Philippe VII #2
Llevé la copa a mis labios, fingiendo disfrutar del extraño licor. Un sabor fuerte y duro invadió mis sentidos y simulé una expresión de deleite.
—Exquisito —dije, bajando la copa—. Pero cuidado, majestad, este elixir no es para los débiles. Dicen que el sueño verde provoca locuras.
Louis, animado por el desafío, tomó la copa que le ofrecía.
Todo el salón contuvo la respiración mientras la bebida bajaba por su garganta.
Madame de Montespan observaba cada movimiento con una mirada que, si bien trataba de ocultarlo, reflejaba irritación.
¿Acaso acababa de frustrar su intento de asesinato?
—¿Qué motivos podría tener la Montespan para envenenar al rey? —me preguntó Aurore, recogiéndose las faldas para acomodarse a mi paso apresurado. Louis nos esperaba en la chambre du roi y yo estaba deseando comprobar que estaba sano y salvo.
—¿El despecho? ¿La ambición? Qué sé yo —respondí, más irritado de lo que pretendía mientras aceleraba el paso por los interminables salones del palacio.
—No me parece suficiente motivo para arriesgarse de esa manera —insistió ella, con ese tono analítico tan suyo—. Madame de Montespan tiene todo lo que podría desear. ¿Por qué ponerlo en peligro formando parte de la Nueva Fronda?
—No subestiméis a nadie —murmuré, torciendo la boca en una mueca amarga—. Una amante despechada con acceso a pociones y venenos es más peligrosa que una legión de enemigos armados.
—¿Y los envenenamientos anteriores?
—¿Meras formas de desviar la atención? —la interrumpí, impaciente—. Esto es Versalles, Aurore. Nadie está nunca satisfecho. Los amigos más cercanos de Louis son también sus peores enemigos. La Montespan no es una excepción.
—¿Y qué haréis si descubrimos que es ella? —preguntó, inquieta.
La miré de reojo, sintiendo cómo la preocupación se transformaba en un nudo de ira en mi estómago.
—Lo que sea necesario para proteger a mi hermano.
—Es una aristócrata.
—Las aristócratas también tienen una cabeza que se despega del cuerpo —mascullé, deteniéndome frente a la puerta de la cámara real. Miré a ambos guardias que la custodiaban—. ¿Y bien? ¿Nos vais a anunciar o tenéis planes más urgentes?
Los guardias golpearon el suelo con sus alabardas y abrieron las puertas doradas mientras proclamaban:
—¡Philippe, duque de Orleans y mademoiselle Bechard!
Louis contemplaba el crepitar del fuego, apoyado contra la chimenea. Se había deshecho de la casaca y el chaleco, así como de los zapatos, y en su rostro se leía la tensión provocada por los últimos acontecimientos.
—Gracias por venir a verme a estas horas de la noche —nos saludó y luego me miró a mí—. Espero que tu numerito de la cena haya servido de algo, Philippe.
—Así lo espero yo también. No pensaba desperdiciar ese licor contigo, la verdad.
Louis puso los ojos en blanco y se limitó a preguntar:
—¿Quién?
Aurore, a mi lado, se tensó.
Sabía que formaba parte de mi papel ser sincero con mi hermano, lo que no resultaba fácil para nadie en la corte.
Tampoco para mí. Contrariar al rey podía significar traspasar una fina línea entre la vida y la muerte.
Uno de los pocos que en teoría podía cruzar esa línea sin temor a acabar en un calabozo rodeado de ratas era yo, y tampoco estaba plenamente convencido de mi inmunidad.
Aun así, lo miré a los ojos y pronuncié un solo nombre:
—Athenaïs de Montespan.
Vi el dolor en su mirada, aunque lo ocultara tras esa fachada de poder y control absoluto que tan bien dominaba.
Louis era un hombre que raramente permitía que sus emociones lo traicionaran en público, pero conocía a mi hermano lo suficiente como para ver la sombra que se reflejaba en sus ojos.
Athénaïs había sido su amante, su confidente, su refugio.
Había apartado de su lado a la duquesa de la Vallière y a Henriette en favor de aquella mujer; durante años, apenas había tenido ojos para ninguna otra más que para ella. Hasta la llegada de Aurore.
La sola idea de que Athénaïs pudiera estar involucrada en una traición tan vil como el envenenamiento le devastaba y vislumbré la soledad que escondía tras el brillo que lo rodeaba, aunque Louis jamás admitiría ese tipo de debilidades.
Quise abrazarlo, pero eso quedaba fuera del protocolo.
