en caso de que ocurra lo peor.

Henriette. Louis. El Delfín. Los nombres de aquellos que dependían de mí flotaban en mi mente, desgarrándome. Mi hermano y mi esposa, ambos pendiendo de un hilo tan delgado que podía romperse en cualquier momento, y el niño que se acercaba a Versalles para que yo lo protegiera de nuestros enemigos.

Sentí que cualquier paso que diera, cualquier decisión que tomara, sería la equivocada. Si me quedaba, ¿y si Henriette no sobrevivía? Si me iba, ¿y si Louis no aguantaba hasta mi regreso?

—Puede que no vuelva a ver a Minette con vida —declaré, mi voz temblorosa por la desesperación que intentaba a duras penas ocultar.

—La vida de su majestad es más importante que la de vuestra esposa y vos lo sabéis tan bien como yo, alteza —me dijo Bontemps.

Lo odié con todas mis fuerzas, por la dureza e insensibilidad de su declaración, pero, sobre todo, porque tenía razón: en la jerarquía que dominaba nuestras vidas, la supervivencia de Henriette era absolutamente secundaria.

—Aquí, en Versalles, es donde debéis estar —declaró el ayuda de cámara.

Me giré hacia Aurore, desesperado:

—Entonces, id vos, Aurore. Salvad a mi esposa.

Ella fue a hablar, pero Bontemps la cortó:

—Mademoiselle Bechard permanecerá junto a su majestad.

Miré a Louis, dormido en su cama, su respiración entrecortada, el veneno aún recorriendo su cuerpo.

El Rey Sol, reducido a un hombre vulnerable que apenas podía abrir los ojos.

No me podía ir. Pero Henriette... mi Minette .

Mi mente daba vueltas y más vueltas. Si me quedo, ¿la pierdo? Si me voy, ¿pierdo a Louis?

—¿Cómo se supone que debo elegir entre mi esposa y mi hermano? —pregunté, desesperado.

Aurore, con su compasión infinita, pareció sentir el abismo en el que me encontraba.

—No se trata de elegir —dijo con suavidad—. No hay elección correcta para vos, alteza.

—Debéis confiar en que la princesa está en buenas manos. Su majestad os necesita aquí para hacer lo que él ahora no puede —añadió Bontemps—. Sois príncipe de Francia y regente hasta la mayoría de edad del Delfín en caso de la muerte del rey. Es vuestro deber.

Mis labios se apretaron en una fina línea mientras la impotencia se hacía más fuerte.

Tenían razón, yo lo sabía, pero eso no hacía que doliera menos.

Henriette había sido una buena amiga, alguien que siempre había estado allí, pese a nuestras diferencias.

Ella había sido un cálido refugio, incluso cuando nos habíamos distanciado.

Y ahora, cuando más me necesitaba, yo no podía estar a su lado.

Bontemps se movió nervioso a un lado de la estancia, como si esperase que en cualquier momento mi determinación se quebrara y saliera corriendo hacia Saint-Germain y tuviera que detenerme. Temía que desertara del deber que me había sido impuesto.

—Alteza —dijo Aurore—. Confiad en que todo saldrá bien.

—¿Y si no sale bien? —pregunté, la desesperanza impregnando mis palabras. Porque esa era la verdad que nadie quería decir. ¿Qué haría si Louis moría? ¿Qué haría si Henriette no sobrevivía?

—Entonces encontraréis la manera de seguir adelante —respondió Aurore, aunque su mirada dejaba claro que no había una respuesta fácil para mi pregunta.

Por un momento, me aferré a esa seguridad que ella irradiaba, aunque fuera ilusoria.

Me acerqué a la ventana, mirando hacia la lejanía, hacia el camino real que me llevaría a Saint-Germain. La decisión ya estaba tomada, lo sabía, aunque mi corazón seguía negándose a aceptarla por completo.

—No me separaré de Louis —dije finalmente—, pero en cuanto su condición sea estable, partiré hacia Saint-Germain sin más demora.

Sentí la mano de Aurore en mi brazo, un gesto silencioso de apoyo que me ofrecía más consuelo del que estaba dispuesto a admitir.

Me giré para mirarla a los ojos y en ellos vi la misma lucha interna que yo estaba viviendo.

También se hallaba desgarrada por la lealtad dividida que sentía hacia Louis, hacia mí y, ahora, hacia Henriette.

Quería consolarme, pero no existían palabras suficientes para calmar la tormenta que se desataba dentro de mí.

El silencio se extendió entre nosotros. No había nada que pudiéramos decir para llenar el vacío que sentía.

—No los perderemos —me convencí.

En lugar de hablar, Aurore se limitó a asentir, aceptando la batalla que nos esperaba.