Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore V
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Aurore V

H abía ido a ver a la reina directamente nada más poner un pie en palacio, pero mi aspecto polvoriento y cansado la escandalizó, por lo que me echó de sus aposentos sin miramientos.

Sospeché que aún se sentía airada por mi relación con Louis y que mi apariencia nada tenía que ver con no querer verme, así que me dirigí a los Apartamentos del Príncipe sintiéndome más derrotada que nunca.

No solo María Teresa no me dejaba cuidar de ella, sino que Philippe continuaba profundamente molesto conmigo.

Me pregunté qué pintaba yo en Versalles si no me permitían cumplir con mi deber y si Philippe decidía apartarme de su lado, como parecía tener intención de hacer.

Lo único que me consolaba era haber sido de ayuda a Gérald de la Reynie con el serpentio, aunque una voz de impostora me susurraba que el capitán de los mosqueteros hubiera llegado a conseguir lo mismo sin mi participación directa.

En aquel momento, en la soledad de mi habitación, eché de menos a tío Lambert y la vida que llevaba con él.

Quizá trasladarme a Saint-Germain cuando mi deber aquí estuviera cumplido no era tan mala idea.

Estaría rodeada de niños a los que cuidar, no pasaría penurias y las intrigas de la corte difícilmente me alcanzarían.

Aunque eso significase renunciar a Philippe… y a Louis.

—Bueno, ya basta de autocompasión —dije, en voz alta—. Irás al dispensario y prepararás unos cuantos antídotos. Serás una mujer útil, como siempre lo has sido.

Apenas pude adecentarme un poco cuando escuché el sonido de unos pasos acercarse por el pasillo que separaba mi habitación de los aposentos de Philippe.

Por un instante pensé que se trataría de él, pero enseguida me di cuenta de que el duque de Orleans jamás llegaría rodeado de un pequeño séquito. Quien se aproximaba era Louis.

Me puse en pie justo en el momento en que llamaron a la puerta.

—¿Estáis visible, mademoiselle Bechard?

—Más o menos —contesté.

Louis entró y los guardias que lo habían acompañado cerraron la puerta para dejarnos intimidad. Me alegré de verlo y, a juzgar por el brillo de sus ojos, él también se alegraba de verme.

Antes de que pudiera decir nada, atravesó la habitación con largas zancadas.

No me dio tiempo a reaccionar cuando me tomó por la cintura y me besó con una pasión que no esperaba.

Su boca buscó la mía como si llevase meses sin verme y, aunque al principio me sorprendió, no pude evitar devolverle el beso con el mismo fervor.

Después del desprecio de la reina y del enfado de Philippe, sentir que alguien disfrutaba de mi presencia era un bálsamo y me aferré a Louis con todas mis fuerzas.

Cuando se apartó, sus manos permanecieron en mi cintura y sus ojos recorrieron con avidez mi rostro.

—Te he echado tanto de menos —confesó.

Sonreí, divertida por su entusiasmo y su pasión. Apenas había pasado un día desde que nos habíamos visto y verdaderamente parecía que me había añorado de verdad.

—Apenas he estado fuera un día —respondí, intentando ocultar mi sonrisa. No podía negar que su efusividad me halagaba.

—Un día sin ti es como una eternidad —replicó, con un tono casi teatral—. No tienes idea de lo que he sufrido sin tu presencia.

—¿Sufrido? —me burlé suavemente—. ¿Tanto has sufrido mientras estabas rodeado de cortesanos y ministros? Pobre Rey Sol.

Louis sonrió ante mis impertinencias. Jamás le hubiera podido decir algo así en público, pero en privado era mucho más laxo en cuanto al protocolo y las formalidades y me permitía ser todo lo atrevida que quisiera. Más o menos .

Vi en sus ojos una vulnerabilidad que rara vez mostraba ante nadie. Siempre era el rey, pero aquí, en esta habitación conmigo, parecía dejar a un lado parte de esa fachada de autoridad que lo rodeaba a perpetuidad.

—Aurore, ¿pones en duda mi dolor? —bromeó, sin soltarme.

—Nunca, majestad. Especialmente si ese dolor te trae a mi puerta con besos como el que acabas de darme.

—Entonces, déjame darte otro.

Tomó mis mejillas con ambas manos y me besó con tanto ímpetu que me tambaleé. Noté la dureza en su calzón y me sonrojé, aunque no tanto por el bulto que se apretaba contra mí como por lo que me dijo a continuación:

—Solo contigo encuentro algo de paz.

Fui incapaz de no ablandarme ante palabras que sonaban tan sinceras.

Louis, el hombre que dominaba Europa, el rey que no mostraba debilidad ante ningún enemigo, ahora estaba frente a mí, confesándome su soledad, su deseo de estar con alguien con el que no necesitase ser el Rey Sol.

Era un peso para el que no sabía si estaba preparada, pero, al mismo tiempo, algo en mi interior me decía que lo anhelaba con todas mis fuerzas.

—Louis —susurré.

Acarició mi mejilla con la yema de sus dedos y aquella suavidad me hizo estremecer de anticipación.

—No lo entiendes, Aurore. Me estoy enamorando de ti.

