Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe VII
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Philippe VII

C uando llegué al Salón de la Guerra para la cena, me sorprendí al descubrir quiénes eran los invitados de Louis para esa noche: una amalgama variada de nobles con los que no solía tener mucha relación, pero también sus allegados más cercanos.

Estaba claro que tenía ganas de estar con nosotros…

o quizá reunirnos en un lugar controlado, porque el control siempre había sido una de las formas de Louis de expresar cariño.

Claro que sentar en la misma mesa a Aurore, la reina Maria Teresa y Madame de Montespan era, cuanto menos, arriesgado.

Aquello parecía un polvorín bien cargado, a punto de saltar por los aires.

Aproveché que Louis aún no había hecho acto de presencia para acercarme a Gérald de la Reynie.

Su presencia en una de las cenas privadas del rey era una anomalía.

Mi hermano se había cansado de invitarlo hacía años, aceptando que el capitán de los mosqueteros jamás disfrutaría de las bondades y placeres de la corte ni de la compañía de quienes la formaban.

—Esto sí que es una sorpresa, capitán de la Reynie —lo saludé, con una copa de vino en la mano—. ¿Prescindir de vuestros espías en los salones para hacer la faena vos mismo? Ahora sí que lo he visto todo.

—¿Espías? —preguntó, impasible.

—No pretenderéis que me crea que el implacable capitán de los mosqueteros no tiene ojos comprados en los salones de Versalles, ¿no ?

No me contestó, como si la acusación fuera ridícula, aunque ambos sabíamos que no lo era.

—Bueno, no pasa nada si no queréis hablar —dije con tono ligero—. Supongo que esta reunión íntima, o como queráis llamarla, es idea vuestra. Dicen que hay que mantener a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca.

—Alteza —se limitó a decir, manteniendo su neutralidad.

Lo tomé del brazo y lo aparté del resto, que seguían esperando la aparición de mi hermano para poder tomar asiento. Aurore, que conversaba con la duquesa de la Vallière, entrecerró los ojos al ver cómo nos alejábamos. Se disculpó con la duquesa y se unió a nosotros.

—¿Qué es esto? ¿Una conspiración contra mi persona? —murmuró Gérald entre dientes, irritado por la situación de verse acorralado.

—¿Habéis averiguado algo de Manadou? —preguntamos Aurore y yo al unísono.

—Lo que he averiguado me concierne solo a mí —contestó el capitán.

—Dejaos de tonterías, Gérald —espeté—. ¿Cómo se supone que voy a proteger a su majestad si no sé de quién sospecháis?

El capitán dejó escapar un suspiro, bajando la voz hasta convertirla en un susurro.

— Le Sorcier aún no ha dicho nada de interés, pero mis hombres han registrado su casa y han encontrado una lista con nombres.

—¿Qué nombres? —preguntamos Aurore y yo al mismo tiempo otra vez, volviendo a mirarnos de reojo, con una leve sonrisa compartida que se desvaneció rápidamente.

—Muchos nombres —respondió Gérald, mirando a su alrededor como si temiera que alguien nos escuchara.

—¿Llevaba un registro de todos los clientes a los que atendía? —murmuró Aurore, con una mirada de preocupación.

—Si esa lista sale a la luz, será un verdadero escándalo —añadí yo, comprendiendo el potencial caos que esto podría desatar.

—Así es —asintió Gérald—. Por lo que, de momento, se mantendrá en secreto. Mademoiselle Bechard, espero que tengáis preparados varios antídotos para el serpentio. Es probable que los necesitemos en breve.

—Los tengo, pero aún no he tenido ocasión de comprobar su eficacia, Gérald. Sería una imprudencia tender una trampa al envenenador y poner en peligro la vida de…

En ese instante, Bontemps apareció en la entrada, levantando la mano con elegancia y anunciando con voz solemne:

—¡Su majestad, el rey!

La atención de todos se volvió inmediatamente hacia las grandes puertas de la sala, que se abrieron con una precisión divina justo cuando Louis entró.

Sus ojos se movieron con lentitud por la sala, deteniéndose en nosotros.

Nos observó con esa mezcla de autoridad y afecto que solo él podía conjurar, como si cada uno de sus allegados fuera una pieza cuidadosamente colocada en su tablero de ajedrez personal.

Enseguida nos acomodamos en nuestros asientos alrededor de la mesa. Louis había dispuesto que me sentase frente a él, con Aurore a mi lado, y él lo hizo rodeado de la reina y de Athénaïs de Montespan.

—¿Estáis celosa? —le pregunté a Aurore, entre el entrante y el primer plato.

—No. ¿Qué derecho tengo a estarlo?

—Todo el derecho del mundo. Pero ya os advertí acerca de mi hermano: puede que sea el Rey Sol, pero sus afectos son tan cambiantes como los ciclos de la luna.

—Os digo que no me importa, alteza.

La cena transcurrió con una tensión disfrazada de cortesías y sonrisas. Es decir, como siempre.

Sin embargo, fue en medio de una charla entre Louis y Madame de Montespan cuando Aurore y yo intercambiamos una mirada inquieta.

Athénaïs, con su característica gracia, se inclinó hacia la copa de vino de Louis con una sutileza imperceptible para los demás, pero no para nosotros.

