Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore VII
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Aurore VII

L o que siguió fue el caos absoluto. Louis apenas podía mantenerse en pie cuando Philippe y yo lo sostuvimos por las axilas para levantarlo del suelo.

Una espuma rojiza le salía de la boca y su piel, ya pálida de forma natural, ahora parecía hecha de un maltrecho mármol deslucido.

Entre Philippe y yo lo llevamos hasta la cama, donde se desplomó, jadeando, su rostro desencajado por el dolor.

Jamás había visto a Philippe tan asustado.

—Louis —lo llamé, inclinándome hacia él, abriendo sus párpados para poder observar sus pupilas.

Sentí la presencia de Philippe a mi lado, inmóvil, todo él hecho de puro pánico.

Intenté concentrarme en Louis, pero era imposible ignorar su miedo, su evidente deseo de intervenir en lo que estaba ocurriendo.

Philippe, el príncipe de Francia, estaba temblando.

Me costó un verdadero esfuerzo mantenerlo apartado.

—Alteza, déjame hacer mi trabajo —le dije, intentando conservar la calma en mi voz mientras sostenía la mano del rey, que comenzaba a perder fuerza.

—¡Haz algo, Aurore! —exclamó él, su voz quebrándose—. Haz algo.

—Voy a hacerlo, pero necesitas calmarte.

—¡Bontemps! —gritó Philippe.

El ayuda de cámara tardó pocos segundos en irrumpir en la cámara y solo necesitó un vistazo a la escena para comprender lo que estaba ocurriendo. El pánico se reflejó en su rostro, pero yo no podía permitirme que ni él ni Philippe se paralizasen .

—Bontemps, trae los antídotos que tengo preparados en mi dispensario, además de paños limpios y carbón. ¡Rápido! —ordené.

Luego, volví la mirada hacia Philippe, que se había colocado al otro lado de la cama y miraba a su hermano, tan pálido como tenso.

—¿Qué manda el protocolo si el rey cae enfermo? —le pregunté, mientras mis manos seguían palpando el pulso debilitado de Louis.

—Secreto absoluto —respondió Philippe, su voz áspera, como si las palabras le costaran más de lo normal.

—Bien. Pues encárgate de eso —le dije, sin apartar la vista de Louis.

Philippe asintió, aunque pude ver en su mirada la batalla interna que libraba entre el deseo de quedarse junto a su hermano y el deber que lo llamaba a poner en orden la situación.

—Ve. No me separaré de tu hermano —le aseguré con firmeza. Él salió a paso apresurado de la chambre du roi , dejando tras de sí un rastro de preocupación.

Me volví hacia Louis, quien parecía a punto de perder la consciencia en cualquier momento.

—Majestad, decidme, ¿qué os duele? —pregunté con urgencia.

—El estómago... —balbuceó, su rostro pálido y sudoroso—. Me siento ardiendo.

Le coloqué la mano en la frente y la piel pegajosa y caliente confirmó lo que temía. Algo le estaba envenenando el cuerpo.

—¿Veneno? —susurró, mientras sus ojos se cubrían de venas rojas.

—Eso me temo —dije, sin soltar su mano.

Bontemps regresó con todo lo que había solicitado: los antídotos, los paños y el carbón.

Sin perder un segundo, comencé a preparar los remedios.

El tiempo corría en nuestra contra. Cada segundo que dejásemos actuar al serpentio era un segundo que perdíamos.

Desplegué los paños sobre una mesita cercana mientras Bontemps se mantenía a mi lado, respirando agitado por la gravedad de la situación.

Tomé el frasco con el carbón activado, que ya tenía molido en fino polvo, y lo mezclé rápidamente con agua en una pequeña copa .

—¿Qué estáis haciendo, mademoiselle Bechard? —se alarmó Bontemps al ver el líquido negruzco que estaba preparando.

—El carbón vegetal es un absorbente —expliqué, impaciente—. Atrapa las toxinas antes de que se propaguen aún más por el cuerpo.

—Pero…

Lo ignoré y me incliné hacia Louis.

—Majestad, necesito que bebáis esto —dije, fría y calmada, sosteniendo la copa frente a sus labios.

Él me miró con ojos vidriosos y asintió débilmente. Con cuidado, incliné la copa para que el líquido negro pasara por su garganta. El carbón, a pesar de su sabor amargo y denso, tenía que ser ingerido con rapidez. Tosió, pero logró tragar la mezcla.

Sin pausa, preparé el siguiente paso. Tomé el frasco del antídoto que había preparado para el serpentio, sin saber si serviría o no.

Se lo eché bajo la lengua y le pedí que lo mantuviera ahí el máximo tiempo posible antes de tragárselo.

Louis obedeció y le limpié la boca de espuma roja con un paño de lino.

—Voy a cuidaros lo mejor que sé —le susurré, tratando de tranquilizarlo mientras mi mente seguía funcionando a toda velocidad.

La realidad es que un envenenamiento con un tóxico tan volátil como el serpentio me sobrepasaba.