—Le he pedido a Bontemps que lleve la copa de vino a mi dispensario, majestad —intervino Aurore—. Puedo intentar analizarla para ver si contiene serpentio, aunque no prometo nada al respecto.
—Gracias, Aurore.
Louis abandonó el calor de la chimenea y se desplazó hasta su lecho. Se sentó en el borde, entrelazó ambas manos frente a él y nos miró.
—Quiero hablar con vosotros dos —declaró.
—Pues tú dirás —dije, con la inquietud hormigueando a través de toda mi piel. Estaba muy serio, y no era por lo que había ocurrido en el Salón de la Guerra.
—Cuando ordené a Aurore instalarse en Versalles, bajo tu protección, hermano… Jamás pensé que trabaríais una amistad como la que habéis forjado en estos meses de verano. Os he visto reír y cuchichear por todas partes; también he visto cómo os miráis el uno al otro.
Tragué saliva, incapaz de decir nada ni de apartar la mirada de la de mi hermano, que iba de Aurore a mí.
—Philippe, siempre aseguras que me conoces mejor que nadie y es cierto.
Nadie sabe de mis debilidades, mis faltas y mis defectos como tú, pero a veces te olvidas de que tú también eres un libro abierto para mí.
Eso significa que me he dado cuenta de la pena que hay tras tus ojos, así como de la alegría que sientes cuando pasas tiempo con Aurore.
Por el afecto que os profeso a ambos, os voy a dar una oportunidad de ser sinceros conmigo.
—¿Nos lo exiges como rey?
—Siempre olvidas que no por ser rey dejo de ser tu hermano. Así que te lo pido como tal. Como tu hermano: no más secretos. Aquí y ahora me vais a decir la verdad acerca de vosotros dos.
No supe decir si sonó como una orden o una súplica.
Podía notar a Aurore, a mi lado, tensa como una cuerda a punto de romperse.
No se atrevía a hablar y yo tampoco. El silencio se prolongó durante unos insoportables segundos hasta que me obligué a esbozar una sonrisa superficial y sacudir la cabeza, como si lo que estuviera insinuando Louis fuera una soberana tontería.
—No sé a qué te refieres, siendo sincero —dije—. ¿Crees que es buen momento para estas absurdas conjeturas?
—Es tan buen momento como cualquier otro —respondió él—. Si hay algo entre ambos, quiero saberlo.
Solté una risa pretendidamente calculada.
—Lo que insinuas es descabellado. Como si no fueras tú el primero en recordarme continuamente mis gustos personales , Louis.
Él me clavó la mirada. Yo me obligué a sostenerla.
—Llevas tanto tiempo en conflicto contigo mismo, hermano, que sueles olvidar que crecí contigo, a tu lado, y que nadie más en esta corte te conoce como yo.
—Empiezas a sonar repetitivo.
—No uses ese tono conmigo, Philippe.
Callé, tozudo. Quería mirar a Aurore, pero no podía. Si lo hacía, le confirmaría a Louis lo que él sospechaba.
—¿Crees que Henriette nunca me ha hablado de ti?
—me lanzó la pregunta Louis, sin perder la calma—.
Cuando te casaste con ella te di una sola orden: la de no ser jamás cruel con tu esposa.
Y la cumpliste. Sé que te esforzaste cada vez que compartiste la cama con Henriette para que fuera lo más agradable posible para ella y siempre fuiste gentil. Me lo contó todo, Philippe.
Palidecí.
—En ese momento entendí que, aunque por lo general te inclinas hacia la compañía masculina, también puedes disfrutar de la femenina.
Y si puedes disfrutar de ello, entonces también puedes enamorarte de una mujer.
Así que te preguntaré directamente, ya que insistes en no darme una respuesta: ¿amas a Aurore?
Antes de que pudiera siquiera pensar en qué responder, el rostro de Louis se tensó de manera casi imperceptible. Noté un cambio en su expresión, un fogonazo en sus ojos que me llenó de absoluto terror. Se llevó una mano al estómago, como si el dolor lo estuviera invadiendo de repente.
—¿Louis? —pregunté, alarmado.
Tragó saliva con dificultad. Su respiración comenzó a acelerarse mientras con una mano se apretaba el abdomen.
Una gota de sudor recorrió su sien, y vi cómo su rostro perdió todo color.
Un profundo olor especiado, nauseabundo e intenso, invadió de pronto la cámara.
Aurore y yo compartimos una mirada llena de alarma y ella se lanzó a auxiliarlo al instante.
—¡Louis!
Mi hermano soltó un gemido de dolor y cayó al suelo con un estruendo que rompió el silencio en la chambre du roi .