Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe VI #2
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Philippe VI #2

—¿Entendéis lo que os acabo de decir? ¿Quién necesita un feroz enemigo al otro lado de la frontera cuando tiene la afilada lengua de Philippe de Orleans en la habitación de al lado?

El barón me miró y yo pude ver cómo Louis sonreía.

Solo le faltaba guiñar un ojo para darme a entender que estábamos logrando, una vez más, hacer creer al mundo entero que nuestra relación era más tirante y rival de lo que en verdad era.

Desde luego, mi hermano era un maestro de la teatralidad.

Sabía cómo manipular a su audiencia a la perfección y, en este caso, el barón Ward no era una excepción.

Observé cómo Oliver, normalmente tan seguro de sí mismo, ahora titubeaba ante el juego de palabras que Louis y yo desplegábamos con tanta naturalidad.

—En verdad, majestad —respondió el barón—, debo confesar que siempre encuentro fascinante la compañía de su alteza. Aunque es cierto que su agudeza a veces deja a uno sin habla.

Louis rio de nuevo y, por un momento, la sala se llenó de esa atmósfera extrañamente ligera, como si los asuntos del reino, las intrigas y los envenenamientos fueran simples rumores de aburridos cortesanos.

Pero debajo de esa superficie yo sabía que mi hermano estaba midiendo cada palabra y cada reacción con precisión estratégica.

—Bueno, no os preocupéis demasiado, Oliver —dije, inclinándome ligeramente hacia él—. Una lengua afilada no es lo más peligroso que uno puede encontrar en este palacio.

Louis, quien no parecía tener demasiada prisa por seguir con su apretada agenda, preguntó a Ward:

—Ha llegado a mis oídos que queréis proseguir vuestro camino a Colonia, barón. ¿No disfrutáis de la hospitalidad de Versalles?

—La hospitalidad de Versalles es insuperable en todos los aspectos, majestad, si bien el viaje al arzobispado debe retomarse tarde o temprano.

Y respecto a esto, quisiera hablaros en privado y confidencialmente, si tenéis a bien recibirme con la mayor brevedad posible. ¿Debo pedir audiencia a Bontemps?

Louis pareció interesado y me miró fugazmente de reojo .

—No será necesario. Venid a la cámara real antes de la cena; estaré encantado de escucharos. Y ahora, si me disculpáis, debo atender asuntos urgentes. ¿Os veré esta noche en los salones?

—Así es, majestad.

—Bien. Hermano, ¿serías tan amable de acompañarme hasta mi destino?

Asentí y eché a andar a su lado, dejando atrás al barón.

Louis se mantuvo en silencio mientras cruzábamos el Salón de la Abundancia y luego el de Venus, Diana, Marte, Mercurio, Apolo, hasta llegar al de la Guerra.

Ahí se detuvo y mandó a sus guardias cerrar todas las puertas.

Estos se apresuraron a obedecer, privándonos de la vista de la Galería de los Espejos. Nos quedamos a solas con Bontemps.

Entonces, el buen humor y la simpatía de los que Louis había hecho gala frente al barón se esfumaron y su gesto se tornó en uno serio, preocupado.

—¿Qué ha pasado? —me alarmé.

—Esta noche han fallecido dos nobles envenenados. El vizconde de Béarn y Madame de Buis. Juntos y en la cama.

—¿Y nadie sabía que…?

Bontemps intervino.

—Se les vio por última vez ayer, jugando a los dados en el Salón de Marte.

Madame de Montespan nos ha asegurado que se fueron juntos.

Esta mañana, la dama de compañía de Buis los ha encontrado a ambos muertos, en el lecho.

Mademoiselle Bechard nos ha confirmado que se trata de lo mismo que mató a Colbert.

—Esta vez ha sido fulminante —comenté yo—. Colbert duró un par de semanas vivo.

—Quizá nuestro envenenador ha considerado un riesgo esperar dos semanas para matar a alguien y ha aumentado la dosis.

—Es la misma hipótesis de Gérald de la Reynie —confirmó mi hermano—. He dado orden de que coloquen probadores de comida a todos los miembros de la familia real, Philippe, así como de doblar la guardia en almacenes y cocinas. Te ruego discreción y precaución con lo que vayas a llevarte a la boca .

