Philippe VI
N o me detuve a observar cómo, a los pocos días de haber regresado de nuestra última visita a París, un puñado de sirvientes cargaban con los baúles de Aurore para abandonar la habitación que yo le había cedido durante todo aquel tiempo.
Me encerré en mi antecámara, sin saber qué decir o qué hacer, hasta que ella vino a mí.
—¿Nunca os han dicho que debéis llamar a la puerta antes de entrar? —dije, irritado, sin dejar de mirar por la ventana.
—¿Y a vos nunca os han dicho que podéis ser un absoluto petulante?
—En muchas y variadas ocasiones.
—Vengo a devolveros esto.
Esta vez sí que me giré. Aurore llevaba en su mano el primer collar que yo le había regalado, el de seda azul con una única perla.
—Eso fue un regalo. Es de una tremenda mala educación devolver un presente. Aunque bueno, sois una maleducada, así que supongo que no debería sorprenderme.
—Alteza.
—Conservadlo —insistí—. Os queda mejor a vos que a mí. Ese azul real nunca me ha favorecido.
Aurore miró el collar y luego a mí.
—¿Habéis sabido algo de Gérald de la Reynie y su investigación?
—No, pero ese asunto ya no nos concierne a ninguno de los dos. ¿Habéis venido para hablarme de eso ?
—Claro que no —empezó a enfadarse ella—. En verdad, lo del collar era una vil excusa para deciros que esto no cambia nada.
—Por favor, os lo suplico, ma petite furie —repliqué con sarcasmo—, tendréis que ser un poco más específica respecto a “esto”.
—Al hecho de que abandone los Apartamentos del Príncipe.
—No seáis ingenua. Lo cambia todo y lo sabéis perfectamente.
—No cambia en absoluto lo que siento por vos.
Me quedé en silencio, incapaz de apartar la vista de ella. Esa era una verdad amarga que ambos conocíamos, pero que ninguno deseaba aceptar por completo.
—Claro que lo cambia —respondí. Me aparté de la ventana y caminé hacia ella, cada paso lento y cansado—. El hecho de que os vayáis, de que abandonéis mis aposentos, significa que ya habéis tomado una decisión. No son necesarios los engaños. No entre nosotros.
Ella apretó los labios, sosteniendo aún el collar con la perla en su mano.
—Alteza —comenzó, su voz casi suplicante—. Sabéis tan bien como yo que mis sentimientos no dependen de dónde me aloje en el palacio, ni de con quién comparta mis noches. Os deseé desde que os vi y aprendí a amaros con cada día que compartimos.
Sus ojos refulgían, llenos de ese fuego que siempre había sido su sello distintivo. Y yo la amaba por ello.
—El amor no es suficiente —musité, apenas escuchándome a mí mismo—. No en un mundo como este.
—¿Y qué hay de vos? —replicó, avanzando hacia mí—. ¿Os vais a esconder de mí para siempre? ¿O acaso pensáis que apartándome de vuestro lado todo será más sencillo para ambos?
Su cercanía era intoxicante y, aunque mi mente me gritaba que me mantuviera firme, que no me dejara llevar por lo que Aurore despertaba en mí, mi cuerpo traicionaba cada uno de mis pensamientos.
Por un instante, todo lo que quería hacer era olvidar la carga de mi linaje, del reino y de lo que se esperaba de mí.
Solo éramos ella y yo, como siempre había sido. Como siempre había querido que fuera.
—No me digas que te has resignado a ser el hombre que todos esperan que seas, en lugar del que quieres ser —espetó, olvidándose del trato protocolario—.
Porque te conozco, Philippe de Orleans. Sé que en lo más profundo de tu ser no eres solo el príncipe de Francia.
Eres mucho más que eso. Te lo dije una vez y te lo vuelvo a decir: para mí, no eres el hermano equivocado. Nunca lo fuiste.
Su proximidad hizo que mis defensas cayeran de nuevo y, sin pensarlo, tomé su mano.
Su piel, cálida y suave, había sido mi refugio, mi escape de un mundo contra el que me rebelaba inútilmente cada día.
Todo lo que nos rodeaba pareció desvanecerse, pero la realidad, como siempre, seguía presente en cada rincón de la habitación y se cernía sobre nosotros como una sombra de la que nunca íbamos a poder escapar.
—A veces… —confesé—, a veces deseo que todo esto desaparezca. Que no haya títulos, ni obligaciones, ni secretos. Solo tú y yo.
La tristeza cubrió su rostro.
—Ese es un bonito sueño.
—¿No podemos continuar como hasta ahora? —pregunté.
—¿Viviendo en dos mundos a la vez, alteza?
«No, solo en el mío, en el nuestro», pero no lo verbalicé.
—Al menos, no me negaréis el placer de ser irritado por vos durante nuestros paseos vespertinos.
—Eso nunca —sonrió ella, si bien la sonrisa no se reflejó en sus pupilas.
—Aunque reconozco que perderán emoción si no puedo colar la mano por debajo de vuestras faldas.
Sacudió la cabeza, casi riendo.
—¿Ni siquiera ahora podéis comportaros como un caballero?
—No.
Aurore asintió, acariciando la perla del collar.
—Si alguna vez decidís que vale la pena luchar por lo que realmente importa… sabéis dónde encontrarme .