No era experta en ese tipo de dolencias y nunca me había enfrentado a aquel veneno, aunque había leído sobre él, pero también sabía que si dejaba la vida de Louis en manos de los galenos reales, estos le darían opio, le abrirían las venas y le obligarían a vomitar, deshidratándolo con rapidez y aumentando la debilidad de su cuerpo.

Como si hubiera leído mi temor, Bontemps propuso:

—Deberíamos llamar a los galenos reales, majestad.

Louis, sudoroso y enfermo pero aún intentando mantener el control, negó con la cabeza.

—No.

—Pero, majestad…

—¡He dicho que no! —tosió gravemente y lo obligué a callar. Parecía confuso, a punto de desmayarse, aunque logró enfocar su mirada en mí y buscar mi mano hasta estrecharla entre la suya—. No me dejes.

—Nunca lo haría —le aseguré.

Le pedí a Bontemps que me ayudase a sacarle la ropa que llevaba y ponerle algo más cómodo.

Louis estaba ya semiconsciente cuando lo desvestimos y le pusimos un camisón limpio.

Sentí un profundo pinchazo de pena y dolor al verlo así, desfallecido y débil.

Él, que con su sola presencia iluminaba cada uno de los salones de Versalles, ahora era más vulnerable que nunca.

Los minutos que siguieron fueron tensos.

Louis entraba y salía de la inconsciencia, pero apenas era capaz de hablar con coherencia.

Yo refrescaba su frente con paños fríos para aliviarlo y le obligaba a beber té de jengibre para evitar los vómitos, pero poco más podía hacer por él.

El antídoto y el carbón debían actuar y su efecto no sería inmediato, de eso sí estaba segura. No se repondría en una noche.

Philippe regresó a la chambre du roi con Gérald de la Reynie, a quien dio instrucciones.

—Gérald, quiero que cerréis todos los accesos a Versalles.

Todos —ordenó Philippe—. Convertid el palacio y sus jardines en una fortaleza infranqueable.

Nadie entra o sale hasta que encontremos a quien haya envenenado al rey.

Disponed guardias en todos los aposentos de los nobles, que permanecerán recluidos hasta nueva orden.

E ir a buscar a Madame de Montespan de inmediato.

—¿Por lo ocurrido esta noche en la cena?

—Interrogadla y no la dejéis ir si no es bajo orden mía.

—Alteza.

Gérald asintió; la determinación en su rostro era evidente mientras giraba sobre sus talones y salía de la chambre du roi con pasos firmes.

Philippe se quedó en la puerta un momento, observando cómo la sombra del capitán se desvanecía por el corredor.

Seguramente era muy consciente de que la orden que acababa de dar sería el inicio de un caos; los rumores correrían como la pólvora y la desconfianza se extendería por todo Versalles.

Regresó junto a mí y sus ojos se posaron en su hermano, quien seguía respirando con dificultad. Estaba pálido, apenas consciente, y cada espasmo en su cuerpo nos recordaba la gravedad de la situación. Apreté la mano de Louis, que aún sostenía la mía, sintiendo su debilidad.

—¿Cómo está? —preguntó Philippe, apenas conteniendo la desesperación que bañaba su voz.

—El antídoto necesita tiempo. Su cuerpo está luchando. Y es fuerte —respondí, aunque en el fondo también sentía la incertidumbre de si habíamos actuado a tiempo o de si el antídoto funcionaría.

Louis tosió de nuevo, esta vez con más violencia, y Philippe dio un paso al frente, preocupado. Me incliné hacia él, manteniendo la calma a pesar de que mi corazón martilleaba en mi pecho.

—Aguantad, majestad —le susurré.

Las horas se volvieron eternas. Philippe no dejaba de moverse de un lado a otro, sus nervios traicionándolo a pesar de su fachada de aparente control.

A cada sonido que emitía Louis, a cada gesto de incomodidad o dolencia, Philippe se tensaba más, como si su propio cuerpo también sintiera el suplicio.

Bontemps tampoco abandonó la cámara real ni un minuto y, cuando Louis finalmente sucumbió a un sueño intranquilo y lleno de dolor, el ayuda de cámara se llevó a Philippe a un lado.

—Alteza, debemos activar el protocolo de…

—No —se negó Philippe—. Mi hermano no va a morir hoy, ni mañana, ni próximamente.

—Su majestad está en peligro de muerte, y en una situación así hay que mandar traer al Delfín de inmediato para ponerlo a salvo —insistió Bontemps—. Debéis dar la orden, alteza.

Philippe me miró. Yo había escuchado la conversación, por supuesto, aunque fingí que no.

—Mandad aviso a Saint-Germain para trasladar al Delfín a Versalles con el máximo secretismo posible —claudicó, vencido por los argumentos de Bontemps, quien inclinó la cabeza y nos dejó solos.

Philippe se sentó en la cama para observar a su hermano y le apartó los sudorosos mechones de la frente para contemplar su rostro.

—Júrame que lo salvarás.

—Sabes que no puedo pronunciar tal juramento.

—No puedo perderlo —susurró, con el corazón roto—. No quiero imaginarme la vida sin él.