Estuve tentado de hacer un comentario de mal gusto al respecto, pero consideré que la gravedad de la situación en la que nos hallamos no era la idónea.

—Puedo comprender la jugada política detrás del asesinato de Colbert, pero… ¿Por qué envenenaron a esos dos? Ni siquiera son cercanos a ti y tampoco tienen influencia alguna en la corte.

—Porque quieren que cunda el pánico y que nadie se sienta seguro. Así es como pretenden destruir lo que hemos construido en Versalles, lo que este sitio simboliza para Europa entera —masculló mi hermano, casi fuera de sí.

—Quizá sería una buena idea cerrar los salones y reducir las celebraciones nocturnas, Louis. Solo como medida preventiva.

—Me niego —replicó, y sus ojos azules relampagueaban de furia—. No van a impedir que continuemos con nuestra vida.

Asentí, aceptando su decisión, aunque no estuviera de acuerdo con ella.

—¿Qué ha averiguado Gérald de la Reynie?

—No gran cosa. Hasta donde sé, ha encerrado a ese Manadou en los calabozos y lo está… persuadiendo para confesar.

—¿Sí? Apuesto a que Le Sorcier ya está tuerto a estas alturas.

—Philippe, esta es una situación grave. Te pido que te comportes como el príncipe de Francia que eres.

—Está bien. —Levanté ambas manos, rindiéndome—. ¿Qué quieres que haga?

—Nada.

—Es decir, lo de siempre.

—¿Qué te acabo de pedir?

Louis suspiró y miró a su alrededor, al precioso salón de la Guerra y luego hacia las puertas cerradas que llevaban a la Galería de los Espejos, su lugar favorito de todo el palacio.

—Ahora me alegro de haber enviado a nuestra Henriette a Saint-Germain.

—Sí —contesté, sintiendo cómo me cosquilleaba la nuca de inquietud. Al menos en eso tenía razón: era un alivio saber que Henriette permanecía alejada de esa situación. Miré a Louis a los ojos y él intuyó mi desasosiego—. Le prometí a Aurore mi protección. Si algo le ocurriese…

—Tienes mi palabra de que estará a salvo.

—Eso es lo único que necesito saber.

Louis examinó mi rostro con curiosidad, como si fuera capaz de ver más allá de mi piel.

Me sentí incómodo. Siempre había tenido esa capacidad, la de leer el interior de la gente con esa mirada penetrante que reservaba para situaciones graves.

Por eso era tan buen rey. Y habíamos crecido juntos.

Me conocía mejor que nadie. Intuía que había algo que no le había contado.

—Philippe —su tono era ahora paternal—, sé que Aurore es importante para ti, eso está claro, pero no puedes dejar que te distraiga de lo que está ocurriendo.

—No estoy distraído —repuse, más a la defensiva de lo que quería. Intenté recomponerme—. Sé perfectamente lo que está en juego.

Louis entrecerró los ojos, evaluándome, y luego volvió a mirar hacia la puerta que daba a la Galería de los Espejos.

Pude ver el conflicto en su expresión, como si intentara decidir cuánto decirme.

Caminó hasta la ventana, observando los jardines impecablemente cuidados de Versalles.

Sus dedos tamborileaban sobre el marco de la ventana, una señal de que estaba sopesando sus palabras.

—Louis —empecé, pero él levantó una mano para silenciarme.

—Basta de esto por ahora —dijo con firmeza—. Debemos actuar con discreción. Nos mantendremos vigilantes, pero no dejaremos que el miedo gobierne nuestras vidas. ¿Entendido?

Asentí, aunque la preocupación no desapareció del todo. En el fondo era consciente de que Louis tenía razón. No podíamos mostrar debilidad ante la corte y menos en tiempos de inestabilidad.

—Muy bien —dije, tratando de dejar atrás el peso de la conversación—. Si quieres que siga como siempre, lo haré, pero te advierto que si esto se complica, no me quedaré de brazos cruzados.

Louis pareció satisfecho con mi respuesta.

—Sé que no lo harás y que, llegado el momento… serás el primero en defender Francia. Por eso siempre has sido el mejor hermano que podría haber deseado tener a mi lado.