Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore VI
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Aurore VI

M e pasé la tarde entera preparando antídotos a solas, en mi dispensario.

No había podido evitar la muerte del vizconde de Béarn y de Madame de Buis y no pensaba permitir que el próximo envenenamiento me tomase por sorpresa.

Me aseguré de tener suficiente ruibarbo, antimonio y carbón para hacer frente a una posible crisis y le pedí a Bontemps que me abastecieran de cardo bendito.

Limpié todos mis paños de lino y estaba repasando el instrumental cuando apareció Philippe.

Las cosas seguían ligeramente tensas entre nosotros, si bien me aliviaba ver que aún deseaba mi compañía. Aunque fuera para algo tan inocente como un paseo vespertino a su lado.

«No hay paseos inocentes junto al duque de Orleans», pensé, recordando la última vez en que nos habíamos perdido en el bosquete del Obelisco y él me había tomado ahí, rápido y furioso, de pie y sin apenas despeinarse.

También recordé las palabras que había vertido en mi oído con aquella lengua afilada suya y tuve que darle la espada para que no viera el sonrojo en mi rostro.

Se acercó a mi mesa con esa calma y arrogancia que siempre lo caracterizaban. Sin embargo, hoy su expresión era más seria, lo cual no pasó desapercibido para mí.

Dejé de limpiar el instrumental y lo miré.

—¿Venís a decirme que soy una exagerada por preparar todos estos antídotos? —le dije.

—No, para nada —respondió Philippe, cruzándose de brazos mientras me observaba—. De hecho, estoy aquí porque creo que vuestros preparativos podrían ser más necesarios de lo que imaginamos.

Eso me sorprendió. Philippe solía tomar estos asuntos con una mezcla de indiferencia y desdén, pero hoy parecía preocupado. Dejé el paño que tenía en la mano y me acerqué a él.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunté, estudiando su rostro en busca de respuestas.

—Louis cree que la situación se está complicando más de lo que pensamos —dijo en voz baja, como si temiera que alguien pudiera escucharnos.

Me crucé de brazos, sintiendo un nudo de preocupación formarse en mi estómago.

—¿Hay alguien más en peligro?

—Todos lo estamos, si lo que dice Louis es cierto —respondió Philippe, acercándose más a mí. Sus ojos me miraban con intensidad—. No quiero alarmaros, pero necesito que estéis preparada para cualquier cosa.

—Ya lo estoy —respondí con firmeza, señalando los frascos y el instrumental que había dispuesto.

Philippe suspiró y pasó una mano por su cabello, claramente incómodo con la situación. No le gustaba sentirse vulnerable, ni mucho menos admitir que algo escapaba de su control. Pero aquí estábamos, enfrentándonos a una amenaza que ninguno de los dos entendía del todo.

—No me refería a vuestros potingues, ma petite furie .

Se abrió la casaca y, tras un momento de búsqueda, extrajo un objeto pequeño y reluciente que me alargó con cuidado.

Era una daga delicadamente forjada, bien afilada.

El mango, de un azul intenso, estaba trabajado en marfil con finos grabados dorados que se entrelazaban hasta formar una flor de lis en su centro.

El símbolo de la realeza y de la casa de Orleans, brillando con el mismo orgullo que la familia que representaba.

La hoja, de acero pulido, se sintió helada cuando la acaricié con el pulgar.

Miré a Philippe, interrogante.

—Llevadla siempre encima y no dudéis en usarla si os sentís en peligro .

—¿Y vos?

—Yo también llevaré una.

—¿Lo juráis?

—Lo juro.

—¿Creéis que es necesario ir armados?

—Mi hermano considera que la Nueva Fronda se ha introducido dentro del palacio. No sabemos quiénes pueden estar involucrados en los ataques. Gérald está investigando, pero los resultados hasta ahora son... escasos.

Sentí un escalofrío recorrerme la columna.

—Si eso es cierto, cualquiera podría ser el próximo objetivo —dije, más para mí misma que para Philippe—. Incluso el rey.

—O los más cercanos al rey —respondió él—. Por eso vine a veros. Quiero que tengáis cuidado y que, siempre que podáis, no os alejéis de mí.

—Ya me habéis pedido eso con anterioridad.

—Entonces no os resultará difícil obedecerme, espero.

—No me resultará difícil, no.

—Por alguna razón me cuesta creer que vais a obedecerme así, sin más.

—¿Acaso no os obedezco siempre?

—Solo cuando estáis desnuda —soltó, ofreciéndome su brazo.

—Sois incorregible.

Puse los ojos en blanco, pero acepté su gesto.

No ignoré la sonrisa de suficiencia que se formaba en su bonito rostro y, a pesar de todo lo que estaba ocurriendo a nuestro alrededor, me sentí feliz de estar a su lado.

Pero, mientras salíamos del dispensario y nos dirigimos a mi nueva habitación para que pudiera cambiarme el vestido, no pude evitar preguntarme cuánto tiempo más podríamos seguir ignorando la creciente oscuridad que parecía acecharnos a todos en Versalles.

—Esta tarde he recibido carta de Henriette —comentó Philippe, caminando a paso lento mientras cruzábamos la Orangerie , con el aire cargado de aromas cítricos.

—¿Cómo está vuestra esposa?

—Bien instalada y feliz de tenerme lejos, supongo.