—Lo sé.

—¿Me escuchas, Louis? No quiero ser el maldito rey regente, no quiero tu trono, no quiero tu vida. Tú eres el Rey Sol, no yo. —Se le quebró la voz y se apartó del lecho para que yo no pudiera ver cómo se desmoronaba.

Besé la mano de Louis antes de dejarla sobre la cama y me acerqué a Philippe, que miraba por la ventana hacia la negrura de la noche.

Quería consolarlo, asegurarle que todo saldría bien, pero no podía hacerlo.

Como médico, sabía que había cosas que escapaban a nuestro control; el poder de sanar no era mágico.

—¿Acaso no hemos podido impedir que Athénaïs…? —Philippe recuperó el tono de voz grave, resolutivo, y comprendí que prefería concentrar su atención en resolver el misterio.

—No lo sé. El serpentio tarda varias horas en hacer efecto y diría que entre la cena y los primeros síntomas de Louis ha pasado escaso tiempo.

—¿Qué significa eso?

—Que el envenenamiento debería haber ocurrido en algún momento de la tarde, si nos atenemos a lo que sabemos sobre cómo actúa el tóxico.

—Ordenaré a Bontemps repasar las actividades de Louis y Gérald se encargará de interrogar a todos con los que se haya reunido esta tarde.

—Aun así, no descartaría a Madame de Montespan. Hay diferencias entre la muerte de Colbert y la de los dos nobles. Claramente, el envenenador ha aumentado la dosis. Quizá no tenía claro cómo funcionaba el serpentio o cómo de rápido hacía efecto.

—No descartaremos nada —aseguró Philippe.

Quería consolarlo, quería estar ahí para él.

Verlo así, tan vulnerable, me recordaba lo mucho que lo amaba, lo profundo de mis sentimientos por él.

Lo admiraba por su espíritu rebelde y su lealtad inquebrantable; era un hombre con el que jamás me aburría y que despertaba cientos de sensaciones en mí.

Pero más allá de todo eso, había algo que me quemaba por dentro cada vez que lo veía, cada vez que cruzábamos miradas furtivas o sonrisas cómplices.

Recordé las noches en las que habíamos compartido más que inocentes conversaciones. Momentos robados entre susurros y caricias en los que pude conocer al hombre detrás del príncipe. La intoxicante mezcla entre fuerza e indocilidad me había conquistado desde el principio.

Ahora, viendo su dolor, su miedo por perder a su hermano, me dolía más que nunca.

Me dolía porque no podía ofrecerle más que mi presencia, y eso, en estos momentos, no parecía suficiente.

Lo amaba con cada parte de mi ser, y me frustraba no poder aliviar ese peso que cargaba sobre sus hombros y que nadie más que él podía entender.

«Te salvaré», quise decirle. «Te salvaré de esta oscuridad que te envuelve, te protegeré como siempre has hecho conmigo», pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. No era lo que Philippe necesitaba en ese momento de mí. No necesitaba a la Aurore amante, sino a la Aurore médica.

Philippe respiró hondo. Observé su precioso perfil, recortado por la tenue luz de las velas, y supe que en su interior se libraba una batalla entre el miedo a lo que podía ocurrir y la obligación de tomar las riendas de Francia en ausencia de su hermano.

—Louis es fuerte —dije en voz baja, acercándome a él—. No podemos perder la esperanza ahora.

—La esperanza no salva vidas —replicó Philippe con un tono amargo, sin apartar la vista de la ventana—, pero la determinación sí.

Desplacé la mirada hacia el lecho donde Louis seguía respirando con dificultad, su piel pálida bajo la luz parpadeante.

—Athénaïs... Si ha sido ella, no puedo imaginar lo que Louis sentirá cuando lo descubra. Él confió en ella, la amó. ¿Cómo pudo hacer algo así? —inquirí.

—Madame de Montespan es una mujer ambiciosa —se limitó a contestar.

—Louis es el padre de sus hijos. ¿Cómo se traiciona de esa manera?

—No lo sé.

A lo lejos, en la penumbra, escuché pasos apresurados que se acercaban, sin duda Bontemps regresando junto a su rey.

—No importa si Athénaïs lo hizo o no; lo que importa ahora es mantener a Louis a salvo y descubrir al verdadero culpable —dijo Philippe. Me acerqué más a él, dejando que mis dedos buscaran los suyos en la penumbra de la habitación.

—Pase lo que pase, estoy a vuestro lado.

—No —replicó con amargura, apartando la mano—. El único lado en el que debéis estar es junto a mi hermano.

Su rechazo me hirió más de lo que quería admitir, pero lo comprendí.

Estaba atrapado entre el deber y el dolor y en ese momento no había espacio para consuelo alguno.

Su mirada se perdía en la oscuridad, y pude sentir cómo el valor se filtraba lentamente de vuelta en él, reemplazando la efímera vulnerabilidad mostrada antes.

—Encontraremos al responsable —declaró, con un chasquido metálico en su voz—, y cuando lo hagamos, lo pagará caro. Muy caro.