Aurore V #2
No podía dejar de tocarlo, de subir y bajar la fina y suave piel de su miembro, de repartir la humedad que salía de su punta, de disfrutar de cada centímetro de dureza que tenía en mi mano.
Era una sensación poderosa, la de tenerlo así, rendido ante mis caricias, y no pude evitar mirarlo a los ojos mientras lo hacía.
Era una imagen lujuriosa y subyugante de la que no podía apartar la mirada.
—¿Lo hago bien? —pregunté, atrapando su labio inferior entre mis dientes, sin dejar de estimular su erección a un ritmo frenéticamente lento.
—¿Necesitas indicaciones? —murmuró, con una media sonrisa.
—Quizá.
—Tu boca.
—Aún no. Me gusta así.
—Vaya, ¿a quién no le sirve de nada ahora ser el rey de Francia? —bromeó con voz ronca.
—A ti —dije, apresurando mis movimientos para luego volverlos lentos y que mi mano derecha pudiera disfrutar en toda su magnitud del tamaño y la dureza de Louis.
Me incliné para dejar caer un poco de saliva sobre su miembro y el contacto húmedo hizo que él gimiera, con las manos apoyadas en el lecho y completamente entregado a mí.
Reanudé los movimientos a una velocidad endiabladamente pausada, sin dejar de mirar su cara.
El sudor de su rostro hacía que aquellos bucles con reflejos de ocre se pegaran a su piel, y que su fina boca estuviera entreabierta.
La forma en que me miraba, con los ojos encendidos como dos ascuas ardientes, me hizo estremecer.
Quería que ese momento durase, tenerlo así, en mis manos, masturbándolo y arrancándole jadeos cada vez más roncos de su garganta.
—Basta —me ordenó, agarrándome con fuerza las muñecas y apartándome de él.
—Qué poca paciencia tenéis, majestad.
Tiró de mí para colocarme encima de él y yo me acomodé a horcajadas sobre su cintura.
Deslizó sus manos ávidamente bajo mi falda y la empujó hacia arriba.
Me estremecí de puro placer al sentir la yema de sus dedos sobre mi piel a medida que iba descubriendo mis piernas, mis muslos, y jadeé ante la forma en que se agarraba a mis caderas y me apretaba las nalgas contra su dureza, de atrás hacia adelante, de adelante hacia atrás.
Louis acercó su boca a mi oído, su respiración cálida rozando mi piel.
—Quítate el vestido ahora mismo, o seré yo quien lo haga trizas —susurró, con una mezcla de diversión y desafío.
Sonreí, provocándolo.
—Pues hazlo trizas. ¿Acaso no te puedes permitir comprarme otro?
Él negó con la cabeza, esbozando una sonrisa traviesa.
Y, sin perder un segundo, sus manos rasgaron el tejido de aquel vestido humilde que yo misma había traído a Versalles de mi antigua vida.
La tela cayó al suelo en un instante y luego se ocupó de romper la ropa interior que me cubría, hasta lograr su objetivo: dejarme expuesta ante su mirada ardiente.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una intensidad que hacía palpitar el aire entre nosotros.
—Mucho mejor así.
Me tumbó de lado, frente a él, y me levantó una pierna para colocarla sobre su cintura.
Pude notar la punta de su miembro rozando mi entrada y su boca contra la mía, su lengua jugando a buscar mi lengua.
Pronto abandonó mis labios para deslizarse por mi cuello, mordiéndome ligeramente la piel, para regresar a mi boca y encontrarme dispuesta, sedienta de él.
Y poco a poco, centímetro a centímetro, fue entrando en mí.
Intenté no gemir ante el exquisito impacto de sentir mi estrechez tensándose alrededor de su tamaño, ante la maravillosa sensación de estar llena de él, pero no lo logré.
Moví mis caderas de atrás hacia adelante, buscando una penetración más profunda.
Louis dejó escapar un gruñido ronco y me agarró por el muslo con tanta fuerza que supe que sus dedos dejarían marcas en mi piel, y marcó el ritmo a su gusto, como era habitual en él.
Nunca se le daba bien ceder el control, ni siquiera en la cama, y a mí me parecía bien ser un juguete en sus manos.
La profundidad de sus embistes se intensificó cuando yo le cedí el mando, cuando empecé a suspirar de placer perdida en sus brazos, cuando noté sus dedos hundidos en mi carne, obligándome a seguir su ritmo.
No pude evitar deslizar mi mirada hacia el punto en que nuestros cuerpos se unían.
Me deleité en la forma en que su erección desaparecía en el interior de mi cuerpo, húmeda de mis fluidos y de los suyos, abriéndose paso en mi canal y reclamándolo para sí.
—Dios, Louis. ¿Cómo lo haces?
Él rio en voz baja, sin dejar de besarme con aquella media sonrisa suya y sin perder la cadencia con la que se hundía en mí.
—¿Cómo lo haces tú para tenerme así? —me susurró al oído, aumentando la violencia y la rapidez de sus estocadas, y yo me dejé llevar por el exquisito dolor que sus dedos dejaban en mi carne y le pedí más: más rápido, más fuerte, más duro. Simplemente más.
Por un efímero momento, eché de menos todas las groserías que Philippe era capaz de decirme sin sonrojarse lo más mínimo y la forma en que mi cuerpo reaccionaba a cada una de sus soeces palabras, pero Louis no era Philippe.
Su pasión residía en el control, en sus gestos, en la forma en que se apoderaba de mis labios mientras me penetraba sin parar, entrando y saliendo de mí a una velocidad que amenazaba con llevarme al clímax más temprano que tarde .
Ahogué un gemido antes de que el placer estallase en mi cuerpo y Louis se aseguró de no dejar de penetrarme hasta que mi orgasmo empezó a disiparse.
Solo entonces se permitió a él mismo alcanzar el suyo y me estrechó contra sí al hacerlo, saliendo rápidamente de entre mis piernas para evitar derramarse dentro.
Dejé que recuperase la respiración y aparté uno de esos mechones oscuros de su bonito rostro.
—Creo que a estas alturas es justo confesar que tomo una infusión de hierbas que me impide quedarme embarazada, majestad.
Él se cubrió la cara con ambas manos, sonriendo en silencio, y luego me miró.
—¿Y esa información no podrías haberla compartido antes?
—Solo ante tortura confesaré que hay una parte de mí que disfruta cuando… —Me detuve, buscando las palabras que no lo ofendiesen.
«Él no es Philippe. A Philippe podrías decirle lo excitante que te parece que se corra en tu vientre, pero a Louis no», pensé, sintiendo un doloroso pinchazo al pensar en el duque de Orleans.
—Cuando alcanzáis vuestro placer y usáis mi piel como lienzo —dije, sintiéndome ridícula porque no se me había ocurrido nada mejor.
En efecto, Louis estalló en sedosas carcajadas que a mí me sonaron a preciosa música.
—Tienes que dejar de esconderme ese tipo de secretos.
La voz me tembló ligeramente al contestarle.
—Lo intentaré.
Porque mi secreto mejor guardado era uno que podía romperle el corazón. Y, al parecer, también el mío.