—No seáis tan duro con vuestra persona. Puede que Henriette no os ame como a un marido, pero está claro que os aprecia como un buen amigo.

—Crecimos los tres juntos, ¿os lo he contado alguna vez?

Sí que me lo había contado, pero no me importó. Adoraba escucharle hablar de cualquier cosa. Me contó de su infancia correteando por el Louvre y por Saint-Germain en compañía de Louis y de Henriette, mientras yo me quedaba embelesada por la forma en que sonreía al recordar esos tiempos.

—Éramos inseparables —continuó—. Los tres pasábamos horas y horas juntos. Henriette siempre estaba ahí, sonriendo, riendo. Louis era... ya sabéis cómo es, siempre con ese aire de grandeza, incluso cuando era niño. El mundo nos pertenecía.

—Puedo imaginarlo —respondí, queriendo que siguiera hablando—. ¿Fue entonces cuando la reina os empezó a vestir como a una niña?

—Mucho antes, a los tres meses de nacer.

Mi destino siempre fue el de convertirme en una débil nube, incapaz de oscurecer jamás el resplandor del Rey Sol.

Mi madre creyó que educándome y vistiéndome como a una niña sería más que suficiente para aplacar mis deseos de sobreponerme al futuro de mi hermano.

—La verdad es que la reina Anne tomó una decisión muy cuestionable educándoos así, alteza.

—Eso ya no importa —replicó, soltando un leve suspiro—. El pasado es un país del que ya no tengo mapas. Siempre me quedará el consuelo de saber que alguna vez los tres fuimos felices, aunque solo haya sido en esos días lejanos.

La melancolía en su tono era más profunda de lo que parecía, y no estaba segura de si quería que lo reconfortara o que lo dejara solo con sus pensamientos. La oscuridad que acechaba Versalles parecía rodearnos también a nosotros, aunque de una manera más íntima.

Nos detuvimos un momento frente a los naranjos, las hojas verdes bañadas bajo la luz vespertina del atardecer.

—No sois el mismo niño que corría por el palacio del Louvre —dije—, pero tampoco habéis cambiado. La lealtad que sentís por vuestra familia sigue intacta.

—Quizá —respondió, su tono volviendo a su habitual sarcasmo—. O quizá solo soy un hombre que ha aprendido a sobrevivir en medio de una corte donde las máscaras son necesarias para no ser devorado.

—Dudo que la reina Anne haya sospechado jamás que, al vestiros como una niña, estaría dando a Francia el príncipe más irreverente, deslumbrante e intrigante de su historia.

La risa de Philippe resonó suavemente en los jardines, y su mirada brilló, pícara como siempre. Se inclinó hacia mí, la brisa de la tarde revolviendo sus cabellos, y pude ver en su expresión la mezcla de orgullo y diversión que mis palabras habían provocado en él.

—Cuidado, Aurore... —dijo con un murmullo—. Aún estoy loco por vos y soy capaz de…

Su voz se cortó de repente al descubrir quién se acercaba a nosotros, como si alguien le hubiese arrebatado el aliento, y yo maldije entre dientes la indeseada interrupción.

Louis paseaba junto a su habitual séquito, que incluía a Madame de Montespan. Esta me lanzó una mirada envenenada, que opté por ignorar.

—Hermano, mademoiselle Bechard —saludó Louis con su habitual sonrisa encantadora—. Os he estado buscando.

Me crucé de brazos sin pararme a pensar en lo vulgar de ese gesto frente al rey. Philippe, por su parte, se mantuvo en silencio, si bien me dio un codazo suave para que descruzase los brazos y me comportase como una dama.

—Esta noche tras la cena —continuó Louis, haciendo una pausa dramática que hizo que el aire se detuviera por un segundo—, deseo veros a ambos en la chambre du roi .

Philippe levantó una ceja, su expresión tornándose más seria.

—¿De qué se trata? —preguntó.

Louis no respondió. En lugar de eso, su mirada se deslizó entre los dos, como si estuviera estudiándonos. Su sonrisa amable permaneció en su rostro, pero sus ojos escondían más de lo que decía.

—Siempre eres muy impaciente, querido hermano —respondió, inclinando ligeramente la cabeza antes de volverse hacia Athénaïs—. ¿Proseguimos con nuestro paseo, Madame?

Sin decir más, se retiró con la Montespan a su lado, dejándonos en un incómodo silencio. Apenas desaparecieron de nuestra vista, Philippe soltó un bufido de frustración, mirando hacia el horizonte como si quisiera destrozar algo.

—¿Qué demonios querrá ahora? —murmuró, más para sí mismo que para mí.

—¿Otro envenenamiento?

—No lo creo; si así fuera, os habría enviado enseguida a atender a la víctima. —Le di la razón, asintiendo con la cabeza—. ¿Y qué hace con Athénaïs? Creí que había caído en desgracia.

—Supongo que es difícil abandonar así como así a alguien a quien has amado tanto —dije, sin rencor en mi voz.

Sentí la mirada de Philippe resbalando por mi rostro, en silencio. No se la pude devolver.

—¿Continuamos, alteza? Tengo ganas de andar hasta el Gran Canal.

Cualquier cosa con tal de no pensar en el motivo por el cual Louis nos había convocado esa noche a su cámara real.