El movimiento fue tan leve, tan inocente, que podría haber pasado desapercibido si no hubiéramos estado atentos.

Nos miramos de nuevo, esta vez con más urgencia.

Aurore apretó la mandíbula y yo tragué saliva, sin saber si habíamos presenciado un gesto inocente o un acto más siniestro.

—¿La habéis visto? —murmuró en mi oído, sin apartar la vista de la Montespan.

—Sí, lo he visto —asentí, incapaz de ignorar la creciente sospecha que empezaba a invadirme.

Madame de Montespan se reclinó en su asiento, sonriendo con arrogancia mientras Louis, ajeno a todo, tomaba su copa.

— Sacrebleu , alteza, haced algo —me urgió Aurore, tirando de los puños que sobresalían de mi casaca.

Sentí cómo el calor subía por mi cuello y mi mente corría a mil por hora, buscando la excusa perfecta para detener a Louis sin levantar sospechas.

No podía permitirme un escándalo frente a toda la corte y mucho menos acusar a una de las favoritas del rey sin pruebas claras, pero tampoco podía quedarme de brazos cruzados viendo cómo mi hermano, el rey de Francia, podía estar a punto de beber su última copa.

Con un movimiento rápido, me levanté de mi asiento, con una falsa sonrisa en los labios.

—¡A vuestra salud, hermano! —exclamé con jovialidad exagerada, alzando mi propia copa.

Todos los presentes levantaron las suyas, siguiendo mi ejemplo.

—¿A qué viene este brindis, Philippe? —preguntó Louis, divertido, ladeando la cabeza con una sonrisa inquisitiva y con su copa a medio camino de sus labios—. Parece que hoy estáis especialmente contento.

—Oh, no, querido hermano —respondí, haciendo una floritura con la mano mientras me acercaba a su lado—.

Solo pensaba que sería un desperdicio no compartir un poco de diversión con nuestros acompañantes.

¿Qué me decís? —Antes de que pudiera contestar, me incliné hacia él, con la agilidad que me había dado toda una vida de juegos cortesanos, y le quité la copa de las manos con una risa ligera—.

Dejadme ser vuestro sumiller por una noche.

Louis, a medio camino entre la sorpresa y la diversión, entró en el juego.

—¿Qué tramáis?

—Solo una pequeña sorpresa, majestad. Como bien sabréis, he estado recientemente en París en compañía de mi amiga Aurore Bechard —declaré, sosteniendo la copa en la mano, con todos los ojos de la mesa fijos en mí—.

Las malas lenguas de la corte aseguran que mademoiselle Bechard y yo visitamos tugurios de moral cuestionable, lo cual es… relativamente cierto.

Escuché algunas risas y me obligué a mantener aquella sonrisa frívola en mi rostro.

—¿No sería divertido traer un poco de esa moral cuestionable a nuestra mesa, aunque solo sea en forma de elixir clandestino?

Louis me observaba con esa mezcla de irritación y diversión que solía reservar para mis múltiples excentricidades.

—¿De qué habláis, Philippe? —dijo, y sus ojos centellearon de curiosidad.

La sala entera aguardaba mi respuesta.

—De un pequeño capricho, hermano —respondí con una sonrisa, dejando la copa que le había arrebatado a Louis frente a Aurore—.

Estoy seguro de que este vino es excelente, pero pensé que podríamos probar un licor un poco más exótico.

Algo de lo que se toma en los bajos fondos de París, reservado solo para aquellos con el estómago más fuerte.

Mi hermano parpadeó, claramente desconcertado.

—Bontemps —dije, girándome hacia el ayuda de cámara—, traed una de las botellas que os ordené guardar en el gabinete de mi antecámara.

Bontemps asintió y salió del salón a toda prisa. Entre los asistentes a la cena se elevaron murmullos llenos de expectación. Vi cómo Madame de Montespan fruncía el ceño ante mi numerito.

Louis, claramente más divertido ahora, se recostó en su asiento .

—¿Y cuál es esta bebida prohibida que tanto interés despierta? —quiso saber.

—Dicen que viene de los barrios más oscuros de París. Se hace con ajenjo, según me han contado. Los parisinos lo llaman “ le rêve vert ”.

—¿El sueño verde? —preguntó el rey.

—Y no se encuentra en ningún banquete de la corte, eso os lo aseguro.

Madame de Montespan, que ahora jugaba con su propia copa, no me quitaba los ojos de encima.

Bontemps regresó enseguida con una botella de cristal oscuro, colocándola frente a mí. El contenido parecía más espeso que cualquier licor que hubiésemos servido antes en Versalles, de un verde intenso.

—Et voilà —anuncié, descorchando la botella con un gesto exagerado—. Un regalo para su majestad.

Louis extendió la mano para tomar la botella, pero me adelanté a él, sirviendo una pequeña cantidad en una copa diferente.

—Con todo respeto, hermano, permitid que lo pruebe primero. Solo para asegurarme de que es digno de vuestra mesa.

Se echó a reír, recostándose de nuevo en su asiento. Mientras tanto, vi de reojo cómo Athénaïs, visiblemente inquieta, miraba la copa de vino que había quedado en segundo plano. Por ahora, había ganado algo de tiempo.