¿Enamorarse de mí? ¿Podía acaso un rey como él sentir algo como el amor? Y… ¿Era el mismo amor que Philippe aseguraba tener por mí? Todas aquellas preguntas envolvieron mi corazón en dudas y temor.

—Pero… —intenté decir. La seriedad de su expresión me detuvo.

Sentí un nudo en la garganta. Louis y yo compartíamos algo especial, pero hasta ese momento no había comprendido del todo la profundidad de sus sentimientos.

Disfrutábamos de nuestra mutua compañía, pues era un buen conversador, versado en temas que a mí me interesaban.

Me complacía escucharlo hablar de política, mitología, arquitectura…

y él parecía divertirse con mi forma de hablar y mis anécdotas acumuladas a lo largo de toda una vida viajando por Europa y ejerciendo la medicina.

Y en la intimidad, Louis derribaba barreras que no sabía que tenía.

Le gustaba controlarme y no cedía el mando jamás, algo que me estimulaba y me desafiaba.

Era imposible negarme a mí misma que yacer con él era excitante.

No le había mentido a Philippe cuando le aseguré que compartirlos era como naufragar en un mar hecho de fuego y hielo, pero nunca me había planteado significar más para Louis que una aventura pasajera, un capricho eventual del que se cansaría cuando otra mujer más interesante que yo apareciera en su vida.

—Me haces sentir vivo en un mundo donde las traiciones están a la orden del día y en el que apenas puedo confiar en un escaso puñado de personas.

—Louis… —murmuré de nuevo, sin saber qué más decir.

—Lo sé —me interrumpió, con una sonrisa que se convirtió en tristeza—. Sé que esto no es fácil para ti, pero necesito que lo sepas: más allá de lo físico, eres muy importante para mí.

Mi corazón se aceleró. No estaba preparada para esa confesión y mucho menos para la carga emocional que venía con ella, pero al mismo tiempo, me sentí profundamente conmovida por su vulnerabilidad.

—La verdad es que no sé qué decir —admití, sintiendo que cualquier respuesta sería insuficiente para responder a las emociones que Louis acaba de depositar en mis manos.

—No tienes que decir nada —susurró él, inclinándose para besarme de nuevo—. Solo quédate conmigo. Eso es todo lo que te pido.

Su beso fue una breve caricia que me confirmaba todo lo que ya había expresado con palabras. Lo sentí en su respiración entrecortada, en la forma en que sus dedos se aferraban a mi cuerpo, en la desesperación que sus labios transmitían a los míos .

Nos separamos nuevamente y me miró con esa intensidad que me hacía sentir como si fuera la única persona en su mundo.

Sabía que su posición como rey significaba que nuestra relación siempre estaría bajo el escrutinio de la corte y que él nunca sería enteramente mío, pero, en ese momento, nada de eso me importaba.

Philippe no iba a abandonar su guerra por mí, pero Louis parecía dispuesto a poner el mundo a mis pies.

—Te quedarás conmigo esta noche —dijo, más como una orden que como una petición—. En la chambre du roi .

—¿Y si alguien nos descubre? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Déjalos que hablen —replicó él, con una sonrisa traviesa que tanto me recordó a la de su hermano menor—. Soy el rey. ¿Quién se atrevería a cuestionarme?

Solté una pequeña risa, sabiendo que, en ese aspecto, tenía razón.

—¿Y si me quedase de forma definitiva en tus habitaciones? —susurré, rindiéndome finalmente a sus continuas sugerencias de mudarme más cerca de él.

Louis me tomó de la mano y me la besó, radiante de alegría.

—¿Hablas de…?

—De abandonar los Apartamentos del Príncipe y aceptar instalarme en el aposento junto al tuyo.

—Nada me haría más feliz.

—¿Sabes lo que me haría muy feliz a mí? —dije, tirando de su casaca y llevándolo hasta la cama. La picardía brilló en sus bonitos ojos azules—. Demostrarte lo mucho que yo también te he echado de menos.

Mordisqueé su labio inferior, quitándole la casaca y tirándola al suelo.

La pesada prenda cayó hecha una madeja y no me paré a pensar que aquella pieza de ropa valía más que todas mis posesiones juntas.

Desabroché cada uno de los botones de su largo chaleco, que deslicé por sus hombros hasta dejarlo solo con la camisa blanca suelta que me separaba de su piel.

Él solo me miraba, con una media sonrisa.

—Esto de dominar a un rey es bastante divertido —admití.

Se rio ante mi osadía, como siempre hacía.

—¿Quieres que mande yo?

—Tú ya mandas suficiente en tu día a día. Deja el destino de Francia en mis manos por una vez.

Louis ladeó la cabeza y vi cómo se mordía el labio inferior cuando deslicé la mano hasta el interior de su calzón y lo encontré duro, dispuesto para mí.

Jadeó cuando cerré mi mano alrededor de su erección y acaricié con el pulgar la punta roma, húmeda y rosada.

Me deslicé a lo largo de su carne palpitante, deteniéndome en el extremo para volver a descender hasta la base, y Louis echó la cabeza hacia atrás con un suspiro de pura rendición.