Y sin más palabras, se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando un vacío que consumió todo el aire a mi alrededor. Me quedé allí, en silencio, sabiendo que había dejado ir algo que quizás nunca recuperaría del todo.
Caminaba por los pasillos del palacio sin rumbo fijo.
El aire pesado del lugar me resultaba más asfixiante que nunca.
Los muros del palacio, que antes me eran tan familiares, ahora parecían cerrarse sobre mí, como si quisieran ahogarme y atraparme en ellos para siempre.
Quizá ese era mi destino: languidecer en Versalles, viendo los años y los amantes pasar, cumpliendo con las órdenes de mi hermano hasta que uno de los dos muriera.
Nuestros destinos siempre estarían unidos irremediablemente.
Estábamos emparentados por sangre o matrimonio con la mayor parte de la realeza europea, pero al final del día solo nos teníamos el uno al otro. Yo era su único hermano y él, el mío.
Crucé el Salón de Hércules con pasos rápidos, intentando evitar cualquier encuentro que pudiera distraerme de mis lúgubres pensamientos. El sonido de mi propio andar sobre el mármol se escuchaba como un martilleo en mis oídos. Sin embargo, mi apuro no pasó desapercibido.
Justo al salir del salón me topé con el barón Ward. Posiblemente, uno de los hombres con los que menos me apetecía hablar en aquellos momentos, pero ya llevaba varios días evitando su presencia y mi escasa disposición hacia él podía resultar sospechosa.
—Alteza —saludó el barón con una leve inclinación de cabeza.
—Barón —respondí, deteniéndome.
No había forma de evitarlo; tendría que hablar con él.
—Parece que tenéis prisa, alteza —comentó, sus ojos escudriñando mi rostro—. O quizás algo en mente.
—Siempre tengo algo en mente —repliqué con un tono más afilado de lo que pretendía.
—Por supuesto. Un hombre de vuestra posición siempre tiene una preocupación que atender. Especialmente en tiempos convulsos como estos… —dijo el barón, dejando que sus palabras quedaran en el aire, cargadas de un significado que no necesitaba ser explicado.
—Si tenéis algo que decirme, os sugiero que lo hagáis rápido —espeté, mirándolo directamente a los ojos.
El barón sonrió apenas, como si mi irritación le divirtiera.
—Solo me preguntaba qué haríais ahora que ciertos cambios están ocurriendo en el palacio.
—¿Cambios?
—Los rumores avanzan rápido por los salones. Se dice que la defunción del ministro de Hacienda ha sido por envenenamiento. Todo el mundo se pregunta quién será el próximo en caer.
—Colbert comía como un jabalí —dije, fingiendo aburrimiento y ateniéndome a la versión que Louis quería que circulase sobre la muerte de su ministro—. Según los galenos reales, su corazón no ha podido resistir ni un pastel más.
—Es un alivio saber que esa ha sido la causa de tan terrible pérdida.
—¿Un alivio por qué?
—Mis compatriotas hablan de adelantar nuestra marcha hacia el arzobispado de Colonia y partir esta semana, en vez de a final de mes, como teníamos planeado.
—En ese caso, os echaré de menos, Oliver. Nuestras noches juntos han sido… estimulantes.
—¿Y si solicitase a su majestad un puesto como embajador británico aquí, en Versalles?
—¿Por qué? —arrugué el ceño—. Sé que las viandas francesas son mucho más exquisitas que esas cosas que vosotros llamáis comida en vuestra isla, pero no me parece razón de peso suficiente para querer quedarse en esta jaula de oro.
—Puede que no me quede por las exquisitas viandas francesas —dijo, lanzándome una mirada cargada de intención y repleta de promesas.
—En tal caso, mi querido Oliver, yo mismo me aseguraré de que no paséis hambre.
El barón dejó escapar una risa suave, mientras su mirada se mantenía fija en mí, evaluando hasta qué punto yo hablaba en serio.
—Estoy seguro de que, bajo vuestra tutela, alteza, no me faltará nada —replicó.
Esbocé una sonrisa perezosa. Era consciente de que Oliver tenía otras razones más importantes para permanecer aquí que nuestra corta aventura, y ese era el poder que podría conseguir a través de mí si finalmente se convertía en mi favorito. Ese era el motivo real de querer quedarse en Versalles.
«Es Aurore quien se quedaría en Versalles solo por ti», me dijo una voz traicionera que opté por ignorar.
En aquel momento, los guardias apostados en las puertas abiertas del salón de Hércules anunciaron que se acercaba el rey.
Louis apareció pocos segundos después, seguido de Bontemps y sus ministros.
—Ah, barón Ward —saludó, de buen humor—. Qué sorpresa encontraros aquí a estas horas. ¿No os agradan los paseos matutinos por mis jardines?
—Majestad, si tengo que elegir entre contemplar naranjos y charlar con su alteza el duque de Orleans, creo que tengo clara mi elección.
Louis me miró con una media sonrisa.
—No puedo decir que no lo entienda: charlar con mi querido hermano es una de las actividades más apasionantes que podéis llevar a cabo en Versalles.
—Cuánta lisonja, hermano, cualquiera creería que quieres pedirme algo a cambio.
Él rio y se inclinó hacia Oliver.